26 jul 2010

V sesión del consejo de justicia penal


Sesión Ordinaria del Consejo de Coordinación para la Implementación del Sistema de Justicia Penal
México, D. F., a 26 de julio de 2010 | Boletín No.285-26/07/2010
En el salón "Juárez" de la Secretaría de Gobernación a las 13:00 horas del 26 de julio de 2010, se celebró la V Sesión Ordinaria del Consejo de Coordinación para la implementación del Sistema de Justicia Penal.
La sesión fue presidida por del Secretario de Gobernación, José Francisco Blake Mora, y contó con la asistencia de los señores consejeros José de Jesús Gudiño Pelayo, Ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación; Óscar Vázquez Marín, Consejero de la Judicatura Federal; Ricardo Fidel Pacheco Rodríguez, Senador de la República; Carlos Alberto Pérez Cuevas, Diputado Federal; Javier Arriaga Sánchez, Consejero Adjunto de Legislación y Estudios de la Consejería Jurídica del Ejecutivo Federal; Jorge Alberto Lara Rivera, encargado de la Subprocuraduría Jurídica y de Asuntos Internacionales de la PGR.
Asistieron, también, Alejandro Joaquín Martí García, representante de las Organizaciones de la Sociedad Civil; Alejandro Etienne Llano, Magistrado presidente del Tribunal Superior de Justicia del estado de Tamaulipas, en representación de la Comisión Nacional de Tribunales Superiores de Justicia; José Alberto Rodríguez Calderón, Procurador General de Justicia del estado de Hidalgo, en representación de la Conferencia Nacional de Procuración de Justicia; Marco Tulio López Escamilla, titular de la Unidad de Asuntos Internos de la Policía Federal, en representación del Secretario de Seguridad Pública Federal; Ignacio Xavier Villalobos Carranza, Director General Adjunto del Órgano Interno de Control de la Policía Federal, en representación de la Conferencia Nacional de Secretarios de Seguridad Pública; y Felipe Borrego Estrada, Secretario Técnico del Consejo de Coordinación y quien fungió como secretario de la reunión.
Durante la reunión, el Secretario de Gobernación se refirió al compromiso que la Administración del presidente Felipe Calderón mantiene, junto con los poderes de la Unión, en el rediseño de los sistemas de Justicia Penal, con los enormes retos que ello implica en lo que respecta a adoptar un nuevo modelo más transparente, cercano y justo, que pueda disminuir los índices de impunidad. El Secretario Blake se manifestó satisfecho por poder integrarse a este "gran equipo" encargado de la implementación de la reforma a nivel nacional, y dijo no ser ajeno al tema por haberse hallado encargado del mismo a nivel local como Secretario de Gobierno en el estado de Baja California.
El Secretario Técnico del Consejo de Coordinación se refirió al informe de avances en torno al Programa de Capacitación y Difusión de la Secretaría Técnica del Consejo, documento que se había circulado previamente entre los consejeros.
Lo propio ocurrió con el Informe de avances sobre la difusión y presencia mediática de las actividades que se realizan para la implementación que, en cumplimiento del acuerdo tomado por el Consejo en el sentido de incrementar la presencia de mensajes relacionados con la implementación de la reforma en medios de comunicación, presentó la Secretaría Técnica.
El Secretario Francisco Blake afirmó que considera de suma trascendencia la divulgación de los mensajes relacionados con el nuevo Sistema de Justicia Penal para su debida interiorización entre todos aquellos que se significarán como actores del mismo. Todo ello como parte de la estrategia del Estado para el robustecimiento de las instituciones en un entorno de enorme y necesaria transformación de las mentalidades y de las prácticas.
El Procurador de Justicia del estado de Hidalgo se refirió a los foros de sensibilización que, con apoyo de las autoridades locales, está realizando la Secretaría Técnica en las entidades federativas. Los primeros se realizarán en la ciudad de Pachuca, Hidalgo, y se hallarán dirigidos al sector femenino, estudiantil, de la sociedad civil organizada y a los colegios y asociaciones de abogados.
El Consejero Vázquez Marín afirmó que es necesario sensibilizar no sólo a la sociedad civil, sino también al interior de las instituciones de procuración y administración de justicia, por cuanto la mayor parte de las inconformidades ciudadanas derivan de la falta de interiorización de los valores de justicia entre las autoridades. En el mismo sentido, el Procurador Rodríguez Calderón se refirió al amplio trabajo de capacitación interna que, en coordinación con la Secretaría Técnica del Consejo, ha realizado la Conferencia Nacional de Procuración de Justicia.
Los consejeros recibieron también el Informe de Avances de la Estrategia de Implementación de la Reforma Constitucional en las entidades federativas, y el licenciado Borrego Estrada informó también sobre el ejercicio del subsidio a las entidades derivado de las directrices para la aplicación de recursos destinados a la implementación de la reforma del sistema de justicia penal a favor de los estados y el Distrito Federal para el ejercicio fiscal 2010 y sobre los avances de la valoración técnico-jurídica del marco legal del Estado de Chihuahua elaborada por la Secretaría Técnica en cumplimiento de las instrucciones del Consejo de Coordinación.
El licenciado Borrego Estrada se refirió a la importancia de que el Consejo instruya a la Secretaría Técnica para que ponga toda la información y proyectos relativos a la reforma al sistema penitenciario y al sistema de ejecución de penas, para la cual queda un período más breve de "vacatio legis", a disposición de las entidades federativas. Por unanimidad fue aprobada la solicitud.
El Consejero Óscar Vázquez Marín informó que, en coordinación con la Secretaría Técnica, el Poder Judicial de la Federación ha implementado ya un programa nacional de capacitación para jueces de ejecución.
Como último punto, los consejeros recibieron una herramienta indispensable: el proyecto de Código Federal de Procedimientos Penales. Por lo que el Secretario de Gobernación destacó su importancia, debido al próximo inicio del periodo ordinario de sesiones del Congreso de la Unión, en el que espera se discuta y enriquezca el proyecto.
