20 ago 2026

El doble rostro de la DEA y la línea roja de Palacio Nacional.

 El doble rostro de la DEA y la línea roja de Palacio Nacional.

Por: Fred Alvarez Palafox

La política tiene, de pronto, sus destellos poéticos, aunque la mayoría de las veces termine rayando en el absurdo. Fíjense en esos versos de Whitman en su Canto a mí mismo (Hojas de hierba), donde a veces parece que las instituciones nos recitan a la cara:

¿Qué me contradigo?

Sí, me contradigo. Y ¿qué?

(Yo soy inmenso…

y contengo multitudes.)

Y vaya multitud de contradicciones las que nos está recitando hoy la agencia antidrogas estadounidense: la DEA.

Esta semana nos tocó ver a la diplomacia bilateral caminando, otra vez, sobre cristales rotos. El escenario fue Buenos Aires, en la Conferencia Internacional para el Control de Drogas. Ahí, frente a representantes de más de cien países, el director de la DEA, Terrance Cole, decidió desplegarle una inusual alfombra roja al secretario de Seguridad de México, Omar García Harfuch.

Cole dejó a un lado el guion acartonado del burócrata. Lo llamó no solo un "socio de confianza", sino un "buen amigo de Estados Unidos". Reconoció su inteligencia operativa, sus investigaciones agresivas y hasta sacó a colación aquel terrible atentado de 2020 como prueba innegable de su temple. Si hablamos de realpolitik, fue un espaldarazo internacional en toda la regla.

Ahora bien, no sabemos si ese mensaje lo dio Cole de manera convencida, pero de lo que sí estamos seguros es que ese abrazo en público no le ayudó para nada al secretario de Seguridad de México.

Porque aquí, en Palacio Nacional, el eco de esos aplausos gringos sonó a pura hipocresía, tal y como lo destaca hoy el diario Reforma en su primera plana: "Critica CSP el 'doble discurso' de la DEA".

En la mañanera de este miércoles, la presidenta Sheinbaum no se anduvo por las ramas y señaló al elefante en la habitación: el doble discurso de Washington. "Lo que tú dices es cierto", le soltó a un reportero que puso el dedo en la llaga preguntando si no había una doble moral en el actuar del director de la DEA.

Y cómo no iba a molestar. Apenas en julio pasado, este mismo funcionario insinuaba sin el menor recato una "conexión mortal" entre el gobierno de la Cuarta Transformación y los cárteles. Un día te acusan de complicidad; al otro, brindan por tu amistad. Esa esquizofrenia diplomática no pasó desapercibida, y la irritación presidencial, se los digo, fue palpable.

Aquí viene el detalle fino, la verdadera crónica interna del poder. Originalmente, confesó la Presidenta, ella no quería que Omar pusiera un pie en Argentina. Uno casi puede imaginar el razonamiento en Palacio, a manera de advertencia: "¿A qué vas? ¿A hacerle el caldo gordo a una agencia que un día te aplaude y al otro te tira a matar?". Esa era la postura inicial.

Pero comentó ayer que fue el Gabinete de Seguridad en pleno el que la hizo cambiar de opinión; la convencieron de que la jugada era otra. La misión mutó por completo: ya no se trataba de ir a rendirle cuentas a nadie, sino de agarrar el micrófono frente al mundo para desmentir narrativas falsas y dejar en claro que la pacificación de México tiene su propia hoja de ruta.

Hoy se traza una línea roja inamovible. La coordinación con Washington va a continuar, por supuesto, pero —subrayó— amarrada a cuatro pilares que no están a discusión: respeto a la soberanía, responsabilidad compartida, confianza mutua y, la más importante de todas, cooperación sin subordinación.

Para la historia inmediata, queda una lección clara: México está dispuesto a sentarse en cualquier mesa internacional, pero ya no acepta que le cambien el guion por debajo de la puerta


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