La de ‘Barbie’ también fue una odisea/ Susan Faludi es periodista y autora de Reacción: la guerra no declarada contra la mujer moderna y, más recientemente, En el cuarto oscuro.
The New York Times, domingo, 30/Ago/2026
Entre las muchas aflicciones que distorsionan nuestra política actual, hay una que ha pasado desapercibida: nos encontramos inmersos en una pugna de suma cero por determinar qué género se apropia del viaje del héroe, esa antigua estructura narrativa en la que el héroe abandona su hogar, enfrenta monstruos y tentaciones, y regresa para recuperar su reino y a su mujer de manos de usurpadores. En la época moderna, la cuestión de si el héroe debe ser hombre ha sido cuestionada y vuelta a cuestionar.
La pelea se trata de mucho más que una historia. Nos peleamos por ciertos mitos fundacionales porque quien posee el mito, posee la cultura
Es difícil encontrar algo más fundacional que Homero. Sentada en mi Cinemark local de pantalla ancha, a la mitad del pesado trayecto de La odisea de Christopher Nolan, una película que apenas se desvía de la plantilla homérica de alta testosterona y un hombre en una misión, me invadió una sensación extraña. ¿Acaso no había visto ya esta película, pero con una paleta de colores diferente?
En efecto, así fue: en el mismo cine, otro día de julio de hace tres años. Aquella versión presentaba a una protagonista femenina que viaja en auto, bote, nave espacial, bicicleta, moto de nieve y patines hacia una tierra extranjera plagada de peligros. Elude a una horda de hombres de traje que quieren encerrarla en una caja antes de regresar a su principado color pastel para encontrarlo asediado por unos tipos ruidosos y fanfarrones. Tanto Barbie como La odisea incluyen una batalla en la playa con flotillas de embarcaciones de desembarco provistas de rampas de proa y un motivo ecuestre, aunque la figura equina varada en la playa de Ken está moldeada con arena de plástico rosa. Pero mientras los chicos de Barbie se pelean, las chicas recuperan el reino; se restaura el matriarcado.
A los ojos de un topólogo, Barbie de Greta Gerwig y La odisea de Nolan son los mismos objetos con diferentes formas. La diferencia radica en que la de ella está impregnada en tonos de Crayola, tiene ingenio y recaudó más en su fin de semana de estreno. (Gerwig y Nolan parecen rivales marcados por el destino: basta recordar el fenómeno Barbenheimer) Las películas en sí apenas tienen la seriedad suficiente como para servir de antagonistas filosóficos. Sin embargo, como grandes artefactos culturales con solo tres años de diferencia, iluminan un cambio profundo en nuestra sociedad que va mucho más allá de Hollywood. La pugna en torno a la narrativa del héroe erosiona nuestra vida política y pública, y desfigura nuestro gobierno.
Nuestro gobierno hasta sus niveles más altos. El presidente Donald Trump parece verse a sí mismo embarcado en una misión homérica. Expulsado de su trono legítimo en 2021, luchó por recuperarlo y ahora cobra venganza contra los infieles que lo traicionaron. Es una misión con un giro moderno: su rival en la búsqueda por recuperar la corona era una mujer. El patriarca la derrotó, en parte, al prometer en la campaña electoral que “protegería” a las mujeres, antes de continuar con su devastación del bienestar femenino una vez que ganó. Desde el día de la investidura, su gobierno se ha empeñado en revertir la suerte de las mujeres en todos los niveles.
Por un breve periodo —con la Marcha de las Mujeres de 2017, el #MeToo y la indignación por el fallo Dobbs de la Corte Suprema— parecía que las mujeres se habían apoderado del manto de heroínas; se enfrentaban cara a cara con adversarios que iban desde un presidente que quería “agarrarlas por la vagina” hasta el jefe priápico de un estudio de cine y una injusticia de la Corte Suprema. En el momento embriagador del verano brat (antes de la caída de Kamala), parecía que el viaje de la heroína incluso podría terminar en victoria. Hasta que vino la revancha. “Ha llegado la caballería”, proclamó Elon Musk el día de las elecciones de 2024. “Los hombres están votando en cifras récord”. (Bueno, en realidad no). ¿Cómo cambió todo tan de repente? O, para citar a Barbie: “¡Esto es Barbieland! Las Barbies trabajaron duro y soñaron a lo grande para que fuera todo lo que es. No puedes deshacerlo en un día”. ¿Ah, no?
