Edith Guadalupe Valdés Zaldívar cruzó el umbral del edificio Murano, en el 829 de la Avenida Revolución, a las cinco de la tarde de un miércoles que debió ser ordinario. Fue su última cita con el mundo. Tenía 21 años, estudiaba turismo y perseguía una promesa de trabajo que, en esta ciudad de acechanzas, terminó en tragedia.
Como quien conoce los códigos de una metrópoli que no siempre cuida a las suyas, Edith envió su ubicación en tiempo real. Fue su último destello de vida en la pantalla de un celular. A partir de ahí, el punto en el mapa se volvió una coordenada estática, una tumba digital, mientras su destino se sumergía en una penumbra que ni la tecnología ni la vigilancia del edificio quisieron evitar.
A Edith no solo la mató la violencia directa. La mató un sistema que, en sus horas más críticas, prefirió la extorsión a la búsqueda. Mientras la familia denunciaba el rastro, se topaban con la muralla de la ignominia: funcionarios exigiendo dinero para "aceitar" la investigación y el estribillo burocrático de siempre: "esperen 72 horas, tal vez se fue con el novio". Bajo esa indolencia, el cuerpo de Edith yacía en un sótano, oculto entre arena y maderas.
La justicia que llega tarde no es justicia; es sevicia. Fue la familia, y no el Estado, quien reconstruyó el itinerario y localizó el lugar del crimen. Hoy, el caso entra en ese laberinto jurídico de sombras conocidas. En el Reclusorio Oriente duerme Juan Jesús, un vigilante de 24 años cuya defensa alega tortura y su familia jura inocencia. ¿Estamos ante el rostro del feminicida o ante un chivo expiatorio fabricado por la urgencia de entregar resultados? La hipótesis oficial se tambalea entre cámaras "convenientemente" apagadas y videos de otros acosadores en el mismo elevador. ¿Es el edificio Murano un refugio de depredadores protegido por la opacidad?
El cambio de "Procuradurías" a "Fiscalías" parece haber sido un mero ejercicio cosmético; la podredumbre permanece intacta. Justicia para Edith significa, también, una estructura que no necesite sobornos para empezar a caminar. Porque cuando el ciudadano debe investigar sus propios muertos, la pregunta es obligada: ¿Para qué sirve esta pléyade de burócratas?
No hubo espacio para la retórica de oficina cuando la realidad estalló. Al admitir en entrevista radial que la Fiscalía no acudió a tiempo al número 829 de Revolución, Bertha Alcalde Luján no solo desnudó una omisión operativa, sino que firmó el acta de una tragedia evitable. "No es justificable", soltó la fiscal ante una familia que ya no busca explicaciones, sino aire entre los escombros de la burocracia.+O
Por cierto, ¿No veo ninguna renuncia Bertha Alcalde?
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