14 jun 2009

Wanda Poltawska y Juan Pablo II

Juan Pablo II , una mujer y muchas cartasLa historia de Wanda Poltawska, “hermanita” de Karol Wojtyla
ROMA, viernes, 12 junio 2009 (
ZENIT.org).- Desde hace unas semanas, su nombre circula por los diarios de medio mundo. Se llama Wanda Poltawska, es polaca, tiene 88 años y es médica psiquiatra. La razón de este interés repentino de la prensa está en el hecho de que Poltawska hizo públicas muchas de las cartas que recibió de Juan Pablo II. Y, como era previsible, algunos medios de comunicación quisieron hacer de las cartas de un Papa a una mujer un escándalo.
Las cartas, publicadas en un libro, publicado hace algunas semanas en Polonia, forman parte de una intensa correspondencia intercambiada entre Poltawska y Wojtyla en el curso de 55 años. Los dos se conocieron inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, se hicieron amigos, colaboraron juntos en numerosas iniciativas. Primero en Cracovia, en las actividades culturales y sociales de la diócesis, sobre todo para los problemas de la familia; y, tras la elección de Karol Wojtyla como pontífice, en Roma, donde Poltawska se convirtió en miembro del Consejo Pontificio para la Familia, consultora del Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud y miembro de la Academia Pontificia para la Vida.
Una actividad intensa, una amistad transparente, que todos conocían. Una amistad que tuvo extraordinaria visibilidad en 1984, cuando se supo que Poltawska había sido objeto de un milagro por intercesión del padre Pío, por medio de la solicitud de Karol Wojtyla. La historia se remonta a 1962. Enferma de tumor, Wanda estaba a punto de morir. Los médicos no daban esperanzas. Querían de todos modos intentar una operación. Wojtyla, joven obispo, se encontraba en Roma para el Concilio. Fue informado y escribió enseguida una carta al padre Pío, pidiéndole que rezara por aquella mujer. La carta tiene fecha de 17 de noviembre de 1962. Fue entregada al padre Pío a mano por Angelo Battisti, que era administrador de la Casa Alivio del Sufrimiento. El padre Pío pidió a Battisti que le leyera la carta. Al acabar, dijo: "Angelito, a esto no se puede decir que no". Battisti, que conocía bien los carismas del padre Pío, volvió a Roma sorprendido y seguía preguntándose el "por qué" de aquella frase: "A esto se puede decir que no". Once días más tarde, el 28 de noviembre, fue encargado de llevar una nueva carta al padre Pío. En esta, el obispo polaco agradecía al padre sus oraciones porque "la mujer enferma de tumor, se curó de repente, antes de entrar en el quirófano".
Un verdadero y llamativo milagro por tanto, atestiguado por los médicos. Conozco bien este asunto porque fui yo el que lo dio a conocer por primera vez en 1984, en una biografía del padre Pío que escribí para Mondadori (Italia). Las cartas de Wojtyla me habían sido dadas por Angelo Battisti quien me había también contado el detalle del comentario increíble del Padre: "A esto no se puede decir que no". Apenas salido mi libro, estas cartas fueron reproducidas por la prensa de medio mundo y por tanto, desde entonces, la amistad entre Karol Wojtyla y Wanda Poltawska era conocida. Enseguida hubo muchos otros artículos sobre el argumento, míos y de otros colegas, y se publicaron numerosas y bellísimas fotografías, que ahora reproducen varios diarios. Nada de nuevo, por tanto. Una gran amistad, una extraordinaria colaboración que no se interrumpieron con la elección de Wojtyla al solio pontificio.
La publicación de las cartas, sin embargo, levanta ampollas. Y también preocupación, sobre todo en el mundo eclesiástico. El cardenal de Cracovia, en una entrevista, hecha en medio de la polémica, ha recriminado a la doctora Poltawska diciendo que debía estar callada. Pero, examinando la situación con mente fría, se llega a dar la razón a la doctora Poltawska. Ha hecho bien en publicar estas cartas. Su amistad era sabida. Muchos conocían esta correspondencia. En la Congregación para las Causas de los Santos querían aquellas cartas. Pero no se sabe cómo las habrían juzgado. Y su juicio habría permanecido secreto, sepultado en los archivos de aquellos palacios infranqueables. La doctora Poltawska ha preferido la luz del sol. Precisamente porque no hay nada que esconder. Al contrario, son cartas bellísimas, de una riqueza espiritual y humana conmovedora. Demuestran, por si hubiera todavía necesidad, la grandeza desmesurada del corazón sde Karol Wojtyla, el inmenso amor que tenía en aquél corazón suyo, "inmenso" precisamente porque "amaba" con el amor de Dios.
Un asunto similar se verificó en el curso de la causa de beatificación del padre Pío. En torno a 1990, la causa se bloqueó. Y precisamente por una serie de cartas que el padre había escrito a una "hija espiritual" suya, Cleonice Morcaldi. La había conocido en torno a 1930, cuando era adolescente y quedó huérfana de ambos progenitores. Como había prometido a la madre moribunda de la chica, el padre Pío se encargó de ella, como si fuera una verdadera "hija adoptiva". Y desde entonces la trató siempre con afecto y amor grandísimos, como un padre trata a una hija. Amistad discutida, condenada, causa de grandes sufrimientos y humillaciones para el padre Pío, de calumnias e insinuaciones gravísimas. Y también en aquella historia había cartas, consideradas demasiado afectuosas. Un día aquellas cartas me fueron dadas por dos sacerdotes, hijos espirituales del padre Pío y amigos de Cleonice Morcaldi. Me pidieron publicarlas para que el mundo juzgara si eran "cartas de pecado" o en cambio extraordinarias pruebas de una amistad espiritual altísima. Las publiqué en mi libro "A tu per tu con padre Pio". Enseguida suscitaron un auténtico revuelo, pero luego la verdad acabó por emerger y nadie habló más de escándalo sino más bien aquellas cartas contribuyeron a comprender de modo todavía más profundo la grandeza del corazón del padre Pío.
En los varios artículos publicados en estos días se habla de las cartas del Papa a la doctora Poltawska, pero nadie se detiene a explicar quién es esta mujer y por qué fue tan amiga de Karol Wojtyla. Al estallar la Segunda Guerra Mundial en 1939, Wanda Poltawska era una joven estudiante universitaria. Tenía 18 años. Asistía a los círculos de estudiantes católicos. Y cuando los nazis invadieron Polonia, como tantos otros de sus coetáneos, entró a formar parte de la Resistencia partisana, para defender la patria. Pero fue descubierta, arrestada, conducida a Alemania y pasó cinco años en un campo de concentración.
