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La crisis pan-europea

La crisis pan-europea/Timothy Garton Ash, catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford e investigador en la Hoover Institution de la Universidad de Stanford.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia
Publicado en EL PAÍS, 14/05/10;
Qué semana. Mientras Reino Unido vive uno de los mayores dramas políticos de su historia desde la guerra, el continente se ve sacudido por una crisis histórica de la eurozona. En Bruselas, donde me encuentro, paso sin cesar de uno a otro asunto como intentando ver dos emocionantes finales de Wimbledon al tiempo.
Son partidos distintos, pero tienen mucho en común. Está en juego, tanto en la isla como en el continente, el futuro de toda una forma de organizar la economía y la sociedad -lo que a veces se llama el “modelo social europeo”-, que combina el juego libre de los mercados con un nivel elevado de gasto público, seguridad social, calidad de vida (vacaciones, permisos de enfermedad y maternidad, jubilación a una edad temprana) y, por desgracia, una deuda inmensa. Está en juego también la forma de organizar la propia Europa: ese “proyecto europeo” de posguerra del que, nos guste o no, forma parte Reino Unido.
Poco después de las nueve de la mañana del lunes oí a dos de los presidentes de Europa, José Manuel Barroso de la Comisión Europea y Herman van Rompuy del Consejo Europeo, presentar en tono triunfador el paquete de medidas “decisivas y aplastantes” para salvar la eurozona que se había acordado unas horas antes. “Cualquier intento de poner en peligro la estabilidad del euro fracasará”, dijo Barroso. Veremos. Si yo fuera operador de deuda, todavía no estaría convencido. Para salir adelante, este acuerdo necesita tres cosas: que Grecia haga unas reformas estructurales profundas y dolorosas, que Alemania esté dispuesta a sufragar parte de los gastos y que toda la eurozona acepte tener una coordinación fiscal más estrecha y una mayor gobernanza económica. Y esas tres cosas no están nada seguras.
Van Rompuy nos dijo que el Gobierno griego debe “cambiar la cultura e incluso la sociedad en Grecia”. Nada fácil. Aparte de que, aun en el caso improbable de que los griegos de pronto empiecen a ahorrar, trabajar y exportar como los alemanes, esa sigue sin ser la respuesta. Si todos los miembros de la eurozona se comportaran como los alemanes, ¿quién compraría sus exportaciones? Así que los alemanes, por su parte, tienen que empezar a gastar más; a comportarse más como los griegos, por así decir. Y eso tampoco es fácil.
Angela Merkel acaba de perder la mayoría en la Cámara alta del Parlamento alemán debido a la marcada pérdida electoral en Renania del Norte-Westfalia. En términos generales, los partidos que han salido mejor parados en esa provincia (land) alemana -que, por cierto, tiene más población y una economía mayor que Grecia- fueron los que se habían abstenido o habían votado en contra del rescate griego. También son los que se han resistido al recorte del Estado de bienestar alemán. “¡No a la desolidarización de la sociedad!”, gritó el líder socialdemócrata en la región. Cuando la solidaridad con sus propios compatriotas está sometida a tantas tensiones, no queda nada para unos griegos irresponsables dispuestos a aceptar regalos. Y tampoco existe en Alemania ningún deseo de dar grandes saltos adelante en la integración europea. Sin embargo, eso es precisamente lo que los exhaustos presidentes de Europa nos dicen que hace falta para superar esta crisis de la eurozona.
“A la hora de la verdad, no podemos tener una unión monetaria sin una unión económica”, dijo Barroso en nuestra reunión del lunes por la mañana. Van Rompuy se atrevió a más: “No podemos tener una unión monetaria sin alguna forma de unión económica y -glup- política”. Puede que el realismo político no esté de su parte, pero sí la lógica económica. En sus componentes esenciales, esta crisis la predijeron los que criticaban el diseño original de la unión monetaria en los años noventa. No es posible tener una unión monetaria fuerte y duradera, dijeron, sin una unión fiscal que permita una verdadera disciplina fiscal y transferencias presupuestarias compensatorias a través de toda la zona del euro y sin mayor grado de movilidad laboral. Pero si los alemanes y otros no estaban dispuestos a llegar a ello entonces, lo están mucho menos hoy. Y Merkel, a diferencia de Helmut Kohl, no les ha encaminado (es decir, presionado suavemente) para que acepten ir más allá, en beneficio de Alemania, la paz y la necesidad histórica. Los grandes conductores del proyecto europeo de posguerra ya no están.
