6 nov 2026

Pluma, calle y una terquedad insobornable: Adiós a Humberto

Pluma, calle y una terquedad insobornable: Adiós a Humberto

"Todo tiene su tiempo..." (Eclesiastés).

Por Fred Álvarez Palafox

Hay ausencias que pesan como enciclopedias enteras. Con profunda tristeza me enteré de la partida de mi amigo, el recio sonorense Humberto Musacchio López (1943-2026). Él rehuía de los alardes; si alguien intentaba colgarle la medalla del historiador por excelencia del periodismo cultural mexicano, endurecía el semblante y oponía su modesta resistencia: "Soy un simple periodiquero que hace su trabajo", advirtió apenas en 2023. Pero la modestia no alcanza para opacar el peso de toda una vida. A sus 83 años, el hombre que dedicó cinco décadas a documentar nuestra memoria se ha despedido de las redacciones, dejándonos huérfanos de su columna "República de las Letras".

Nacido en Ciudad Obregón, Sonora, en 1943, de padre italiano y madre mexicana, Humberto llevaba en la sangre una profunda raíz sinaloense. Su madre era de El Palmar de los Sepúlveda, en Sinaloa de Leyva. Sobre este lazo, Heriberto Galindo atesora una anécdota entrañable: aquel día de 2015 en que el Cabildo los declaró a él y a Raúl Cremoux como "Hijos Predilectos", un reconocimiento que el pueblo celebró en grande, bajo los árboles, al compás de la tambora y con carne asada.

A propósito de esa coincidencia materna con los apellidos, le pregunté a Galindo si Humberto y Raúl eran primos hermanos. "Parientes de rancho", me dijo con esa agudeza tan nuestra. Lo recuerdo bien, porque justo un día antes del homenaje charlé con Humberto en el estadio de béisbol de Culiacán sobre ese origen sinaloense; fue ahí, al calor de la plática, donde nos adoptamos mutuamente como paisanos.

El destino de Humberto se forjó en la adversidad. Antes de llegar a la Ciudad de México, pasó por Guadalajara y trabajó en los oficios más diversos. Su hija Marussia lo retrató de cuerpo entero en el diario Reforma: "Fue palero de circo, vendedor de lavadoras, burócrata, activista político, enciclopedista y, como es bien sabido, periodista". Tuvo que hacer de todo; era hijo de un inmigrante italiano que huyó de la pobreza, pero la tuberculosis lo dejó huérfano de padre a los cuatro años y de madre a los siete.

A pesar de todo, estudió Economía en la UNAM, abrazó el comunismo y sobrevivió a las balas de la Noche de Tlatelolco en el 68. La historia lo desvió de los números y aterrizó en el periodismo por casualidad, para hacer de él un magisterio. Para 1971 dirigía Cultura en El Universal, de donde fue suspendido por presiones del echeverrismo tras criticar a Martín Luis Guzmán. Esa primera gran lección de congruencia marcó su brújula frente al poder. Dejó su pluma fundacional en Unomásuno y La Jornada, y nos legó obras monumentales como el Diccionario Enciclopédico de México y Ciudad quebrada, convencido de que un país sin memoria es presa del olvido.

Y es que Musacchio fue, por encima de todo, pluma, calle y una terquedad insobornable. Lo tengo muy presente el año pasado, cuando nos encontramos en Coyoacán, en la librería U-Tópicas, durante la presentación de la antología "Cállense. Los nuevos rostros de la censura". Aquella noche, flanqueado por Héctor de Mauleón, Gabriela Warkentin y María De Vecchi, Humberto habló fuerte sobre el mal momento que vive nuestro oficio ante un gobierno que ha intensificado el acoso judicial. "No somos el enemigo; se necesita la prensa crítica", sentenció, en un llamado desesperado a la unidad del gremio.

Verlo ahí, exigiendo cohesión, me trajo de golpe a la memoria aquella época fundacional en la que gestó la Unión de Periodistas Democráticos (UPD), junto a Toño Caram, Eduardo Ibarra, Pedro Reyner y los hermanos Meléndez. Esa agrupación histórica, no lo olvidemos, fue la única valiente que alzó la voz para condenar el golpe a Excélsior perpetrado por Luis Echeverría en 1976.