Al regresar a casa, reanudó los estudios, se licenció en Medicina, se especializó en Psiquiatría. Persona reservada, no hablaba nunca de todo lo que había sufrido. Quiso sin embargo transcribir en un cuaderno lo que recordaba para que no se perdiera. Y sólo al comienzo de los años 80 se dejó convencer por una amiga para publicar aquellas memoria suyas en un librito, que se titula "Ravenshruck. Tengo miedo de mis sueños". Me lo dio a conocer en 1996 el profesor Adolfo Turano, microbiólogo, que lo estaba traduciendo para publicarlo también en Italia. Conservo todavía el manuscrito que me dio. Luego, el profesor murió prematuramente pero sé que el libro, el año pasado, fue publicado en Italia. Es un documento conmovedor. Desvela detalles tremendos, algunos inéditos, sobre la crueldad de los verdugos nazis. Poltawska cuenta la propia historia de joven prisionera que vive un drama espantoso, pero la cuenta con una conmovedora y maravillosa participación en el sufrimiento de los demás. Poltawska no se limita a contar, en aquellas páginas, los propios padecimientos, las propias ansias, los propios sufrimientos. Mira a sí misma y a todas las compañeras con el mismo interés. Y este es un dato a tener bien presente porque demuestra que los sufrimientos inhumanos padecidos no apagaron nunca en su corazón la bondad, la dignidad humana, la solidaridad. En los campos de concentración alemanes estaba el infierno, se extendió el "mal personificado" pero entre las víctimas inocentes hubo luminosos e increíbles ejemplos de bien, de altruismo heroico.
"Una tarde --escribe Wanda Poltawska al inicio de su librito de memorias (cito de la traducción que me dio el profesor Turano)-- estudiaba en casa cuando en la entrada una voz masculina, en polaco, resonó extraña y agresiva: ‘¿Quién de vosotros es Wanda?'. Y así empezó. Me alcé, salí... y he vuelto sólo ahora, tras casi cinco años de campo de concentración". La joven, primero fue llevada al comando de la Gestapo, en Cracovia, y sometida a un interrogatorio que duró algunos días. Fue golpeada, violentamente, con puñetazos en la cara, en el estómago, amenazada con un revólver.
Fue luego encerrada en una celda atestada de personas. "En la prisión había piojos, pulgas, suciedad, no había agua y brotó el tifus. De noche, a veces, de repente, encendían las luces haciéndonos permanecer firmes, empezaban a llamar a algunos de nosotros. Después, en la celda, no se dormía ya, se rezaba por aquellas que habían salido. Y poco después, bajo nuestras ventanas, oíamos los disparos de la ejecución". Tras casi siete meses, las prisioneras fueron cargadas en un tren de mercanías y enviadas a Alemania, al vituperado lager de Raven­sbruck, donde los médicos alemanes hacían experimentos con cobayas humanas. "Estábamos destinadas a morir. Nuestras vigilantes nos golpeaban hasta la sangre. Fuimos desnudadas, nos dieron vestidos de rayas, nos raparon al cero, querían destruir nuestra personalidad". Empezaron los trabajos, pesados, pesadísimos. "Cargaban una cantidad desmedida de peso en nuestros hombros... Recuerdo haber llevado sobre mis hombros 80 kilos de cemento subiendo escaleras estrechas hasta el techo de una casa de dos pisos: me sentía morir pero no podía hacer caer el peso porque detrás de mí había otra prisionera y la habría matado... Teníamos que palear arena. Teníamos al lado a las vigilantes con terribles perros que gruñían amenazadores apenas una de nosotras descansaba un poco. Las manos sangraban. Por la mañana, la arena estaba mojada y pesada, durante el día se secaba con el viento, se levantaba, entraba en los ojos, en la boca, en las orejas". Un tormento terrible lo constituía el frío. "Donde dormíamos pendían del techo los carámbanos. Sobre nuestras colchas había escarcha y la vigilante nos ordenaba sistemáticamente que abriéramos las ventanas de los dos lados del dormitorio para hacernos daño con las corrientes. "En las barracas donde íbamos a trabajar hacía, en cambio, mucho calor. La barraca estaba atestada y sudábamos. Teníamos vestidos ligeros, con las mangas cortas. Mi turno terminaba a las cinco de la mañana, nos arrojaban fuera, todas sudadas y con los mismos vestidos ligeros permanecíamos horas y horas al hielo". "Volvíamos del trabajo con las manos hinchadas, los huesos rotos. Nos echábamos en los camastros y tras una hora sonaba la sirena y teníamos que levantarnos para pasar lista. Volvíamos al dormitorio y tras otra hora otra vez la sirena para pasar lista. No se lograba pegar ojo. El cansancio era enorme. A veces, durante el paso de lista, se dormía de pie, con los ojos abiertos, y alguna caía al suelo traspuesta y era cogida a bastonazos. El hambre era más fuerte que el deseo de dormir. Estábamos delgadas como esqueletos. Ni siquiera la vista de mujeres desnudas, en cola para el baño, terriblemente flacas, causaba ya disgusto. Mirábamos con indiferencia nuestra delgadez y la de las otras, así como la pérdida de los senos y la muerte. Por el hambre nos convertimos en ladronas, nos robábamos un mendrugo, reñíamos por pocas migajas". Y luego, en un cierto momento, el llamamiento de un grupo que fue llevado al pabellón de enfermería, entre ellas también Wanda. Son lavadas, una enfermera les depila las piernas, les practica inyecciones que hacen perder la consciencia y cuando las chicas se despiertan se encuentran con las piernas enyesadas. ¿Qué sucedió? No lo saben. Son devueltas al dormitorio en una silla de ruedas. En la cama, durante la noche, cuando acaba el efecto del potente somnífero, empiezan dolores agudísimos. Empieza así el martirio. Aquellas chicas se convierten en cobayas humanas para atroces experimentos médicos. Las operaciones en las piernas se suceden en periodos fijos. Las heridas practicadas son tratadas con medicinas especiales que producen infecciones, gangrenas. En aquél estado, las víctimas son abandonadas solas en el dormitorio, sin ninguna asistencia. Wanda aún no pudiendo tenerse en pie, se deja caer de la cama y, agarrándose a los camastros de las compañeras, llega a aquellas que sufren más para darles un poco de consuelo, baña los rostros quemados por la fiebre con trapos húmedos, conforta a quien está agonizando. De día llegan los médicos que observan las heridas y ordenan otros experimentos. Las pobres cobayas humanas son devueltas al pabellón de enfermería y sometidas a otras horribles mutilaciones, extracciones de trozos de hueso, inyecciones de bacterias en las heridas. Un calvario espantoso e interminable. Cada poco, una chica muere. Desaparecen de este modo muchas. Wanda recuerda, escribiendo sus nombres, como sobre una lápida, porque son víctimas inocentes, asesinadas por un odio absurdo, frío, cínico, humanamente inconcebible. La exasperación de las supervivientes es indecible. Pero Wanda, incluso en aquella tremenda situación, logra mantener su equilibrio cristiano. "No tenía odio y ni siquiera ahora lo tengo. ¿Qué veía en aquellos alemanes? Les miraba y buscaba en ellos a las personas". Esta, en una rapidísima síntesis, la increíble y horrible experiencia que Wanda Poltawska hizo, de los 18 a los 23 años, en el campo de concentración de Ravensbruck. Una experiencia capaz de destruir cualquier equilibrio psíquico. Wanda sobrevivió física y psíquicamente a aquellos horrores gracias a su fe. Y gracias a la ayuda de un joven sacerdote, Karol Wojtyla, conocido a su vuelta a casa, logró superar y vencer las consecuencias devastadoras que los horrores padecidos habrían ciertamente dejado en su personalidad. A aquel sacerdote confió sus dramas espantosos y aquel sacerdote pudo "comprender", porque también él, en los años de la guerra, fue martirizado por grandes dolores personales que lo condujeron a la vocación sacerdotal. Y nació así una amistad, continuada para el resto de la vida, llena de actividades y de iniciativas para promover los valores que retoñaron de aquellos lejanos sufrimientos. Por Renzo Allegri, traducido del italiano por Nieves San Martín

