Nueve años sin Javier Valdez:/
Por Fred Alvarez Palafox
@fredalvarez
Este viernes 15 de mayo la memoria vuelve a doler en Sinaloa. Se cumplen nueve años del asesinato de Javier Valdez Cárdenas. Nueve años de una ausencia que no se asimila, porque el vacío que dejó su pluma sigue siendo el mismo espacio en blanco que hoy se intenta llenar con balas e impunidad. Recordar a Javier no es un ejercicio de nostalgia; es encarar un espejo incómodo que nos muestra que las razones por las que lo mataron siguen tan vigentes como en aquel trágico lunes de 2017.
La terca coincidencia del doce
El destino suele ensañarse con simetrías macabras. Eran las doce del día cuando el tiempo se detuvo en la calle Vicente Riva Palacio, entre Ramón F. Iturbe y Epitacio Osuna, en la colonia Jorge Almada. Javier caminaba a escasos cien metros de su segunda casa, las oficinas del semanario Ríodoce, cuando lo alcanzaron doce balazos.
Doce ráfagas a las doce del día para intentar callar al fundador de Ríodoce…
Mmm. Demasiadas coincidencias con el número doce, como si los asesinos hubieran querido firmar un mensaje cifrado en el asfalto. Quisieron sepultar su voz bajo el peso del plomo, pero insensatos e ignorantes, los criminales olvidaron que a un hombre con la estatura ética de Javier no se le silencia con la muerte; se le multiplica.
Distinguir el mito de la brutalidad
La objetividad nos obliga a revisar la historia sin romanticismos. Durante muchos días, y debido a una nota periodística (de un reportero de La Jornada), se repitió el mito de que a Javier lo obligaron a arrodillarse sobre el asfalto ardiente de Culiacán, como si el crimen organizado buscara un simbolismo de sumisión o un ritual de disculpa. Sin embargo, los peritajes dejaron claro que Javier nunca se arrodilló.
El primer disparo en el costado dobló su cuerpo; fue la fuerza del impacto la que lo hincó en el pavimento, y fue en ese estado de total vulnerabilidad cuando el segundo verdugo lo remató por la espalda.
Distinguir entre "arrodillarse" y "caer hincado" es fundamental para la memoria histórica: la primera opción adorna la tragedia y le otorga un misticismo de ficción; la segunda nos regresa a la brutalidad pura de una emboscada cobarde, sin tregua, ni códigos, ni humanidad.
El sombrero en el asfalto y el miedo colectivo
Pero esta crónica jamás estará completa sin el factor humano. Pensemos en Ismael Bojórquez, su amigo y compañero de batallas, manejando a mediodía por esa misma calle. De repente vio un cuerpo tendido a lo lejos y reconoció, de golpe, aquel sombrero icónico que Javier portaba siempre como trinchera contra el sol y la censura. El dolor de ese hallazgo es el dolor de todo un gremio que ese día quedó desamparado.
—¡Javier, despierta…! ¡Chingada madre, despierta! —le gritaba.
Días después, la pregunta inocente y terrible de la hija de una trabajadora del medio resumió el trauma de una época: “¿Acaso Ismael no escribe de lo mismo?”. El miedo, entonces, dejó de ser individual y se volvió colectivo.
El análisis no puede quedarse en la superficie. El Sinaloa de 2017, fracturado por la guerra interna del cártel tras la caída de su principal cabeza, es idéntico al Sinaloa de hoy, disputado a sangre y fuego por las mismas facciones. Las dinámicas de control territorial se repiten, pero los rostros de la violencia ahora son otros: más jóvenes, más erráticos, más armados y completamente intolerantes a la menor mirada crítica. Nueve años después, la exigencia de justicia sigue viva. No solo por la memoria de Javier, sino por el derecho elemental de una sociedad a contar su propia realidad sin pagar por ello con la vida.
La justicia que espera en el laberinto binacional.
El laberinto de la impunidad judicial, sin embargo, tiene ramificaciones que cruzan la frontera norte. Hace año y medio, en diciembre de 2024, el expediente de la autoría intelectual llegó hasta el micrófono de la conferencia mañanera. En aquella ocasión, Omar García Harfuch, detalló la situación de Dámaso López Serrano, "El Minilic", señalando que “se entregó voluntariamente en EU , salió libre, y lo que sabemos es que tenía una investigación también, una vez más, por tráfico de fentanilo”, dijo.
Ante el cuestionamiento directo sobre su responsabilidad en el crimen del periodista, el fiscal general Alejandro Gertz Manero fue contundente en su respuesta: “El es el autor intelectual de ese asesinato. Como usted bien sabe, al resto de los autores ya los tenemos procesados y en la cárcel; este nos faltaba, y le hemos insistido en innumerables ocasiones al gobierno de los EU esta entrega", dijo.
La entrega no ha llegado, ni llegará...Pero las manecillas del reloj siguen su marcha imperturbable. "El Minilic" continúa allá, cobijado por los vaivenes políticos y los acuerdos de las agencias estadounidenses, mientras que aquí, en la tierra que Javier caminó y narró con valentía indomable, la justicia sigue esperando en la fila de las promesas bilaterales.
Un fuerte abrazo a Ismael Bojórquez y a todo su equipo en Ríodoce, que mantienen encendida la luz en medio de la tormenta. Y de manera muy especial a Griselda Triana, esposa de Javier, una de las tantas mujeres dignas y resilientes que la violencia obligó a formar parte del doloroso éxodo de los desplazados de Culiacán.
Tu pluma y tu sonrisa nos siguen haciendo falta, Javier.
Me beberé un trago en tu memoria...
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