5 nov 2026

Las columnas políticas hoy, jueves 5 de noviembre de 2026

Adiós a Humberto Musacchio

Humberto Musacchio López rehuía de los alardes. "Soy un simple periodiquero que hace su trabajo", advirtió en 2023,oponiendo su modesta resistencia a quienes buscaban colgarle la medalla del historiador por excelencia del periodismo cultural mexicano. A los 83 años, el hombre que dedicó cinco décadas a documentar nuestra memoria ha dejado las redacciones.

Nacido en Ciudad Obregón en 1943, de padre italiano y madre mexicana, llevaba una profunda raíz sinaloense. Como recuerda Heriberto Galindo, su madre era de El Palmar de los Sepulveda, y por eso en 2015 el Cabildo de Sinaloa de Leyva llegó a nombrarlo "Hijo Predilecto" en un festejo celebrado al compás de la tambora y con carne asada bajo los árboles.

Sobreviviente de Tlatelolco en 1968 y militante de izquierda, la historia lo desvió de la Economía para llevarlo al periodismo. Para 1971 ya dirigía Cultura en El Universal, de donde fue suspendido por presiones del echeverrismo. Esa fue su primera gran lección de congruencia frente al poder.

Dejó su pluma fundacional en Unomásuno, La Jornada y en su icónica columna "La República de las Letras". Convencido de que un país sin memoria es presa del olvido, nos legó obras monumentales como el Diccionario Enciclopédico de México, Ciudad quebrada y su Historia del periodismo cultural.

Musacchio fue, ante todo, una terquedad insobornable. Lo tengo muy presente el año pasado en Coyoacán, exigiendo cohesión frente al acoso oficial a la prensa, con la misma valentía con la que formó, junto a Renato Leduc, aquella Unión de Periodistas Democráticos que condenó el golpe a Excélsior en el 76.

Hoy el gremio despide a una enciclopedia humana. Se va el muchacho sonorense que esquivó las balas del 68; el "simple periodiquero" que, haciendo admirablemente su trabajo, nos enseñó a no olvidar..

Descanse en paz,

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Estrictamente Personal

Golpe al populismo/ Raymundo Riva Palacio

Estrictamente Personal

El Financiero, 

Donald Trump descubrió este martes que el populismo, en el que se basó la construcción de su poder durante una década manipulando la indignación de los estadounidenses contra las élites políticas, económicas y culturales de Washington, prometiéndoles barrer con su corrupción y devolver el bienestar al pueblo, tenía fecha de caducidad: las elecciones intermedias donde millones repudiaron su liderazgo personalista que hizo del Partido Republicano una extensión de sus políticas, en las cuales los demócratas los aplastaron.

¿Pero fueron estas elecciones un tsunami azul? Hakeem Jeffries, el líder demócrata en el Congreso que a partir del 3 de enero presidirá la Cámara como líder de la mayoría, respondió: “No fue una ola azul, sino un tsunami americano. Es una mayoría histórica en el siglo XXI”. Su frase fue el colofón a sus primeras declaraciones el martes por la noche, cuando aseguró que no había sido una elección partidista, sino una reacción nacional de los estadounidenses.

Las razones por las que perdieron los republicanos tienen diferentes explicaciones, de acuerdo con las encuestas de salida. Tres de ellas fueron centrales: el alto costo de la vida –vivienda, alimentos y salud–; el incremento en los precios de diésel, que subieron entre 56 y 70% por la guerra en Irán, y el endurecimiento de la política migratoria y la brutalidad de los agentes de migración contra indocumentados, residentes y ciudadanos. Pero hubo otras más de impacto regional, como los centros de datos en Texas, que fueron rechazados por demócratas y republicanos porque consideraron que elevaría las tarifas eléctricas, sin transferir costos a los gigantes tecnológicos.

Este es el mejor ejemplo de las contradicciones en las que Trump metió a su electorado, al no escuchar a los republicanos opuestos a la inteligencia artificial que utilizaría esos centros de datos, y promoverla con entusiasmo. Trump dejó de escuchar a los estadounidenses, como lo hizo el lunes en su último discurso de campaña desde el espejo reflejante en el Mall, en Washington, donde habló de algas y tuberías. Nada dijo sobre los problemas cotidianos de los estadounidenses. Estaba en la estratósfera y pidió a los electores votar por los candidatos republicanos pensando que él estaba en la boleta. Así lo hicieron, pero en su contra.