Militares infiltrados

El gobierno ha desplegado a más de 36 mil militares a lo largo del territorio nacional para combatir a los cárteles de droga
Servían 10 oficiales militares a “El Chapo”
gobierno mexicano ha desplegado a más de 36 mil militares a lo largo del territorio nacional para combatir a los cárteles de droga, cuya confrontación ha dejado más de 7 mil 700 personas muertas desde principios de 2008.
Nota de Silvia Otero
El Universal Domingo 14 de junio de 2009
Defensa Nacional los entrega; pueden estar detenidos subtenientes y hasta un teniente
Un grupo de 10 militares con grado de oficiales subalternos del Ejército colaboraba con el cártel de Joaquín El Chapo Guzmán, filtrando información al grupo criminal sobre las operaciones que desplegaría la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) contra la organización, por lo que los uniformados fueron detenidos y entregados a la Procuraduría General de la República (PGR).
Una investigación militar permitió descubrir la infiltración del cártel del Pacífico en las filas castrenses, donde los narcotraficantes lograron reclutar a los 10 oficiales, entre los que se encuentran subtenientes del Ejército y al parecer hasta un teniente —de acuerdo con fuentes federales—, quienes desde la noche del viernes rinden declaración en la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (SIEDO).
La Secretaría de la Defensa Nacional dio a conocer ayer que determinó no juzgar en el fuero militar a los sospechosos
de trabajar al servicio de El Chapo Guzmán, para que éstos sean procesados en los juzgados civiles y enfrenten cargos por delincuencia organizada y los delitos que resulten de su presunta colusión con el narcotráfico.
En un escueto comunicado, la dependencia reveló que derivado de una investigación de la Procuraduría General de Justicia Militar, se detectó a 10 oficiales subalternos que filtraba información a integrantes de la organización delictiva Guzmán Loera, lo que implica que la penetración del grupo criminal fue más allá del reclutamiento de los elementos de tropa.
Aunque la Secretaría de la Defensa Nacional no precisó el rango de los detenidos, ni la región militar a la que estaban adscritos o la zona en la que estos 10 oficiales subalternos tejieron una red de protección para los integrantes del cártel del Pacífico.
Hasta el cierre de esta edición, la Procuraduría General de la República tampoco proporcionó información sobre la identidad de los detenidos que la Sedena decidió entregarles, ante las evidencias que recabó sobre las presuntas actividades delictivas de sus oficiales.
La Secretaría de la Defensa Nacional sólo indicó que con la detención y entrega de los militares “ratifica su compromiso ante la sociedad, que su proceder en el combate al narcotráfico y crimen organizado será firme, enérgico y decidido, por lo cual no se vacilará en juzgar y castigar conforme a derecho a los integrantes del Instituto Armado que incurran en este tipo de delitos”.
Militares ligados al capos
Los nexos de militares de rango con el narcotráfico se han registrado también en el pasado. En 1997 fue detenido el general Jesús Gutiérrez Rebollo, ex comisionado del desaparecido Instituto Nacional para el
Combate a las Drogas (INCD), quien fue condenado a 40 años de prisión por brindar protección al extinto Amado Carrillo Fuentes, El Señor de los Cielos, quien fuera líder del cártel de Juárez.
Por sus presuntos vínculos con esa misma organización, los generales Arturo Acosta Chaparro Escapite y Francisco Humberto Quirós Hermosillo (finado) fueron detenidos en agosto de 2000 y tras un proceso militar se les sentenció a 15 y 16 años de prisión, respectivamente, aunque en 2002 obtuvieron un amparo; al final al primero de ellos se le concedió la libertad el 29 de junio de 2007 por falta de pruebas por delitos contra la salud.
En fechas recientes, en enero de 2008, la Secretaría de la Defensa Nacional también entregó a la PGR a cuatro militares —un jefe, tres oficiales y un elemento de tropa—, tras descubrirse que colaboraban con el cártel de los hermanos Beltrán Leyva, por lo que estos ex elementos castrenses son procesados en el juzgado séptimo de distrito en materia penal.
Mientras que en mayo de este año la Procuraduría de Justicia Militar también detuvo y puso a disposición de la PGR a 12 militares por sus presuntos nexos con el grupo de sicarios de Los Zetas, el brazo armado del cártel del Golfo.
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Comunicado de prensa
"SEDENA PONE A MILITARES A DISPOSICIÓN DE LA SIEDO.
"Lomas de Sotelo, D.F. a 12 de junio de 2009,
La Secretaría de la Defensa Nacional informa, que la Procuraduría General de Justicia Militar, como resultado de una investigación, detectó que un grupo de diez oficiales subalternos filtraban información a integrantes de la organización delictiva “GUZMÁN LOERA”.
El día de hoy dichos militares fueron puestos a disposición de la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada para los efectos de su competencia.Con el debido acatamiento a la ley y en congruencia con las políticas implementadas por el Gobierno Federal, la Secretaría de la Defensa Nacional ratifica su compromiso ante la Sociedad, que su proceder en el combate al narcotráfico y crimen organizado será firme, enérgico y decidido, por lo cual no se vacilará en juzgar y castigar conforme a derecho a los integrantes del Instituto Armado que incurran en este tipo de delitos.
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Dirección General de Comunicación Social. Tels. 5557-1370 y 5580-5146
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Infiltración e ilegaldad