La lucha del héroe resuena de manera universal porque todos nos enfrentamos a monstruos de una u otra índole. El monomito promete transformar nuestros enredos mundanos en nobles hazañas. Eso es lo que está en juego en el cambio de mentalidad entre Barbie en 2023 y el diario de viaje de machos de Nolan en 2026: ¿qué sexo se adueña de ese elixir ennoblecedor? La batalla no se libra dentro de las películas en sí (qué personajes ganan o pierden), sino entre los reclamos contrapuestos por la historia arquetípica. La lucha se ha redefinido en términos de género. Ya no es Menelao que lucha contra Paris por la posesión de Helena; es Menelao contra Helena. U Odiseo contra Barbie.
O Pete Hegseth contra Lisa Franchetti.
En ninguna parte es más evidente la guerra del gobierno contra las mujeres que en las propias fuerzas armadas. La almirante Franchetti, jefa de Operaciones Navales, fue una de las primeras bajas femeninas de alto perfil del nuevo Departamento de Guerra (de corte troyano) de Trump. Las mujeres en las fuerzas armadas están siendo castigadas de forma sistemática: se les niegan ascensos, se cuestionan sus capacidades de combate, se eliminan sus logros de los sitios web oficiales, se clausura un comité de larga data para integrar a las mujeres en el ejército y se cancela la ceremonia en honor a las mujeres caídas. Las purgas más dramáticas se han producido en la cúpula, y afectan a mujeres que ya han completado su viaje del héroe, que dejaron su hogar, fueron al extranjero, libraron sus batallas y regresaron para reclamar sus laureles y puestos legítimos. Solo para toparse con el Antínoo del secretario de Defensa Hegseth.
Entre 2000 y 2018, el número de mujeres generales y almirantes se había duplicado. Ahora, en gran parte gracias a Hegseth, mayor de la Guardia Nacional del Ejército, modestamente condecorado (principalmente con tatuajes), y expresentador de televisión convertido en caudillo militar, no hay mujeres oficiales de cuatro estrellas en servicio activo en ninguna de las ramas, y no hay candidatas mujeres en la lista de probables nombramientos de cuatro o tres estrellas. (También ha puesto la mira en las tropas negras o transgénero). Un análisis de The New York Times este mes reveló que las nominaciones de mujeres a puestos de alto rango en las fuerzas armadas se encuentran en su nivel más bajo en un cuarto de siglo. Este año, por primera vez en una década, no habrá mujeres nominadas para ser almirantes. (Evidentemente, las mujeres aún pueden aspirar a puestos más humildes como capitana o mayor: las nominaciones de mujeres a rangos de menor nivel aumentaron el año pasado). ¿Quiénes son estas oficiales veteranas relevadas de sus mandos por el ídolo de la matiné del “reparto central” (palabras de Trump) con el cabello engominado y pañuelo de bolsillo, el rostro que lanzó mil misiles?
Bueno, para empezar, solo en la Marina:
La almirante Franchetti: ascendió de oficial de guerra de superficie a comandar la Sexta Flota; la primera mujer en dirigir la Marina y la primera mujer miembro permanente del Estado Mayor Conjunto; 40 años de servicio. Despedida de su puesto, sin explicación. Reemplazada por un hombre.
La vicealmirante Shoshana Chatfield: comandó las unidades de Combate Marítimo de Helicópteros; primera mujer presidenta del Colegio de Guerra Naval y la única mujer en el Comité Militar de la OTAN; 37 años de servicio. Despedida de su puesto, sin explicación. Reemplazada (de manera interina) por un hombre.
La vicealmirante Yvette M. Davids: veterana del Escudo del Desierto, la Tormenta del Desierto y la guerra de Irak; comandó un grupo de ataque de portaaviones; primera mujer y primera oficial hispana en dirigir la Academia Naval de los Estados Unidos; 36 años de servicio. Relevada de su puesto, sin explicación. Reemplazada por un hombre.