La sesión del Consejo de Coordinación para la Implementación del Sistema de Justicia Penal culminó a las 14:15 horas. ( e inicio a las 13: 10 horas)
Conferencia de prensa del Secretario de Gobernación, Francisco Blake Mora, y de los voceros de la Procuraduría General de la República, Ricardo Nájera, y de la Segob, Luis Estrada.
México, D. F., a 25 de julio de 2010 | Conferencia
DR. LUIS ESTRADA: Buenas tardes. Bienvenidos a la Secretaría de Gobernación. Nos acompañan el Secretario de Gobernación, Francisco Blake Mora, y el Vocero de la Procuraduría General de la República, Ricardo Nájera.
Con el objetivo de mantener informada a la ciudadanía y a la opinión pública de los avances en las investigaciones realizadas por la autoridad federal a propósito de los lamentables hechos que han ocurrido en diversos bares de la ciudad de Torreón, Coahuila, así como de los hechos del fin de semana pasado, en los que cobardemente fueron asesinadas 17 personas, hemos convocado a esta rueda de prensa para hacer de su conocimiento la siguiente información:
LIC. RICARDO NÁJERA: De acuerdo con las indagatorias preliminares que actualmente realiza la Procuraduría General de la República, los autores de los hechos son presuntamente un grupo de internos recluidos en el Centro de Readaptación Social (CERESO) número 2 de Gómez Palacio, Durango, a quienes se les permitía salir de prisión y utilizar armas de los custodios para realizar las ejecuciones.

Narcoterror en México


Objetivo: Aterrorizar
J. Jesús Esquivel
Revista Proceso # 1790, 25 de julio de 2010;
Resulta evidente que el gobierno del presidente Felipe Calderón ha proscrito la palabra “narcoterrorismo” en el lenguaje de sus funcionarios… Pero una vez más la realidad lo confronta: el coche-bomba que explotó en Ciudad Juárez (más los granadazos en Morelia en 2008 y en Nuevo Laredo este año) revela que los cárteles de la droga están empeñados en desarrollar esa táctica para minar al Estado mexicano y aterrorizar a la población. El general Barry McCaffrey, exzar antidrogas de Estados Unidos, no anda con rodeos y describe la situación en México con una expresión que no deja lugar a dudas: lo que está ocurriendo en México es “simple y llanamente narcoterrorismo”.
WASHINGTON.- La explosión de un coche-bomba en Ciudad Juárez el jueves 15 es simple y llanamente un acto de “narcoterrorismo”, que exhibe la incapacidad del gobierno mexicano para combatir a los cárteles de la droga, dice rotundamente alguien que sabe de lo que habla.
“No hay duda de que lo que pasó en Ciudad Juárez fue un acto de narcoterrorismo a una escala muy alta”, comenta en entrevista con Proceso Barry McCaffrey, general estadunidense retirado.
“El incidente refleja también que la violencia en México ya llegó a otro nivel y que claramente tiene la intención de aterrorizar al Estado mexicano con el objetivo concreto de inhabilitarlo”, enfatiza McCaffrey, quien fue jefe del Comando Sur de las Fuerzas Armadas estadunidenses de 1994 a 1996, instancia que en ese periodo entrenó en operaciones contra el narcoterrorismo al ejército y a la Policía Nacional de Colombia.

24 jul 2010

Amplios poders a Velasio de Paolis

Vaticano da poder absoluto a De Paolis sobre los Legionarios
Nota de Rodrigo Vera
MÉXICO, D.F., 23 de julio (apro).- El recién nombrado “delegado” pontificio para dirigir a los Legionarios de Cristo, monseñor Velasio de Paolis, tendrá plenos poderes para controlar la vida interna de esta congregación religiosa, de acuerdo con un decreto de El Vaticano.
El precepto, firmado por Tarcisio Bertone, secretario de Estado de la Santa sede, señala que para cumplir con su función, De Paolis será apoyado por cuatro consejeros, quienes aún no han sido nombrados.
De poco más de una página de extensión y redactado en italiano, el decreto apunta que los actuales superiores de la Legión permanecerán en sus cargos hasta que no se defina otra cosa.
La autoridad que el Papa Benedicto XVI le concedió a De Paolis, indica, es “muy amplia”, puesto que “se extiende a todo el instituto” y se “deberá ejercer en nombre del mismo pontífice”.
La tarea principal del delegado –dice– será “encaminar, acompañar y realizar la revisión de las Constituciones” de la congregación, tarea en la que deberán participar todos sus miembros.
Y agrega al respecto:
“Se ha de constituir lo más pronto posible una comisión para las Constituciones, en los diversos niveles del instituto, con la participación de los miembros, que se han de sentir responsables de la revisión y reelaboración del propio proyecto de vida evangélica”.
El texto aclara que el poder del delegado estará por encima de todos los superiores de los diversos niveles que hay en la Legión –dirección general, provincial y local--, así como de todas las comunidades que la congregación tiene en el mundo.
Abunda:
“Tal autoridad implica todos los problemas propios del instituto religioso y puede ser ejercitada siempre que el delegado lo considere necesario para el bien del instituto mismo, incluso derogando las Constituciones”.
Sobre la permanencia en el cargo de los actuales superiores, entre ellos Álvaro Corcuera, director general, dice el decreto que, “bajo la autoridad” del delegado, “permanecen en sus oficios mientras no sea necesario proveer de otro modo”.
Estos superiores –agrega– deberán actuar en “comunión” con el delegado, informándole sobre todos los aspectos de la Legión y sometiendo a su aprobación todas las decisiones de gobierno.
De esta manera, Velasio de Paolis controlará la admisión al noviciado, a la profesión y al sacerdocio. También controlará los nombramientos y traslados de personal, elecciones apostólicas y formativas, y tendrá el control de las cuestiones relativas a la administración de los bienes de la congregación.
Por último, el decreto indica que el delegado deberá coordinar una visita apostólica al movimiento Regnum Christi, la rama laica de los Legionarios, bajo las indicaciones del Papa.
