La pregunta de la presidenta Sheinbaum sobre quién manda en México —repetida en sus mañaneras frente a los amagos de Trump— nos coloca ante un espejo incómodo. Mientras la narrativa oficial defiende con firmeza que aquí deciden los mexicanos, la realidad en las regiones muestra un panorama muy distinto.
No manda por completo el Estado, pero tampoco el crimen organizado. Lo que hoy vivimos —como advierte hoy Raymundo Riva Palacio— es una "gobernanza híbrida" o "soberanía dual": un territorio fragmentado donde las autoridades y las estructuras delictivas coexisten y se disputan el control palmo a palmo.
Esta dualidad se respira en el día a día. En Sinaloa, los cárteles deciden horarios y toques de queda; en las carreteras de medio país, controlan el libre tránsito; y en los comercios de Michoacán, Guerrero o Morelos, imponen precios y cobran un impuesto criminal por el simple derecho de trabajar o de habitar la propia casa.