Infiltración e ilegalidad/ARTURO RODRíGUEZ GARCíA
Revista Proceso # 1701, 7 de junio de 2009;
La aprehensión de capos de Los Zetas y de los hermanos Beltrán Leyva motivó en Nuevo León una ola de violencia y evidenció que las policías municipales –y también la estatal– están infiltradas por el narcotráfico, al punto de que uniformados de varios municipios se enfrentan –inclusive a balazos– con miembros del Ejército y rescatan a capos momentáneamente retenidos. Pero los operativos en que las fuerzas militares ocuparon las sedes de varios ayuntamientos y detuvieron a decenas de agentes policiacos –cuyos familiares denuncian que en su arraigo están siendo torturados– son impugnados por violar la soberanía y no respetar el proceso legal y los derechos humanos.
MONTERREY, NL.- La detención de 85 policías durante la primera semana de junio –de los cuales 54 fueron arraigados– fue precedida de una ola de violencia desatada por la aprehensión de cabecillas de Los Zetas y de los hermanos Beltrán Leyva que, de acuerdo con las máximas autoridades del estado, han infiltrado a las corporaciones policiacas, cuyos elementos también se enfrentan a tiros con las fuerzas militares.
Así lo admite en entrevista con Proceso el secretario de Seguridad Pública en la entidad, Aldo Fasci Zuazua, quien refiere que los cuerpos policiacos municipales –y también los estatales– fueron infiltrados al punto de que en mayo pasado se enfrentaron con caravanas del Ejército y ayudaron a escapar a capos de la droga.
La nueva ola de violencia comenzó con la detención del presunto jefe de plaza de Los Zetas, Sigifredo Nájera Talamantes, alias El Canicón, ocurrida el 20 de marzo en Saltillo, y de Héctor Huerta Ríos, alias El JR o La Burra, presunto operador de los Beltrán Leyva, el 24 de marzo, y se intensificó con la aprehensión, el 18 de mayo, del relevo de éste, Rodolfo López Ibarra, alias El Nito, cuando las fuerzas castrenses lo aprehendieron en el Aeropuerto del Norte, ubicado en Apodaca, al regresar de un bautizo que, según el periódico El Norte, festejó en Acapulco en compañía de Arturo Beltrán Leyva.
Entre ese día y el 20 de mayo, el Ejército realizó en total 13 detenciones relacionadas con el narcotráfico, la última de las cuales, en Monterrey, fue la de Raymundo Almanza Morales, alias El Gori, identificado como miembro de Los Zetas y hermano de Octavio El Gori 4, quien a su vez había sido detenido en Cancún el 9 de febrero.
Para el secretario de Seguridad Pública Aldo Fasci, la clave de la violencia reciente está en los reacomodos. Explica que la presencia de varios grupos delictivos en el área se debe a la asociación que durante algún tiempo sostuvieron los cárteles de Sinaloa, de Juárez y de los hermanos Beltrán Leyva, por una parte, y por la otra, el cártel del Golfo y el grupo de Los Zetas.
Actualmente, la presencia criminal se limita al cártel del Golfo-Zetas y a los hermanos Beltrán Leyva, cuyos mandos han sido capturados recientemente, mientras que sus relevos no han alcanzado a instalarse.
“Lo que pasa –dice el funcionario– es que después de la detención de los grandes líderes, una vez conocido su modus operandi, los relevos llegan con gente nueva y con otros métodos para hacer sus ajustes.”
Y sí: El pasado 15 de mayo, cuando el oficial José Antonio Palacios Beristáin, cercano al comandante local de la Policía Federal Preventiva (PFP), Francisco Javier Calatayud Yépez, se encontraba en un restaurante de San Pedro Garza García, fue objeto de un atentado.
Como Palacios Beristáin logró escapar, los sicarios lo persiguieron en tres vehículos por la avenida Lázaro Cárdenas, abrieron fuego e hirieron a dos personas que lo acompañaban. En su huida, Palacios Beristáin logró llegar a las instalaciones de la PFP, hasta donde arribó el comando y abrió fuego con rifles AR-15 mientras agentes federales repelían la agresión. Sólo el inmueble y varios vehículos resultaron dañados.
A partir de ese día se han verificado varios tiroteos y ejecuciones, especialmente en fraccionamientos exclusivos de San Pedro Garza García y de la zona sur de Monterrey. Según la policía, varias capturas han podido consumarse por delaciones de los propios delincuentes detenidos.

