12 jun 2026

:La gente juega mejor de Juan Villoro

 En su relato sobre el partido inaugural del Mundial 2026 en el Estadio Azteca, Juan Villoro nos entrega una crónica donde el verdadero protagonista no rodó sobre el césped, sino que latió en las tribunas. La narrativa contrasta la entrega incondicional del pueblo mexicano con la tibieza del espectáculo deportivo y la crudeza del entorno social.

Comenta que a  pesar de una inversión de cuatro mil millones de pesos en la remodelación, el sonido local falló estrepitosamente, silenciando las voces de figuras como Shakira, Lila Downs y Belinda.

El espectáculo sobrevivió únicamente porque la afición decidió unirse para cantar a coro; Villoro destaca el choque frontal entre este espíritu festivo y el rechazo generalizado hacia la FIFA, percibida por los asistentes como una fria maquinaria económica que mercantiliza la pasión.

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El público del Azteca hizo más esfuerzo que los jugadores, el sacrificio valió la pena: nada podía superar al milagro de estar juntos.

El público del Azteca hizo más esfuerzo que los jugadores, el sacrificio valió la pena: nada podía superar al milagro de estar juntos. Crédito: José Luis Ramírez

Una vez más, el público del Azteca hizo más esfuerzo que los jugadores. Las rutas de acceso exigieron entrega de peregrinos. Los bloqueos que tienen sitiada la ciudad y el perímetro de seguridad exigido por la FIFA hicieron que el solo hecho de llegar fuera un deporte extremo. Una vez en las gradas, el sacrificio valió la pena: nada podía superar al milagro de estar juntos.

La afición asumió un estricto código de vestuario; el que no tenía la camiseta verde de la selección era porque llevaba la blanca. Incluso los extranjeros se integraron con gusto al pueblo uniformado.

Esto no excluía otras variantes del patriotismo, como los penachos de Moctezuma que le tapan la vista a las tres filas superiores. La costumbre se dio de baja y resultó normal encontrar al médico de la familia usando peluca tricolor.

La remodelación del estadio costó más de cuatro mil millones de pesos. Sabemos en qué no fueron usados: el sonido local no sirve. Lo peor del asunto es que antes se oía de maravilla. Durante 52 años, la legendaria voz de Melquiades Sánchez Orozco anunció las alineaciones y notificó de los niños extraviados que aguardaban a sus padres en el túnel número uno.

En la era de las pantallas, la realidad no basta. Durante la ceremonia inaugural no pudimos escuchar las voces de Belinda, Lila Downs y Shakira. Si entendimos lo que decía Maná, fue porque todos cantamos a coro. Para saber qué dijeron la actriz Salma Hayek y el portero Nery Pumpido, ganador del Mundial en 1986, tendremos que buscar repeticiones en la tele.

La tercera dimensión es el sitio provisional que adquiere sentido al ser filmado.

Durante la ceremonia, las agraviantes siglas de la FIFA flotaron sobre el césped sagrado. Aunque estar ahí era un privilegio, la avidez económica de esa "organización no lucrativa" produce un repudio unánime. "Se me antoja un burrito, pero no quiero darle más dinero a la FIFA", dijo una aficionada.

La renovación de las butacas consideró que la especie humana se ha encogido.

En 1966, los gordos tenían derecho de asiento; cincuenta años después, aunque seas flaco estás apretujado. Pero el mexicano no se amedrenta por eso; al contrario: desconfiamos de los lugares donde sobra espacio.

Más de ochenta mil personas se unieron codo a codo para gritar ante los variados despliegues de la bandera, incluida la más espectacular, que flotó en el cielo, llevada por un helicóptero. Los estallidos de nubes tricolores perfeccionaron el éxtasis.

Cada asiento tenía una rodaja de cartón que servía como sombrero de emergencia para contrarrestar un sol de justicia. Después de cantar el himno a todo pulmón, sentimos el impulso de arrojar algo y los sombreros volaron como el confeti más grande del mundo.

Este prólogo hubiera dejado exhausta a otra afición, no a la mexicana, que mantuvo un singular nivel de estruendo a lo largo de todo el partido, algo inaudito porque no hubo grandes lances ni demasiadas cosas que festejar.

Aun así, cuando el árbitro lanzó los tres silbatazos finales, una nación que se entusiasma consigo misma cantó "El rey". Nadie juzgaba el espectáculo por lo que había visto sino por lo que había sentido, la zona emocional donde, con dinero y sin dinero, podemos ser monarcas.

México cumplió con el objetivo de ganar el primer juego. Julián Quiñones jugó como si participara en otro partido. Anotó el primer gol del Mundial, lanzó un tiro al poste y no dejó de generar peligro. Raúl Jiménez anunció con un riflazo que la delantera tenía pólvora y en el segundo tiempo anotó el tanto definitivo.

El marcador de 2-0 fue exiguo para un equipo que jugaba de local y llegó a tener dos hombres más en el campo. Ciertamente, el Mundial y es largo y hay que administrarse, pero decepciona que eso signifique dar seis pases laterales para luego buscar al portero.

En el plano sentimental hubo un logro. Los jóvenes consentidos de la afición, Gilberto Mora y Armando "La Hormiga" González, tuvieron sus primeros minutos en el Mundial. Como la ceremonia inaugural, este rito de paso no tuvo consecuencias deportivas pero fue emocionante.

Hace unos días se anunció que la Casa del Poeta, donde murió Ramón López Velarde, se convertiría en un cabaret. La comunidad intelectual se volcó en defensa del autor de "La suave Patria" y el despropósito fue frenado.

Según dijeron las autoridades, la "esencia" del poeta se respetará.

Dicha esencia estuvo presente en el Azteca, no en el césped, donde los nuestros resolvieron un trámite sin destellos, sino en las gradas, dignas de los versos del poeta: "Diré con épica sordina / la patria es impecable y diamantina".

Al salir del estadio volvimos a nuestra extraña realidad. Numerosos guardaespaldas esperaban a sus jefes, portando los paraguas prohibidos en el estadio. Un poco más adelante, encontramos un comando policiaco con escudos. La calle estaba llena de piedras y flores de cempasúchil, después de un choque con estudiantes.

En un muro, un grafiti recién pintado decía: "El Mundial del despojo".

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