Lograron sumar a maestros de la talla de Luis Suárez, Froylán M. López Narváez, Ángeles Mastretta, Dolores Cordero y al mismísimo Renato Leduc, a quien en abril de 1975 eligieron presidente por aclamación.

Humberto solía contar con gracia cómo Renato exigió invitar a un joven colaborador de Excélsior: “Este muchacho, cómo se llama… Chapa, sí, Chapa” —era Miguel Ángel Granados Chapa—. Para convencer al viejo poeta de aceptar el cargo, le prometieron liberarlo de la burocracia, por lo que Humberto asumió el rol de enlace. Durante ese tiempo, él era quien iba al despacho de Renato o a su casa en la colonia del Periodista para recabar firmas, ponerlo al corriente y nutrir a la naciente UPD con su sabio parecer.

Compartimos el asfalto marchando por la libertad. Aquel 7 de agosto de 2010 quedó grabado a fuego en la memoria: partimos desde el Ángel de la Independencia rumbo a Gobernación, codo a codo, decididos a frenar las agresiones contra nuestro gremio. Recuerdo bien que ahí estaba, resistiendo firme desde su silla de ruedas, su hermano mayor, Miguel Ángel Granados Chapa (1941-2011).

De aquella jornada de lucha conservo imágenes que ya son historia, tomadas mientras marchábamos por el Paseo de la Reforma hasta plantarnos a las afueras de la Segob. En una de ellas se ve a Jorge Meléndez Preciado (1944-2026) alzando la voz con firmeza, y justo detrás de él, arropándolo con su aliento, aparece Humberto. Esa fotografía es, sin duda, su mejor testamento humano y periodístico.

De hecho, apenas ayer platicaba de esto con Salvador García Soto al ser entrevistado en su programa A la Una, y ambos coincidimos en rescatar la fuerza de aquel momento.

Hoy, esos entrañables amigos que también tuve el privilegio de llamar míos se han vuelto a reunir. Jorge y Humberto, que se nos adelantaron con muy poco tiempo de diferencia, ya caminan de nuevo hombro con hombro junto a Granados Chapa, abriendo el debate en otra trinchera.

Parece mentira, pero apenas el pasado 3 de octubre le estreché la mano por última vez. Coincidimos en el Museo de la Ciudad de México, arropando la presentación del libro de nuestro entrañable Gonzalo Martré (1928-). Nos dimos un abrazo y nos despedimos con la firme promesa de armar una mesa pronto; queríamos charlar largo y tendido de cultura, recordar a Jorge, a Miguel Ángel y a Leduc, y repasar los avatares de la vida. Tristemente, se nos quedó pendiente esa sobremesa.

Hoy el gremio despide a una enciclopedia humana. Se va el muchacho sonorense de sangre sinaloense que esquivó las balas del 68; el redactor incansable, el crítico insobornable. Fiel a la buena costumbre, ayer me bebí una copa de tinto en su memoria y decidí ir a la funeraria Gayosso, en el sur de la ciudad. Ahí, entre saludos de mano y abrazos con muchos de sus amigos y colegas, me acerqué al ataúd descubierto y le di el último adiós. Todo tiene su tiempo, como dice el Eclesiastés.

Un abrazo solidario y fraterno a sus hijos Marussia, Aldo y Natalia, y en general a toda su familia y amigos.

PD: Un acto de estricta justicia: el Consejo Ciudadano del Premio Nacional de Periodismo otorgará el galardón póstumo a la Trayectoria a Humberto. Lo más emotivo de esta decisión es que el jurado la acordó por unanimidad el 28 de octubre, ocho días antes de su partida, reconociéndolo como un "pilar insustituible" y "la memoria de este oficio". Lamentablemente, no hubo tiempo de comunicárselo en vida. El próximo 10 de noviembre se darán a conocer los detalles del merecido homenaje a sus más de cinco décadas de legado como periodista, investigador y maestro. ¡Honor a quien honor merece!

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