Policías contra militares

El involucramiento de policías municipales con el narcotráfico los ha llevado al extremo de confrontarse a balazos contra militares e inclusive a rescatar a narcotraficantes detenidos.
El 4 de mayo, al menos unos 15 oficiales de policía, de los municipios de San Nicolás, Escobedo y Apodaca, fueron detenidos luego de resultar implicados en la protección de un capo del cártel del Golfo-Zetas que logró fugarse durante una balacera desatada en la colonia El Mezquital.
Conforme a un comunicado que emitió la Sedena el 4 de mayo, dicho capo, encargado de Los Zetas e identificado sólo como El Comandante Coloso, fue rescatado y retirado por policías municipales en una patrulla cuando, en medio de la balacera, se encontraba herido.
Según la Sedena, un convoy militar ubicó a dos sujetos con armas largas en un callejón y, al tratar de detenerlos, empezó la refriega. En seguida llegó la patrulla 0201 del municipio de Apodaca y sus tripulantes empezaron a disparar a los soldados.
Al tratar de escapar en reversa, la patrulla se impactó contra un tráiler y los policías que la ocupaban salieron corriendo; el tractocamión obstruyó la salida del convoy militar, mientras el patrullero de San Nicolás de los Garza José Carlos Treviño Carreón ayudaba a escapar al Comandante Coloso en la patrulla Nitro número 0378.
El patrullero Treviño Carreón fue detenido dos días después, pero el capo sigue libre.
Apenas unos días antes, el 28 de abril, se había producido un altercado entre policías municipales y soldados cuando, en una revisión militar “de rutina”, los elementos del Ejército detuvieron a una patrulla municipal.
En el momento en que los militares intentaron revisar el Nextel que portaba el patrullero de la unidad 0311, Juan Francisco Becerra, éste solicitó refuerzos y más de 20 patrullas de los municipios de San Nicolás de los Garza y Monterrey acudieron en su auxilio a las afueras del Club de Leones de San Nicolás.
Las tres Hummers del Ejército fueron rodeadas por más de 20 patrullas de San Nicolás y unas cinco de la Policía de Monterrey, que obstruyeron la salida de los militares y sostuvieron una fuerte discusión, hasta que les regresaron el aparato telefónico.
Ese día, los elementos policiacos de los dos municipios dijeron a reporteros locales que el problema es que han sido objeto de hostigamientos frecuentes por parte del Ejército, cuyos efectivos, al revisarlos, no les regresan sus pertenencias.
Otro episodio parecido se produjo el 7 de mayo, cuando un convoy militar y patrulleros de la Policía Municipal de Escobedo discutieron porque al hacer alto a la patrulla 0289, tripulada por el comandante municipal Adrián Puentes, éste huyó argumentando que, sin motivo, los soldados lo andaban vigilando.
El secretario de Seguridad Pública, Aldo Fasci, agrega que se está enfrentando un nuevo riesgo con los agentes de Tránsito, quienes no se hallan sujetos a controles de confianza, avisan a los cárteles de todo lo que ocurre en las calles y fungen como “halcones”.
Al respecto, el Ejército mexicano ha acumulado numerosas fotografías y videos que muestran a patrullas de Tránsito que los siguen durante los operativos que realizan las fuerzas castrenses. Por eso el Ejército abrió una indagatoria sobre el caso.
Aunque en los últimos dos años se han dado de baja alrededor de 2 mil 500 policías estatales y municipales de la zona metropolitana, Aldo Fasci comenta: “El problema es que tenemos que reponerlos, y las redes de delincuentes los vuelven a cooptar, ya sea por complicidad o por amenaza”.
La infiltración se da principalmente entre los policías que andan en la calle, y pese a que abarca a todos los municipios del estado, el fenómeno se reproduce con mayor fuerza en los 11 municipios que componen el área metropolitana de Monterrey.
El funcionario asegura que la presencia de esos grupos en la zona metropolitana ha permitido que acaparen diferentes modalidades del delito, pero sobre todo el narcomenudeo.
Sin embargo, en municipios pequeños de la zona rural, los cárteles controlan las rutas carreteras y vecinales que conducen a los límites de los estados de Tamaulipas, Coahuila y Nuevo León, que son clave en el trasiego de la droga.
Soberanía y derechos humanos
A raíz de los operativos realizados contra los jefes de plaza de Los Zetas y los Beltrán Leyva, se integraron las averiguaciones previas que propiciaron la ocupación de las policías municipales, por parte del Ejército, la primera semana de junio.
Con apoyo de policías federales y ministeriales, el Ejército ocupó, a partir del lunes 1 y hasta el viernes 5, las instalaciones de los municipios de Monterrey, San Nicolás de los Garza, Apodaca, Escobedo, Juárez, Santa Catarina, Salinas Victoria, García, Montemorelos, Allende y Santiago, de manera que para el 5 de junio 85 policías habían sido detenidos, de los cuales 54 fueron arraigados, 12 liberados y el resto se hallan pendientes de resolver.
Entre los detenidos para comparecer ante un agente del Ministerio Público, en las instalaciones de la VII Zona Militar, se encontraban el secretario de Seguridad Pública de Guadalupe, José Santos Almaraz Ornelas, y Héctor Gonzalo de la Garza Alejandro, jefe de policía; en Escobedo, Fernando Torre Cueva, titular de Seguridad Pública, y Víctor Manuel Silva Puente, director de la policía.
Lo mismo ocurrió al recién nombrado secretario de Vialidad y Tránsito de Monterrey, Amador Medina Flores, quien fungió como titular de la policía regiomontana hasta finales de mayo; a Alejandro Esparza Contreras, secretario de Seguridad en Montemorelos, así como al comandante operativo de la policía de ese lugar, Fernando Aboytes Núñez. En Allende, fue detenido Luis Humberto Vargas Flores, titular de Seguridad, mientras que en Santiago corrió igual suerte el juez calificador Eduardo Morales Ocayas.
Los mandos policiacos detenidos y liberados “bajo reserva” han acumulado acusaciones de corrupción.
Pero las detenciones se ejecutaron sin órdenes de aprehensión ni de presentación. Inclusive, la aprehensión de Fernando
Torre Cueva se dio con forcejeos, ya que exigió una orden judicial y, en respuesta, fue estrujado y esposado por los soldados, según publicó El Norte el miércoles 3 de junio.
A las 2:30 de la mañana del jueves 4, decenas de familiares de policías privados de su libertad arribaron a la sede de la Academia Estatal de Policía, donde se ejecutan los arraigos, concedidos por un juez local, contra 54 policías. El motivo fue que los alertaron telefónicamente de que los estaban torturando, con golpes en la planta de los pies, a fin de que firmaran confesiones falsas.
Más tarde, acudieron a la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Nuevo León (CEDH) para denunciar la incomunicación en que los tenían, ya que ni siquiera los abogados podían hablar con ellos ni acceder a sus expedientes.
La presidenta de la CEDH, Minerva Martínez Espinoza, envió un visitador y un médico y se comprometió a dar parte a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), pues las quejas son contra el Ejército. Sin embargo, su equipo informó el viernes 5 que los arraigados estaban “bien”.
Pese a lo anterior, la madrugada del viernes 5 un médico legista del organismo y un equipo jurídico se trasladaron al Hospital Universitario de Monterrey, pues se reportó que dos policías de Allende, Marcelino Martínez Chávez y Francisco Muñiz García, presentaban, el primero, fractura de cráneo, y el segundo, estallamiento de vísceras, luego de la detención militar.
Según las familias, que se hallaban acampadas fuera de la Academia de Policía, los arraigados fueron torturados, en algunos casos hasta dejarlos inconscientes, y una mujer policía abortó la mañana del jueves y tuvo que ser hospitalizada. Otro uniformado en arraigo acabó con las costillas rotas, según la explicación que se dio a las familias, “al caer de una litera”.
Fidel Gloria Aguilar, abogado contratado por los parientes de los detenidos, tramitó un amparo contra el arraigo, pero hasta el viernes no había tenido acceso a ninguna parte del expediente, y ni siquiera sabía si la averiguación era estatal o federal.
Ante los señalamientos, la coordinadora de Ciudadanos en Apoyo a los Derechos Humanos de Nuevo León, Consuelo Morales Elizondo, expresó que los operativos no respetaron el debido proceso, incurrieron en detenciones ilegales y arbitrarias, ignoraron los convenios de coordinación pactados con las entidades, incluyeron la prohibida participación militar y usaron el arraigo, considerado violatorio de los derechos humanos por la ONU.
La activista condenó la tortura y manifestó que tanto el caso de Monterrey como el de Michoacán –donde se detuvo a 30 servidores públicos– fueron violaciones a la soberanía.
“Las acciones del gobierno federal son un grave rompimiento del estado de derecho en un entorno electoral que sólo ha dado lugar a un espectáculo mediático, coyuntural, que impactará el ejercicio democrático en las próximas elecciones y repercutirá negativamente en la situación de los derechos humanos en el país.”

