29 mar 2026

Quién me presta una escalera para subir al madero, para quitarle los clavos a Jesús el Nazareno?” —

 “Dijo una voz popular: ¿Quién me presta una escalera para subir al madero, para quitarle los clavos a Jesús el Nazareno?” — Joan Manuel Serrat (interpretando a Antonio Machado).

Con esta voz popular, Joan Manuel Serrat nos sitúa en la tensión poética que define nuestra Semana Santa.

Es el choque entre la madera inerte de la cruz y el movimiento eterno del mar. Machado nos recordó que la fe no solo habita en el "Jesús de la agonía", sino en aquel que caminó sobre las aguas, desafiando la lógica de la muerte y el miedo.

Este año, esa dualidad se siente más punzante que nunca. Mientras en los rincones de Guanajuato el aroma de los Altares de Dolores nos ofrece un refugio místico y familiar, el mundo exterior nos devuelve una imagen fracturada. El Domingo de Ramos de León XIV no fue solo un desfile de palmas; fue un grito de auxilio desde una Plaza de San Pedro que mira con angustia hacia un Medio Medio que sangra, atrapado en una guerra que, en apenas dos meses, ya cuenta sus muertos por miles.

La fe, hoy, parece estar bajo custodia. Lo sucedido en Jerusalén con el Cardenal Pizzaballa es un recordatorio sombrío de que el Santo Sepulcro —el epicentro de nuestra esperanza— sigue siendo rehén de la geopolítica. Que la oración dependa de un permiso diplomático o del cese de misiles nos dice que, dos mil años después, el camino al Calvario sigue lleno de espinas políticas.

La intervención de la Unión Europea y el ajuste de última hora de Netanyahu no son meras notas al pie en los diarios; son la prueba fehaciente de que la fe es, en sí misma, un acto de resistencia frente a la intolerancia y el conflicto.

El Papa ha sido claro: no hay liturgia completa si se ignora el dolor del presente.

Este Jueves Santo, el lavatorio de pies no será solo un rito, sino un acto de reparación para quienes caminan sin rumbo. El Viernes del Silencio, el Vía Crucis en el Coliseo no solo recordará los clavos de Cristo, sino las heridas abiertas por la metralla.

Y quizás lo más desgarrador: el llamado por los migrantes en Creta. Si la tierra y el cielo fueron creados para la paz, el mar no debería ser un cementerio, sino el camino de aquel Jesús que, como dice el poema, "anduvo en el mar".

La Semana Santa no es un evento del pasado; es el espejo donde se refleja nuestra capacidad de compasión. Entre la bendición Urbi et Orbi y la lírica de Machado, nos queda la tarea de encontrar luz en medio del estruendo. Porque al final, la Resurrección no es solo una fecha en el calendario, sino la promesa de que, incluso ante los templos cercados y los mares bravíos, la vida siempre reclama su lugar.

"¡Oh, no eres tú mi cantar! ¡No puedo cantar, ni quiero a ese Jesús del madero, sino al que anduvo en el mar!".

Buena semana Santa aunque sea laica.. V

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