***
Decreto sobre el delegado pontificio para los Legionarios de Cristo
Emitido por el cardenal Tarcisio Bertone
Decreto emitido con el que el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado, comunica las atribuciones de la misión del arzobispo Velasio De Paolis, S.C. como delegado del Papa para la congregación de los Legionarios de Cristo.
DECRETO
MODALIDADES DE CUMPLIMIENTO DEL OFICIO DEL DELEGADO PONTIFICIO PARA LA CONGREGACIÓN DE LOS LEGIONARIOS DE CRISTO
I. Vista la carta del 16 de junio de 2010, con la que el Santo Padre Benedicto XVI:
- ha nombrado Delegado para la Congregación de los Legionarios de Cristo a Su Excelencia Reverendísima Mons. Velasio De Paolis, C.S., Arzobispo titular de Telepte, Presidente de la Prefectura para los Asuntos Económicos de la Santa Sede;
- le ha conferido el encargo de gobernar, en su nombre, tal Instituto Religioso "durante el tiempo que sea necesario para completar el camino de renovación y conducirlo a la celebración de un Capítulo General Extraordinario, que tendrá como fin principal llevar a término la revisión de las Constituciones",
- ha considerado "la necesidad y urgencia de un camino de profunda revisión del carisma del Instituto" y ha expresado el "deseo de seguir de cerca, sostener y orientar tal camino", a través de un Delegado personal suyo que atestigüe concretamente su cercanía y actúe en su nombre ante aquella Familia Religiosa;
- ha confiado a un Decreto específico la indicación de "algunas ulteriores modalidades de cumplimiento de tal Oficio",
II. El Cardenal Tarcisio Bertone, Secretario de Estado, con el presente Decreto emana las siguientes precisiones y disposiciones aprobadas por el Sumo Pontífice, acerca de las modalidades de cumplimiento del Oficio del Delegado Pontificio para la Congregación de los Legionarios de Cristo:
1. La autoridad concedida por el Santo Padre al Delegado Pontificio, muy amplia y que se ha de ejercer en nombre del mismo Sumo Pontífice, se extiende a todo el Instituto: a todos los Superiores, a los diversos niveles (dirección general, provincial y local) y a todas las comunidades y a cada religioso. Tal autoridad implica todos los problemas propios del Instituto religioso y puede ser ejercitada siempre que el Delegado lo considere necesario para el bien del Instituto mismo, incluso derogando las Constituciones.
2. Los Superiores del Instituto en todos los niveles ejercitan su autoridad de acuerdo con las Constituciones y bajo la autoridad del mismo Delegado Pontificio. Por tanto, permanecen en sus oficios, ad nutum Sanctae Sedis, mientras no sea necesario proveer de otro modo.
3. Los Superiores del Instituto deben actuar en comunión con el Delegado Pontificio. No solo debe estar él informado de la vida del Instituto, particularmente de los asuntos más importantes, sino que a él está reservada la aprobación de las decisiones del mismo gobierno general: sea para cuanto tenga relación con las personas (admisión al noviciado, a la profesión, al sacerdocio, nombramientos y traslados de personal) como de las elecciones apostólicas y formativas (seminarios, institutos académicos, escuelas) y las cuestiones de administración extraordinaria o los actos de enajenación de bienes.
4. Si es necesario, el Delegado mismo puede actuar o indicar la decisión a realizar en determinados casos.
5. Todos tienen libre acceso al Delegado y todos pueden tratar personalmente con él; a su vez, el Delegado tiene el poder de intervenir en todo lugar donde estime oportuno, incluso en el mismo gobierno interno del Instituto, a todos los niveles.
6. El Delegado, en el cumplimiento de su misión, está acompañado por cuatro consejeros personales, que lo asisten en la realización de su trabajo, según las circunstancias y las posibilidades y que pueden ser encargados para tareas específicas, particularmente para visitas ad referendum. Con su ayuda, el Delegado Pontificio individua los temas principales, los discute, los aclara a medida que se presentan en el camino que él ha sido llamado a conducir.
7. Si en alguna ocasión se revelase la necesidad de estudiar y profundizar determinados temas, sea de personas o de cosas, el Delegado Pontificio podrá constituir comisiones de estudio con personal interno de la Congregación de los Legionarios o con personas competentes externas.
8. A su juicio, donde se muestre oportuno o necesario, podrá individuar alguna persona, fuera de sus consejeros, para el estudio o para la visita ad referendum.
9. La tarea principal del Delegado Pontificio es la de encaminar, acompañar y realizar la revisión de las Constituciones. Esto implica un conocimiento profundo de la Congregación de los Legionarios, de su historia y de su desarrollo. A la revisión de las Constituciones deben colaborar todos los miembros del Instituto, sea a nivel individual como comunitario, según un proyecto que desde el inicio se tendrá que elaborar y poner en acto. Por tanto, se ha de constituir lo más pronto posible una Comisión para la revisión de las Constituciones, en los diversos niveles del Instituto, con la participación sobre todo de los miembros del mismo Instituto, que se han de sentir responsables de la revisión y reelaboración del propio proyecto de vida evangélica, siempre en armonía con la enseñanza de la Iglesia. De la Comisión central para la revisión de las Constituciones será presidente el mismo Delegado Pontificio.
10. El Delegado Pontificio coordina la Visita Apostólica del Movimiento "Regnum Christi", según las indicaciones de la Santa Sede.
11. Posibles recursos contra los actos de los Superiores del Instituto serán presentados al Delegado Pontificio mismo; contra los actos del Delegado Pontificio será posible recurrir al Santo Padre.
Desde el Vaticano, 9 de julio de 2010
Cardenal Tarcisio Bertone
Secretario de Estado
[Traducción distribuida por la página web de los Legionarios de Cristo]
***
Carta del Papa a su delegado para los Legionarios de Cristo
El arzobispo Velasio De Paolis, S.C.