Los resultados del martes presentaron una contradicción superior que terminó por alcanzarlo: el hombre que llegó a la Casa Blanca prometiendo combatir los privilegios del poder, terminó enfrentando a un electorado que sospecha que hizo lo mismo para enriquecerse, beneficiar a su círculo cercano y gobernar sin contrapesos. Fue una derrota particularmente significativa porque Trump había logrado sobrevivir políticamente a escándalos, investigaciones judiciales, acusaciones de abuso de poder y una condena penal. Presumió durante mucho tiempo que podía matar a una persona en la muy transitada 5a Avenida de Nueva York, y nada le sucedería. Por largo tiempo, su relación con los electores pareció inmune a las reglas tradicionales de la política estadounidense.

De manera intuitiva utilizaba el manual del populista. Lo que destruía a otros candidatos fortalecía su narrativa de persecución. Cada acusación en su contra se convertía en una prueba de que las élites querían impedirle representar al pueblo. Conspiraban para detenerlo, pero no lo lograrían. Derrotó al presidente Joe Biden en las elecciones de hace dos años, culpándolo de una mediocre economía; de ser tibio en migración y permitir “una invasión” de criminales por la frontera con México; de estar decrépito pero, sobre todo, de ser incompetente. Trump olvidó, sin embargo, que para mantener la narrativa y la inmunidad frente al electorado, necesitaba que percibieran beneficios concretos de su gobierno.

No lo logró, y la coraza de protección que tenía comenzó a fracturarse. Se disparó la inflación y se encarecieron los alimentos y la vivienda, que se acentuaron por la guerra arancelaria contra el mundo, que tensionó más la economía doméstica. Cerró accesos a los servicios médicos que habían abierto los demócratas y, manipulado –así lo comenzaron a ver– por el primer ministro de Israel, Benjajmin Netanyahu, apoyó la destrucción de Gaza y se lanzó a la guerra contra Irán, que agravó la situación de penuria de los estadounidenses.

La inconformidad económica comenzó a mezclarse con la percepción creciente de corrupción de Trump y su círculo cercano, que lo enfrentó a otra contradicción: haber explotado por años la narrativa de que la clase política en Washington era una banda de políticos enriquecidos a costa de los ciudadanos que limpiaría. Le creyeron los electores en 2024, y dos años más tarde, los demócratas revirtieron el argumento, presentándolo como parte del sistema de privilegios que decía combatir.

Las controversias sobre los negocios de criptomonedas vinculados a Trump y su familia, los beneficios económicos obtenidos durante su presidencia, los posibles conflictos de interés en negocios domésticos e internacionales, y las relaciones entre grandes empresarios y decisiones gubernamentales, dejaron de ser asuntos exclusivos de las investigaciones periodísticas y se convirtieron en parte de la disputa electoral. A mediados de octubre, una encuesta de The Washington Post y ABC News encontró que 66% de los votantes creía que Trump utilizaba la presidencia para enriquecerse. Otra, difundida por Fox News en vísperas de las elecciones, mostró que 88% del electorado estaba extremadamente o muy preocupado por la corrupción gubernamental.


Millones comenzaron a relacionar los privilegios, el enriquecimiento presidencial y los negocios de su entorno, con sus propias dificultades económicas y mayores costos de vida. ¿Para quién estaba gobernando realmente? El populismo funciona mediante una división moral de la sociedad. De un lado coloca al pueblo, al que atribuye autenticidad y legitimidad; del otro, a las élites, presentadas como egoístas y corruptas. Como líder populista, Trump se ofreció como intérprete exclusivo de la voluntad popular y convirtió toda oposición a su liderazgo en una agresión contra su pueblo. Trump transformó al Partido Republicano, subordinó sus estructuras tradicionales y convirtió la lealtad personal en una credencial política fundamental. La sumisión tuvo costos al comenzar a perder respaldo su liderazgo.


Trump metió las manos para imponer seis candidatos al Senado y perdieron. Se desvanecieron dos estados republicanos, las Carolinas del Norte y el Sur. Texas se volvió demócrata después de casi cuatro décadas rojo. En Nebraska prefirieron a un senador independiente a un republicano. En Kansas, otro estado extremista, le dieron a un demócrata el primer escaño en la Cámara alta en casi un siglo. El populismo de Trump sufrió un golpe, pero severamente herido, todavía no puede cantársele la marcha fúnebre.





Dos veredictos en EU y sus efectos para México/Enrique Quintana

Coordenadas

El Financiero, noviembre 05, 2026 |

La derrota republicana en las elecciones del martes abre para México dos escenarios: un mayor costo político en EU por endurecer los aranceles, lo que nos puede beneficiar, y un riesgo para las exportaciones que abastecen a los centros de datos estadounidenses. Ambos efectos podrían ocurrir al mismo tiempo.