La almirante Linda Fagan, Guardia Costera; la vicealmirante Nancy Lacore, Marina; la coronel Julie Sposito-Salceies, Fuerza Aérea; la teniente general Telita Crosland, Ejército, y la lista sigue. Estas mujeres no se autoproclamaron heroínas; encarnaron lo que tradicionalmente las fuerzas armadas han valorado: servicio, trabajo en equipo, valor, dedicación. Pero, en lo que respecta a sus míticos trayectos de vida guerrera, se encuentran entre nuestros Odiseos. Y su ascenso ha enfurecido a algunos aspirantes a Odiseo ansiosos por consagrar lo que Hegseth llama “el más alto estándar masculino”.
En su libro The War on Warriors, Hegseth sostenía que las llamadas contrataciones de DEI (Diversidad, Equidad e Inclusión) han hecho que las fuerzas armadas sean débiles y “afeminadas”. El “estándar”, sin embargo, no tiene nada que ver con la eficacia militar. ¿Acaso las almirantes Franchetti y Chatfield, la general Crosland y compañía fueron despedidas por no ser lo suficientemente buenas? ¿O por ser demasiado buenas, con habilidades y experiencia que amenazaban la restauración de una cultura masculinista? No es de extrañar que las fotos de las reuniones de gabinete de Trump —especialmente tras las partidas de Pam Bondi, Kristi Noem, Lori Chavez-DeRemer y Tulsi Gabbard— hayan comenzado a parecerse a las escenas navales de La odisea: hombres sentados alrededor del borde de una larga elipse de madera, con una mesa de juntas haciendo las veces de cubierta de galera. ¡Remen, muchachos, remen!
El regreso al poder de Trump se asemejó al saqueo de Troya, solo que las mujeres fueron las que salieron despedidas. Un informe del National Women’s Law Center descubrió que los despidos masivos del DOGE (Departamento de Eficiencia Gubernamental, por su sigla en inglés) se dirigieron a departamentos con una “mayoría sustancial” de empleadas, aunque la función pública en general se inclina hacia los hombres. Las más afectadas fueron las mujeres negras, en particular las que tenían títulos universitarios y de posgrado, cuya tasa general de empleo el año pasado sufrió una de las caídas interanuales más pronunciadas en un cuarto de siglo. Después de que Trump despidiera a las dos comisionadas demócratas y a la asesora jurídica general de la Comisión para la Igualdad de Oportunidades en el Empleo, sus nuevos líderes instaron a los hombres blancos a presentar demandas por discriminación, y la agencia demandó a un distribuidor de Coca-Cola por excluir a los hombres de un foro de mujeres. La información sobre salud reproductiva, mortalidad materna, equidad en el empleo y violencia sexual comenzó a desaparecer de los sitios web del gobierno, junto con las contribuciones históricas de las mujeres y las palabras “mujeres”, “femenino” y, por supuesto, “feminismo”. Según informes, los empleados de la NASA recibieron un aviso de “dejar todo y reorganizar las prioridades de su día” instruyéndolos a eliminar antes de las 5 p. m. “cualquier cosa dirigida específicamente a las mujeres (mujeres en puestos de liderazgo, etc.)”. El gobierno que insiste en que “solo hay dos géneros” parece decidido a dejar solo uno.
Algo que también desapareció: la recopilación de datos sobre el avance de las mujeres o la falta de este. La Comisión para la Igualdad de Oportunidades en el Empleo (EEOC, por su sigla en inglés) votó a favor de eliminar el requisito de hace 60 años de la agencia de que las empresas presenten informes demográficos anuales de su fuerza laboral, con el argumento de que era una carga para las corporaciones. ¿Es algún misterio que las mujeres hayan perdido terreno en el liderazgo corporativo durante dos años consecutivos y que su representación en las juntas directivas corporativas haya disminuido en el primer trimestre de 2026? ¿O que las mujeres hayan constituido el 100 por ciento de la caída en la fuerza laboral en diciembre de 2025, y luego nuevamente el mes pasado, lo que elevó la pérdida neta total de empleos para las mujeres este año a 845.000? Ninguna de estas mujeres obtuvo sus trabajos, o los perdió, porque fueran vistas como heroínas. Sin embargo, fueron daños colaterales en la batalla por la custodia del viaje del héroe.