Carta de Benedicto XVI, dirigida al arzobispo Velasio De Paolis, S.C., en la que le comunicad su nombramiento como como delegado pontificio para los Legionarios de Cristo.
* * *
Al Venerable Hermano
Velasio De Paolis, C.S.
Arzobispo titular de Telepte:
La reciente Visita Apostólica a la Congregación de los Legionarios de Cristo ha puesto de relieve, además del celo sincero y de la fervorosa vida religiosa de un gran número de miembros de la Congregación, la necesidad y urgencia de un camino de profunda revisión del carisma del Instituto. Con el deseo de seguir de cerca, sostener y orientar tal camino, he considerado oportuno proceder al nombramiento de un delegado personal mío, como testigo tangible de mi cercanía, para que actúe en mi nombre ante esa Familia Religiosa.
Conociendo, venerable y querido hermano, su preparación y experiencia en el ámbito jurídico y eclesial, enriquecidos por un espíritu de servicio, solicitud pastoral y sentido de la vida religiosa, deseo confiarle a usted tal compromiso. Así pues, con la presente carta, lo nombro delegado mío para la Congregación de los Legionarios de Cristo, confiriéndole el encargo de gobernar en mi nombre tal Instituto Religioso durante el tiempo que sea necesario para completar el camino de renovación y conducirlo a la celebración de un Capítulo General Extraordinario, que tendrá como fin principal llevar a término la revisión de las Constituciones. Algunas modalidades adicionales para el cumplimiento de tal Oficio se indicarán mediante un específico Decreto.
Bien consciente de la importancia de la misión que hoy le confío, como también de la carga de responsabilidad que comporta, le agradezco desde ahora la disponibilidad y la generosidad que sin duda manifestará en este nuevo servicio a la Santa Sede, el cual no dejará de producir abundantes frutos positivos.
Mientras confío su persona, a los queridos religiosos de la Congregación de los Legionarios de Cristo y a los miembros del Movimiento "Regnum Christi" a la celestial protección de la Santa Virgen, Madre de la Iglesia, aseguro a todos mi cercanía espiritual en el afecto y la oración, y les mando de corazón mi especial Bendición Apostólica.
Del Vaticano, 16 de junio de 2010
Benedicto XVI
[Traducción del original italiano distribuida por la página web de los Legionarios de Cristo]

21 jul 2010

La muerte de Lincoln

Letra Librres AGOSTO DE 2007
La muerte de Abraham Lincoln/por Walt Whitman
Esta conferencia fue dictada por primera vez en Nueva York, el 14 de abril de 1879. Whitman la dio varias veces entre ese año y 1890, siendo especialmente memorable la de 1887 en Nueva York, en el Madison Square Theater. Los vuelos líricos y la retórica del autor de Hojas de hierba son patentes en este ejercicio de oratoria patria.
Cuán a menudo desde aquel sábado sombrío y empapado –aquel helado día de abril, hace ya quince años– mi corazón ha albergado el sueño, el deseo de dar a la muerte de Abraham Lincoln una reflexión y un recuerdo. Mas, ahora que la esperada oportunidad se presenta, encuentro mis notas deficientes (¿por qué, cuando se trata de temas en verdad profundos, las declaraciones son tan vacuas?, ¿por qué nunca llega la frase justa?) y el digno tributo con el que soñé aguarda inconcluso, como siempre. La razón de mis palabras no está en lo que ellas sean por sí mismas o en lo que puedan contener, está casi solamente en el anhelo que siento por señalar el día, el martirio, más allá de toda palabra. Es con este propósito, amigos míos, que los he convocado. Aunque los años a su paso nos devuelvan a esta hora, demorémonos en ella de nuevo, no importa cuán brevemente. Por mi parte, guardo el deseo y la esperanza de que, hasta el día de mi muerte, cada 14 ó 15 de abril reuniré a unos cuantos amigos y guardaré el trágico recuerdo de esa fecha. No un recuerdo estrecho o sesgado. El recuerdo pertenece a todos estos estados en su totalidad, no sólo al norte, sino al sur –quizás pertenezca al sur más tierna y devotamente que a todos los demás; pues ahí está, en realidad, el linaje de este hombre. De ahí viene su estampa, desde ahí. ¿Por qué no habría de decir que de ahí vienen sus más nobles cualidades –su universalidad–, sus gestos y palabras a todas luces amables y sencillos, su determinación inflexible y la bravura de su corazón? ¿Nunca se han percatado, amigos míos, de que Lincoln, aunque traspuesto al oeste, es en esencia, en su porte y en su carácter, una contribución sureña?
Y aunque de ninguna manera pretenda reanudar esta noche la Guerra de Secesión, les recordaré sucintamente las condiciones públicas que precedieron a dicha contienda. Durante veinte años, y en especial durante los cuatro o cinco años previos al comienzo de la guerra, el panorama de los asuntos públicos en Estados Unidos, aun sin el brillo de la agitación militar, deja ver más que los contornos de una batalla, una larga campaña, o incluso una serie de convulsiones naturales. Las acaloradas pasiones del sur –en el norte la extraña mezcla de inercia, incredulidad y conciencia del poder–, lo incendiario de los abolicionistas, la bellaquería y la garra de los políticos, sin parangón en ninguna tierra, en ninguna era. Y a todo esto no puedo dejar de agregar la honestidad que mostraba por doquier el grueso esencial de la población –empero, con toda la furia y las contradicciones desbordantes de sus naturalezas más crispadas que las olas del Atlántico en el más feroz equinoccio. En materia de política, ¿qué podría ser más ominoso (pese a que en general pasó inadvertido entonces), qué podría ser más significativo que las presidencias de Fillmore y Buchanan, que demostraron rotundamente que la flaqueza e iniquidad de los gobernantes electos nos pueden afligir aquí igual que en los países del Viejo Mundo, con sus monarquías, emperadores y aristocracias? En ese Viejo Mundo se escuchaban por todas partes fragores subterráneos, que se apaciguaban sola y seguramente para volver. Mientras que en América, el volcán, aunque aún cívico, se estremecía cada vez más –se volvía cada vez más tormentoso y amenazante.
