17 oct 2026

A 15 años sin la Plaza Pública

A 15 años sin Plaza Pública: el periodismo frente al espejo de Granados Chapa.

Por Fred Álvarez Palafox

A quince años de la muerte de Miguel Ángel Granados Chapa, el vacío que dejó en la prensa mexicana no ha sido llenado, sino apenas disimulado por el ruido del debate contemporáneo. Su partida, anunciada con una lucidez estoica dos días antes de su fallecimiento en 2011, cerró uno de los capítulos más dignos del periodismo nacional y nos legó un estándar de rigor analítico que hoy, en tiempos de polarización e inmediatez, resulta más urgente que nunca.

La trascendencia de Granados Chapa no radicaba únicamente en su prosa, sino en la solidez de su estructura intelectual. Se preparó rigurosamente para ejercer el oficio: estudió Derecho y Periodismo en la Universidad Nacional Autónoma de México, y posteriormente obtuvo un doctorado en Historia por la Universidad Iberoamericana.

Esta formación permitió que su aproximación al acontecer nacional no fuera la del opinador visceral, sino la del analista documentado. Durante más de tres décadas, su columna Plaza Pública transitó por redacciones de líneas editoriales tan diversas como Excélsior, Unomásuno, La Jornada, Proceso, El Financiero y Reforma. En todas ellas, demostró que la independencia no depende del medio que imprime la tinta, sino de la pluma que la traza.

Él sabía bien que escribir críticamente en México implicaba jugarse la vida. En un país donde la transición democrática se gestó entre el autoritarismo de Estado y la creciente amenaza de los poderes fácticos, ejercer la crítica exigía un temple excepcional. Granados Chapa lo hizo sin estridencias, pero sin concesiones. No fue un francotirador de la pluma como algunos, sino un constructor de civilidad.

Ese compromiso iba más allá de señalar las fallas del sistema, pues buscaba activamente edificar instituciones más democráticas. Lo demostró como consejero ciudadano del IFE y en su incansable labor docente, formando generaciones de periodistas y politólogos en las aulas de la UNAM, la Iberoamericana y la Escuela de Periodismo Carlos Septién García.

Su rigor le valió un respeto transversal, materializado en reconocimientos que van desde el Premio Nacional de Periodismo hasta la Medalla Belisario Domínguez. Incluso quienes disentían de su visión ideológica o cuestionaron su incursión política en 1999 —cuando fue impulsado a la gubernatura de Hidalgo por el PRD y el PT, quedando en tercer lugar— reconocían en él a un interlocutor honesto y a un escrupuloso vigilante del poder.

El 14 de octubre de 2011, hace 15 años y mermado por el cáncer pero con el intelecto intacto, Granados Chapa se despidió con una reflexión que hoy resuena como una advertencia y un mandato. Su deseo de que la cultura y la civilidad permitieran a México "escapar de la pudrición que no es destino inexorable" no fue una claudicación, sino un acto de fe en las reservas morales del país.

A quince años de su último adiós, la figura de Miguel Ángel Granados Chapa funciona como un espejo severo para el periodismo actual. Nos recuerda que la verdadera agudeza no se mide en la estridencia de la crítica, sino en la profundidad del argumento, y que frente a la "pudrición" del entorno, la ética periodística sigue siendo la trinchera más indispensable.

Lo conocí y lo traté; siempre nos hablamos de usted, con el respeto que su presencia imponía. Hoy lo recuerdo con cariño, sabiendo que su legado es el manual de ética que tanta falta le hace a nuestro tiempo. Ver menos


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