Testimonios de policías

Torturas estilo militar
GLORIA LETICIA DíAZ

Revista Proceso #1701, 7 de juni de 2009;
Testimonios escritos de 25 policías municipales de Tijuana detallan la forma en que sus jefes los entregaron a los militares, quienes les arrancaron declaraciones autoincriminatorias mediante tormentos. Los familiares de los detenidos, que han recurrido a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y al relator especial de la ONU sobre la tortura, cuentan su historia.
Golpes, asfixia, descargas eléctricas y hasta tortura sicológica sufrieron policías municipales de Tijuana a manos de personal militar en instalaciones del 28º Batallón de Infantería, adscrito a la II Zona Militar en Baja California, donde las víctimas fueron conducidas entre el 21 y 27 de marzo pasado sin orden de presentación ni mucho menos de aprehensión.
Según los testimonios escritos por algunos de los 25 policías municipales, los responsables de la privación de su libertad son el secretario de Seguridad Pública de Tijuana, teniente coronel Julián Leyzaola Pérez, y el director general de Policía y Tránsito Municipal, capitán Gustavo Huerta Martínez.
Las narraciones proporcionadas a Proceso detallan las torturas para arrancarles declaraciones autoincriminatorias a los policías, a partir de las cuales la delegación de la Procuraduría General de la República (PGR), a cargo de Humberto Velásquez Villalvazo, tramitó su arraigo. Esas declaraciones habrían sido utilizadas para conseguir una orden de aprehensión en su contra, librada por el Juzgado V de Distrito, por estar presuntamente vinculados con el narcotraficante Teodoro García Simental, El Teo.
Los testimonios son crudos:
Me entaiparon los ojos y las manos; el tape me cortaba la piel de las manos, mis dedos no los sentía. Luego me envolvieron en una cobija todo completo y entre seis me empezaron a golpear en todo el cuerpo por horas, perdía la noción del tiempo; en seis ocasiones me desmayé. Como no firmaba lo que ellos querían me siguieron golpeando, no sé por cuánto tiempo.
(…) me quitaron las botas y mis pies los metieron a una vasija con agua, luego pusieron cables de electricidad y eso siguió por horas (…) me pusieron cables con electricidad en mis testículos (…) yo sentía que me iban a matar (…) ya no podía más, firmé con los ojos enteipados. Hoy no siento los dedos de mi mano derecha.
Las descripciones de las torturas tienen en general el mismo patrón e incluyen golpes de asfixia con bolsas de plástico y toques eléctricos en pies y genitales. Cuando se desmayaban los despertaban a cubetazos de agua, pero en algunos casos tuvieron que recurrir a técnicas de resucitación.
El sábado 30 de mayo, familiares de los agentes municipales interpusieron una denuncia por privación ilegal de la libertad, abuso de autoridad, tortura, lesiones y lo que resulte, en contra del delegado Velásquez Villalvazo; del director de Sanidad del cuartel militar –supuesto encargado de resucitación durante los tormentos–, teniente Fernando Coaxin Hernández; de los funcionarios municipales de seguridad Leyzaola y Huerta, así como en contra de dos personas, apodadas como Tortas y Matute, a quienes los policías señalan como los torturadores.
De este asunto tienen conocimiento la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos (OACNUDH) y la senadora Rosario Ibarra de Piedra, ante quienes acudieron familiares y las organizaciones que los representan: la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de Derechos Humanos (CMDPDH), la Comisión Ciudadana de Derechos Humanos del Noroeste (CCDH) y el Consejo de Alianzas Ciudadanas de Baja California A.C.
Morosidad
El 24 abril, las familias de los 25 agentes interpusieron una queja conjunta en la delegación de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) en Tijuana; algunas esposas lo hicieron antes de manera individual. Sin embargo, personal de la segunda visitaduría de la CNDH se entrevistó con los torturados entre el 18 y el 20 de mayo.
Para entonces, los policías ya estaban en el Centro Federal de Readaptación Social (Cefereso) número 4, en Tepic, Nayarit, a donde fueron trasladados 24 de ellos el 7 de mayo, en tanto que una mujer policía fue llevada al Centro de Readaptación Social (Cereso) de esa ciudad.
La tardía actuación de la CNDH impidió documentar las torturas dentro del cuartel con peritos especializados, resaltan Mayra López, abogada de la CMDPDH, y Alberto Entebi, presidente del Consejo de Alianzas Ciudadanas de Baja California.
El 29 de mayo, López, Entebi y dos esposas de policías (Carolina Burgara Sarmiento y Delia López Salgado) se entrevistaron con el responsable del caso, el visitador adjunto Carlos Villaseñor, quien justificó al delegado de Tijuana, Heriberto García García, por no acudir al cuartel militar, “porque su especialidad es de atención a migrantes, y que por eso envió la documentación a la segunda visitaduría”, cuenta Mayra López.
“Villaseñor argumentó que él tampoco pudo trasladarse al cuartel militar porque le autorizaron y le liberaron viáticos para Tijuana hasta después de que se llevaron a los policías a Nayarit”. El funcionario les informó que integró la queja CNDH/2/2009/1527Q.
En el encuentro con Villaseñor, indican los activistas, se les informó que un detenido tiene todavía secuelas físicas de la tortura y los demás sufren los efectos sicológicos, al grado de que uno de ellos intentó suicidarse, además de que dentro del penal continuaron las torturas.
Entre las irregularidades denunciadas, los defensores destacan la violación a la garantía del debido proceso, pues fueron detenidos del 21 al 27 de marzo sin orden de aprehensión ni presentación, los trasladaron a Nayarit sin notificación previa y sus abogados aún no tienen acceso al expediente.
“Una vez que los policías fueron llevados a Nayarit, los abogados fueron al Juzgado III de Distrito, donde se les dictó el auto de formal prisión. Ahí les dijeron que el expediente se había enviado a Tijuana, al Juzgado V de Distrito, donde alegaron que aún no lo recibían. El 1 de junio les avisaron que ya había llegado, fueron a buscarlo y resulta que nuevamente les informaron que ya lo habían enviado de regreso a Nayarit”, cuenta Alberto Entebi.
Abogado de profesión, el presidente del Consejo de Alianzas Ciudadanas de Baja California considera que el caso contra los policías tiene serias irregularidades: “El 15 de marzo se llevan a cuatro policías al cuartel militar, los torturan, les rompen las costillas, salen libres días después, se reintegran al trabajo, y no sabemos qué fue lo que dijeron. Después se integra una sola averiguación (AP/PGR/BC/TIJ/717/09/M-II) en la que incluyen a los 25 policías con base en señalamientos que hizo un expolicía, Enrique Carrillo Osorio, aprehendido con anterioridad, a quien le ponen enfrente un álbum de fotografías del personal de la Policía Municipal y le obligan a que señale gente al azar”.
De acuerdo con la Agencia Fronteriza de Noticias, Carrillo Osorio fue detenido el 19 de marzo por elementos del Ejército Mexicano a bordo de un automóvil con reporte de robo: llevaba un arma calibre .9 milímetros, cartuchos útiles y 40 envoltorios de crystal.
El 8 de mayo, la PGR informó del traslado a Nayarit de los 25 policías, así como de Carrillo Osorio y José Raymundo Sotelo González, procesados por delincuencia organizada y contra la salud, en la modalidad de fomento. El boletín les atribuye haber declarado que “estaban bajo las órdenes de El Teo (Teodoro García Simental), que opera en Tijuana”.
Los policías municipales procesados son Artemio Duarte Martínez, Blanca Berenice Huizar Murguía, Carlos Cervantes Álvarez, Gerardo Garduño Escobar, Jaime Berumen Borrallo, Jaime Ávila Flores, Jorge Sánchez Reyes, Jorge Pérez Avendaño, José Alberto Castillo Ortiz, José Alfredo Cuevas Higuera, José Carlos Ávalos Luis, Luis Alberto Toledo Coello, Manuel Guerrero Flores, Manuel Adelmo Olivas Coss, Miguel Ángel Mesinas López, Maximino García Luna, Omar Medida Ricardo, Raúl Delgado Rivera, René Huante Mondragón, Roberto Zaragoza Martínez, Rodolfo Ismael Nava, Rolando Saldaña Chacón, Salvador Bolaños Sánchez, Samuel Alonso Ureña Varo y Víctor Manuel González Meléndez.
Testimonios
De acuerdo con Entebi, los testimonios de los policías fueron elaborados durante su confinamiento en el cuartel militar. Ahí permanecieron incomunicados al menos cinco días, hasta que se les impuso el arraigo por 40 días. Una vez que sus familiares consiguieron verlos, les autorizaron tres visitas a la semana, cada una de solamente cinco minutos de duración y bajo vigilancia militar.
Amenazados con ser golpeados e incluso asesinados si informaban de la tortura, algunos policías relataron su tragedia por escrito. Uno de los documentos concluye con la siguiente advertencia:
Hago responsable al teniente Leyzaola y al capitán Gustavo Huerta como al 28º Batallón si algo me pasa por pasársele la mano en caso de más tortura.
En las notificaciones enviadas por la CMDPDH y la CCDHN a los organismos internacionales, se aclara que los testimonios “son presentados de manera anónima por el temor a represalias por parte de los elementos encargados de su custodia”.
En las quejas enviadas al secretario ejecutivo de la CIDH, Santiago Cantón, y al relator especial sobre la Tortura de la ONU, Manfred Nowak, se anexaron 12 testimonios que tienen coincidencias sobre la forma en que fueron privados de su libertad y torturados, aunque no todos se conocían ni fueron ingresados al cuartel del 28º Batallón el mismo día.
Los policías relatan que fueron requeridos a las oficinas centrales de la policía por el titular de la SSP municipal, el teniente coronel Julián Leyzaola Pérez, y por el director general de Policía y Tránsito, capitán Gustavo Huerta Martínez. Ya ahí, los despojaron de sus insignias, armas y pertenencias, y los condujeron en patrullas a las instalaciones del 28º Batallón de Infantería, conocido como Aguaje de la Tuna.
En algunos casos, los propios altos funcionarios de seguridad y de policía habrían realizado los traslados. Uno de los policías dice haber escuchado cuando Huerta Martínez les decía a los militares “ahí se los encargo”, al momento de entregarlo junto con otros de sus compañeros.
Esa declaración está incluida en las denuncias presentadas a organismos internacionales. Identificado como “Testimonio 1”, narra que el policía denunciante fue entregado a los soldados el 25 de marzo por preguntar a Huerta Martínez la razón del arresto de sus compañeros en días anteriores. Y detalla las torturas:
Eran tres sujetos, uno sentado en mis pies, otro sobre mi estómago y uno más, que era el de la voz, quien me colocaba el plástico en la cara hasta que dejaba de respirar. Creo que en el primer interrogatorio perdí el conocimiento; recuerdo que cuando volví en mí sentí cómo me daban masaje en el pecho y al verme que ya estaba otra vez listo escuche: “ya volvió”, y nuevamente el mismo de la voz me colocaba el plástico en la cara con violencia en repetidas ocasiones (…) me golpearon los pies, las rodillas, me lastimaron a más no poder la costilla, se ensañaron; en dos ocasiones me resucitaron nada más para seguir torturándome, y más porque no contestaba lo que ellos querían (…) me sentaron en una silla metálica y yo desnudo y otra vez amarrado, nuevamente el de la voz dijo: “bienvenido a la silla eléctrica”.
El “Testimonio 4” asegura que el secretario Julián Leyzaola Pérez estuvo presente durante la sesión en que el denunciante fue torturado y en la que negó estar involucrado con el narcotráfico:
Me quitaron el teip de los pies y me pararon, cuando escuché la voz del secretario Julián Leyzaola Pérez que dijo: “muy bien, te creo” (…) me quitaron el lazo de las manos y me llevaron a otro cuarto, ahí permanecí como dos días enteipado de los ojos.
De la intervención médica para reanimar a los torturados –atribuida en las denuncias al personal de sanidad militar–, destaca el “Testimonio 12” de un policía que también asegura haber sido interrogado en presencia del Leyzaola y que se negó a firmar las declaraciones ministeriales que le indicaba el agente del Ministerio Público Federal, Marco Antonio Zepeda:
Fue entones cuando sufrí un infarto; en ese momento procedieron rápidamente a desatarme y quitarme todos los tapes. Después de eso las torturas que recibí no fueron físicas sino psicológicas, donde me decían que yo no valía.
Otro testimonio hace referencia a la “resucitación”. Aunque no está incluido entre los enviados a los organismos internacionales, se integrará al expediente abierto por la CNDH:
Cuando desperté, me estaban dando fuertes cachetadas en la cara y me estaban echando aire en mi boca y nariz con lo que parecía un resucitador que usan los paramédicos. Me dejaron en paz unos minutos y nuevamente me colocaron el plástico en mi rostro (…) me pude percatar que los sujetos que me torturaron estaban vestidos de civil, pero era obvio que los militares los conocían (…) al día siguiente vino por mí personal de la PGR, y a bordo de una panel azul me sacaron para llevarme a tomar unas radiografías a una clínica particular, y al otro día abordo de una ambulancia me volvieron a llevar a esa clínica para practicarme lo que creo era un ultrasonido.
El drama

