21 jun 2026

Evo Morales, un caudillo en declive que no acepta su decadencia/ Carlos Malamud

Evo Morales, un caudillo en declive que no acepta su decadencia/ Carlos Malamud, Carlos Malamud es investigador principal del Real Instituto Elcano y catedrático de Historia de América en la UNED. Su último libro es Golpe militar y dictadura en Argentina (1976-1983) (Catarata, 2026).

El Mundo,  Sábado, 20 junio 2026 - 23:52

Nuevamente Bolivia estuvo al borde de la crisis. Decenas de barricadas bloquean las carreteras e impiden que alimentos, medicinas, combustibles e insumos industriales lleguen a destino. Las principales ciudades, comenzando por La Paz y El Alto, están sitiadas y desabastecidas, aunque el cerco ha comenzado a remitir. Tras una tímida recuperación económica bajo la presidencia de Rodrigo Paz Pereira, el bloqueo amenaza seriamente el futuro del país. Según el Banco Mundial, en 2026 el PIB boliviano se contraería un 3,2%, el peor desempeño de América Latina.

Pese a las 14 muertes en los casi 50 días de cortes, ni los bloqueadores ni sus inductores intelectuales han asumido ninguna responsabilidad, más bien todo lo contrario. No es la primera vez que esto ocurre. En 2003 y 2005, en su búsqueda del poder y tras sendos bloqueos, Evo Morales obtuvo la renuncia de Gonzalo Sánchez de Lozada y de Carlos Mesa, y entre 2020 y 2026 impulsó al menos otros cinco. Nuevamente, a veces de forma abierta y descarada y otras de un modo más velado, el expresidente y líder cocalero vuelve a estar detrás de estas acciones.

Para él es algo normal, «una rebelión, una sublevación del pueblo a la cabeza del movimiento indígena contra el modelo neoliberal». Su justificación muestra su desprecio por la democracia. Como antes, durante y después de su presidencia, cree que las leyes no fueron escritas para él, que está por encima de las reglas y la Constitución. Su nombre en X, y uno de sus lemas favoritos, es @evoespueblo, otro «mandar obedeciendo», aunque sea él, el líder autoritario, quien marque el paso. Imbuido de un estilo verticalista, sostiene que el poder ni se comparte ni se reparte y, por supuesto, que la alternancia es un demérito. Las elecciones solo valen y son limpias si él las gana; si no, son fraudulentas.

Su mensaje mesiánico y anticolonial repite una y otra vez que, si el pueblo fue explotado durante 500 años, tras llegar al poder les toca gobernar ininterrumpidamente otros cinco siglos. Para dar más brillo a su relato y dotarlo de más legitimidad ante la izquierda internacional (europea y latinoamericana) se presentó como el primer presidente indígena de América Latina, aunque el mérito corresponda a Benito Juárez.

Después de su larga presidencia (2006 a 2019), Morales no se resignó a perder el poder ni a ocupar un lugar secundario. Tampoco a ser procesado y condenado por trata agravada de personas y estupro, ni siquiera por sedición, terrorismo, fraude electoral y corrupción. Sostiene que cualquier acción legal es parte del lawfare en su contra y contra todo el pueblo boliviano (Evo es pueblo). Ante su incomparecencia en los juzgados, fue declarado en rebeldía y desde octubre de 2024 se refugia en su feudo de Chapare, custodiado por seguidores fuertemente armados y dispuestos a todo, incluso a una masacre si fuera necesaria, para proteger al caudillo.

Pese a que sus políticas populistas dilapidaron buena parte de la riqueza recibida en 2006, señaló: «El único delito que cometí es que, siendo el primer presidente indígena, logré un país con una economía justa para el pueblo, una Bolivia Plurinacional con inclusión de los siempre excluidos, no haber permitido la intromisión y abuso del imperio norteamericano». Eso no le impidió, durante su mandato, subordinar a los demás poderes del Estado, comenzando por el Legislativo y el Judicial, pero también el Electoral e incluso las Fuerzas Armadas.

Si bien empoderó a una parte importante de la sociedad (comenzando por indígenas y campesinos, sin olvidar al vasto sector informal), dándole derechos de los que entonces carecía, no logró encauzar el proceso de forma sostenible. En su lugar, desde el inicio, apostó por el clientelismo y no por la formalidad y las instituciones.

Esta vez el bloqueo comenzó con diversas reivindicaciones sectoriales y laborales, luego unificadas en el pedido de renuncia de Rodrigo Paz, sosteniendo que así, y sólo así, se pacificará al país. Morales trató de doblegar al gobierno, aún al precio de que sus seguidores y el pueblo en general paguen un alto precio por ello. Para justificarse esgrime un tono belicista y victimista, acusando al Ejecutivo de «masacrador de indígenas». Por eso, no van «a levantar los bloqueos hasta ganar esta batalla... Vamos a continuar todos en la lucha porque abandonar sería dejar que el Gobierno siga vendiendo Bolivia, siga rematando nuestros recursos naturales».

Mientras tanto, el presidente, tras lograr que el Parlamento apruebe una norma que amplía sus competencias sobre el estado de excepción, buscó una solución negociada, finalmente alcanzada, intentando evitar que la represión indiscriminada terminara en catástrofe. Su actitud dialoguista le ha valido duras críticas (debilidad, inacción, inexperiencia) de sectores de la derecha (Jorge Tuto Quiroga) y potenciales aliados (Samuel Doria Medina).

Si la posición de Paz se sintetiza en la fórmula de dejar «atrás el viejo orden de la confrontación y la conspiración» para avanzar «hacia un nuevo orden basado en la reconciliación y la construcción de la patria», la de Morales solo pasa por la renuncia del presidente y la convocatoria de elecciones en 90 días. No hay más. Esto hubiera implicado que el vicepresidente Edman Lara, al que algunos sitúan como su aliado, ocupara el poder. El cansancio, el desprestigio de los bloqueadores y el Mundial de fútbol le dieron la razón al Gobierno y se alcanzó un principio de acuerdo.

Para el líder cocalero su vuelta al poder le permitiría cumplir con todas sus aspiraciones y recuperar la inmunidad, aún a costa del descrédito total de sus seguidores. Con tal de salvarse poco le importa hundir al país o incluso, ya destruido el MAS, el Movimiento al Socialismo, que la reconstrucción de la izquierda política sea una tarea imposible.

La inmunidad lo pondría a salvo de la persecución judicial y de posibles condenas, como pasó con su amiga Cristina Kirchner, o de ataques puntuales como el que en Venezuela acabó con el líder del Tren de Aragua. Otra vez, en lugar del interés general que los líderes populistas, de cualquier color, dicen defender, emergen de forma descarnada y brutal los intereses personales más elementales. Evo Morales es otro ejemplo del descenso a los infiernos de quien no acepta su propia decadencia.


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