4 oct 2026

La diplomacia vuela bajo/Enrique Krauze

La diplomacia vuela bajo/Enrique Krauze 

REFORMA, 4 octubre 2026;

Ante el pleno de la ONU, el presidente de los Estados Unidos lanzó a México la gravísima acusación de ser "el epicentro de la violencia de los cárteles" (22/9). Al observar con pena el silencio de los representantes mexicanos, escribí en la red X: "El punto más bajo de la diplomacia mexicana en 200 años de historia".

¿Doscientos años? Hay muchas vías para probarlo. Se han escrito bibliotecas sobre la gran tradición diplomática de nuestro país y sería sencillo contrastarla con las posturas y representantes del régimen actual. Pero ya que se habla tanto de "defender la soberanía" conviene preguntar: ¿cuál ha sido la historia diplomática de esa defensa a lo largo de dos siglos?

Durante las primeras décadas de nuestra vida independiente (1821-1846), la diplomacia tuvo poco margen de maniobra ante un vecino cuyo único objetivo era la expansión territorial. Tras la invasión estadounidense y la derrota, aquel México maltrecho corría -entonces sí- el riesgo real e inminente de perder la soberanía. La diplomacia lo salvó. Sería el primer capítulo de muchos.

Aprovechando el dolor y el desánimo, el gobierno de Millard Fillmore (1850-1853) pretendió imponer el refrendo de una concesión caduca para construir una vía interoceánica en el istmo de Tehuantepec que presagiaba una partición adicional del territorio y una pérdida de soberanía semejante a la del futuro canal de Panamá. Para evitarlo, los representantes del gobierno de Mariano Arista (1851-1853) se prepararon para una nueva confrontación militar y aseguraron el apoyo del Congreso mexicano, cuya determinación coincidía con la opinión pública. Pero al mismo tiempo interpretaron bien la psicología del presidente Fillmore (no quería la guerra), negociaron sagazmente con la representación estadounidense, pulsaron los tiempos electorales y, finalmente, lograron dar por concluida la cuestión con una compensación para la empresa dueña de la concesión. Se había actuado -escribió el ministro José Fernando Ramírez- con "un recto buen juicio, un verdadero e ilustrado patriotismo y la fortaleza necesaria para resistir a algunas exageradas pretensiones".

Esa hazaña olvidada sentó precedente. Los gobiernos de la República Restaurada comenzaron a entablar una relación civilizada con Estados Unidos. Y como demostró ampliamente Cosío Villegas, Porfirio Díaz defendió eficazmente la soberanía: no hubo conflictos militares, avanzó la relación comercial, se establecieron tratados de control fronterizo, se buscó equilibrar la asimetría geopolítica acercándonos con Europa, Japón, Centroamérica y América Latina.

En la Revolución hubo episodios de alto riesgo como la ocupación de Veracruz en 1914 o la expedición punitiva en 1916. La diplomacia de Carranza contribuyó a desactivarlos (entre otras cosas, negándose a aliarse con Alemania, que prometía a México recuperar el territorio perdido en la guerra del 48). Más tarde sobrevino la crisis de 1926 a propósito de la retroactividad del artículo 27. Pudo haber desembocado en una guerra. No ocurrió gracias a la responsabilidad, el realismo y la dignidad de la diplomacia del gobierno de Calles. La buena relación entre Cárdenas y Roosevelt desactivó el posible conflicto alrededor de la expropiación. En 1942, sin detrimento alguno de la soberanía, México pudo sumarse a Estados Unidos contra las potencias del Eje. Tiempo después, tuvimos el ascendiente moral para mediar entre Estados Unidos y Cuba durante la Guerra Fría. Y finalmente, logramos negociar con altura el Tratado de Libre Comercio cuya enorme trascendencia económica ha contribuido a canalizar razonablemente los diversos asuntos de la relación bilateral.

Hoy ese ascendiente histórico se ha perdido. Por eso me permití instar al canciller en la misma red social: "Ojalá responda a Trump con dignidad. México es responsable por proteger políticos turbios; Estados Unidos, por las drogas que consumen y las armas que nos llegan". Llegó el día de su intervención y no dijo una palabra. No solo eso: en vez de enfrentar el grave diferendo con Estados Unidos (destino del 83% de nuestras exportaciones), prefirió estrechar nuestros lazos fraternos con Rusia (0.0025% de nuestras exportaciones).

El canciller no habló porque el régimen que representa -extraviado en la irrealidad, la irresponsabilidad, la indignidad- no protege la soberanía de México: protege la soberanía de los políticos delincuentes.

Lo dicho: vivimos el punto más bajo de la diplomacia mexicana en 200 años de historia.

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