En el culmen de toda esta efervescencia y todo este caos, rondando al margen en un principio, y sumergida después en su mismo vórtice, destinada a jugar un papel protagónico, aparece una extraña y abstrusa figura. No olvidaré fácilmente la primera vez que vi a Abraham Lincoln. Debió ser alrededor del 18 o 19 de febrero de 1861. Transcurría una tarde bastante agradable en la ciudad de Nueva York cuando él llegó desde el oeste para permanecer unas cuantas horas y después seguir hacia Washington, a fin de prepararse para su investidura. Lo vi en Broadway, cerca del lugar donde ahora se encuentra la oficina de correos. Bajó por Canal Street, me parece, para detenerse frente a Astor House. Los amplios espacios, aceras y calles del vecindario, ahí y a la distancia, estaban poblados por masas compactas de gente, muchos miles de personas. Los ómnibus y otros vehículos habían sido detenidos, generando un sosiego inusual en aquella parte de la ciudad. Enseguida, dos destartalados coches tirados por caballos se abrieron paso con cierta dificultad por entre la multitud, e hicieron alto frente a la entrada de Astor House. Una figura espigada salió por en medio de estos coches, se detuvo pausadamente en la acera, entornó la vista hacia las paredes de granito y la arquitectura inverosímil del gran y viejo hotel –luego, tras un reconfortante estiramiento de brazos y piernas, se volvió por cerca de un minuto para escudriñar lenta y gozosamente la apariencia de las multitudes vastas y silenciosas. No hubo discursos, ni cumplidos, ni bienvenida –hasta donde pude escuchar, no se dijo una sola palabra. Pero un gran desasosiego se escondía bajo la calma. Algunas personas precavidas temían algún insulto o indignidad conspicua dirigida hacia el presidente electo –y es que no tenía popularidad personal alguna y muy poca popularidad política en la ciudad de Nueva York. Sin embargo, era obvio que se había llegado a un acuerdo tácito, que si los contados seguidores políticos del señor Lincoln habrían de abstenerse por completo de cualquier manifestación de su parte, la inmensa mayoría, que eran todo menos sus seguidores, se abstendrían también. El resultado fue un silencio sólido, mohíno, tal que sin duda nunca antes había caracterizado a una multitud neoyorquina tan grande.
Recuerdo claramente haber visto a Lafayette casi en el mismo vecindario, en su visita a América en 1825. Algunos años más tarde también vi y escuché personalmente cómo fueron recibidos Andrew Jackson, Clay, Webster, Kossuth el húngaro, Walker el filibustero, el Príncipe de Gales y otros hombres célebres, nativos y extranjeros –todo ese estruendo y magnetismo humano indescriptibles, ese sonido único en el universo –¡los animados gritos atronadores de un sinnúmero de gargantas humanas desatadas! Pero en esta ocasión, ni una voz –ni un sonido. Desde la parte superior de un ómnibus (estacionado a un lado, cerca, flanqueado por la acera y la multitud), tenía, diría yo, una vista capital de todo, y en especial del señor Lincoln, de su mirada y su andar –su perfecta compostura y sobriedad–, su altura inusual e insólita, su vestimenta completamente negra, su sombrero de copa echado hacia atrás, su complexión morena, su rostro surcado de arrugas pero afable, su cabello negro y tupido, su cuello desproporcionadamente largo, y sus manos, cruzadas por detrás mientras permanecía de pie, observando a la gente. Miraba con curiosidad ese inmenso mar de rostros, y el mar de rostros le devolvía la mirada con igual curiosidad. En ambos había una pizca de comedia, casi de farsa, como la que Shakespeare pone en sus más oscuras tragedias. La multitud que le rodeaba consistía, pienso, en unos treinta o cuarenta mil hombres, de los que ni uno solo era su amigo personal –y no me cabe la menor duda (así de enloquecidos eran los fermentos de la época) de que muchos cuchillos y pistolas homicidas acechaban en los bolsillos, junto a los muslos o el pecho, ahí, listos para actuar tan pronto sobrevinieran el enfrentamiento y el motín.
Pero no sobrevino ni el enfrentamiento ni el motín. La alta figura volvió a estirar con alivio sus brazos y piernas; luego, a un paso moderado y en compañía de unas cuantas personas de apariencia desconocida, ascendió los escalones del pórtico de Astor House, desapareció por la espaciosa entrada –y la pantomima terminó.
Vi a Abraham Lincoln con frecuencia durante los cuatro años siguientes. Cambió mucho y con rapidez en los años de su presidencia –pero esta escena, y su presencia en ella, están grabadas indeleblemente en mi recuerdo. El pensamiento que aquel día, mientras estaba sentado sobre el ómnibus y tenía una buena vista de él, era vago e incipiente, se ha vuelto desde entonces bien claro: que cuatro clases de genio, cuatro manos magníficas y primordiales, serían necesarias para completar el futuro retrato de este hombre –los ojos y el cerebro y el tacto de Plutarco y Esquilo y Miguel Ángel, asistidos por Rabelais.
Y luego (el señor Lincoln pasando de esta escena a Washington, donde fuera investido, rodeado en todo momento por la caballería armada y los tiradores –el primer caso como éste en nuestra historia, y el último, espero–), luego, la rápida sucesión de acontecimientos bien conocidos (demasiado bien –en estos días casi nos parece odiosa su mención, según creo–): el tiroteo contra la bandera nacional en Sumter; el levantamiento del norte, en medio de paroxismos de estupor y furia; el caos de los concejos divididos; el llamado a las tropas; la primera batalla de Bull Run; el sorprendente abatimiento, pasmo y consternación del norte; el torrente, en fin, de la Guerra de Secesión. Cuatro años de guerra espeluznante, sangrienta, lóbrega, homicida. ¿Quién pintó esos años, con todas sus escenas? Los rudos combates, las derrotas, los planes, los fracasos, las horas, los días de desaliento, cuando nuestra nacionalidad parecía pender de un manto de duda, un manto mortuorio, quizás; las burlas mefistofélicas de los países y los embajadores extranjeros, la temida Escila de la interferencia europea, y la Caribdis de los estratos latentes, tremendamente peligrosos, de simpatizantes de la secesión a lo largo y ancho de los estados libres (mucho más nutridos de lo que se cree); las largas marchas en el verano, el sudor ardiente, las numerosas insolaciones, como en el combate de Gettysburg en el 63; las batallas nocturnas en los bosques, como la de Hooker en Chancellorsville; los campos en el invierno, las prisiones militares, los hospitales (ay, ay, los hospitales).
