Todo tiene su tiempo: Un adiós a Erik Ayala Rodríguez Todo tiene su tiempo: Un adiós a Erik Ayala Rodríguez
Hay noticias que tienen el poder de detener el reloj. En ese instante, el ruido del mundo se apaga y todo se convierte en un silencio espeso, casi tangible. Al enterarme ayer por Genaro Jaimes de la partida temprana de mi viejo amigo, Erik Ayala Rodríguez, me asaltaron de golpe los versos de Miguel Hernández en su elegía a Ramón Sijé: “Tanto dolor se agrupa en mi costado, que por doler me duele hasta el aliento”.
Es una tormenta de palabras contenidas que estallan en el pecho, porque hay ausencias que marcan nuestras vidas de la misma forma en que ciertas presencias definen nuestra historia. El anuncio de su muerte trajo consigo un torrente de imágenes; un álbum mental de una vida compartida entre la academia y el servicio público.
Nuestro andar comenzó en 1990. Lo recuerdo bien: los pasillos de la Universidad Iberoamericana, mientras cursábamos la maestría en Sociología. Eran años de debate encendido, de análisis profundo y de ese sueño compartido por entender el complejo —y a veces indescifrable— tejido social de México. Erik ya destacaba entonces: era un sociólogo agudo, un hombre de una cultura vasta y una seriedad que, para algunos, resultaba excesiva. Era un tipo de pocos amigos, de esos que prefieren la profundidad del vínculo a la ligereza del saludo.
Poco después, la vida nos permitió coincidir de nuevo en el terreno profesional, en la oficina de Asuntos Religiosos de la Secretaría de Gobernación. Aquel espacio de los años 90 y con el tema de Chiapas por delante fue decisivo para él, no solo en lo laboral, sino en lo vital: ahí, entre expedientes y gestiones de Estado, el destino le presentó a Patricia Robles. Se casaron y formaron una familia con dos hijos, dándole un sentido profundamente personal a lo que había comenzado como un compromiso laboral.
La trayectoria de Erik fue la de un hombre de instituciones. Su paso por el Gobierno de la Ciudad de México, el Palacio Legislativo de San Lázaro, la Asamblea Legislativa y la hoy alcaldía Álvaro Obregón, dan fe de una vocación pública inquebrantable. Fue un técnico del Estado, un observador meticuloso del poder.
Sin embargo, la vida —como la sociología misma— tiene variables que no podemos controlar. A veces impone silencios. Dejamos de vernos un tiempo. Intenté llamarle, pero el azar, o quizás un teléfono descompuesto por el paso de los años, impidió ese último enlace. Ayer, la realidad me alcanzó sin avisar.
Me queda, para contrarrestar la pena, el recuerdo luminoso de aquella ocasión en que lo invité a mi tierra, a Los Mochis, Sinaloa. Lo veo ahí, despojado de su seriedad capitalina, con esa alegría genuina que solo otorgan el encuentro con lo nuevo y la hospitalidad de la casa de mis padres... Ese es el Erik que prefiero guardar en la memoria..
Lamento profundamente su deceso. Envío un abrazo fuerte, solidario y lleno de afecto a Patricia y a sus dos hijos. Como bien dice el Eclesiastés, todo tiene su tiempo bajo el sol; hoy nos toca honrar el suyo con el respeto que merece un amigo entrañable y un hombre que supo servir a su país con discreción y rigor.
Descanse en paz.
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