Este texto de Otto Granados Roldán, escrito en El Español, con la perspectiva de marzo de 2026, ofrece una disección analítica sobre el impacto de la muerte de alías"El Mencho". Más que un reporte de sucesos, es una crónica de las estructuras invisibles que sostienen al crimen en México.
El Operativo del 22-F: Sombras y Cooperación
El autor cuestiona la narrativa oficial del enfrentamiento. Llama la atención que una estructura con 400 escoltas y armamento de alto nivel registrara un número de bajas relativamente bajo (60 personas). La pieza central aquí es la dependencia táctica de Estados Unidos (FBI, CIA y drones), lo que deja en entredicho la capacidad —o voluntad— de la inteligencia mexicana, que permitió la operación del cártel durante una década.
¿Un silencio conveniente?
Existe una duda razonable sobre el fallecimiento de "El Mencho" durante su traslado. Granados sugiere que su muerte evitó una extradición a Nueva York, donde el capo pudo haber revelado conexiones de alto nivel en el ámbito político, militar y policial de México..
Conclusión de Otto: La muerte de "El Mencho" es un hito simbólico, pero no estructural. Sin un ataque frontal al sistema financiero y a la red de complicidades políticas, el 22-F podría ser solo el inicio de una nueva fase de fragmentación y violencia.
La caída de 'El Mencho': muerto el perro, ¿se acabó la rabia?/ Otto Granados Roldán ha sido Ministro de Educación de México y dos veces embajador en Chile.
Guerrero respondió: "Hay un tremendo temor de que, si lo atacan, se genere una gran inestabilidad interior, o se propicien rupturas en la cúpula que termine por fragmentar a la organización y, con eso, la violencia letal crezca de manera exponencial".
Por ahora, es muy pronto para saber si esa hipótesis se puede materializar o no, así que lo aconsejable es proceder por aproximación para tratar de despejar algunas dudas válidas.
La primera es saber de modo razonable cómo fue la operación del 22 de febrero (22-F).
La segunda, cuáles son los riesgos de que la hidra efectivamente renazca en múltiples cabezas.
La tercera es si la acción mitigará la delincuencia organizada o, como la energía, simplemente se transforme.
Y la cuarta es entender qué sucede con las otras vertientes del modelo de negocio como, por ejemplo, el lavado de dinero.
En primer lugar, dada la mala estrategia de comunicación ex post seguida por el gobierno de México y los aspectos confidenciales que, naturalmente, no se conocen, la forma en que se ejecutó el operativo está plagada de especulaciones, algunas de las cuales tienen sentido.
Por ejemplo, el número total de caídos de ambos lados (ejército mexicano y delincuentes), unas 60 personas, parece relativamente bajo para el nivel de letalidad, capacidad de fuego y sofisticación del equipamiento (helicópteros, armas antiaéreas, lanzacohetes, inhibidores de radar y demás).
A lo cual hay que sumar los anillos de contención y protección del capo (se habla de 400 guardaespaldas), que, en teoría, pudieron haber desatado una matanza indescriptible.
Ahora bien, si, como se ha dicho, el diseño táctico y estratégico de inteligencia con que se condujo la operación corrió por cuenta de los Estados Unidos (los cuales además proporcionaron entrenamiento conjunto por parte de fuerzas especiales, facilitaron drones de vigilancia y datos del FBI y la CIA), ¿por qué ese diseño no había sido elaborado previamente por las autoridades mexicanas, tratándose de un cártel que tenía al menos una década actuando?
¿Hubo negligencia, complicidad, ineficiencia, baja o nula capacidad de inteligencia, o un poco de todo?
En enero pasado, el Departamento de Guerra de EEUU planteó con claridad, en su Estrategia de Seguridad Nacional, acciones directas contra objetivos específicos como los cárteles ahora etiquetados como "organización terrorista extranjera".