Esa pelea se ha filtrado hasta impregnarla vida cotidiana. A partir del frenesí heroico posterior al 11-S y con su aceleración en la era del apogeo de la cultura “woke” a principios de la década de 2020, cada vez más luchas ordinarias se han considerado heroicas. Por un tiempo, gracias al feminismo, las mujeres disfrutaron de una ventaja a la hora de obtener esos elogios. No solo se convirtieron en bomberas o instaladoras de líneas telefónicas. Habían vencido al Cíclope del sexismo. Sin menospreciar su valentía, su encumbramiento tuvo un costo. Los elogios por cada ascenso valiente despertaron la ira y la envidia de algunos hombres que, si se convertían en instaladores de líneas telefónicas, se convertían… solo en instaladores de líneas telefónicas. En términos de Barbie: simplemente Ken. La reacción negativa no se trata solo de quién hace el trabajo, sino de quién es glorificado por hacerlo. Basta con ver el libro de Hegseth, con sus reiteradas diatribas sobre las mujeres militares presentadas como heroínas por una “máquina de relaciones públicas militar, en busca de una ‘pionera’”.
Las medidas de diversidad se crearon para abrir oportunidades pragmáticas y graduales a personas que habían sido privadas de ellas durante mucho tiempo. Pero no hay nada pragmático ni gradual en ser un héroe. La derecha ve la DEI como un complot para destronar a los hombres que alguna vez estuvieron en el Monte Olimpo. Por su parte, la izquierda emplea la mitología del héroe para validar sus causas, y usa historia de superación de la persecución, el abuso y toda clase de desgracias, desde el TDAH hasta el TEPT, para situar sus argumentos más allá del debate y tachar de intolerantes incluso a los disidentes bien intencionados. La derecha tiene a sus propios héroes-mártires. Es una estrategia de la que hay que cuidarse. Cuando los Corazones Púrpura se convierten en Medallas de Honor, cuando el sufrimiento se confunde con el valor, la crítica se vuelve a catalogar como herejía. Ciertamente, no todos los dramas de victimismo han engendrado un fascismo, pero todo fascismo ha usado un mito central de injusticia y daño para justificar su absolutismo y brutalidad.
El propósito de la sociedad civil y el gobierno —en el mundo democrático, al menos— es atender las necesidades no heroicas de la gente común. No arruinarles la vida de paso a organizar una pelea en jaula en el jardín de la Casa Blanca. O proclamar la virtud personal a través de un megáfono. Un puño en alto engendra otro.
La odisea de Nolan toma conciencia, aunque sea de forma banal, del peligro moral del héroe. El Odiseo de Matt Damon está atormentado por la culpa debido a su papel protagónico en la destrucción de Troya, una violación de la xenia, la ley de la hospitalidad de Zeus. En la epopeya original de Homero, el ajuste de cuentas es más existencial. Odiseo intenta consolar al espíritu abatido de Aquiles, ahora en el Hades, diciéndole que los griegos “te honramos un tiempo al igual de los dioses” inmortalizado por valientes hazañas. Aquiles le responde: “Yo más querría ser siervo en el campo de cualquier labrador sin caudal y de corta despensa que reinar sobre todos los muertos que allá fenecieron”. Es un deseo que Odiseo comparte. Cuando Calipso le ofrece la vida eterna si se queda en su isla, él se niega. Prefiere regresar a casa con su esposa y familia, y llevar la existencia de un mortal.
Esa oferta de inmortalidad desapareció del guion de Nolan pero estuvo presente en el de Gerwig. En el final, Barbie puede optar por seguir siendo un juguete eterno en Barbielandia, despertando por siempre en su Casa de Ensueño para vivir su “mejor día de todos”. Pero ella está decidida a regresar al mundo real, a convertirse en una mujer adulta ordinaria con todas las dificultades, complicaciones y la mortalidad que eso implica. Por muy convenientes o trillados que puedan ser tales sentimientos cinematográficos, son instructivos. Sugieren que hay otra manera de terminar la historia. ¿Podemos liberar nuestra vida cívica de imperativos heroicos, devolver nuestra gobernanza a lo humilde y a lo humano? El objetivo de cualquier política sana no es ganar, sino prosperar. Todos somos soldados en esa misión, y ninguno de nosotros es héroe.
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