A 18 años del Learjet 45: la tragedia, la verdad y la negligencia
Por Fred Álvarez Palafox
Era el martes 4 de noviembre de 2008. Justo mientras el mundo celebraba la histórica victoria electoral de Barack Obama en Estados Unidos, el cielo sobre Lomas de Chapultepec se fracturaba en una estela de fuego. El desplome del Learjet 45 (XC-VMC) de la Secretaría de Gobernación no solo cobró la vida del titular de la política interna, Juan Camilo Mouriño, y del ex subprocurador antidrogas, José Luis Santiago Vasconcelos; asestó también un violento sacudón a la estabilidad institucional del país.
De pronto, el tiempo pareció detenerse. Recuerdo vivamente la conmoción generalizada y la cobertura minuciosa que emprendí en las páginas de Código Topo —el suplemento mensual de Excélsior que entonces dirigía Jorge Fernández Menéndez—, registrando paso a paso la crisis que paralizó al Estado. La estampa del presidente Felipe Calderón, de corbata negra y voz quebrada, sintetizaba el dramatismo de la coyuntura. Si bien en su mensaje oficial de esa noche guardó una calculada prudencia, años más tarde revelaría en los micrófonos de Joaquín López-Dóriga la inquietante duda que lo asaltó en secreto: "Honestamente... pensé que pudo haberse tratado de un atentado".
La duda no era descabellada en un México volcado en la violencia contra el crimen organizado. Sin embargo, la mecha de la especulación la encendió la propia prisa burocrática. Apenas tres horas después del impacto, el entonces secretario de Comunicaciones y Transportes, Luis Téllez, salió a televisión a dar por sentada la tesis del accidente, sin peritajes de por medio ni apego a los protocolos internacionales del Anexo 13 de la OACI. En una sociedad lastrada por la desconfianza,la precipitación oficial sembró el terreno fértil para todo tipo de teorías del complot.
Un año después, la investigación técnica liderada por el capitán Gilberto López Meyer, con el respaldo de la Junta Nacional de Seguridad en el Transporte de EU (la NTSB) y Boeing, entregó la amarga verdad: no hubo bomba, no hubo sabotaje ni falla mecánica. Hubo turbulencia de estela provocada por un Boeing 767 al que el Learjet se aproximó peligrosamente; pero, sobre todo, hubo una fatídica cadena de errores humanos, tripulantes sin capacitación adecuada, omisiones en el control aéreo de SENEAM y laxitud en la expedición de licencias por parte de la DGAC.
No fue un complot: fue negligencia institucional.
Más allá del profundo costo político para el gobierno en turno, el suelo de la capital quedó marcado por un dolor que no distinguió jerarquías. En el siniestro perdieron la vida 16 personas: tres tripulantes, seis pasajeros y siete transeúntes.Estos últimos eran ciudadanos comunes que, tras concluir su jornada laboral, simplemente caminaban de regreso a casa y perecieron abrasados por el fuego, dejando además una estela de heridos con cicatrices imborrables.
A 18 años de distancia, recordar el desplome del XC-VMC no es solo un ejercicio de memoria sobre la fragilidad del poder. Es una lección vigente sobre los riesgos fatales de la improvisación en la aviación civil y el alto costo que paga un país cuando la prisa gubernamental intenta ganarle la carrera a la verdad técnica.
Para la historia inmediata…
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