Dado el elevado nivel de desconfianza de las agencias norteamericanas hacia sus contrapartes mexicanas ¿era suficiente poner el plan en blanco y negro, proporcionar ayuda, dejar la operación íntegramente en manos mexicanas y conformarse con monitorearlo café en mano desde un situation room en Washington?
Evidentemente, no.
Más aún: hay dudas relativamente fundadas acerca de las condiciones en que muere el capo (durante el traslado aéreo hacia la ciudad de México), pues de haber seguido vivo habría sido extraditado al día siguiente y llevado a una corte de Nueva York.
En otras palabras, habría sido una fuente de información privilegiada acerca de la estructura del negocio y de la complicidad de personajes de muy alto nivel gubernamental, político, militar y policíaco con la delincuencia organizada.
¿Muerto el perro, se acabó la rabia? es la segunda interrogante. Claramente, no.
La delincuencia organizada era y es un polo de poder muy importante en México, que ya estaba convenientemente atomizado como lo reportan distintas fuentes.
Una de ellas revisó en 2022 más de 50 informes de inteligencia del Gobierno y estimó que en México existen más de 80 grupos del crimen organizado y alrededor de 16 bandas criminales.
Otra, del servicio de investigación del Congreso de Estados Unidos, calcula que la delincuencia controla un tercio del territorio nacional.
Y una más, al día siguiente del episodio, de The Wall Street Journal, citando a la DEA, señaló que, con mayor o menor intensidad, entre 3 y 5 grandes cárteles tienen presencia en los 32 estados mexicanos.
Dentro de todo ese andamiaje delictivo, que no es monolítico, hay una constelación de organizaciones que compiten entre sí, se disputan los negocios de manera descarnada y donde la única ley es la que cada quien impone en su reino, porque es la única manera de sobrevivir.
Aunque el modelo operativo del crimen organizado, como lo veremos más adelante, es muy eficiente, la desaparición de un capo mayor crea un poderoso incentivo para nuevos liderazgos en territorios más acotados y en portafolios de negocios variados.
¿Por qué las segundas o terceras manos del capo en Jalisco o en otros estados, las cuales tienen ya una experiencia importante y una red muy amplia y variada de aliados, dejarían un negocio tan rentable y atractivo sencillamente porque el jefe está muerto?
Recordemos que Pablo Escobar fue abatido en 1998, pero Colombia, de acuerdo con la Oficina de la ONU contra las Drogas y el Delito, sigue siendo el principal productor de cocaína 28 años después.
Una pregunta central consiste en saber el papel que desempeñará el ejército mexicano en el futuro inmediato.
Por ahora, la Marina, que en México actúa por separado de las fuerzas de tierra y aire, que antaño era más o menos confiable a ojos de los EEUU, fue excluida del operativo por los abundantes indicios de que sus altos mandos han estado involucrados en el contrabando de combustible, entre otras cosas.
De modo que el ejército gana tiempo en torno a dos posibilidades.
Una es que, como algunas porciones de este han estado coludidos con la delincuencia y/o con los negocios ilícitos en los entes públicos que administran (aduanas, aeropuertos, puertos), y dependen de la cadena de mando castrense, lo normal es que por mera supervivencia y protección (el "equilibrio del miedo" se le llama en la investigación) mantengan un repliegue táctico hasta que las aguas se calmen.
La otra opción es que, en los niveles más silvestres del ejército y las policías, que actúan directamente en terreno como un "cordón de protección", se reagrupen rápidamente bajo los nuevos jefes del crimen para no frenar un drenaje monetario al que ya se volvieron adictos.
Este es el siguiente tema clave, quizá el más potente: follow the money, recomendaba Garganta Profunda a los investigadores de Watergate.
En otras palabras, una cosa es liquidar al líder y tal vez desmantelar a la jerarquía y otra, muy distinta, acabar con el negocio.
"Consigue dinero, ante todo; la virtud vendrá después", aconsejaba Horacio, el poeta romano, hace más de veinte siglos.