¿La Guerra de Secesión? No, permítaseme llamarla la Guerra de Unión. Pero sea cual fuere su nombre, aún está demasiado próxima a nosotros, es demasiado grande y nos ensombrece muy de cerca, sus ramas sin formar (pero ciertas) apuntan muy lejos hacia el futuro –y las más grandes y reveladoras todavía son tiernas. De la era de esos cuatro años, de esas escenas, aún está por emerger una gran literatura, una era que abarca siglos de pasión nativa, de imágenes excelsas, de tempestades de vida y muerte, una mina inagotable para las historias, el drama, el romance, incluso la filosofía de los pueblos por venir –en verdad, la médula de la poesía y del arte (y del carácter personal, también) para todos los futuros americanos, mucho más grandiosa en mi opinión, para las manos que sean capaces, que el sitio de Troya según Homero, o las guerras francesas según Shakespeare.
Pero he de terminar con estas especulaciones y regresar al tema que me he impuesto y al que me he limitado. Del asesinato del Presidente Lincoln, aun cuando tanto se ha escrito, quizás los hechos permanecen todavía muy indefinidos en la mente de la mayoría. Leo de mis apuntes, escritos en el momento, y revisados asidua y definitivamente desde entonces.
El día, el 14 de abril de 1865, parece haber sido un día agradable en todo el territorio –siendo la atmósfera moral también agradable: la larga tormenta, tan oscura, tan fratricida, tan llena de sangre, duda y pesar, había terminado al fin con el amanecer de una victoria absolutamente nacional, y la caída total del secesionismo. ¡Casi dudábamos de nuestros sentidos! Lee había capitulado bajo el manzano de Appomattox. Los otros ejércitos, los flancos de la revuelta, le siguieron aprisa. ¿Acaso era cierto, entonces? ¿Más allá de todos los asuntos de este mundo de infortunio y fracaso y desorden, había en verdad llegado el signo certero, infalible, como un rayo de luz pura, del plan –del gobierno justo– de Dios? Así que el día, como decía, era propicio. Los primeros pastos, las primeras flores, habían nacido. (Recuerdo que donde vivía en aquellos días, con la estación ya avanzada, había muchas lilas en flor. Por uno de esos caprichos que penetran y ponen un cierto dejo en los acontecimientos, sin formar en absoluto parte de ellos, siempre me asalta el recuerdo de la gran tragedia de aquel día ante la vista y el perfume de estas flores. Nunca falla.)
Pero no debo demorarme en lo accesorio. La acción apremia. El popular diario vespertino de Washington, el pequeño Evening Star, había esparcido en cien lugares distintos de toda su tercera página, dividido de manera sensacionalista entre los anuncios: “El Presidente y su esposa asistirán al Teatro esta noche...” (A Lincoln le gustaba el teatro. Yo mismo lo vi ahí en varias ocasiones. Recuerdo haber pensado lo curioso que resultaba que él, en cierto sentido el actor principal del drama más tormentoso que el escenario de la historia real conociera en siglos, se sentara allí y permaneciera tan completamente interesado y absorto en esos muñecos de paja humanos, que se movían por ahí con sus pequeños gestos bobos, su espíritu remoto y su pomposo texto.)
En esta ocasión el teatro estaba atestado, muchas damas en trajes alegres y atildados, oficiales portando sus uniformes, muchos ciudadanos reconocidos, gente joven, los racimos acostumbrados de lámparas a gas, el magnetismo usual de tanta gente alegre, perfumada, música de violines y flautas (y por encima de todo, saturándolo todo, la vasta, vaga maravilla, la Victoria, la victoria de la nación, el triunfo de la Unión colmando el aire, el pensamiento, los sentidos, con un regocijo mayor a toda la música y los perfumes).
