12 jul 2010

Columna Jaque Mate

Columna JAQUE MATE /
Indiferencia/Sergio Sarmiento
Reforma,
Johann Kaspar Lavater
ENSENADA, B.C.- La alternancia política en México nació en Baja California. En julio de 1989 el panista Ernesto Ruffo se levantó con el triunfo en la elección para el gobierno de Baja California. Los priistas locales se negaron a aceptar la derrota y organizaron movilizaciones para "defender el estado". Desde la Ciudad de México el entonces presidente nacional del PRI, Luis Donaldo Colosio, tuvo que aparecer en una conferencia de prensa para reconocer la derrota de su partido. Nunca antes en la historia contemporánea de México el PRI había reconocido una derrota en una elección para un gobierno estatal.
La victoria de Ernesto Ruffo el 2 de julio de 1989 abrió las puertas a la alternancia de partidos en el poder. Por ello es quizá tan significativo que el PRI haya ganado este pasado 4 de julio 13 de 16 distritos electorales y los cinco municipios del estado.
En medio de todos los análisis sobre las elecciones del 4 de julio, la importancia del triunfo priista en Baja California se ha perdido de vista, quizá porque el gobierno del estado no estaba en contienda. Pero la derrota del PAN en lo que hasta ahora era uno de sus mayores baluartes en el país es muy significativa.
Uno de los principales factores en este resultado ha sido la abstención, que en Tijuana alcanzó casi el 70 por ciento. La experiencia nos dice que el PRI, con su capacidad para sacar a votar a sus simpatizantes, tiene mejor desempeño en comicios donde hay poca participación. Pero el abstencionismo es síntoma de una enfermedad más profunda.
Los ciudadanos de Baja California, como muchos otros del país, se muestran insatisfechos con la actuación del gobierno. Y en este caso el gobierno tiene un rostro panista.
Al gobierno federal de Felipe Calderón, los bajacalifornianos le achacan la fallida guerra contra el narcotráfico y la crisis económica, además de medidas como el Siave que al dificultar el cruce de la línea han disminuido de manera radical el turismo fronterizo. Al gobierno estatal del también panista José Guadalupe Osuna se le culpa por la falta de liderazgo ante la inseguridad y las recesión. Al presidente municipal panista de Tijuana Jorge Ramos se le cuestionan unas obras públicas de recubrimiento de calles con concreto hidráulico que generaron un caos vial durante los últimos dos años y que están dejando profundamente endeudado al gobierno municipal.
Más que llevar a los votantes a apoyar de manera masiva a los candidatos del PRI, las circunstancias los llevaron a la abstención. Pero el PRI no necesitaba más para el triunfo.
Mientras los panistas en el país celebran tres triunfos en alianzas con el PRD y candidatos priistas o ex priistas, pierden de vista que en Baja California, la tierra donde el país empezó su andadura por la alternancia, están las claves que les han hecho perder terreno de forma tan importante en el país.
Los ciudadanos ven a un PAN gobernante que impulsa estrategias sin éxito que terminan por dañar los intereses de los habitantes. Al hablar con los bajacalifornianos encuentro una decepción generalizada. Nadie podría objetar que el estado que dio origen a la alternancia se hubiese volcado una vez más por el PRI, siempre y cuando lo hubiese hecho en un acto de consciente rebeldía ante el PAN después de más de dos décadas de gobierno. El problema es que, al ausentarse de las urnas, ha dejado simplemente que el PRI regrese al poder en medio de una total indiferencia.
FIFA y ONU
La FIFA tiene más miembros que las Naciones Unidas. Lo primero que busca un país al alcanzar su independencia es calificar a la Copa del Mundo. Sólo después se preocupa por la Asamblea General. Por eso es tan importante un triunfo en la Copa del Mundo. España lo ha logrado con un gran esfuerzo. El triunfo subirá los ánimos a un país en crisis. El pulpo Paul no se equivocó.
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Transición restaurada/Jesús Silva-Herzog Márquez
Reforma, 12 julio 2010.- A estas alturas deberíamos saberlo: el oxígeno de la alternancia se disipa pronto. Si no encuentra una nueva forma de ser eficaz, la fiesta preludia frustración. No hay duda de que el relevo de partidos refresca la vida política, pero el cambio puede ser raptado pronto por rutinas subterráneas. Deberíamos saberlo después de Fox. Las elecciones fundan una democracia pero no le imprimen solidez. La jornada reciente merece celebración porque conquista el gobierno de esa aritmética en territorios sustraídos de la competencia, pero requiere también cautela: tras la suma recta de los votos, emerge el mismo desafío nacional: el reto de la gobernación en democracia.
La coalición de los extremos fue extraordinariamente audaz. No debe pasarse por alto ese arrojo en el contexto de la política timorata. Muchos riesgos corrían los arquitectos de esta alianza de la izquierda y la derecha. Nada garantizaba su éxito electoral; podían resquebrajar a los partidos: quedarse cortos y quedar cortados. Y sin embargo, la estrategia demostró éxito. Hace unas cuantas semanas se hablaba del PRI como un ferrocarril imparable. Hoy se ha instalado de nuevo la atmósfera de la incertidumbre. En elecciones, los partidos dejan de caminar en solitario. Han aprendido a pactar para competir, pero no saben pactar para gobernar. Todas las combinaciones cromáticas han desfilado en las boletas electorales. Nuestra política electoral es modular: las piezas se juntan y se separan con facilidad, a conveniencia de sus gestores. Pero nuestros gobiernos siguen siendo monolíticos. La clase política ha aprendido a ensamblar coaliciones electorales exitosas; no ha intentado siquiera conformar coaliciones gobernantes eficaces. Ahí está el reto de los gobiernos emanados de la alianza de las puntas.
