El paso firme de Ohuira para defender su bahía
Por Fred Alvarez Palafox.
Les saludo con el corazón puesto en mi tierra: Ahome.
A veces, la tierra duele; pero otras veces, nos llena de un orgullo profundo. Este domingo 7 de junio, en mi natal Los Mochis, el asfalto que cruza los bulevares Macario Gaxiola y Centenario dejó de ser una simple avenida para convertirse en el kilómetro cero de la dignidad.
Comenzaron a caminar bajo el sol de Sinaloa —ese sol casi de verano que curte la piel, pero también enciende el espíritu—. Su destino era el puerto de Topolobampo. Su exigencia, un grito por la vida: la cancelación definitiva de la planta de amoniaco de Gas y Petroquímica de Occidente.
Un golpe de mazo intentó silenciar el reclamo apenas el pasado 3 de junio, cuando José Francisco Pérez Mier, Juez Séptimo de Distrito en Los Mochis, desechó el amparo indígena contra la planta bajo el frío argumento de que no hay un "daño inminente". Pero el mar no entiende de expedientes. Las comunidades de Paredones, Lázaro Cárdenas, Ohuira y Topolobampo mantienen su rechazo total, denunciando una consulta amañada y la traición de líderes que avalaron la obra sin siquiera vivir en la zona afectada.
Y mientras la gobernadora interina, Yeraldine Bonilla, defiende el proyecto ofreciendo un diálogo de escritorio a 200 kilómetros en Culiacán, para estos cuatro pueblos —los únicos que sufrirán el impacto directo en sus redes y su tierra— la advertencia es firme: el progreso no se impone aplastando voluntades. Hasta que no se escuche a quienes habitan frente a la bahía, esta planta seguirá siendo una herida abierta en las costas de Sinaloa.
Si preguntan cuántos fueron a la marcha, les diré que los números fríos no alcanzan a medir el alma de un pueblo. Fueron cientos, quizá miles, pero caminaban como un solo latido. Ahí marchaban, hombro con hombro, pescadores, campesinos, familias enteras. Vimos a niños defendiendo un futuro que apenas asoman a ver, y a viejos con el rostro surcado por los años, negándose a entregar su hogar.
Ahí estaban amigos ambientalistas que viajaron desde Mazatlán, como Mario Astorga. Y haciendo vibrar la tierra a cada paso, nuestras comunidades indígenas Mayo-Yoreme, investidas con la fuerza de sus ancestros, con la presencia viva de pascolas y judíos fariseos.
Al frente de este río humano no iba un político buscando reflectores. Iba Felipe Montaño Valenzuela, el cobanaro de Ohuira, la máxima autoridad moral de su pueblo. Verlo caminar es ver doce años de una resistencia que no se quiebra. Él lo sentenció con una claridad que estremece: la empresa se tiene que ir, porque el hogar no se negocia. La bahía de Ohuira es un santuario, no un corredor industrial.
Hay un hartazgo profundo, un dolor por el abandono. Armando Pinzón, vocero del movimiento “¡Aquí No!”, lanzó un mensaje directo a la presidenta de la República: “No somos unos locos, ni unos cuantos. Y vamos hasta las últimas consecuencias”. Porque cuando nadie escucha en las oficinas, la gente tiene que salir a gritar a las calles.
La marcha culminó con una clausura simbólica de la planta. Pero el eco de esos pasos, el eco de los tambores yoremes, no se quedó en el norte. A más de mil kilómetros, en la Ciudad de México, un colectivo de ciudadanos que siguen de cerca el tema Ohuira, marcharon por Reforma rumbo al Monumento a la Revolución abrazando la misma causa; ahí estaba mi amiga Patricia Montero.
No sabemos qué va a pasar con la planta, pero Ohuira nos ha dado una lección a todos: la defensa de una bahía no es un problema de unos cuantos pescadores o indígenas. Es un reclamo nacional por el derecho a existir. Por el derecho a la vida.
¡Para la historia inmediata!
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