El presidente llegó a buena hora y, junto con su esposa, presenció la obra desde los grandes palcos del segundo piso, dos convertidos en uno y profusamente engalanados con la bandera nacional. Los cuadros y escenas de la pieza –una de esas composiciones escritas de manera singular que tienen al menos el mérito de dar sosiego total a un público ocupado durante el día en la acción mental o en las emociones y preocupaciones de los negocios, ya que no apela ni remotamente a la naturaleza moral, emocional, estética o espiritual–, una pieza (Nuestro primo americano) en la que, entre otros personajes, un supuesto yankee, sin duda uno como nunca se lo ha visto, o lo menos parecido a lo que se ha visto en Norteamérica, llega a Inglaterra, un sin-sen-ti-do variado de charla, argumento, escenografía y demás parafernalia para componer una obra popular moderna. Habían avanzado tal vez un par de actos cuando, en medio de la comedia, o no comedia, o como quiera llamársele, y para compensar, o para completarla, como burla de la Naturaleza y de la gran Musa frente esta pobre pantomima, vino a interpolarse una tal escena, no para ser descrita a cabalidad o con exactitud (pues hasta hoy parece que en los muchos cientos que estaban ahí no dejó más que una niebla pasajera, un sueño, una mancha) –y pese a todo, para ser descrita parcialmente como procedo a hacerlo ahora. Hay un cuadro en la obra que representa un salón moderno donde el imposible yankee informa a un par de damas inglesas sin precedentes que no es él un hombre de fortuna y, por ende, no resulta deseable con fines maritales; tras lo cual, y una vez terminados los comentarios, el trío dramático hace mutis, dejando el escenario diáfano por un momento. En este intervalo sobrevino el asesinato de Abraham Lincoln. Descomunal en la diversidad de secuelas que lo rodearon y que se extienden hacia el futuro por muchos siglos, en la política, en la historia, en el arte, en fin, del Nuevo Mundo, en los hechos el punto principal, el asesinato en sí transcurrió con la discreción y simpleza de cualquier ocurrencia ordinarísima –la apertura de un capullo o una vaina en medio de la vegetación, por ejemplo. A través del murmullo generalizado que siguió a la pausa en escena, con el cambio de posiciones, llegó el sonido amortiguado de un disparo que en ese momento no escuchó ni una centésima parte del público –y aún así, llegó también un instante de sosiego, de alguna manera, sin duda, un tenue y pavoroso estremecimiento– y luego, por el ornamentado, engalanado palco del presidente, por sus estrellas y barras, una figura súbita, un hombre, se yergue con manos y pies, se detiene un momento en la barandilla, salta hacia abajo al escenario (una distancia de unos catorce o quince pies), cae descompuesto, pues el tacón de su bota se ha atorado en el espeso cortinaje (la bandera americana), se desploma sobre una rodilla, se recupera prestamente, se levanta como si nada hubiese pasado (en verdad se lastima el tobillo, pero no lo siente entonces) y así, la figura, Booth, el asesino, vestido con paño liso y negro, descubierta la cabeza, la cabellera espesa, brillante, azabache, y sus ojos como los de un animal desquiciado, centellantes de luz y osadía, pero con una cierta calma extraña, sostiene elevado en una mano un gran cuchillo, sigue caminando, no mucho más allá de las luces del proscenio, se da la vuelta por completo hacia el público, su rostro de una belleza estatuaria, iluminado por esos ojos de basilisco, radiantes de desesperación, quizás locura, lanza con una voz firme y templada las palabras Sic semper tyrannis y luego, a un paso que no es rápido ni lento, cruza el escenario en diagonal, y desaparece. (¿Toda esta terrible escena –que hiciera del artificio previo una insensatez–, toda ella, no habría sido ensayada previamente, sin ornamentos, por Booth?)
Un momento de quietud, un clamor, el grito de asesinato, la señora Lincoln inclinándose hacia fuera del palco, sus labios y mejillas de un tono cenizo, con un sollozo involuntario, señalando hacia la figura en retirada: Ha matado al presidente. Y aún, por un momento, el suspenso incrédulo, extraño... ¡y entonces el diluvio!, entonces esa mezcla de horror, retumbos, incertidumbre (el sonido, en alguna parte del fondo, de herraduras de caballo traqueteando con velocidad), la gente se desborda sobre sillas y barandales, y los destruye, la confusión y el terror son inextricables, las mujeres se desmayan, las personas algo débiles caen, son pisoteadas, se escuchan muchos gritos de agonía. De pronto el amplio escenario se llena hasta la asfixia con una multitud densa y variopinta, como si de algún horrendo carnaval se tratase, el público se abalanza sobre él, al menos los hombres fuertes, los actores y las actrices están todos ahí, con sus disfraces y sus caras maquilladas, con un miedo mortal asomando a través del rubor: los gritos y los clamores, las palabras confusas redoblan, se triplican, dos o tres logran atravesar el escenario contra las aguas hasta el palco del presidente –otros intentan encaramarse–, etcétera, etcétera.
En medio de todo esto, los soldados de la guardia presidencial, junto con otros, se ven atraídos repentinamente al escenario, irrumpen en él (unos doscientos en total), toman el teatro por asalto, todos los pisos, en especial los superiores, henchidos de rabia, literalmente acometiendo al público con bayonetas caladas, mosquetes y pistolas, gritando ¡Abran paso!, ¡abran paso! hijos de... Tal era el cruento paisaje, o más bien un indicio de él, dentro del teatro esa noche.
Afuera también, en la atmósfera de pasmo y delirio, las multitudes llenas de frenesí, y listas para desfogarlo a la primera oportunidad, se juntan y asesinan a varios individuos inocentes. Uno de estos casos resultó especialmente apasionante. La masa enfurecida la tomó con un hombre por alguna razón, ya por las palabras que profiriera, ya sin causa alguna quizás, y estaban a punto de colgarlo de una farola cercana, cuando el hombre fue rescatado por unos cuantos policías heroicos que lo rodearon y en medio de un gran peligro se abrieron camino hasta la estación. Fue un episodio a la medida de toda la cuestión. La masa embistiendo y arremolinándose de un lado a otro –la noche, los gritos, los rostros pálidos, tanta gente asustada intentando en vano salir de ahí–, el hombre violentado, aún presa de las mandíbulas de la muerte y con la apariencia de un cadáver, la media docena de policías silenciosos, resueltos, sin ningún arma más que unos pequeños palos, pero severos y firmes entre todos esos enjambres apiñados –todo constituía una escena adyacente adecuada a la gran tragedia del asesinato. Los policías lograron llegar a la estación protegiendo al hombre, y lo dejaron bajo vigilancia durante la noche, y lo liberaron por la mañana.
Y en medio de tal pandemónium, de los soldados enfurecidos, del público y las multitudes, del escenario y todos sus actores y actrices, sus colores, sus lentejuelas y sus lámparas a gas –la sangre viva de esas venas, la mejor y la más dulce de esta tierra, gotea lentamente, y la exudación de la muerte ya da paso a sus minúsculas burbujas sobre los labios.