Las elecciones recientes rompen un monopolio antiguo y abusivo. Que estados como Oaxaca y Puebla vivan la alternancia es una oportunidad valiosa de renovación. El relevo de partidos podría (sólo es una posibilidad) romper la perversa imbricación de gobierno con los órganos del poder, las instancias de representación social y los mecanismos de información y critica. La alternancia puede sacudir estructuras, puede abrir espacios de autonomía pero puede también (ya lo sabemos) dar garantías de impunidad, al tiempo que pierde instrumentos de eficacia. Las elecciones, por históricas que sean, no terminan de destruir lo que hay que desmantelar, ni empiezan a construir lo que hay que fundar. Hiladas por una antipatía, las coaliciones antipriistas necesitan demostrar que las mantiene una disposición de trabajo.
A pesar de la sensación esperanzadora, los aires que se han respirado en estos días han sido antiguos. Los pasos que hemos dado hacia delante son de antier. Todas estas noticias las hemos escuchado ya. Desconfianza en las elecciones; árbitros parciales, coaliciones antipriistas y soberbia del PRI. Hay quien ha visto las elecciones recientes como muestra de una democracia que se consolida. Las veo distinto: como la restauración de la transición. El signo de un país que no logró asentar los cambios democráticos en todo su territorio y que no ha sabido dar los siguientes pasos, tras haber fundado la confianza electoral. En la segunda década del siglo XXI regresa la retórica de la última década del siglo XX: todos, sin importar las ideas ni las propuestas, contra el PRI; las elecciones como alfa y omega de una democracia sin adjetivos; los votos limpios de las oposiciones y los votos sucios de los priistas; la alternancia como el instante fundacional de la nueva república.
La retórica no es, por supuesto, caprichosa: obedece a una realidad política innegable. Si pudo concretarse la excentricidad de las alianzas fue porque, con el debilitamiento de la Presidencia y el gobierno central, el autoritarismo se convirtió en un fenómeno subnacional. La alianza de la izquierda y la derecha -fenómeno extraordinario, pero legítimo en democracias- expresa esa urgencia de recomponer la base de la vida política en estados dominados por el caciquismo. No deja de ser indicador de una transición restaurada el hecho de que los personajes que combaten al PRI provengan (otra vez) del PRI. Débil es aún, la formación de cuadros en sus alternativas. Tal parece que la única forma de derrotar al viejo partido hegemónico sigue siendo a través de sus escisiones internas. Lo que es electoralmente eficaz puede ser políticamente infértil -si lo que se busca es la transformación de los hábitos.
Y así regresamos una vez más al cuento viejo y a los viejos cuentistas de la transición y la magia de los votos. No pretendo demeritar el acontecimiento, advierto que el cuento ya lo oímos y acaba mal. Si, en tributo a la clase política, nos vuelve a capturar la hechicería del voto, volveremos a olvidar la urgencia de imprimirle eficacia al pluralismo.
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Denise Dresser / ¿AMLO ibid?
Reforma, 12 julio 2010).- "I'll be back", amenaza Arnold Schwarzenegger en la película Terminator. "Seré candidato presidencial otra vez", anuncia Andrés Manuel López Obrador en días recientes. Y no es una buena noticia ya que AMLO no debería serlo en el 2012, o por lo menos como lo fue en el 2006. Irremediablemente combativo, confrontacional, anti-institucional. Invariablemente atávico, testarudo, conservador, contumaz. Alguien cuyas posturas poco claras -y con frecuencia contradictorias- han inspirado una desconfianza que será difícil, si no imposible, remontar. Alguien que metió a la izquierda en un callejón del cual le está resultando muy difícil salir, a pesar de las alianzas electorales exitosas de los últimos tiempos.
Para quienes piensan -pensamos- que México debe tener una izquierda funcional, pocas cosas tan tristes como contemplar la tragedia de su auto-sabotaje desde hace cuatro años. Las heridas que se ha infligido a sí misma desde la última elección presidencial. El papel suicida que la izquierda dividida se ha empeñado en jugar. El PRD y el PT y Convergencia atrapados en una lógica de confrontación constante entre sí y sin saber exactamente qué hacer con Andrés Manuel López Obrador. El PRD transformado en propulsor de su peor adversario. López Obrador convertido en promotor involuntario del regreso del PRI. AMLO responsable, sin sopesarlo siquiera, de una regresión a la cual ha contribuido.
Tomando decisiones equívocas -una y otra vez- que debilitan su posición política y fortalecen las del contrario; haciendo declaraciones que le restan apoyos y se los transfieren a quienes desea debilitar pero termina por apuntalar; negando la legitimidad de las alianzas PAN-PRD aunque se han vuelto la única forma de parar al PRI. AMLO como conductor contraproducente; como actor auto-destructivo; como político paradójico que encabeza una izquierda empecinada en empoderar a la derecha priista. Una izquierda lopezobradorista que en lugar de actuar como contrapeso eficaz al PRI redivivo, explica su avance.
Todo ello producto de las decisiones post-electorales del 2006 que AMLO tomó, y por ello es imperativo recordarlas. No tenía sentido exigir el recuento voto por voto y -al mismo tiempo- negarse a aceptar sus resultados. No tenía sentido denunciar la ilegalidad de la contienda y -al mismo tiempo- aceptar los avances del PRD en ella. No tenía sentido pedir que se examinaran los votos de la elección y -al mismo tiempo- sugerir que era necesario anularla. No fue una buena estrategia descalificar todo el juego y también insistir que lo ganó. No fue una buena estrategia pedir el recuento y también sugerir que no lo respetaría. No fue una buena idea mandar al diablo a las instituciones y alienar con ello a quienes se rehusaron a creer que AMLO era peligroso y ahora piensan que lo es.
Y si López Obrador no entiende esto, ojalá que otros miembros de la izquierda mexicana sí sean capaces de hacerlo. Ojalá comprendan que el proyecto de nación que sigue proponiendo es demasiado estrecho, demasiado excluyente, demasiado monocromático. El país que quiere gobernar donde sólo hay cabida para los pobres. El candidato que nunca ha dicho lo que hará por las clases medias y cómo fomentará su expansión. El redentor que ofrece aliviar la pobreza pero no explica cómo va a crear riqueza. El líder social que no sabe cómo ser político profesional.