Las familias de los agentes también son víctimas de las acciones de las fuerzas federales contra los policías municipales.
Carolina Burgara Sarmiento y Delia López Salgado, esposas de Raúl Delgado Rivera y José Carlos Ávalos Luis, viajaron a la Ciudad de México el viernes 29 de mayo gracias a una colecta que hicieron los familiares de todos los detenidos.
En la capital del país se entrevistaron con la CMDPDH, la CNDH y la senadora Ibarra de Piedra, y contaron cómo el arresto de sus maridos cambió su vida por completo y las dejó desprotegidas.
Al igual que muchas otras familias, durante cinco días estas mujeres no supieron dónde se encontraban sus esposos. Cuando finalmente los localizaron, contrataron abogados que les cobraron entre 8 mil y 25 mil dólares.
Carolina, de 20 años, cinco de casada y una hija de dos años, narra: “Durante tres días no comí. Perdí mi casa, porque mi marido estaba pagando la hipoteca; tuve que vender mis muebles, mi carro y todo lo que tenía para pagarle al abogado. Yo nunca he trabajado y ahora vivimos con Delia, y mi niña llora todos los días buscando a su papá”.
Delia, de 31 años, y siete de casada, dice que tuvo que enviar a sus dos hijos, de 12 y nueve años, con su madre a Sinaloa “porque nomás me veían llorar todo el día, me preguntaban dónde estaba su papá y yo no sabía que decirles; además no los podía llevar a la escuela porque me dediqué a buscar la forma de sacar a mi marido”.
Según ellas, las esposas de los otros policías “tienen problemas económicos muy serios, porque la mayoría tiene más de tres hijos y son amas de casa, hace dos o tres meses que no pagan renta, están a punto de que las echen. Por eso decimos que si nuestros maridos estuvieran con el narco, por lo menos tendríamos casa propia, pero no es así, tenemos apuros muy fuertes”, acota Delia.
El drama unió a los familiares de los policías. Así, hace dos semanas consiguieron que las visitas se extendieran de cinco a 15 minutos, se ufana Carolina. La primera muestra de cohesión se dio el 7 de mayo, justo cuando los policías iban a ser trasladados a Tepic.
“Ese día me llamó mi esposo –dice Delia– y me dio una serie de números para comunicarme con las demás familias. Nos organizamos: unas se fueron al cuartel, otras a la PGR, donde un agente nos dijo en voz baja que nos fuéramos al aeropuerto; ahí había policías y soldados apuntándonos con sus armas, pero aun así tumbamos las puertas del aeropuerto, todas teníamos mucho coraje. Una señora y yo nos desmayamos cuando vimos que se elevaba el avión con nuestros maridos.”
Carolina resume: “Para todas es lo peor que nos pudo haber pasado. Los soldados, los de la PGR, no se fijan a quién afectan. Detrás de cada policía hay una familia, hay niños que todas las noches preguntan por su papá, y mujeres como nosotras que no sabemos qué decir”.