Así, pues, ahora se plantean dos preguntas de 64.000 dólares o, mejor dicho, de 64.000 millones de euros. La primera es si la eurozona puede arreglárselas para alcanzar un mínimo necesario de disciplina fiscal y “gobernanza económica” comunes antes de que los mercados de deuda vuelvan a querer saciar su sed de sangre y Grecia acabe declarándose en bancarrota o, para ponerlo en términos más suaves, “reestructurando su deuda”, dentro o fuera de la eurozona. No es una pregunta que ataña directamente a Reino Unido, pero su nuevo Gobierno de coalición, de estilo europeo y sin precedentes, no tiene más remedio que sentirse aludido. El rescate aprobado el lunes ya nos involucró de forma indirecta a los británicos, en la medida en que contribuimos a esos 60.000 millones del presupuesto de la UE con los que se garantiza el préstamo a Grecia. El ministro laborista de Finanzas, Alistair Darling, estuvo en la reunión del Ecofin en Bruselas en la que se tomó la decisión, y uno de sus últimos actos en el cargo fue adherirse al acuerdo. Cuando el conservador George Osborne venga a su primera reunión el próximo martes, en el que seguramente será su primer viaje al extranjero como nuevo ministro británico de Finanzas, se encontrará -si todo va de acuerdo con el plan actual del comisario francés Michel Barnier- con una desagradable directiva que limitará los fondos alternativos de Londres. No tiene relación directa con el rescate de la eurozona, pero, en las mentes de los europeos, todo se mezcla.
Dios sabe cómo van a poder decidir una estrategia común respecto a esta Europa convulsa los demócratas liberales y los conservadores, el partido más eurófilo y el más eurófobo de la política británica. Y quizá ni Dios lo sepa. Ahora bien, como el mayor mercado que opera en Reino Unido se hunda, olvidémonos de una recuperación económica rápida para el país.
La segunda gran pregunta es si los Estados del bienestar europeos que están cargados de deudas y déficits -no sólo Grecia, Italia, Portugal y España, sino también Reino Unido después de Brown- van a poder rescatar sus finanzas públicas y reformar sus economías sociales de mercado. Porque está más claro que nunca que el Reino Unido que deja el socialdemócrata escocés Brown, con su elevado gasto público y el peso de su deuda, no es más que una variante más de libre mercado del “modelo social europeo”.
Para salvar ese modelo, debemos cambiarlo. El viejo vehículo oxidado que consume litros y litros de gasolina debe transformarse en un coche nuevo, un híbrido más ajustado, más barato y más verde. La retórica que oí emplear a los presidentes europeos, cuando sugerían que es posible preservar el modelo social europeo sólo con que la gente trabaje “más y mejor” (Barroso) y que siga siendo “un ejemplo para el mundo” (van Rompuy) es completamente insuficiente.
“Europa es Detroit”, dijo el otro día aquí un empresario. Desde Grecia hasta Reino Unido, desde España (donde el presidente Rodríguez Zapatero acaba de anunciar su propio plan de recortes del gasto público) hasta Renania del Norte-Westfalia, afrontamos una dolorosa transformación de nuestra forma de vivir y trabajar. Los eslóganes, como el vago “gran sociedad” de los conservadores británicos, el torpe “no a la desolidarización” de los socialdemócratas alemanes y el espeluznante “abajo los capitalistas” de los comunistas griegos, no van a servir de nada. En la nueva política inevitable de la austeridad, lo importante es saber si va a ser sólo una austeridad destructiva o una austeridad creativa. Es un reto colectivo de la eurozona -del que Reino Unido no puede permanecer totalmente apartada-, pero también un reto individual para cada país europeo. Reino Unido está en esta línea de salida europea, con una camiseta de rayas azules y naranjas a la que no está acostumbrada, al lado de España, Grecia, Alemania y Francia. Preparados, listos, ya.

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