Que no entiende la necesidad de deslizarse hacia el centro del espectro político y liderar una izquierda moderna y propositiva desde allí. Incapaz de aprender que precisamente eso llevó al poder a Tony Blair y a Ricardo Lagos y a Felipe González y a Michelle Bachelet. La transformación del agravio histórico en la propuesta práctica. La reinvención del resentimiento en planteamiento. El combate a la desigualdad junto con medidas para asegurar la movilidad. Pero López Obrador no quiere o no puede pensar de esa manera. Por su obcecación. Por su tozudez. Por no moderar sus posiciones cuando debería hacerlo. Por amenazar y chantajear a legisladores perredistas que buscaban formar un frente contra el PRI en el Congreso. Por no atemperar sus posturas y posicionarse en el centro pragmático en lugar de atrincherarse dentro de la izquierda recalcitrante. Por pensar que no necesita convencer, que basta con existir.

Éste es un diagnóstico desolador para quienes creemos que México necesita una izquierda encabezada por líderes progresistas, audaces, visionarios. Una izquierda capaz de remontar la intransigencia que fortalece al priismo en vez de frenar su avance. Una izquierda que sea acicate del cambio progresista y no pretexto para la restauración conservadora. Una izquierda con ideas viables y no sólo posiciones morales. Una izquierda que sepa hablarle a las clases medias en lugar de alienarlas. Una fuerza política que sepa ser oposición y también opción viable de gobierno, porque el país necesita ambas. Y si no, López Obrador puede entonar la canción de los Beatles I'll be back y decir "Regresaré de nuevo ... Soy el que te quiere", pero habrá que responderle "Oh no".
12 julio 2010).- "Desconfía del hombre que todo lo encuentra bien, del hombre que todo lo encuentra mal, y más todavía del hombre que se muestra indiferente a todo".