Veamos los detalles.

Los aranceles han sido una herramienta central del gobierno de Donald Trump para negociar con otros países y promover la reindustrialización. El resultado electoral, que dio a los demócratas la mayoría en ambas cámaras, pone en duda la rentabilidad política de esa apuesta.

Según el sondeo divulgado por NBC News, 66 por ciento de los votantes consideró que la política arancelaria dañó la economía nacional y apenas 21 por ciento dijo que la ayudó. Tres de cada cuatro calificaron la economía como regular o mala.

Estas respuestas sugieren que los aranceles contribuyeron al malestar. No permiten atribuirles por sí solos la derrota republicana, pero sí cuestionan la idea de que endurecerlos resulta electoralmente gratuito.

Nada de esto elimina los aranceles vigentes. El fallo de la Corte Suprema de febrero rechazó el uso de la Ley de Poderes Económicos de Emergencia, la IEEPA, para imponerlos. Otras facultades legales siguen disponibles, y el veto presidencial dificulta que el Congreso revierta las medidas.

Lo que podría cambiar es su precio político. Los legisladores interesados en recuperar votos tendrían un incentivo para cuestionar decisiones que sus electores asocian con el encarecimiento de la vida.

México podría aprovechar esa presión, aunque la derrota electoral de los republicanos no garantiza una negociación más flexible.

La decisión del gobierno norteamericano que obligó a las revisiones anuales del T-MEC a partir del 2027 ahora habrá de enfrentarse a un contexto político distinto.

México conserva, además, una ventaja relativa. Según USAFacts, con datos del Census Bureau, el arancel efectivo promedio aplicado a las importaciones estadounidenses procedentes de México fue de 3.2 por ciento en agosto de 2026, frente a 22.8 por ciento para China. Son promedios que incluyen mercancías exentas, no tasas uniformes para todos los productos.

Para México, el reto sería convertir esa ventaja en compromisos que den certidumbre a las empresas. Un mejor ambiente político serviría de poco si persisten amenazas que dificulten planear inversiones y contratos de largo plazo.

El segundo veredicto, en contraste, podría complicarnos: el rechazo a los centros de datos.

En el sondeo de NBC, 76 por ciento se opuso a construir uno en su comunidad. Además, 56 por ciento señaló que la inteligencia artificial y los centros de datos fueron un factor crucial o importante en su voto para el Congreso. Esta última pregunta agrupa dos asuntos y no permite aislar cuánto pesó cada uno.

El malestar también se expresó en urnas locales. De acuerdo con el rastreador Data Centers on the Ballot, el martes se aprobaron al menos 43 medidas de moratoria o restricción a centros de datos. En Ohio, que alberga 257 de estas instalaciones, localidades como Urbana y Hubbard rechazaron proyectos con más de 75 por ciento de los votos, y el demócrata Sherrod Brown volvió al Senado haciendo del tema un eje de campaña, con el recibo de luz como argumento central.

Aquí aparece la exposición mexicana. Las exportaciones de servidores crecieron 172.1 por ciento en los doce meses terminados en junio de 2026. Estados Unidos absorbió 93.9 por ciento de esos envíos.

Si las restricciones reducen la inversión estadounidense en centros de datos, podrían moderarse los pedidos a México. Pero también es posible que los proyectos se desplacen a otras localidades o que las compras se pospongan. El efecto dependerá de la capacidad afectada, los contratos existentes y la duración de los retrasos.

La señal a vigilar será la revisión de presupuestos y calendarios de las empresas que compran equipo mexicano. Una demora puede desplazar ventas entre trimestres; una cancelación de capacidad prevista tendría consecuencias más duraderas para la producción y el empleo.

Para los grandes operadores de infraestructura en la nube, una menor inversión podría aliviar las salidas de efectivo en el corto plazo, aunque también limitaría su expansión futura. Para los fabricantes de equipos, el riesgo sería una menor demanda. Esa diferencia ayuda a entender por qué el efecto económico no sería igual para todas las empresas vinculadas con la IA, lo que ayer se expresó en los mercados bursátiles que castigaron a unas y premiaron a otras.

En suma, México podría ganar margen frente a la presión arancelaria y, al mismo tiempo, perder impulso en sus exportaciones tecnológicas.

El saldo dependerá de cuánto cambie la política comercial y cuánto se frene la inversión asociada con la inteligencia artificial.


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