El Rayo que no Cesó: Miguel, Ramón y el Dolor Hecho Tierra
Hay ausencias que no se anuncian, que simplemente caen como un hachazo en mitad de la vida. Para Miguel Hernández, ese rayo tuvo nombre y apellido: Ramón Sijé.
Miguel no fue un poeta de salón. Fue un hombre forjado bajo el sol de Alicante, un pastor de cabras que llevaba el ritmo de la naturaleza en la sangre. Pero fue en los ojos y en la guía intelectual de su amigo Ramón donde aquel joven de Orihuela encontró el mapa de su propia voz. Eran dos almas gemelas compartiendo el mismo horizonte de higueras y rastrojos, unidos por un pacto que parecía eterno hasta que la muerte, siempre inoportuna, decidió madrugar.
Era la Nochebuena de 1935. Mientras el mundo buscaba refugio en la celebración, Sijé se apagaba en apenas diez días, con solo 22 años. La noticia no solo entristeció a Miguel; lo demolió. De ese escombro emocional nació la «Elegía», un grito que no pide permiso, un poema donde el autor no solo llora, sino que quiere escarbar la tierra con los dientes para recuperar lo perdido.
Poco después, la historia se volvió oscura. La Guerra Civil arrastró a Miguel a las trincheras del bando republicano, y el final del conflicto lo condujo al encierro de las cárceles franquistas, donde moriría en 1942. Pero su palabra, impregnada de esa lealtad inquebrantable, sobrevivió a los muros.
En 1972, la voz de Joan Manuel Serrat le dio al poema una nueva piel musical, permitiendo que el dolor de Miguel volara de nuevo. Años más tarde, el quejío flamenco de Enrique Morente y la guitarra de Pepe Habichuela terminaron de sellar este tributo, recordándonos que, aunque la muerte sea un golpe helado, la poesía es el fuego que nos permite seguir hablando con los que ya no están.
Elegía a Ramón Sijé
(En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé, con quien tanto quería.)
Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
Alimentando lluvias, caracoles
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.
Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.
No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.
Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.
No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.
En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofe y hambrienta.
Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte
a parte a dentelladas secas y calientes.
Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.
Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de mis flores
pajareará tu alma colmenera
de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.
Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.
Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.
A las aladas almas de las rosas...
de almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.
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