11 jul 2010

Angeles Maestretta, entrevista

'Soy un fracaso como escritora torturada'
JESÚS RUIZ MANTILLA
Publoicado en El País, 11/07/2010
Ha creado en sus libros un buen puñado de mujeres de raza, valientes y cabales. La mexicana Ángeles Mastretta ahonda en la raíz matriarcal de América con su voz rompedora.
De cerca, uno comprende mejor el título de uno de los libros que más fama le dieron. Mujeres de ojos grandes (Seix Barral) se llama y lo trae a la conversación mientras apunta con el objetivo de los suyos, negros, enormes, en mitad de tu cara. Ángeles Mastretta (Puebla, 1949) no es mujer que se arredre. Quizá un poco ante la amenaza de una fotografía en la que pueda salir despeinada, pero nada más. En los temas que trata, en la fiesta de la vida, en las deudas que tiene su literatura vitalista, directa y apasionada no se arruga y comenta lo que sea preciso sin complejos.
Ahora anda a vueltas con una memoria de sus padres que también pretende sea un retrato del México de hoy. Esa entelequia entre la que tantos andan atrapados y que ella trata de explicar un poco, pero no entender, "porque eso sí que es duro". Mastretta lo ha querido contar en casi toda su obra a través de Puebla, la ciudad en la que nació y creció, ese territorio de soportales, lluvias y componendas donde ella, como mucho, podría haber aspirado a casarse a los 20 años con un empresario bien apañado.
Pero le dio por escupirle al destino, justo como aquel personaje del también mexicano Jorge Ibargüengoitia que decía: "Nací para ser desgraciada, pero no me dio la gana". Algo así como las mujeres que crea Mastretta, heroínas decididas, manipuladoras, con el mismo pellizco de romanticismo que de amoralidad, del que es caso bien conocido el de Catalina Guzmán, protagonista de Arráncame la vida.
Son mujeres que ponen en solfa su tiempo y su espacio, pioneras que niegan una y mil veces sus cuitas y lo que les mandan. Decididas a beberse la vida contra las normas y a que nadie las cierre el paso. Seres libérrimos que pueblan las páginas de Mal de amores, Maridos o Mujeres de ojos grandes. Creadas a imagen y semejanza de quien ha abierto brechas en el mundo de la literatura hispanoamericana al ser la primera mujer que ganó el Premio Rómulo Gallegos y entrar en una lista en la que estaban García Márquez, Vargas Llosa, Javier Marías, Carlos Fuentes, Vila Matas o Roberto Bolaño. Con muchos de ellos admite sus deudas de influencia, lo mismo que con don Benito Pérez Galdós, otro nombre que tiene en el altar de sus predilecciones.
Va por libre. No entiende de clanes literarios, aunque sepa a ciencia cierta que existen en su país. Ella se declara perteneciente a la generación sándwich, entre los padres del boom y los nenes del crack, esos que, dice, "hablan de carrera literaria...". Toda una extravagancia, a su juicio. Algo que no cuadra con quien escribe para celebrar el hecho de poder hacerlo y vivir de ello.
-¿En qué anda metida?
-Pues en algo que ya leí el año pasado en Santillana del Mar y que tiene que ver con las cenizas de mis padres. Así voy hacia delante y hacia atrás. Pero creo que es el libro que voy a apurar porque es al que me debo. Aunque no sé a estas alturas si uno ya se debe a qué cosas o no, ¿no crees? Con irle caminando a la vida uno no se le debe a nadie. Es un libro de esos de recuerdos en que estamos los sesentones. De pronto está toda mi generación escribiendo el mismo libro.
-Héctor Aguilar Camín, su marido, igual está en eso también.
-Sí, pero yo empecé primero.
-Todos a vueltas con las cenizas en su casa.
-Complicado. Fíjate que yo le doy más importancia a la vida que a la muerte, me aflige mucho más la muerte de los otros, no voy a estar en la mía no más que un rato.
-Y ahí se las compongan.
-Sí, en la de otros ya he estado y ha sido horrible. Me preocupa más que se vayan quedando los míos, no me gusta vivir apurada con eso. Entonces, eso de estoy presintiendo la muerte, qué pena que me voy a morir... Me pasa desde los tres años, pero no sé si me da tristeza o no.
-¿Cómo empezaría una novela sobre el México contemporáneo?
-¿Yo que he escrito tanto sobre el pasado?
-Sobre esas mujeres de rompe y rasga...
-Eran muy divertidas. ¿Te fijas cómo dije eran muy divertidas? Como si se me hubieran vuelto un terreno vedado. ¿Por qué no voy a rescatar a esas mujeres? Tendría que hacerlo, son grandes tipas con las que fue divertido andar. Las mujeres de ojos grandes.
-¿Pero cómo se adaptaría una Catalina Guzmán, la protagonista de 'Arráncame la vida', al México de hoy?
-Eso se supone que estoy haciendo. ¿Qué de mí pasa por ahí? Vivo el México actual en un estado muy atarantado, como si este trabajo de contar mi país fuera el de otros, contarlo y ya no le digo entenderlo. Creo que hay una parte de las cosas que siguen siendo iguales, que las mujeres deben continuar exactamente lo mismo de locas, de desatadas y de bravías que eran. Me preguntan que si mis libros son anacrónicos, que las mujeres que describía eran más de ahora que de antes. Bien, ahora hay muchas, pero antes debieron existir otras.
-¿Unas pioneras?
-El chiste es ese, hablar de ellas, las diferentes.
-¿La literatura debe tratar lo excepcional?
-Obvio, porque escribes para convivir con gente excepcional. Te pones a escribir sobre ellas y debes inventar y sentarte a mirar y es divertido verlas. En días que nos reunimos a hablar entre escritores, tratamos estas cosas porque el oficio nuestro es muy solitario. Y si vives con uno, no cambia nada eso.
-¿Ni hablan de sus libros su marido y usted?
-Hablamos al sentarnos a desayunar, pero de otras cosas. Luego cada uno se marcha para su máquina y ya. No hablamos de lo que hacemos, cada quien está con su libro, muy solo, para no torturar al otro, supongo. El caso es que en encuentros de escritores ves que cada uno de nosotros está muy solo y metido en la misma trifulca. Y a veces me digo: ¿para qué? ¡Si hay muchísimos libros!
-¿Por qué se escribe entonces? ¿Para aliviar un dolor, por placer, por puro ego?
-Yo lo que quiero es jugar, ganarle a la vida. No para quitarme una pena, para no dármela. Cuando me aflige un libro le doy la vuelta, soy un fracaso como escritora torturada. ¿Tú crees que se curará uno escribiendo? ¡Estás más vivo! Ni sufres, ni padeces. ¡Vives! La vida rivaliza muchísimo con la literatura. Muchos escritores dicen que su prioridad es su carrera literaria. ¿Pues no digo que hay muchos que hablan de carrera literaria? Para mí eso es una cosa extravagantísima. En fin, escribir es mi trabajo, pero no me moriría si me dijeran que no puedo seguir haciéndolo.
-¿A qué se dedicaría? ¿A cantar? Dicen que es usted una Chavela.
-Mal. ¿Pero aqué me dedicaría? A leer, a ir al cine... ¿Que dé pasta? Uno no escribe tampoco por eso, si entro a pensar por ahí me aflijo horrores porque entonces ya debo dos libros a mis editores. Es una fortuna tremenda vivir de escribir. Soy una mujer muy enérgica, pero con bastantes achaques físicos. La literatura te viene bien, puedes escribir febrilmente, parar y desmayarte. Yo trabajaba en una revista y lo hacía todo, menos venderla. Hacía de todo y un buen día me dijo una amiga: ¿para qué quieres un trabajo fijo? Hazte free lance. Así escribí mi primer libro, pero para vender 2.000 ejemplares no más.
-Y mire, aún hoy sigue en las librerías 'Arráncame la vida'.
-¡Es mi vaca! ¡Y muy bien ordeñada!
-¿Qué quiso contar ahí? ¿La determinación de una mujer, una Madame Bovary mexicana?
-No, no, no es Madame Bovary. Porque no se suicida. No, para nada. Ese sí que es un compromiso firme de mis personajes. No se suicidan: abandonan a los maridos, se van de pinta, se hacen de un novio, pero ninguna se suicida. Es una barbaridad esto que voy a decir, pero quiero parecerme más a Jane Austen que a Edith Warton o a Henry James, no quiero que mis personajes sufran así. Esta mujer, Catalina, es un invento cabal. Yo había estudiado Ciencias Políticas y creía que había que hacer novelas entroncadas en la historia social, que descubrieran la perversidad del mundo, y resulta que en Puebla...
-Su territorio mítico...
-Mi territorio, aunque yo creo que nunca fue así, como yo lo describo. Se parece a todo menos a lo que sale en Mal de amores. Una vez vino una italiana que había leído la novela porque quería conocer la Puebla que describía en el libro y mi madre me dijo: "Ay, qué vergüenza". No queda nada de aquello, hemos secado los ríos, nos hemos cargado los edificios característicos, no queda nada, nada. Pero en fin, en esa otra novela, en Arráncame la vida, yo quería contar que los responsables de Puebla, esos caciques que dejó la revolución uno detrás de otro, sin ningún sentido ni de lo ético ni de lo estético, devastaron esa ciudad. Ellos y sus cómplices. Empecé buscando y me fijé en el gobernador que era el más pícaro y había favorecido a los suyos. Me fijé en un hombre del que había oído todo tipo de historias, que si era malísimo, si había matado a no sé quien, despedazado a uno, a otro. Cuando yo nací, este señor ya se había muerto, pero la gente hablaba de él en voz baja.
-El miedo.
-¡40 años después! Le tenían terror. Terror. Bueno, y yo dije, a este hombre lo puedo inventar, con lo que he oído, empecé con eso. En tercera persona. En esa época..., no es que yo ahora sepa escribir novelas, pero es que entonces no tenía ni idea. Me di cuenta de que no podía contarlo así, con una voz omnipresente y que la historia debía contarla la esposa y esa sí me la inventé completa. Que cuente lo que sepa, lo que quiera, y la inventé desafiante, con capacidad de torear al tipo.
-Bueno es que en esa energía femenina de sus personajes hay una diferencia clara con la oscuridad que le dan a algunas mujeres del norte europeo. ¿Tienen raza propia?
-Madame Bovary y Anna Karenina, por ejemplo, son lo contrario a dos mujeres liberadas. Y fueron pasión de muchas lectoras. Quienes las sitiaban eran los autores, sus creadores. Tolstói y Flaubert son bárbaramente sexistas, no supieron qué hacer con ellas y las mataron.
-Eso le quiero decir, que hay autores masculinos que las martirizan, y usted tiende a liberarlas y que se pongan el mundo por montera.
-Hay muchas mujeres que también las martirizan.
-No es su caso.
-A mí me divierte hacer eso, en todas las épocas. A muchas les salva el sentido del humor, cuando están bien perdidas les salva la risa.
-El mundo de la literatura hispanoamericana es bastante machista. El hecho de que fuera usted la primera mujer en ganar en Premio Rómulo Gallegos con 'Mal de amores' en 1997 es un síntoma. Y después de usted solo se lo ha llevado Elena Poniatowska.
-Hay machismo, en todos los ámbitos. Y eso que yo pensaba que no, porque en realidad la vida me ha tratado bien. No sentía machismo, a lo mejor existía, pero no lo sentía. La vida me había reservado lo siguiente: ser una mujer calladita o platicadora, pero en el atrio de una iglesia. Casada con el dueño de una fábrica textil, si me iba bien, y si no, con el contable de esa fábrica o de un molino de harina, tener unos hijitos... Era pobre mi destino. Entonces, para mí todo ha sido ganancia, todo ganar, ganar.
-¿Jamás perdió?
-No, yo me fui a México con 19 años, 20, ya entonces era una solterona. Mi destino era ver para otra parte. La universidad en Puebla: o ibas a la privada o la pública era comunista y se liaban a tiros por el patio. Se iban a estudiar los hombres fuera. Mi papá trabajaba vendiendo coches, aunque era ingeniero automotriz y no tenía dinero. Mi papá se murió como cinco meses después de que me fuera y yo pensaba que había ayudado a ello. Le había dado un derrame cerebral de la aflicción. Tenía que mantener a tres muchachos fuera estudiando cuando sus hijas se podían haber conformado con ser secretarias o casarse. Cuando él se murió pensé, y esto es como de psicoanálisis, si en vez de morirse se hubiera quedado paralítico, me habría regresado a Puebla. No lo hubiera yo dejado. Y ahora pienso. Todo lo que he llorado la muerte de mi papá en mis libros y mis artículos y conversaciones, ahora veo que la vida hubiese sido completamente distinta de haber sobrevivido. Tuve como una necesidad de reafirmarme, de seguir.
-¿Y a la universidad, le sacó provecho?
-Estudié periodismo, una carrera de inútiles que para mí fue muy útil. Me puse a trabajar muy pronto, a los dos años, de lo que fuera. ¿Qué sabía hacer yo? Escribir, por eso a veces pienso que con la primaria me bastaba. Ahí me enseñaron a poner sujeto, verbo y predicado.
-Bueno, hace falta cabeza.
-La herramienta de la cabeza me la formó una familia mitómana.
-Pura tradición oral. ¿Sus libros se hablan, se conversan?
-Sí, de ringonguapo, que diría el Gabo (Gabriel García Márquez). Esto es, conversar. Pero hay un abismo entre conversar y hacer literatura. Está el compromiso con las palabras, una cosa para que ellas no te manejen a ti sino tú a ellas.
-Ya que menciona a Gabo. La huella de García Márquez en su obra está muy presente. Pero más en 'Mal de amores' que en otros libros.
-Claro, porque yo le había leído mucho más cuando escribí ese que en los anteriores.
-Concretamente de 'El amor en los tiempos del cólera'. ¿Le marcó?
-Sí, además con el tiempo me di cuenta de lo que me pesaba. Pero en esa época también estaba leyendo a Pérez Galdós, que es otro que está allí todo el tiempo, en Mal de amores. Yo tuve una bisabuela que había conocido a mi bisabuelo sentada en una vacinilla en el patio, entonces yo, adorando al Gabo, me preguntaba: pero ¿por qué él ya hizo eso? ¿Por qué? Cuando yo cuente esto me voy a estar repitiendo. Y se lo solté. Le dije que yo ya tenía en mi familia un caso como la niña de la farmacia. ¿Qué quieres que le haga? ¡Yo no te voy a plagiar, es que la vida te copia! ¡Qué peso! ¡Qué horror! ¡Cuánto mal has hecho entre nosotros! El Gabo contagia. Es un contagio que puede ser muy peligroso.
-¿Ya se ha liberado de ciertas influencias?
-Ahora soy más yo, ya me he librado de ciertos permisos, en el tono en que escribo ahora me veo distinta. Por eso me cuesta mucho desatarlo todo. Lo que yo tengo es una proclividad y un gusto porque a la gente le vaya bien y eso también lo tiene el Gabo. Pero una debe ser hija de papá reconocido.
-Y con Pérez Galdós, ¿qué le dio?
-Con Mal de amores estaba exageradamente inmersa en su obra. Leí Fortunata y Jacinta dos veces, los Episodios nacionales.
-¡Qué grande! Con él lo que ha pasado en España no es que lo quieran matar, es que, como dice Elvira Lindo, se empeñan en fusilarlo. Tampoco es eso.
-Es que creo que Fortunata y Jacinta tiene esa cosa liberal. Eso de a este hombre lo vi primero, a mí me viene importando un demonio con quién se haya casado después. Pero la mata y ahí estoy en total desacuerdo. Y lo sabes, pero te da coraje. En México no pasa eso con Galdós, ni les va ni les viene. Pero en España, claro, uno no piensa que les dé por ahí. De todas formas, es que era admirable, ese detallismo, de hacer la compra, de dar las recetas y mirar los belenes. A mí me ocurría en Mal de amores, abducida como estaba por él, que llevaba 300 páginas y no había avanzado nada porque la cocina tenía que ser en tiempo real... No pasaba nada, la niña tenía 14 años.
-¿Pidió ayuda?
-Así, en este caso a Héctor. Me aconsejó: no, no, tienes que cortar. Pero no me dijo cómo, eh.
-En 'Maridos' ya se reprimió.
-Sí, pues. Estrujé hasta la esencia. Hay historias ahí que podían acabar siendo una novela. Pero dije que no, esto se queda en historias chiquitas y ya.
-De México existe la leyenda de que se llevan los clanes literarios.
-¿Así crees? Pero como en todas partes, en España también.
-Pero quizás no tan imbricados en el poder político.
-A mí es que no me ha tocado ver eso. Pasaba con Octavio Paz, está Carlos Fuentes...
-¿Pero eso es bueno o es malo?
-Pues yo creo más bien que es inevitable, si eres hombre, sobre todo. Ahí a mí me ha ayudado que me he podido y me he querido hacer a un lado. Vivo muy afuera de ellos. Estoy en Babia. ¿Qué cosa te repartes? Si es poquito lo que hay, lo que había que hacer es compartirlo. Pero a algunos les va la vida en eso. Ya digo que hay gente en este mundo que habla de su carrera. Chavos que tienen ahora 40, 45 años, viven su profesión como una carrera. Yo soy una náufraga. Estoy entre el boom y el crack. Pero las nuevas generaciones no saben de qué hablamos cuando nos referimos a eso. Hay gente joven que está mirando el país de otra manera. Y lo hacen muy bien.
-Aunque ahí siguen los otros...
-Los tengo mal vistos a estos grupitos. Hay poetas por ejemplo discretísimos, reconocidos. Pero luego hay gente muy trabada en la vida pública. Muchos ya vieron y hay respuestas ya dadas. No estoy para discutir y menos con ciertas contundencias. Aprecio cada vez más el espacio privado. En el caso de Héctor, sin ir más lejos, es que vienen, le preguntan y, para bien del país, responde. Y ahí está, con Jorge Castañeda, para arriba, para abajo y dale. Pero yo, sobre todo cuando escribo, ¿dime a qué horas quiero influir en la política mexicana? Para nada.
-Hombre la situación, por ejemplo ahora, con la guerra del narco, invita a meterse, ¿no cree?
-Pero yo me desinvito. No lo entiendo.
-Yo la vuelvo a invitar. ¿Qué opina?
-Bueno, opino como la gente común y corriente. Me da vergüenza. En mi caso más vergüenza que miedo, pero porque no vivo en Ciudad Juárez. Si estuviera allí, pasaría más miedo que vergüenza. Hay un paso más hacia el horror en el modo en que están matando. Explica una descomposición del tejido social que yo no había querido ver. Lo que sí pasa es que nos hemos dedicado a espantarnos. Todo el tiempo estamos sobre eso. Y cuando nos proponemos no verlo, entonces hacen un extra para que nos fijemos bien y le arrancan el corazón a alguien. ¿Cómo te paras ante eso sin hablarlo? Es imposible. El problema es cuando te haces cómplice sordo. Llegan, te compran la casa para el día siguiente con los muebles y todo, y ahora tú te me vas. Y la gente dice: ¡qué horror! Llegaron los narcos. ¡Pues claro! ¡Entraron en tu casa!
-¿Cómo trasladarlo a la literatura? Ese horror. ¿Se lo plantea?
-¿Cómo hago yo de eso una novela? ¿Será que ya me he vuelto demasiado dulce? Cabalmente desconozco ese mundo. No sé cómo podría hacer literatura con eso. Veo Los soprano con fascinación, casi como si fueran mis parientes. Comemos en casa y exclamamos: "¡A Tony ya hay que ponerle un límite!". Pero a los narcos no, no quiero pensar ni que existen.
-¿Los rehúye la gente?
-Los rehúyo yo. No estoy tan segura que mucha gente haga lo mismo. Les hay flagelados. Así como ahora los españoles viven obsesionados por la crisis y hay que decirles, no oiga, párense. Viven muy bien, eh. Piensen en lo que todavía tienen. Vamos viendo lo que ocurre por ahí. Por Dios: ¡asómense a la ventana!
-Viene bien viajar para ver lo que pasa.
-Y también para comprobar que uno no baja del aeropuerto y le van a meter un tiro, sino que llegan en santa paz. Aunque está mucho más complicado de lo que creíamos.
-¿Es una guerra?
-Sí, lo es. Pero hay muchos empeñados en que no lo sea, en que no esté siempre sobre la mesa, ni como primera noticia todos los días. También hay que fijar la atención en cantidad de gente que hace las cosas bien. Hay muchísimos. Estuve de jurado en unos premios que destacaban eso, personas que redimen causas, ecologistas, cuidando a niños de la calle, gente puesta en eso.
-Cuando la violencia reina, ¿se impone la necesidad de contraponer ángeles a los demonios?
-Son pocos los malos. Son demasiado malos, pero mucho menos que nosotros, ¿cómo es que nos vamos a dejar ganar? Matan, tienen dinero e influyen en el ánimo. Pero hay que revelarse. No puede ser que vayan a un pueblecito, por ejemplo a Marabatío, Michoacán, y le digan a uno: mira aquí está este dinero por poner a fulano de director de tu policía o aquí está este tiro si no lo haces... Ahora, la gran renovación es crear una policía nacional y a este y aquel de guardias. Pero es muy difícil, son 20 años lo que llevará. Ya van siendo dos generaciones.
Mujeres vitales, palabras firmes
Ángeles Mastretta (Puebla, 1949) es una de las principales escritoras latinoamericanas del momento. Aprendió el oficio pronto, en la escuela, donde le dieron las herramientas, y entre las mesas camillas de su casa, escuchando cuentos mitómanos. Estudió periodismo en México y publicó su primer libro en 1985. ‘Arráncame la vida’ ha sido un ‘long seller’ desde entonces, lo mismo que ‘Mujeres de ojos grandes’ o ‘Mal de amores’, que la hizo ganar el Premio Rómulo Gallegos.
Como periodista ha trabajado en el periódico Ovaciones y en la revista Siete. Es un oficio que sigue ejerciendo diariamente desde su blog en EL PAÍS y al tanto de publicaciones como Nexos, que dirigió en sus comienzos su marido, el también escritor y analista político mexicano, Héctor Aguilar Camín.

El nombre de uno

La importancia de llamarse Yeidckol/Juan Eduardo Martínez Leyva
El nombre es algo que marca a las personas más allá de lo que uno pudiese imaginar. Tuve una compañera de trabajo que se llamaba Austraberta. Cuando escuché su nombre por primera vez, la imaginé bizca, con lentes de fondo de botella, con el pelo lacio y largo, con las piernas flacas, con falda hasta los tobillos, con los dientes podridos y chuecos, de carácter tímido pero intrigoso y asexuada como una monja.
Cuando la conocí físicamente era exactamente igual como la había imaginado. Entonces me asaltó la duda, que no he podido resolver hasta la fecha, de que si era así porque se llamaba Austraberta o se llamaba Austraberta por tener precisamente esa apariencia. Desafortunadamente sus padres ya no existen para poder averiguar este asunto.
Cuando era niño viví en carne propia el problema del nombre. Hasta los seis años creí que mi nombre de pila verdadero era el de Bárbaro. Así me han llamado siempre en mi familia, mis amigos y demás conocidos de la infancia, por haber nacido el 4 de diciembre, día de Santa Bárbara. Caí en la cuenta de que ese sólo era un apodo, al inicio de las clases de mi educación primaria. Al tercer día mandaron llamar a mi madre porque había acumulado, sin saberlo, igual número de inasistencias. Al pasar lista la maestra nunca mencionaba mi nombre conocido sino el real, el cual yo no lograba identificar y por ello, no obstante estar en el salón, nunca decía: presente.

Los Legionarios, hoy


Los legionarios se confiesan/JESÚS RODRÍGUEZ
Publicado en El País, 11/07/2010;
Pederasta, ladrón, morfinómano, Marcial Maciel fue al tiempo el fundador de la congregación más conservadora y una de las más poderosas de la Iglesia. Tras su muerte, en 2008, se destapó su farsa. Entramos en el territorio privado de la Legión de Cristo, desde sus seminarios y universidades hasta la plaza de San Pedro.
Las vibrantes notas de Tú eres Pedro envuelven el Vaticano. El sol se desploma sobre Roma. Benedicto XVI oficia con gesto desmayado ante 15.000 sacerdotes. Lucen hábitos de todas las órdenes. Se defienden del calor con gorros con los colores papales y publicaciones religiosas convertidas en improvisados abanicos. Muchos religiosos se desprenden del alzacuellos. Otros se arremangan. No todos. Un centenar de legionarios de Cristo no pierden la compostura. Son inconfundibles. Actitud recogida, sotana bien planchada, cuello almidonado, zapatos lustrados, puños con gemelos, breviario en piel, peinado con raya y fijador. Visten sobre el hábito el roquete, una elegante prenda eclesiástica de lino blanco. Uno de ellos descubre que las polvorientas sillas de la plaza de San Pedro están dejando huellas blanquecinas sobre sus trajes talares. Alarma. Saca un paquete de pañuelos del fondo de su sotana, distribuye entre sus compañeros y limpian con ahínco los asientos. Ya tranquilos, se sumergen en sus oraciones.

Sinaloa

Sinaloa: harakiri priista/Jorge Carrasco Araizaga
Ni la alianza PAN-PRD ni su candidato Mario López Valdez esperaban un triunfo como el que obtuvieron. De acuerdo con analistas locales, si el PRI no hubiera bloqueado la candidatura de Malova para imponer la de Jesús Vizcarra, el tricolor podría haber conseguido hasta el carro completo y hubiera mantenido su hegemonía en el estado, que ya sumaba 80 años. Entre las patas, los caballos electorales se llevaron a Enrique Peña Nieto y a sus frustrados operadores.
CULIACÁN, SIN.- En las elecciones para gobernador en Sinaloa el PRI se autoinfligió una derrota y terminó por entregarle al PAN una victoria con la que éste no contaba al principio del proceso electoral.
El conflicto entre el gobernador Jesús Aguilar Padilla y su antecesor, Juan S. Millán, llevó a Mario López Valdez (Malova) a renegar del PRI, a llevarse a una parte de los operadores del partido en beneficio del PAN y, al triunfar en el proceso electoral, contener las aspiraciones presidenciales del gobernador del Estado de México, Enrique Peña Nieto.
El PRI no sólo perdió el gobierno del estado, sino el de la capital, pues cedió la candidatura de la presidencia municipal de Culiacán a Elba Esther Gordillo, jefa del sindicato de maestros y del Partido Nueva Alianza (Panal), a cambio de que apoyara a su candidato, Jesús Vizcarra Calderón, aliado de Peña Nieto y exalcalde de la capital del estado.
Malova está consciente de que “no se puede clavar la daga” y arremeter contra el sistema que el PRI construyó en Sinaloa durante 80 años y que a él lo hizo presidente municipal de Ahome –norte del estado– y le dio un lugar en el Senado, desde donde buscó la candidatura a gobernador por el mismo PRI.

La diplomacia vuela bajo/Enrique Krauze

La diplomacia vuela bajo/Enrique Krauze  REFORMA, 4 octubre 2026; Ante el pleno de la ONU, el presidente de los Estados Unidos lanzó a Méxic...