He aquí los incidentes y los contornos visibles del asesinato de Abraham Lincoln, tal como ocurrieron. Así tocó a su fin el intento de secesión de estos estados; así terminaron cuatro años de guerra. Pero las cosas fundamentales llegan más tarde, sutiles e invisibles, quizás mucho más tarde –y no son las militares, las políticas, ni (por grandiosas que éstas sean) las históricas. Pues ciertos resultados secundarios e indirectos, producto de la tragedia de esta muerte, son en mi opinión aún más grandes. No se trata del acontecimiento mismo del asesinato. No es que el señor Lincoln hilara los hitos y los personajes principales del período, como cuentas, sobre la hebra única de su carrera. No es que su idiosincrasia, en su aparición y desaparición súbitas, haya marcado a esta República con un sello más profundo y duradero que el que cualquier hombre nos haya dado hasta hoy (más incluso que el de Washington), sino que, aunado a todo esto, el valor y el significado inconmensurables de toda esta tragedia yacen, para mí, en los sentidos que en última instancia son más caros a una nación (y aquí y ahora, los más preciados para nosotros): el sentido de la imaginación y el del arte –el sentido literario y dramático. No según un significado común o bajo de dichos términos, antes bien, según un significado glorioso para la raza y para todas las épocas. Al fin, una larga y diversa serie de acontecimientos contradictorios llega a su más fino desenlace poético, singular, nodal, pictórico. Todo el intrincado, desconcertante, multiforme revuelo del período de secesión se define y conviene en un breve destello de luz relampagueante –un acto simple, brutal. Esta culminación tajante, esta solución diríase, a tantos problemas sangrientos y rabiosos, ilustra esos momentos de clímax en el escenario del Tiempo universal, en los que la Musa histórica en una entrada y la Musa trágica en otra, bajando repentinamente el telón, cierran un inmenso acto en el largo drama del pensamiento creativo, y lo dejan refulgir, un cuadro viviente más extraño que la ficción. ¡Un digno fulgor, un digno final! ¡Cómo adora estas cosas la imaginación, cómo las adora el estudioso! América también las puede tener. Pues de entre todas las muertes notorias, ni las lejanas ni las cercanas –ni César en el Senado romano, o Napoleón agonizando en la feroz tormenta nocturna de Santa Elena; ni Paleólogo en su caída, luchando desesperadamente, arrojado sobre un mar de cadáveres griegos; ni el viejo y sereno Sócrates, bebiendo la cicuta– ninguna conquista ese confín de la Guerra de Secesión, en la vida de un solo hombre, aquí entre nosotros, en nuestro propio tiempo –ese sello de la emancipación de tres millones de esclavos, ese parto y alumbramiento de nuestra República al fin libre en verdad, nacida de nuevo, para emprender desde aquí su camino de genuina, homogénea Unión, compacta, coherente consigo misma.
Y nunca encontrarán los futuros patriotas y unionistas americanos, no importa en qué lugar de esta tierra, si en el norte o en el sur, una mejor enseñanza de su lección. Después de todo, la contribución final de los hombres más grandes de una Nación no se remite a sus actos en sí mismos, ni a su relación directa con su época o su país. La finalidad de una vida heroica, eminente –y en especial la de una muerte eminentemente heroica– es su filtración indirecta hacia la nación y la raza, y también, a menudo después de numerosas mudanzas, pero con certeza, época tras época, dotar de carácter y temperamento al personalismo de los albores y la madurez de cada era, y de la humanidad. Existe entonces un lazo común a toda la gente, un lazo sutil, más fundamental que cualquier cosa en la constitución escrita, en las cortes o en los ejércitos –a saber, el lazo de una muerte identificada a cabalidad con toda esa gente, por en encima de todo, en nombre de todos. Resulta extraño (¿o no?) que las batallas, los mártires, las agonías, la sangre, e incluso el asesinato condensen de tal forma –quizás sólo así verdadera y permanentemente– una nacionalidad.
Lo reitero: las muertes grandiosas de la raza, las muertes dramáticas de cada nacionalidad, son el legado más importante, en cierto sentido superan a la literatura y el arte (así en el héroe que excede su más prolijo retrato, así en la batalla que supera el cantar y la épica más exquisitos). ¿No es ésta en realidad la cuestión que subyace a toda tragedia?, ¿a las famosas piezas de los maestros griegos y de todos los maestros? Ay, si los antiguos griegos hubiesen tenido a este hombre, ¡qué trilogías –qué épicas– habrían surgido a partir de él! ¡Cómo lo habrían recitado los rapsodas! ¡Con qué premura habría entrado esa figura alta y peculiar a la región donde los hombres vivifican a los dioses y los dioses divinizan a los hombres! Pero Lincoln, sus tiempos, su muerte –grandiosos como cualquier, cualquier época– pertenecen a nuestra era, y son autóctonos. (En ocasiones pienso que sí, nuestros tiempos americanos, nuestro propio escenario, los actores que conocemos y con los que hemos intercambiado saludos y palabras –más fatídicos que todo Esquilo, más heroicos que los guerreros que rodeaban Troya–, han dado a nuestra Democracia reyes más orgullosos que Agamenón, modelos de carácter encantadores y bravos como Ulises, muertes más piadosas que la de Príamo.)
Cuando, dentro de siglos (pues han de pasar siglos, según creo, antes de que la vida de estos Estados, o de la Democracia, pueda ser realmente escrita e ilustrada), los principales historiadores y dramaturgos busquen un personaje, un acontecimiento señalado, lo suficientemente incisivo como para marcar con un corte profundo y fijar en la memoria éste nuestro turbulento siglo XIX (no sólo en los Estados, sino en todo el universo político y social), algo que clausure acaso esa espléndida procesión del feudalismo europeo, con toda su pompa y sus prejuicios de castas (de cuyas largas secuelas aún somos en América herederos sin remedio); algo que identifique con una identificación terrible lo que hasta ahora ha sido el paso revolucionario más grande en los Estados Unidos (tal vez el más grande del mundo, en nuestro siglo), la extirpación y borradura absolutas de la esclavitud en los Estados, esos historiadores buscarán en vano cualquier cosa que sirva más justamente a su propósito que la muerte de Abraham Lincoln.
Caro a la Musa, caro en grado sumo a la Nacionalidad –a toda la raza humana–, preciado para la Democracia, preciado por siempre y sin palabras, fue su primer gran Adalid y Mártir. ~
Traducción de Marianela Santoveña

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