28 mar 2026

Gabriela Montero en Culiacán: El arte de atrapar lo efímero

 Retrospectiva...

Gabriela Montero en Culiacán: El arte de atrapar lo efímero

“El viaje más apasionante es aquel que se emprende sin saber adónde ir...” > — Johann Wolfgang von Goethe

Hay viajes que se justifican con una sola nota musical. Gracias a la invitación de mi buen amigo Gustavo Tovar Arroyo —y por invitación expresa del empresario Agustín Coppel— desembarqué en Culiacán a finales de octubre de 2013 con un solo propósito: escuchar, ver y, sobre todo, vibrar con el piano de Gabriela Montero.

Gabriela, venezolana de cepa que hoy reside en Estados Unidos, es una de las pianistas más determinantes de nuestro tiempo. No lo digo yo; lo han certificado cabeceras como The New York Times o The Washington Post, asombrados por su capacidad de componer en tiempo real, un don que parece haberse perdido en la rigidez de la academia moderna. Pero Gabriela no solo es técnica; es conciencia. Su obra audiovisual ExPatria es un grito melódico que expone el dolor del exilio y la fractura social de su tierra.

Todavía guardamos en la retina su participación en la investidura de Barack Obama en 2009, donde junto a titanes como Yo-Yo Ma e Itzhak Perlman, interpretó Air and Simple Gifts. Sin embargo, tenerla en el Teatro Pablo de Villavicencio, frente a un Steinway Gran Concierto modelo D, fue una experiencia de una intimidad inalcanzable en las grandes transmisiones televisivas.

El peso de los genios

La primera parte del programa fue un diálogo con las sombras de los grandes. Interpretó los tres Intermezzos Opus 117 de Brahms. En esas teclas se sentía el peso del amor imposible del compositor por Clara Schumann; una pasión contenida que me hizo recordar, inevitablemente, a nuestra Rosario de la Peña y ese "Nocturno" que Manuel Acuña le escribió antes de entregarse a la muerte.

Gabriela también abordó la Fantasía en Do mayor de Schumann, transitando de la turbulencia apasionada a una serenidad que solo puede calificarse de espiritual. Al verla, uno entiende que estos músicos no solo amaron la música; amaron con la misma intensidad con la que ella golpea o acaricia las teclas.

El vuelo hacia el vacío

Pero fue en la segunda mitad donde ocurrió el milagro. Gabriela se despojó de las partituras para entregarse a la improvisación. “Improvisar es como tirarte al vacío y saber que vas a volar”, suele decir ella. Y volamos con ella.

Nos explicó que en los siglos XVII y XIX, improvisar era el pan de cada día para los genios, pero que hoy la práctica ha quedado casi relegada al jazz. “Hoy es raro hacer eso, y yo soy rara”, confesó con esa sencillez de quien sabe que posee un fuego antiguo.

El público, entregado, empezó a lanzar desafíos. Alguien pidió Bésame mucho. Bajo sus dedos, el bolero de la jalisciense Consuelito Velázquez se fue transformando, ganando texturas, hasta convertirse en una pieza de corte barroco que el mismísimo Bach habría firmado con gusto.

Emocionado, me atreví a pedirle La Flor de la Canela. Gabriela, con una sonrisa cómplice, me retó a cantarla. En medio del nerviosismo, mi voz se confundió con los versos de Fina Estampa, pero ahí estaba Leonor Quijada —promotora incansable y compañera de Élmer Mendoza— para rescatarme. Cantamos al alimón: “Una veredita alegre, con luz de luna o de sol...”. Gabriela recogió nuestra voz y la devolvió al aire convertida en una pieza romántica, teñida de una melancolía que evocaba la partida de los hijos y la soledad del alma.

Un regalo para Sinaloa

La noche cerró con un Cielito Lindo barroco y un Alma Llanera que, aunque solicitado con insistencia, terminó arrancando una ovación de pie que hizo retumbar el teatro. Hubo un momento especialmente emotivo cuando dedicó una pieza de jazz a Gustavo Tovar; fue un homenaje a la resistencia y a la amistad en tiempos de exilio. Gustavo, conmovido, me lo resumió en una frase: “Fue como ver y escuchar a Mozart en pleno siglo XXI”.

En el segundo concierto, aprovechando la cercanía, le pedí un favor personal: que tradujera al piano lo que Sinaloa le había hecho sentir en sus tres días de visita. Se quedó pensativa unos segundos, miró al público —donde se encontraba Sofía Carlón, esposa del gobernador, y diversas figuras de la cultura como los Coppel— y produjo algo inusitado. Fue un regalo sonoro para nuestra tierra, un fragmento de belleza efímera que, por fortuna, quedó registrado en las cámaras de la Sociedad Artística Sinaloense.

Al final, la mujer genio se dio tiempo para charlar, para ser humana entre nosotros. Quienes no estuvieron, se perdieron una de esas raras ocasiones en las que el tiempo se detiene. Para volver a vibrar así, habrá que seguir sus pasos por los grandes escenarios del mundo, recordando siempre que una noche, en Culiacán, Gabriela Montero nos enseñó que la música, como la vida, es más bella cuando nace y muere en el instante.

No hay comentarios.:

Gabriela Montero en Culiacán: El arte de atrapar lo efímero

  Retrospectiva... Gabriela Montero en Culiacán: El arte de atrapar lo efímero “El viaje más apasionante es aquel que se emprende sin saber ...