Autoafirmarse

Autoafirmarse sin agredir a los Demás/XAVIER GUIX
Publicado en El País Semanal 14/06/2009;
Vivimos en sociedad, y echar las culpas a otros no resuelve problemas. La actitud más efectiva consiste en expresar nuestros sentimientos, derechos y opiniones respetando al mismo tiempo los de las otras personas.
Realizando cursos de comunicación asertiva, suelo preguntar a los participantes cómo resolverían la clásica situación de pedir a una amistad que les devuelva aquel dinero que le prestaron hace un tiempo. Las respuestas suelen dividirse en tres estilos. El primero suele ser el más jocoso y celebrado, basado en todo tipo de amenazas e ingeniosas maneras de someter al deudor.
La segunda pasa de la ironía fina al sarcasmo más cáustico. El tercero consiste en no hacer nada, en no decir nada, en una especie de amnistía financiera, justificada por amor a la amistad. No se les ocurre que pueda existir una manera de reclamar de forma positiva lo que les pertenece. De expresar al otro lo que piensan y sugieren como solución.
Existen múltiples situaciones, que podríamos denominar como “conversaciones difíciles”, que invitan a decir lo que pensamos y sentimos con comodidad y sin agredir al otro: pedir un aumento de sueldo, reclamar un mal servicio, quejarse de una falta de puntualidad, decir que no a una propuesta, hacer un comentario a un compañero de trabajo sobre algún aspecto de su higiene; hacer una crítica, en definitiva.
Hay que reconocer que eso que llamamos asertividad cuesta horrores en un país que aún resuelve sus conflictos y situaciones comprometidas a base de sacar pecho o de culpabilizar al otro. Nos altera el carácter sanguíneo y sólo funciona el “nadie tiene que decirme lo que tengo que hacer”.
Eso no le ocurre al típico flemático inglés, que lleva la esencia de la actitud positiva en su propio lenguaje al iniciar todas las frases con la primera persona: I think (yo pienso), I believe (yo creo), I feel (yo siento). En cambio, por nuestras lides nos han enseñado que eso de empezar con yo suena a engreído. Por eso nos hemos especializado en el tú como eterno responsable de nuestros males, mientras que el yo sólo sirve para justificarse (Yo no he sido).
Una cuestión de dignidad
Un hombre tiene que tener siempre el nivel de dignidad por encima del nivel del miedo (Eduardo Chillida)
Robert Alberti y Michael Emmons publicaban el año 1978 Your perfect right: a guide to assertive behavior (Sus perfectos derechos: guía de la conducta asertiva). Definen la asertividad como el conjunto de conductas emitidas por una persona en un contexto interpersonal, que expresan los sentimientos, actitudes, deseos, opiniones y derechos de esa persona de un modo directo, firme y honesto, respetando al mismo tiempo los sentimientos y actitudes, deseos, opiniones y derechos de otras personas”. Dicho de una forma clara y rotunda: la capacidad de autoafirmarse.
Existen siete claves que expresan las leyes fundamentales de la asertividad:
1. Puedes hacerte respetar por los demás.
2. Reclama tus derechos.
3. Es imposible que todo el mundo te quiera.
4. Piensa en ti positivamente.
5. No te deprimas, actúa.
6. No te escondas de los demás.
7. Qué importancia tiene que salga mal, mientras te hayas afirmado.
No hay nada que nos ocupe y preocupe tanto como nuestras relaciones con los demás. Aunque presumamos a menudo de pasar olímpicamente de su opinión, lo cierto es que los tenemos presentes continuamente y, por supuesto, lo que puedan decir nos afecta en alguna medida. Pero también cabe observar lo que nosotros les decimos a los demás y cómo lo decimos.
Responder o reaccionar
La cosa más difícil es conocernos a nosotros mismos; la más fácil, hablar mal de los demás
(Tales de Mileto)

Mientras unas personas pretenden quedar bien con todo el mundo, tarea que conlleva mucho desgaste personal, otras, en cambio, se creen que disponen de todos los derechos y ninguna obligación, o sea, que no les importa pisotear a los demás con tal de lograr lo que creen que el mundo les debe.
Otra manera de dar rodeos a las cosas sin afrontarlas directamente es el uso de la ironía y el sarcasmo. Son estrategias que, si bien pretenden quitar hierro al asunto, al final confunden e incluso hieren más que una expresión clara de enfado. Aunque una fina ironía tiene un punto de admirativa, no cabe duda de que es una muestra de superioridad, y a veces de soberbia, que no trata la relación de igual a igual.
Hay que tener en cuenta, finalmente, a aquellas personas cuya reacción es el bloqueo, la pasividad, las que prefieren esconderse, no rechistar, dejarlo correr, hacer ver que no pasa nada. Ante tales extremos, la práctica asertiva se muestra como una especie de defensora de la dignidad, una manera elegante de poner cada cosa en su sitio. Porque en realidad nadie puede poner en duda lo que pensamos y sentimos. Pueden no estar de acuerdo, pueden poner límites a nuestras conductas, pero en ningún caso deslegitimar nuestras creencias y sentimientos. Y eso empieza por no deslegitimarse uno a sí mismo.
Somos seres conversacionales
Una buena conversación debe agotar el tema, no a los interlocutores (Winston Churchill)
Ante cualquier conversación, sobre todo si advertimos su dificultad, habrá que tener en cuenta al menos tres conversaciones que se producen a la vez, como si de muñecas rusas se tratara: “qué ha pasado” (contenido) “cómo me siento” (sentimientos) y “cómo me veo” (identidad). Ante el reto de ser nosotros mismos y serlo con los demás, la conducta asertiva puede tener en cuenta algunos principios de mucha utilidad:
– Dejar de pensar que el problema son los otros.
– Discutir sin comprender. No sólo cabe entender las palabras, sino el clima emocional que las acompaña, ser capaces de analizar la situación del otro.
– Cada experiencia es una oportunidad, pero deja de serlo si la tratamos como algo ya conocido. Evitar los pensamientos automáticos.
– Es importante conectar con nuestras intenciones, con los propósitos ¿Qué es lo que realmente quiero hacer?
– No querer tener razón
. Nuestras creencias son hipótesis y no verdades.
Vale la pena entrenarse en asertividad, por muy quijotes que nos sintamos a veces. Nuestras vidas transcurren en múltiples situaciones sociales, y no en medio de la selva, con lo cual no tiene sentido alguno el uso de la agresividad. Por eso, la próxima vez que tenga que reclamar el dinero prestado a un amigo le puede decir: “Por favor, me gustaría que me devolvieras aquel dinero que te presté. No me gustaría que mi relación contigo tuviera problemas por culpa del dinero. De este modo, cuando nos veamos nos sentiremos a gusto. Lo contrario es un mal rollo para todos”.

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