Pongámoslo de la siguiente forma: las organizaciones criminales tienen un portafolio de negocios cada vez más diversificado y complejo. De sus giros tradicionales (producción, tráfico y comercialización de estupefacientes) se han ampliado al contrabando de combustible, transporte, extorsión, secuestro, seguridad privada, industria de la construcción, y un largo como imaginativo etcétera.
En la ecuación de Moisés Naím, el éxito del crimen organizado no reside en el tipo de bienes que provee, sino en el modelo de negocio con el cual trabaja, como se ve en la detallada contabilidad que llevaba Oseguera, filtrada por el gobierno mexicano a los medios.
El negocio ilícito opera sobre la base de una impecable lógica de mercado que detecta una necesidad, diseña una buena planeación, produce un bien demandado, construye una logística sofisticada y satisface a los consumidores.
Es la forma como funciona cualquier empresa eficiente, trátese de elaborar y distribuir pan, gaseosas o ropa de marca o de comerciar con drogas, medicinas falsificadas, armas prohibidas, obras de arte o personas, como ocurre con el tráfico de chinos en Nueva York.
¿Hay en este proceso algo de extravagante? No, y con más razón si las distintas agencias del gobierno mexicano no lo comprenden o, peor aún, si no quieren entenderlo porque son parte de la cadena de suministro.
Nunca como ahora la delincuencia había logrado montar una estructura en la que, para empezar, están situados en la plena modernidad corporativa.
Porque ya no trabajan a partir de formas piramidales de control y coordinación. Sino a través de redes horizontales en las que participa una gran cantidad de actores públicos y privados que son altamente flexibles para responder a los requerimientos del mercado y de los clientes. Y que son suficientemente hábiles para desplazarse con rapidez de un sector de bienes –digamos drogas tradicionales- a otros igualmente atractivos y rentables.
Pero, además, parte del fracaso en la estrategia de muchos gobiernos para combatir el crimen organizado se explica porque se centran en la lógica de la seguridad en lugar de abarcar con agudeza, tino y datos una estrategia económica para contener un negocio que actúa con una lógica de mercado.
Aquí está el corazón del modelo: es un sistema nervioso que se lubrica con dinero, o, mejor dicho, se condensa en la necesidad de administrar, invertir, lavar o transferir cantidades mayúsculas de dinero.
Por ejemplo, en 2025 Alejandro Werner, un ex alto funcionario del FMI, informó de que en plena era digital el uso de efectivo en la economía mexicana ha aumentado de manera muy preocupante:
"El efectivo en circulación como proporción del PIB ronda el 10%. En 2014, era menos de la mitad. Además, es la más alta entre economías latinoamericanas de tamaño y desarrollo comparables".
Por supuesto que no todo este proceso es atribuible al narco, la extorsión o el contrabando de gasolinas, sino que también se explica por la informalidad de la economía mexicana (55%), la evasión fiscal, la corrupción pública y privada, y, desde luego, el lavado de dinero.
Es muy difícil por ahora llegar a conclusiones definitivas para comprender el operativo del 22-F. Pero es crítico identificar mejor el modelo de negocio del crimen organizado.
Por último, la relación con Estados Unidos.
Históricamente, la agenda binacional ha sido, es y seguirá siendo la más importante para México. Y, dato no menor, en julio del 2026 empieza la "revisión" del Tratado de Libre Comercio del que depende más del ochenta por ciento de la economía mexicana.
Por tanto, en la estrategia contra las organizaciones terroristas extranjeras, el mayor peso en la toma de decisiones lo tiene y lo tendrá la Casa Blanca, por más que el nacionalismo mexicano pretenda endulzarlo ante la galería con unas cucharadas de soberanía y patriotismo.
En síntesis, el 22-F ¿es el principio del fin o el fin del principio? Es demasiado pronto para saberlo, diría el camarada Deng.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario