24 jul 2010

Amplios poders a Velasio de Paolis

Vaticano da poder absoluto a De Paolis sobre los Legionarios
Nota de Rodrigo Vera
MÉXICO, D.F., 23 de julio (apro).- El recién nombrado “delegado” pontificio para dirigir a los Legionarios de Cristo, monseñor Velasio de Paolis, tendrá plenos poderes para controlar la vida interna de esta congregación religiosa, de acuerdo con un decreto de El Vaticano.
El precepto, firmado por Tarcisio Bertone, secretario de Estado de la Santa sede, señala que para cumplir con su función, De Paolis será apoyado por cuatro consejeros, quienes aún no han sido nombrados.
De poco más de una página de extensión y redactado en italiano, el decreto apunta que los actuales superiores de la Legión permanecerán en sus cargos hasta que no se defina otra cosa.
La autoridad que el Papa Benedicto XVI le concedió a De Paolis, indica, es “muy amplia”, puesto que “se extiende a todo el instituto” y se “deberá ejercer en nombre del mismo pontífice”.
La tarea principal del delegado –dice– será “encaminar, acompañar y realizar la revisión de las Constituciones” de la congregación, tarea en la que deberán participar todos sus miembros.
Y agrega al respecto:
“Se ha de constituir lo más pronto posible una comisión para las Constituciones, en los diversos niveles del instituto, con la participación de los miembros, que se han de sentir responsables de la revisión y reelaboración del propio proyecto de vida evangélica”.
El texto aclara que el poder del delegado estará por encima de todos los superiores de los diversos niveles que hay en la Legión –dirección general, provincial y local--, así como de todas las comunidades que la congregación tiene en el mundo.
Abunda:
“Tal autoridad implica todos los problemas propios del instituto religioso y puede ser ejercitada siempre que el delegado lo considere necesario para el bien del instituto mismo, incluso derogando las Constituciones”.
Sobre la permanencia en el cargo de los actuales superiores, entre ellos Álvaro Corcuera, director general, dice el decreto que, “bajo la autoridad” del delegado, “permanecen en sus oficios mientras no sea necesario proveer de otro modo”.
Estos superiores –agrega– deberán actuar en “comunión” con el delegado, informándole sobre todos los aspectos de la Legión y sometiendo a su aprobación todas las decisiones de gobierno.
De esta manera, Velasio de Paolis controlará la admisión al noviciado, a la profesión y al sacerdocio. También controlará los nombramientos y traslados de personal, elecciones apostólicas y formativas, y tendrá el control de las cuestiones relativas a la administración de los bienes de la congregación.
Por último, el decreto indica que el delegado deberá coordinar una visita apostólica al movimiento Regnum Christi, la rama laica de los Legionarios, bajo las indicaciones del Papa.
***
Decreto sobre el delegado pontificio para los Legionarios de Cristo
Emitido por el cardenal Tarcisio Bertone
Decreto emitido con el que el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado, comunica las atribuciones de la misión del arzobispo Velasio De Paolis, S.C. como delegado del Papa para la congregación de los Legionarios de Cristo.
DECRETO
MODALIDADES DE CUMPLIMIENTO DEL OFICIO DEL DELEGADO PONTIFICIO PARA LA CONGREGACIÓN DE LOS LEGIONARIOS DE CRISTO
I. Vista la carta del 16 de junio de 2010, con la que el Santo Padre Benedicto XVI:
- ha nombrado Delegado para la Congregación de los Legionarios de Cristo a Su Excelencia Reverendísima Mons. Velasio De Paolis, C.S., Arzobispo titular de Telepte, Presidente de la Prefectura para los Asuntos Económicos de la Santa Sede;
- le ha conferido el encargo de gobernar, en su nombre, tal Instituto Religioso "durante el tiempo que sea necesario para completar el camino de renovación y conducirlo a la celebración de un Capítulo General Extraordinario, que tendrá como fin principal llevar a término la revisión de las Constituciones",
- ha considerado "la necesidad y urgencia de un camino de profunda revisión del carisma del Instituto" y ha expresado el "deseo de seguir de cerca, sostener y orientar tal camino", a través de un Delegado personal suyo que atestigüe concretamente su cercanía y actúe en su nombre ante aquella Familia Religiosa;
- ha confiado a un Decreto específico la indicación de "algunas ulteriores modalidades de cumplimiento de tal Oficio",
II. El Cardenal Tarcisio Bertone, Secretario de Estado, con el presente Decreto emana las siguientes precisiones y disposiciones aprobadas por el Sumo Pontífice, acerca de las modalidades de cumplimiento del Oficio del Delegado Pontificio para la Congregación de los Legionarios de Cristo:
1. La autoridad concedida por el Santo Padre al Delegado Pontificio, muy amplia y que se ha de ejercer en nombre del mismo Sumo Pontífice, se extiende a todo el Instituto: a todos los Superiores, a los diversos niveles (dirección general, provincial y local) y a todas las comunidades y a cada religioso. Tal autoridad implica todos los problemas propios del Instituto religioso y puede ser ejercitada siempre que el Delegado lo considere necesario para el bien del Instituto mismo, incluso derogando las Constituciones.
2. Los Superiores del Instituto en todos los niveles ejercitan su autoridad de acuerdo con las Constituciones y bajo la autoridad del mismo Delegado Pontificio. Por tanto, permanecen en sus oficios, ad nutum Sanctae Sedis, mientras no sea necesario proveer de otro modo.
3. Los Superiores del Instituto deben actuar en comunión con el Delegado Pontificio. No solo debe estar él informado de la vida del Instituto, particularmente de los asuntos más importantes, sino que a él está reservada la aprobación de las decisiones del mismo gobierno general: sea para cuanto tenga relación con las personas (admisión al noviciado, a la profesión, al sacerdocio, nombramientos y traslados de personal) como de las elecciones apostólicas y formativas (seminarios, institutos académicos, escuelas) y las cuestiones de administración extraordinaria o los actos de enajenación de bienes.
4. Si es necesario, el Delegado mismo puede actuar o indicar la decisión a realizar en determinados casos.
5. Todos tienen libre acceso al Delegado y todos pueden tratar personalmente con él; a su vez, el Delegado tiene el poder de intervenir en todo lugar donde estime oportuno, incluso en el mismo gobierno interno del Instituto, a todos los niveles.
6. El Delegado, en el cumplimiento de su misión, está acompañado por cuatro consejeros personales, que lo asisten en la realización de su trabajo, según las circunstancias y las posibilidades y que pueden ser encargados para tareas específicas, particularmente para visitas ad referendum. Con su ayuda, el Delegado Pontificio individua los temas principales, los discute, los aclara a medida que se presentan en el camino que él ha sido llamado a conducir.
7. Si en alguna ocasión se revelase la necesidad de estudiar y profundizar determinados temas, sea de personas o de cosas, el Delegado Pontificio podrá constituir comisiones de estudio con personal interno de la Congregación de los Legionarios o con personas competentes externas.
8. A su juicio, donde se muestre oportuno o necesario, podrá individuar alguna persona, fuera de sus consejeros, para el estudio o para la visita ad referendum.
9. La tarea principal del Delegado Pontificio es la de encaminar, acompañar y realizar la revisión de las Constituciones. Esto implica un conocimiento profundo de la Congregación de los Legionarios, de su historia y de su desarrollo. A la revisión de las Constituciones deben colaborar todos los miembros del Instituto, sea a nivel individual como comunitario, según un proyecto que desde el inicio se tendrá que elaborar y poner en acto. Por tanto, se ha de constituir lo más pronto posible una Comisión para la revisión de las Constituciones, en los diversos niveles del Instituto, con la participación sobre todo de los miembros del mismo Instituto, que se han de sentir responsables de la revisión y reelaboración del propio proyecto de vida evangélica, siempre en armonía con la enseñanza de la Iglesia. De la Comisión central para la revisión de las Constituciones será presidente el mismo Delegado Pontificio.
10. El Delegado Pontificio coordina la Visita Apostólica del Movimiento "Regnum Christi", según las indicaciones de la Santa Sede.
11. Posibles recursos contra los actos de los Superiores del Instituto serán presentados al Delegado Pontificio mismo; contra los actos del Delegado Pontificio será posible recurrir al Santo Padre.
Desde el Vaticano, 9 de julio de 2010
Cardenal Tarcisio Bertone
Secretario de Estado
[Traducción distribuida por la página web de los Legionarios de Cristo]
***
Carta del Papa a su delegado para los Legionarios de Cristo
El arzobispo Velasio De Paolis, S.C.
Carta de Benedicto XVI, dirigida al arzobispo Velasio De Paolis, S.C., en la que le comunicad su nombramiento como como delegado pontificio para los Legionarios de Cristo.
* * *
Al Venerable Hermano
Velasio De Paolis, C.S.
Arzobispo titular de Telepte:
La reciente Visita Apostólica a la Congregación de los Legionarios de Cristo ha puesto de relieve, además del celo sincero y de la fervorosa vida religiosa de un gran número de miembros de la Congregación, la necesidad y urgencia de un camino de profunda revisión del carisma del Instituto. Con el deseo de seguir de cerca, sostener y orientar tal camino, he considerado oportuno proceder al nombramiento de un delegado personal mío, como testigo tangible de mi cercanía, para que actúe en mi nombre ante esa Familia Religiosa.
Conociendo, venerable y querido hermano, su preparación y experiencia en el ámbito jurídico y eclesial, enriquecidos por un espíritu de servicio, solicitud pastoral y sentido de la vida religiosa, deseo confiarle a usted tal compromiso. Así pues, con la presente carta, lo nombro delegado mío para la Congregación de los Legionarios de Cristo, confiriéndole el encargo de gobernar en mi nombre tal Instituto Religioso durante el tiempo que sea necesario para completar el camino de renovación y conducirlo a la celebración de un Capítulo General Extraordinario, que tendrá como fin principal llevar a término la revisión de las Constituciones. Algunas modalidades adicionales para el cumplimiento de tal Oficio se indicarán mediante un específico Decreto.
Bien consciente de la importancia de la misión que hoy le confío, como también de la carga de responsabilidad que comporta, le agradezco desde ahora la disponibilidad y la generosidad que sin duda manifestará en este nuevo servicio a la Santa Sede, el cual no dejará de producir abundantes frutos positivos.
Mientras confío su persona, a los queridos religiosos de la Congregación de los Legionarios de Cristo y a los miembros del Movimiento "Regnum Christi" a la celestial protección de la Santa Virgen, Madre de la Iglesia, aseguro a todos mi cercanía espiritual en el afecto y la oración, y les mando de corazón mi especial Bendición Apostólica.
Del Vaticano, 16 de junio de 2010
Benedicto XVI
[Traducción del original italiano distribuida por la página web de los Legionarios de Cristo]

21 jul 2010

La muerte de Lincoln

Letra Librres AGOSTO DE 2007
La muerte de Abraham Lincoln/por Walt Whitman
Esta conferencia fue dictada por primera vez en Nueva York, el 14 de abril de 1879. Whitman la dio varias veces entre ese año y 1890, siendo especialmente memorable la de 1887 en Nueva York, en el Madison Square Theater. Los vuelos líricos y la retórica del autor de Hojas de hierba son patentes en este ejercicio de oratoria patria.
Cuán a menudo desde aquel sábado sombrío y empapado –aquel helado día de abril, hace ya quince años– mi corazón ha albergado el sueño, el deseo de dar a la muerte de Abraham Lincoln una reflexión y un recuerdo. Mas, ahora que la esperada oportunidad se presenta, encuentro mis notas deficientes (¿por qué, cuando se trata de temas en verdad profundos, las declaraciones son tan vacuas?, ¿por qué nunca llega la frase justa?) y el digno tributo con el que soñé aguarda inconcluso, como siempre. La razón de mis palabras no está en lo que ellas sean por sí mismas o en lo que puedan contener, está casi solamente en el anhelo que siento por señalar el día, el martirio, más allá de toda palabra. Es con este propósito, amigos míos, que los he convocado. Aunque los años a su paso nos devuelvan a esta hora, demorémonos en ella de nuevo, no importa cuán brevemente. Por mi parte, guardo el deseo y la esperanza de que, hasta el día de mi muerte, cada 14 ó 15 de abril reuniré a unos cuantos amigos y guardaré el trágico recuerdo de esa fecha. No un recuerdo estrecho o sesgado. El recuerdo pertenece a todos estos estados en su totalidad, no sólo al norte, sino al sur –quizás pertenezca al sur más tierna y devotamente que a todos los demás; pues ahí está, en realidad, el linaje de este hombre. De ahí viene su estampa, desde ahí. ¿Por qué no habría de decir que de ahí vienen sus más nobles cualidades –su universalidad–, sus gestos y palabras a todas luces amables y sencillos, su determinación inflexible y la bravura de su corazón? ¿Nunca se han percatado, amigos míos, de que Lincoln, aunque traspuesto al oeste, es en esencia, en su porte y en su carácter, una contribución sureña?
Y aunque de ninguna manera pretenda reanudar esta noche la Guerra de Secesión, les recordaré sucintamente las condiciones públicas que precedieron a dicha contienda. Durante veinte años, y en especial durante los cuatro o cinco años previos al comienzo de la guerra, el panorama de los asuntos públicos en Estados Unidos, aun sin el brillo de la agitación militar, deja ver más que los contornos de una batalla, una larga campaña, o incluso una serie de convulsiones naturales. Las acaloradas pasiones del sur –en el norte la extraña mezcla de inercia, incredulidad y conciencia del poder–, lo incendiario de los abolicionistas, la bellaquería y la garra de los políticos, sin parangón en ninguna tierra, en ninguna era. Y a todo esto no puedo dejar de agregar la honestidad que mostraba por doquier el grueso esencial de la población –empero, con toda la furia y las contradicciones desbordantes de sus naturalezas más crispadas que las olas del Atlántico en el más feroz equinoccio. En materia de política, ¿qué podría ser más ominoso (pese a que en general pasó inadvertido entonces), qué podría ser más significativo que las presidencias de Fillmore y Buchanan, que demostraron rotundamente que la flaqueza e iniquidad de los gobernantes electos nos pueden afligir aquí igual que en los países del Viejo Mundo, con sus monarquías, emperadores y aristocracias? En ese Viejo Mundo se escuchaban por todas partes fragores subterráneos, que se apaciguaban sola y seguramente para volver. Mientras que en América, el volcán, aunque aún cívico, se estremecía cada vez más –se volvía cada vez más tormentoso y amenazante.
En el culmen de toda esta efervescencia y todo este caos, rondando al margen en un principio, y sumergida después en su mismo vórtice, destinada a jugar un papel protagónico, aparece una extraña y abstrusa figura. No olvidaré fácilmente la primera vez que vi a Abraham Lincoln. Debió ser alrededor del 18 o 19 de febrero de 1861. Transcurría una tarde bastante agradable en la ciudad de Nueva York cuando él llegó desde el oeste para permanecer unas cuantas horas y después seguir hacia Washington, a fin de prepararse para su investidura. Lo vi en Broadway, cerca del lugar donde ahora se encuentra la oficina de correos. Bajó por Canal Street, me parece, para detenerse frente a Astor House. Los amplios espacios, aceras y calles del vecindario, ahí y a la distancia, estaban poblados por masas compactas de gente, muchos miles de personas. Los ómnibus y otros vehículos habían sido detenidos, generando un sosiego inusual en aquella parte de la ciudad. Enseguida, dos destartalados coches tirados por caballos se abrieron paso con cierta dificultad por entre la multitud, e hicieron alto frente a la entrada de Astor House. Una figura espigada salió por en medio de estos coches, se detuvo pausadamente en la acera, entornó la vista hacia las paredes de granito y la arquitectura inverosímil del gran y viejo hotel –luego, tras un reconfortante estiramiento de brazos y piernas, se volvió por cerca de un minuto para escudriñar lenta y gozosamente la apariencia de las multitudes vastas y silenciosas. No hubo discursos, ni cumplidos, ni bienvenida –hasta donde pude escuchar, no se dijo una sola palabra. Pero un gran desasosiego se escondía bajo la calma. Algunas personas precavidas temían algún insulto o indignidad conspicua dirigida hacia el presidente electo –y es que no tenía popularidad personal alguna y muy poca popularidad política en la ciudad de Nueva York. Sin embargo, era obvio que se había llegado a un acuerdo tácito, que si los contados seguidores políticos del señor Lincoln habrían de abstenerse por completo de cualquier manifestación de su parte, la inmensa mayoría, que eran todo menos sus seguidores, se abstendrían también. El resultado fue un silencio sólido, mohíno, tal que sin duda nunca antes había caracterizado a una multitud neoyorquina tan grande.
Recuerdo claramente haber visto a Lafayette casi en el mismo vecindario, en su visita a América en 1825. Algunos años más tarde también vi y escuché personalmente cómo fueron recibidos Andrew Jackson, Clay, Webster, Kossuth el húngaro, Walker el filibustero, el Príncipe de Gales y otros hombres célebres, nativos y extranjeros –todo ese estruendo y magnetismo humano indescriptibles, ese sonido único en el universo –¡los animados gritos atronadores de un sinnúmero de gargantas humanas desatadas! Pero en esta ocasión, ni una voz –ni un sonido. Desde la parte superior de un ómnibus (estacionado a un lado, cerca, flanqueado por la acera y la multitud), tenía, diría yo, una vista capital de todo, y en especial del señor Lincoln, de su mirada y su andar –su perfecta compostura y sobriedad–, su altura inusual e insólita, su vestimenta completamente negra, su sombrero de copa echado hacia atrás, su complexión morena, su rostro surcado de arrugas pero afable, su cabello negro y tupido, su cuello desproporcionadamente largo, y sus manos, cruzadas por detrás mientras permanecía de pie, observando a la gente. Miraba con curiosidad ese inmenso mar de rostros, y el mar de rostros le devolvía la mirada con igual curiosidad. En ambos había una pizca de comedia, casi de farsa, como la que Shakespeare pone en sus más oscuras tragedias. La multitud que le rodeaba consistía, pienso, en unos treinta o cuarenta mil hombres, de los que ni uno solo era su amigo personal –y no me cabe la menor duda (así de enloquecidos eran los fermentos de la época) de que muchos cuchillos y pistolas homicidas acechaban en los bolsillos, junto a los muslos o el pecho, ahí, listos para actuar tan pronto sobrevinieran el enfrentamiento y el motín.
Pero no sobrevino ni el enfrentamiento ni el motín. La alta figura volvió a estirar con alivio sus brazos y piernas; luego, a un paso moderado y en compañía de unas cuantas personas de apariencia desconocida, ascendió los escalones del pórtico de Astor House, desapareció por la espaciosa entrada –y la pantomima terminó.
Vi a Abraham Lincoln con frecuencia durante los cuatro años siguientes. Cambió mucho y con rapidez en los años de su presidencia –pero esta escena, y su presencia en ella, están grabadas indeleblemente en mi recuerdo. El pensamiento que aquel día, mientras estaba sentado sobre el ómnibus y tenía una buena vista de él, era vago e incipiente, se ha vuelto desde entonces bien claro: que cuatro clases de genio, cuatro manos magníficas y primordiales, serían necesarias para completar el futuro retrato de este hombre –los ojos y el cerebro y el tacto de Plutarco y Esquilo y Miguel Ángel, asistidos por Rabelais.
Y luego (el señor Lincoln pasando de esta escena a Washington, donde fuera investido, rodeado en todo momento por la caballería armada y los tiradores –el primer caso como éste en nuestra historia, y el último, espero–), luego, la rápida sucesión de acontecimientos bien conocidos (demasiado bien –en estos días casi nos parece odiosa su mención, según creo–): el tiroteo contra la bandera nacional en Sumter; el levantamiento del norte, en medio de paroxismos de estupor y furia; el caos de los concejos divididos; el llamado a las tropas; la primera batalla de Bull Run; el sorprendente abatimiento, pasmo y consternación del norte; el torrente, en fin, de la Guerra de Secesión. Cuatro años de guerra espeluznante, sangrienta, lóbrega, homicida. ¿Quién pintó esos años, con todas sus escenas? Los rudos combates, las derrotas, los planes, los fracasos, las horas, los días de desaliento, cuando nuestra nacionalidad parecía pender de un manto de duda, un manto mortuorio, quizás; las burlas mefistofélicas de los países y los embajadores extranjeros, la temida Escila de la interferencia europea, y la Caribdis de los estratos latentes, tremendamente peligrosos, de simpatizantes de la secesión a lo largo y ancho de los estados libres (mucho más nutridos de lo que se cree); las largas marchas en el verano, el sudor ardiente, las numerosas insolaciones, como en el combate de Gettysburg en el 63; las batallas nocturnas en los bosques, como la de Hooker en Chancellorsville; los campos en el invierno, las prisiones militares, los hospitales (ay, ay, los hospitales).
¿La Guerra de Secesión? No, permítaseme llamarla la Guerra de Unión. Pero sea cual fuere su nombre, aún está demasiado próxima a nosotros, es demasiado grande y nos ensombrece muy de cerca, sus ramas sin formar (pero ciertas) apuntan muy lejos hacia el futuro –y las más grandes y reveladoras todavía son tiernas. De la era de esos cuatro años, de esas escenas, aún está por emerger una gran literatura, una era que abarca siglos de pasión nativa, de imágenes excelsas, de tempestades de vida y muerte, una mina inagotable para las historias, el drama, el romance, incluso la filosofía de los pueblos por venir –en verdad, la médula de la poesía y del arte (y del carácter personal, también) para todos los futuros americanos, mucho más grandiosa en mi opinión, para las manos que sean capaces, que el sitio de Troya según Homero, o las guerras francesas según Shakespeare.
Pero he de terminar con estas especulaciones y regresar al tema que me he impuesto y al que me he limitado. Del asesinato del Presidente Lincoln, aun cuando tanto se ha escrito, quizás los hechos permanecen todavía muy indefinidos en la mente de la mayoría. Leo de mis apuntes, escritos en el momento, y revisados asidua y definitivamente desde entonces.
El día, el 14 de abril de 1865, parece haber sido un día agradable en todo el territorio –siendo la atmósfera moral también agradable: la larga tormenta, tan oscura, tan fratricida, tan llena de sangre, duda y pesar, había terminado al fin con el amanecer de una victoria absolutamente nacional, y la caída total del secesionismo. ¡Casi dudábamos de nuestros sentidos! Lee había capitulado bajo el manzano de Appomattox. Los otros ejércitos, los flancos de la revuelta, le siguieron aprisa. ¿Acaso era cierto, entonces? ¿Más allá de todos los asuntos de este mundo de infortunio y fracaso y desorden, había en verdad llegado el signo certero, infalible, como un rayo de luz pura, del plan –del gobierno justo– de Dios? Así que el día, como decía, era propicio. Los primeros pastos, las primeras flores, habían nacido. (Recuerdo que donde vivía en aquellos días, con la estación ya avanzada, había muchas lilas en flor. Por uno de esos caprichos que penetran y ponen un cierto dejo en los acontecimientos, sin formar en absoluto parte de ellos, siempre me asalta el recuerdo de la gran tragedia de aquel día ante la vista y el perfume de estas flores. Nunca falla.)
Pero no debo demorarme en lo accesorio. La acción apremia. El popular diario vespertino de Washington, el pequeño Evening Star, había esparcido en cien lugares distintos de toda su tercera página, dividido de manera sensacionalista entre los anuncios: “El Presidente y su esposa asistirán al Teatro esta noche...” (A Lincoln le gustaba el teatro. Yo mismo lo vi ahí en varias ocasiones. Recuerdo haber pensado lo curioso que resultaba que él, en cierto sentido el actor principal del drama más tormentoso que el escenario de la historia real conociera en siglos, se sentara allí y permaneciera tan completamente interesado y absorto en esos muñecos de paja humanos, que se movían por ahí con sus pequeños gestos bobos, su espíritu remoto y su pomposo texto.)
En esta ocasión el teatro estaba atestado, muchas damas en trajes alegres y atildados, oficiales portando sus uniformes, muchos ciudadanos reconocidos, gente joven, los racimos acostumbrados de lámparas a gas, el magnetismo usual de tanta gente alegre, perfumada, música de violines y flautas (y por encima de todo, saturándolo todo, la vasta, vaga maravilla, la Victoria, la victoria de la nación, el triunfo de la Unión colmando el aire, el pensamiento, los sentidos, con un regocijo mayor a toda la música y los perfumes).
El presidente llegó a buena hora y, junto con su esposa, presenció la obra desde los grandes palcos del segundo piso, dos convertidos en uno y profusamente engalanados con la bandera nacional. Los cuadros y escenas de la pieza –una de esas composiciones escritas de manera singular que tienen al menos el mérito de dar sosiego total a un público ocupado durante el día en la acción mental o en las emociones y preocupaciones de los negocios, ya que no apela ni remotamente a la naturaleza moral, emocional, estética o espiritual–, una pieza (Nuestro primo americano) en la que, entre otros personajes, un supuesto yankee, sin duda uno como nunca se lo ha visto, o lo menos parecido a lo que se ha visto en Norteamérica, llega a Inglaterra, un sin-sen-ti-do variado de charla, argumento, escenografía y demás parafernalia para componer una obra popular moderna. Habían avanzado tal vez un par de actos cuando, en medio de la comedia, o no comedia, o como quiera llamársele, y para compensar, o para completarla, como burla de la Naturaleza y de la gran Musa frente esta pobre pantomima, vino a interpolarse una tal escena, no para ser descrita a cabalidad o con exactitud (pues hasta hoy parece que en los muchos cientos que estaban ahí no dejó más que una niebla pasajera, un sueño, una mancha) –y pese a todo, para ser descrita parcialmente como procedo a hacerlo ahora. Hay un cuadro en la obra que representa un salón moderno donde el imposible yankee informa a un par de damas inglesas sin precedentes que no es él un hombre de fortuna y, por ende, no resulta deseable con fines maritales; tras lo cual, y una vez terminados los comentarios, el trío dramático hace mutis, dejando el escenario diáfano por un momento. En este intervalo sobrevino el asesinato de Abraham Lincoln. Descomunal en la diversidad de secuelas que lo rodearon y que se extienden hacia el futuro por muchos siglos, en la política, en la historia, en el arte, en fin, del Nuevo Mundo, en los hechos el punto principal, el asesinato en sí transcurrió con la discreción y simpleza de cualquier ocurrencia ordinarísima –la apertura de un capullo o una vaina en medio de la vegetación, por ejemplo. A través del murmullo generalizado que siguió a la pausa en escena, con el cambio de posiciones, llegó el sonido amortiguado de un disparo que en ese momento no escuchó ni una centésima parte del público –y aún así, llegó también un instante de sosiego, de alguna manera, sin duda, un tenue y pavoroso estremecimiento– y luego, por el ornamentado, engalanado palco del presidente, por sus estrellas y barras, una figura súbita, un hombre, se yergue con manos y pies, se detiene un momento en la barandilla, salta hacia abajo al escenario (una distancia de unos catorce o quince pies), cae descompuesto, pues el tacón de su bota se ha atorado en el espeso cortinaje (la bandera americana), se desploma sobre una rodilla, se recupera prestamente, se levanta como si nada hubiese pasado (en verdad se lastima el tobillo, pero no lo siente entonces) y así, la figura, Booth, el asesino, vestido con paño liso y negro, descubierta la cabeza, la cabellera espesa, brillante, azabache, y sus ojos como los de un animal desquiciado, centellantes de luz y osadía, pero con una cierta calma extraña, sostiene elevado en una mano un gran cuchillo, sigue caminando, no mucho más allá de las luces del proscenio, se da la vuelta por completo hacia el público, su rostro de una belleza estatuaria, iluminado por esos ojos de basilisco, radiantes de desesperación, quizás locura, lanza con una voz firme y templada las palabras Sic semper tyrannis y luego, a un paso que no es rápido ni lento, cruza el escenario en diagonal, y desaparece. (¿Toda esta terrible escena –que hiciera del artificio previo una insensatez–, toda ella, no habría sido ensayada previamente, sin ornamentos, por Booth?)
Un momento de quietud, un clamor, el grito de asesinato, la señora Lincoln inclinándose hacia fuera del palco, sus labios y mejillas de un tono cenizo, con un sollozo involuntario, señalando hacia la figura en retirada: Ha matado al presidente. Y aún, por un momento, el suspenso incrédulo, extraño... ¡y entonces el diluvio!, entonces esa mezcla de horror, retumbos, incertidumbre (el sonido, en alguna parte del fondo, de herraduras de caballo traqueteando con velocidad), la gente se desborda sobre sillas y barandales, y los destruye, la confusión y el terror son inextricables, las mujeres se desmayan, las personas algo débiles caen, son pisoteadas, se escuchan muchos gritos de agonía. De pronto el amplio escenario se llena hasta la asfixia con una multitud densa y variopinta, como si de algún horrendo carnaval se tratase, el público se abalanza sobre él, al menos los hombres fuertes, los actores y las actrices están todos ahí, con sus disfraces y sus caras maquilladas, con un miedo mortal asomando a través del rubor: los gritos y los clamores, las palabras confusas redoblan, se triplican, dos o tres logran atravesar el escenario contra las aguas hasta el palco del presidente –otros intentan encaramarse–, etcétera, etcétera.
En medio de todo esto, los soldados de la guardia presidencial, junto con otros, se ven atraídos repentinamente al escenario, irrumpen en él (unos doscientos en total), toman el teatro por asalto, todos los pisos, en especial los superiores, henchidos de rabia, literalmente acometiendo al público con bayonetas caladas, mosquetes y pistolas, gritando ¡Abran paso!, ¡abran paso! hijos de... Tal era el cruento paisaje, o más bien un indicio de él, dentro del teatro esa noche.
Afuera también, en la atmósfera de pasmo y delirio, las multitudes llenas de frenesí, y listas para desfogarlo a la primera oportunidad, se juntan y asesinan a varios individuos inocentes. Uno de estos casos resultó especialmente apasionante. La masa enfurecida la tomó con un hombre por alguna razón, ya por las palabras que profiriera, ya sin causa alguna quizás, y estaban a punto de colgarlo de una farola cercana, cuando el hombre fue rescatado por unos cuantos policías heroicos que lo rodearon y en medio de un gran peligro se abrieron camino hasta la estación. Fue un episodio a la medida de toda la cuestión. La masa embistiendo y arremolinándose de un lado a otro –la noche, los gritos, los rostros pálidos, tanta gente asustada intentando en vano salir de ahí–, el hombre violentado, aún presa de las mandíbulas de la muerte y con la apariencia de un cadáver, la media docena de policías silenciosos, resueltos, sin ningún arma más que unos pequeños palos, pero severos y firmes entre todos esos enjambres apiñados –todo constituía una escena adyacente adecuada a la gran tragedia del asesinato. Los policías lograron llegar a la estación protegiendo al hombre, y lo dejaron bajo vigilancia durante la noche, y lo liberaron por la mañana.
Y en medio de tal pandemónium, de los soldados enfurecidos, del público y las multitudes, del escenario y todos sus actores y actrices, sus colores, sus lentejuelas y sus lámparas a gas –la sangre viva de esas venas, la mejor y la más dulce de esta tierra, gotea lentamente, y la exudación de la muerte ya da paso a sus minúsculas burbujas sobre los labios.
He aquí los incidentes y los contornos visibles del asesinato de Abraham Lincoln, tal como ocurrieron. Así tocó a su fin el intento de secesión de estos estados; así terminaron cuatro años de guerra. Pero las cosas fundamentales llegan más tarde, sutiles e invisibles, quizás mucho más tarde –y no son las militares, las políticas, ni (por grandiosas que éstas sean) las históricas. Pues ciertos resultados secundarios e indirectos, producto de la tragedia de esta muerte, son en mi opinión aún más grandes. No se trata del acontecimiento mismo del asesinato. No es que el señor Lincoln hilara los hitos y los personajes principales del período, como cuentas, sobre la hebra única de su carrera. No es que su idiosincrasia, en su aparición y desaparición súbitas, haya marcado a esta República con un sello más profundo y duradero que el que cualquier hombre nos haya dado hasta hoy (más incluso que el de Washington), sino que, aunado a todo esto, el valor y el significado inconmensurables de toda esta tragedia yacen, para mí, en los sentidos que en última instancia son más caros a una nación (y aquí y ahora, los más preciados para nosotros): el sentido de la imaginación y el del arte –el sentido literario y dramático. No según un significado común o bajo de dichos términos, antes bien, según un significado glorioso para la raza y para todas las épocas. Al fin, una larga y diversa serie de acontecimientos contradictorios llega a su más fino desenlace poético, singular, nodal, pictórico. Todo el intrincado, desconcertante, multiforme revuelo del período de secesión se define y conviene en un breve destello de luz relampagueante –un acto simple, brutal. Esta culminación tajante, esta solución diríase, a tantos problemas sangrientos y rabiosos, ilustra esos momentos de clímax en el escenario del Tiempo universal, en los que la Musa histórica en una entrada y la Musa trágica en otra, bajando repentinamente el telón, cierran un inmenso acto en el largo drama del pensamiento creativo, y lo dejan refulgir, un cuadro viviente más extraño que la ficción. ¡Un digno fulgor, un digno final! ¡Cómo adora estas cosas la imaginación, cómo las adora el estudioso! América también las puede tener. Pues de entre todas las muertes notorias, ni las lejanas ni las cercanas –ni César en el Senado romano, o Napoleón agonizando en la feroz tormenta nocturna de Santa Elena; ni Paleólogo en su caída, luchando desesperadamente, arrojado sobre un mar de cadáveres griegos; ni el viejo y sereno Sócrates, bebiendo la cicuta– ninguna conquista ese confín de la Guerra de Secesión, en la vida de un solo hombre, aquí entre nosotros, en nuestro propio tiempo –ese sello de la emancipación de tres millones de esclavos, ese parto y alumbramiento de nuestra República al fin libre en verdad, nacida de nuevo, para emprender desde aquí su camino de genuina, homogénea Unión, compacta, coherente consigo misma.
Y nunca encontrarán los futuros patriotas y unionistas americanos, no importa en qué lugar de esta tierra, si en el norte o en el sur, una mejor enseñanza de su lección. Después de todo, la contribución final de los hombres más grandes de una Nación no se remite a sus actos en sí mismos, ni a su relación directa con su época o su país. La finalidad de una vida heroica, eminente –y en especial la de una muerte eminentemente heroica– es su filtración indirecta hacia la nación y la raza, y también, a menudo después de numerosas mudanzas, pero con certeza, época tras época, dotar de carácter y temperamento al personalismo de los albores y la madurez de cada era, y de la humanidad. Existe entonces un lazo común a toda la gente, un lazo sutil, más fundamental que cualquier cosa en la constitución escrita, en las cortes o en los ejércitos –a saber, el lazo de una muerte identificada a cabalidad con toda esa gente, por en encima de todo, en nombre de todos. Resulta extraño (¿o no?) que las batallas, los mártires, las agonías, la sangre, e incluso el asesinato condensen de tal forma –quizás sólo así verdadera y permanentemente– una nacionalidad.
Lo reitero: las muertes grandiosas de la raza, las muertes dramáticas de cada nacionalidad, son el legado más importante, en cierto sentido superan a la literatura y el arte (así en el héroe que excede su más prolijo retrato, así en la batalla que supera el cantar y la épica más exquisitos). ¿No es ésta en realidad la cuestión que subyace a toda tragedia?, ¿a las famosas piezas de los maestros griegos y de todos los maestros? Ay, si los antiguos griegos hubiesen tenido a este hombre, ¡qué trilogías –qué épicas– habrían surgido a partir de él! ¡Cómo lo habrían recitado los rapsodas! ¡Con qué premura habría entrado esa figura alta y peculiar a la región donde los hombres vivifican a los dioses y los dioses divinizan a los hombres! Pero Lincoln, sus tiempos, su muerte –grandiosos como cualquier, cualquier época– pertenecen a nuestra era, y son autóctonos. (En ocasiones pienso que sí, nuestros tiempos americanos, nuestro propio escenario, los actores que conocemos y con los que hemos intercambiado saludos y palabras –más fatídicos que todo Esquilo, más heroicos que los guerreros que rodeaban Troya–, han dado a nuestra Democracia reyes más orgullosos que Agamenón, modelos de carácter encantadores y bravos como Ulises, muertes más piadosas que la de Príamo.)
Cuando, dentro de siglos (pues han de pasar siglos, según creo, antes de que la vida de estos Estados, o de la Democracia, pueda ser realmente escrita e ilustrada), los principales historiadores y dramaturgos busquen un personaje, un acontecimiento señalado, lo suficientemente incisivo como para marcar con un corte profundo y fijar en la memoria éste nuestro turbulento siglo XIX (no sólo en los Estados, sino en todo el universo político y social), algo que clausure acaso esa espléndida procesión del feudalismo europeo, con toda su pompa y sus prejuicios de castas (de cuyas largas secuelas aún somos en América herederos sin remedio); algo que identifique con una identificación terrible lo que hasta ahora ha sido el paso revolucionario más grande en los Estados Unidos (tal vez el más grande del mundo, en nuestro siglo), la extirpación y borradura absolutas de la esclavitud en los Estados, esos historiadores buscarán en vano cualquier cosa que sirva más justamente a su propósito que la muerte de Abraham Lincoln.
Caro a la Musa, caro en grado sumo a la Nacionalidad –a toda la raza humana–, preciado para la Democracia, preciado por siempre y sin palabras, fue su primer gran Adalid y Mártir. ~
Traducción de Marianela Santoveña

19 jul 2010

Homenaje a Monsi

El homenaje /Jordi Soler
Reforma, Cultura, 19 Jul. 10
En el año 1997, en una de las misiones más estrafalarias en las que he participado, me tocó, junto con Juan Villoro y José Álvarez, llevar a Carlos Monsiváis a conversar con el cantante Bono. Al líder de U2 le interesaba oír lo que opinaba el escritor de su propio país, que entonces seguía gobernado por el PRI y removido por la sensibilidad indígena nacional que habían desamarrado los zapatistas en 1994. Después de ver el concierto en los lugares que nos designó el mánager del grupo, pasamos a los intestinos del estadio donde había dispuesta una mesa larga con canapés y bebidas. Bono apareció vestido de verde olivo, con una gorra, escorada hacia el hemisferio izquierdo, que podría haber sido prima hermana de la que usaba entonces el subcomandante Marcos. Lo que siguió a continuación, mientras los demás, incluido Edge, picábamos un canapé y nos servíamos un trago, fue que Monsiváis se puso a explicarle a Bono todo lo que quería saber e, inmediatamente después, empezó él a preguntarle al cantante generalidades, detalles y más adelante minucias sobre el conflicto de Irlanda del Norte, y lo hizo con un conocimiento, que nos dejó a todos, Bono incluido, boquiabiertos.

PAN

¿vale más lanzarse a una lucha que pueda llevar a los grupos contrarios al exterminio, para lograr el triunfo inmediato o perderlo todo, o vale más sacrificar el triunfo inmediato a la adquisición de una fuerza que solo puede venir de una organización bien orientada y con capacidad de vida?  Carta de Gómez Morín a Vasconcelos.
Extraviado /Jesús Silva-Herzog Márquez
Reforma, 19 Jul. 10
Manuel Gómez Morin entendió que la política era una batalla contra el arrebato. Hacer política era remar contra la precipitación y aun contra el instinto. Domar la bestia con paciencia; resistir sus carnadas con razón. A eso dedica cartas a Vasconcelos que bien se pueden leer como uno de los argumentos más coherentes de nuestra tradición contra la tentación personalista. El admirador del maestro no creyó nunca en su Llamado. El entusiasmo es un cerillo corto. Ni al mejor de los hombres debe entregarse toda la esperanza: un proyecto auténtico de renovación exige tiempo, ideas, estructura. Necesitamos, decía Gómez Morin, una "organización bien orientada". Eso quería: una organización bien orientada y selecta, con entereza e ideas claras.
El producto está desorientado y bien desorientado tras la desgracia del éxito. Su dirigente nacional se muestra orondo, palabra que el diccionario vincula a la satisfacción presuntuosa pero también a la hinchazón hueca. El éxito de su estrategia reciente lo mantiene en su puesto pero, en realidad, es síndrome de un extravío o, más bien, de varios. A 10 años de haber ocupado la Presidencia de la República, el Partido Acción Nacional no tiene más eje que sus antipatías primitivas. El PAN no encuentra otra propuesta, no halla otro mensaje que su antagonismo inicial. Incapaz de hacer acopio de éxitos recientes y promesas atractivas, se ha puesto en renta: un simple vehículo del antipriismo. Después de décadas de oposición y 10 años de gobierno, el PAN es una mala copia del partido opositor que fue. Es un partido desdibujado, marcado por la inseguridad, el miedo y el resentimiento.

Una lectura del libro de Alonso Lujambio sobre la vida del PAN (La democracia indispensable. Ensayos sobre la historia del Partido Acción Nacional, DGE - Equilibrista, 2009) alimentaría severas recriminaciones a la conducción reciente de ese partido. En ese vívido recorrido por la biografía del PAN y sus cultivadores, pueden encontrarse tres propósitos vitales de Acción Nacional: la formación de un ideario práctico, la construcción de una institución sólida y bien implantada en el país y la transformación cultural de nuestra política. Gómez Morin, Christlieb y Castillo Peraza serían las figuras emblemáticas de esa triple ambición.
Acción Nacional es hijo del defensor más elocuente de la técnica. Buscaba ideas realizables, propuestas concretas que pudieran hacer frente a la fraseología de los demagogos. Respetaba por ello el conocimiento que incuba lentamente, la experiencia que se forma entre retos, el prestigio que dan los resultados. Encontraba en la técnica el compromiso auténtico con la vida, no el culto a la abstracción. Pero el partido que fundó hace política de espaldas a la técnica. No sólo eso: gobierna con abierto desprecio al mérito. El amiguismo impera hoy como nunca. No hay otro requisito para formar parte del círculo superior de la administración que la lealtad personal. Los técnicos que Gómez Morin quiso cultivar fueron usados primero por el panismo en el gobierno pero han sido crecientemente hostigados. No es raro que preparen su retorno al poder con otro boleto.
La paciencia panista partía de la convicción de que el cambio tendría que avanzar de la periferia hasta el centro. Su ambición no fue inmediatamente presidencial: quiso transformar el poder antes de ejercerlo. No solamente habría de competir y ocupar las plazas de la representación local, había que formar institución en el pueblo, el municipio, el estado. Había que hacerlo, además, de cierto modo, con reglas y en democracia. Pero tal parece que esa convicción ha reventado. La dirigencia nacional del PAN considera que las condiciones son tan adversas hoy que no puede obstruirse la estrategia electoral del partido con reverencias federalistas. Implantó por ello un auténtico régimen de excepción. En efecto, la dirigencia de Acción Nacional ha impuesto una dictadurcilla en nombre -¡otra vez!- de la transición: paréntesis que pone las reglas ordinarias en suspenso y que concentra el poder en la autoridad central. La ocupación no tiene precedente en la historia panista. Su éxito no debe hacernos olvidar la ominosa anomalía.
Quiso el PAN ser también alternativa cultural. Carlos Castillo Peraza llegó a creer, gramscianamente, que el PAN había triunfado en los valores antes de imponerse en las elecciones. Creía que sus ideas sobre la competencia política, la economía, el sindicato o el Congreso se habían hecho las ideas de todos. Las aberraciones, por indefendibles, se irían extinguiendo. Hoy podemos decir que ese orgullo que sentía el yucateco se convirtió en el gran fracaso histórico del PAN: su derrota cultural. Tras ganar la Presidencia, el PAN perdió la brújula: hoy defiende sátrapas sindicales; reparte puestos por burdos criterios de amistad, condena el mérito y renta su sello en beneficio de priistas en desgracia.
***
Carta de Manuel Gómez Morín a José Vasconcelos.
Noviembre 3, 1928.
Muy respetado y querido amigo:
Oportunamente recibí su carta del 16 del mes pasado, pero no le había contestado porque Lidia ha seguido enferma y eso me tiene muy trastornado.
Ese mismo motivo me ha privado del tiempo necesario y de la libertad espiritual necesaria también para seguir activamente el trabajo de organización del partido de que le hablé en mi anterior. No creo que, aun habiendo podido disponer libremente de mí, el partido pudiera estar organizado para estas fechas. Y no lo creo porque en lo que llevo trabajando hasta ahora me he podido dar cuenta exacta de la gran parte que tomaba mi entusiasmo en la creencia de que un partido así podría organizarse con cierta rapidez y estar en condiciones de trabajar eficazmente desde luego.
Hay tantas trabas y tantas dificultades y tantos intereses que se oponen a una acción de esta naturaleza, y que yo ni siquiera sospechaba, que con toda sinceridad tengo que decirle que el resultado de esta primera excursión de mi parte en el terreno político es una profunda desilusión de muchas gentes, y sobre todo, de mí mismo. Ahora se que no valen ni la buena fe ni el alto propósito ni el grande entusiasmo para trabajar políticamente. Para ello es preciso, en primer término, ser político; tener los hábitos y los procedimientos de los políticos, y reunir una multitud de cualidades que no son las que ordinariamente sirven para que un hombre pueda solamente pensar las cosas con claridad y ejecutarlas con desinterés y con precisión técnica.
Siento no estar de acuerdo con usted en muchos puntos de su carta. En primer lugar, el procedimiento. Cierto que es indispensable no hacer de la designación de candidato una lotería y cierto también que la opinión requiere saber qué personas son las que van a tener sobre sí la tarea de un nuevo gobierno.
Además, dada la tradición política de los últimos años, la gente está acostumbrada a no tener mucha fe en los programas y a seguir, en cambio, a las personas. La candidatura de usted despierta grande entusiasmo; pero sigo creyendo que cualquier actitud que se asemeje a la de candidato es inconveniente por difícil de sostener y por fácil de atacar. No es lo mismo hacer una gira de conferencias o de discursos para la organización de un movimiento nacional o de un partido nacional, que ponerse en pie de propaganda doce meses antes de la fecha de la elección. Luego la postulación inmediata, que en mi concepto no debe confundirse con la presentación de personalidades, va en contra de los principios democráticos por los cuales se quiere pelear y cuya realización se exige
Por otra parte, improvisar un grupo para jugar su destino como grupo histórico y el destino individual de sus componentes como hombres, en el albur de las primeras elecciones que se presenten, me parece indebido por temerario. En cambio, si se puede hacer una gran labor si llega a constituirse firmemente un grupo que entre de lleno a la política con toda actividad y con todo valor, pero sin que se necesite escoger desde luego a un hombre para presidente y sin cifrar su éxito y su tarea principal en dar el triunfo a ese hombre, así sea el mejor.
Estoy sintiendo cuan absurdo es que yo opine sobre estas cosas al mismo tiempo que me reconozco incapaz para hacer política. Estoy sintiendo, también, que en la posición actual de usted es ridículo que yo haga estas observaciones. Pero usted recordará que desde nuestra entrevista en Nueva York, allá por 1925, yo siempre he creído que lo más importante para México es lograr integrar un grupo, lo más selecto posible, en condiciones de perdurabilidad, de manera que su trabajo, sin precipitaciones, pueda ir teniendo cada día, por esfuerzo permanente, un valor y una importancia crecientes.
No creo en grupos de carácter académico; pero tampoco creo en clubes de suicidas. Y no porque niegue la eficacia del acto heroico de un hombre que se sacrifica por una idea, sino porque creo que el sacrificio que realizaría un grupo o un hombre, por definición selectos, metidos precipitadamente a la política electoral y sacrificados en ella, no será el sacrificio por una idea, sino el sacrificio de la posibilidad misma de que la idea se realice en algún tiempo.
Cierto que públicamente y de la manera más oficial posible se ha hecho un llamado ahora para iniciar una nueva vida democrática, legal, luminosa y todo lo demás. Pero ese llamado, por muy sincero que sea, no es más que un llamado, no es la cosa misma y todavía pasará algún tiempo antes de que esa cosa se convierta en realidad. Justamente para que esa realidad llegue, será necesario que la buena intención o la sinceridad del llamado se apoyen en organizaciones selectas, capaces de adquirir o de desarrollar fuerza bastante para imponer los nuevos principios en un medio que está absolutamente corrompido. Y si el llamado hecho no es sincero ni de buena fe, con más razón, se necesita para hacer una vida democrática en México la organización durable y el trabajo permanente de grupos que pueden adquirir fuerza bastante para imponerse al medio corrompido y a la deslealtad del llamado mismo.
En los dos casos, pues, es indispensable, sobre todas las cosas, se procure la formación de grupos políticos bien orientados y capaces de perdurar.
La manera de hacer que se formen esos grupos perdurables es darles un carácter tal que resulte injustificable en contra de ellos cualquier intento de destrucción. Si esos grupos pretenden desde luego, y antes de adquirir posiciones firmes en la opinión política, entrar en lucha con los elementos que actualmente tienen el poder y que no están muy favorablemente dispuestos a soltarlo, necesariamente, también entrarán en una lucha en la que ellos tratarán de hacer a un lado a los que están, los que a su vez tratarán de destruirlos a ellos. Y como los que están tienen la fuerza y como los nuevos grupos, por muchas razones, no estarán aún bien organizados ni probablemente habrán logrado convencer a las gentes de que son algo nuevo, de que dan a las grandes palabras su verdadero significado, de que tienen una bandera distinta, lo más probable es que en esa lucha los que están tengan el triunfo completo sino que se pierde, también, la esperanza misma por muchos años.
Además, formar grupos perdurables no quiere decir que forzosamente tendrán que ser grupos transaccionistas, como usted dice. Yo puedo no transigir con usted en cien cosas y criticarle y proclamar que no estoy de acuerdo con su acción, sin ponerme por ello en condiciones que hagan a usted precisa la lucha violenta conmigo, y el hecho de que los dos subsistamos, de que yo viva y mantenga mi opinión al mismo tiempo que usted viva y mantenga la suya y aun la imponga, no implica forzosamente una transacción. Querrá decir, a lo sumo, que usted tiene más fuerza que yo, o que usted tiene, políticamente al menos, más razón que yo Es condenador, pues, por tibieza y por transaccionismo, a quienes pretenden formar un grupo que busque la eficacia de su trabajo y su perdurabilidad, es cosa infundada y no tiene razón alguna.
Todavía más, aunque a ello no obligaran los mismos principios democráticos que se proclaman ni la conveniencia de la lucha, sería importante pensar en la necesidad de la organización previa de los grupos, pues aun cuando una lucha inmediata, despertando un gran sentimiento de la opinión pública, una de esas olas inmensas de convicción popular que arrastran a todo un régimen , tuviera éxito inmediato ahora, la falta de grupos previamente organizados, y no sobre la base de un hombre sino sobre la base de una común convicción, haría imposible la paz al día siguiente del éxito y originaría un estado de cosas terrible porque faltaría la disciplina de la organización de tal manera que o se perdería pronto el éxito logrado dándole nuevamente el triunfo al grupo derrotado o se caería en una dictadura, apostólica si se quiere, pero siempre una dictadura, con todos sus peligros y todos sus defectos.
El ambiente que había en 1920 era admirable. Un gran movimiento de opinión expulsó al carrancismo del poder y, a pesar de su apariencia militar, ese movimiento fue, en realidad, una ola de indignación moral en contra de los métodos carrancistas. Pudieron llegar al gobierno personas como usted y durante algún tiempo, al menos fue posible desarrollar en el gobierno una tarea libre y orientada.
El triunfo de esa orientación y esa libertad fue, sin embargo, precario, y a pesar de la fuerza personal de hombres como usted, la falta de un grupo sólidamente organizado y capaz de recibir la herencia política que se había elaborado, de imponer normas superiores de conducta al gobierno cuando este pretendió romper su propia condición y sus promesas, hizo que todo el triunfo anterior, que todas la oportunidades que parecían evidentes, que muchas de las obras ya realizadas, no tuvieran la esperada continuidad.
Si hubiera existido entonces, en vez de rebaño político de ocasión, una organización seriamente establecida, las cosas habrían pasado de muy distinta manera y no se habría perdido para México, en una nueva revuelta y en otros muchos accidentes semejantes, todo lo que se había ganado con anterioridad. Y lo mismo pasará siempre que el triunfo se organice sobre la base de un hombre o sobre la igualmente precaria de un entusiasmo que fundamentalmente nazca de valores negativos. Al día siguiente del éxito, al fuerza adquirida se desmorona y se convierte exclusivamente en un prestigio y en la inercia de la situación adquirida.
Se muy bien que el momento es de acción y no de discusión; se que para la acción vale más el hombre capaz de levantar una bandera que el más puro, más claro y más firme programa; pero toda mi inexperiencia política no me impide ver con claridad las circunstancia que antes quedan expuestas.
Hay protestas que no deben hacerse, como las del valor personal que, igual que el movimiento, se demuestra andando. Pero le aseguro que hasta donde yo mismo puedo juzgarme y hasta donde puedo juzgar a muchas gentes que nos son canallas, para pensar en todas las cosas que dejo dichas no interviene en nada el sentimiento de cobardía. En México no es una exclamación retórica el decir que cuando se va a trabajar políticamente se está dispuesto a dar la vida; pero tanto se puede dar la vida sosteniendo a una persona como formando un grupo y como, en ciertos casos, absteniéndose simplemente. Y algunas veces es más seguro perder en los dos últimos casos que en el primero. Quizá corrió usted más riesgo en 1924 con quedarse en México, que el que hubiera corrido haciendo una revolución y lanzándose al campo.
Le repito, pues, que no hay cobardía en esta manera de pensar, aunque la cobardía tiene tantos disfraces que yo mismo dudo a veces si ahora se me está presentando con las barbas positzas de la conveniencia o con la máscara trágica del deber.
En resumen: ¿vale más lanzarse a una lucha que pueda llevar a los grupos contrarios al exterminio, para lograr el triunfo inmediato o perderlo todo, o vale más sacrificar el triunfo inmediato a la adquisición de una fuerza que solo puede venir de una organización bien orientada y con capacidad de vida?
Personalmente creo en lo segundo y mi reciente experiencia me confirma en esa actitud. Yo no dudo de la posibilidad de que un hombre como usted pueda agitar a un país entero en un movimiento de entusiasmo, pero aparte de que eso es un caso de excepción, si dudo mucho de la persistencia de ese entusiasmo durante catorce meses de lucha y, más aún, de la eficacia de tal entusiasmo para continuar y convertirse en opinión ilustrada y gobernante, una vez logrado el éxito supuesto.
Quiero hacerme la ilusión de que no tengo razón alguna al pensar como pienso. Ojalá usted el que tiene razón y que el destino se ponga de acuerdo con el entusiasmo Lo deseo ardientemente. Pero más ardientemente deseo que todavía sea tiempo de adoptar otro camino que el ya iniciado y que, sin rehuir responsabilidades, sin dejarse llevar por pequeños prejuicios, sin cobardía que se disfrace de impersonalismo o de cualquiera otra cosa igual, pero teniendo bien presente la situación real de México y la verdadera necesidad que existe de organizar políticamente al país, más que de un cambio histórico de hombres, sea posible orientar todo el trabajo actual a la difusión y a la propaganda de las ideas esenciales y a la constitución de grupos o partidos que pueden ser capaces de expresar con fuerza permanente la opinión pública. No rehuir, repito, ni la lucha ni la responsabilidad; no afirmar, tampoco, que sólo el éxito seguro justifica la acción; pero hacer una lucha que no cifre su éxito en la próxima campaña electoral sino en la crítica constructiva desde luego, y como es natural para toda empresa política, en la futura conquista del poder, una vez que pueda contarse con fuerza organizada suficiente para que la lucha no resulte estéril y no se convierta en un puro e inapreciado sacrificio o en una mera dictadura si llega el entusiasmo a tener éxito.
Me imagino cuán sanchopancesca puede parecer esta recomendación, cómo es fácil ridiculizarla porque sufre en apariencia la prueba del heroísmo y cuánto más atractiva resulta la idea de una campaña rápida y de un triunfo fulgurante; pero corre el riesgo de que usted mismo piense de mí todas esas cosas antes de decidirme a decirle cosas contrarias a mi pensamiento y a lo que me ha llevado una meditación en la que, sin poner en juego, voluntariamente al menos, ningún motivo personal, he querido entender claramente la situación actual y mi propio deber.
Que todos en su casa estén bien. No habrán de estarlo mucho pensando en todos los peligros que usted va a correr próximamente. Muy cariñosos recuerdos de mamá y de Lidia. Besos de los hijos y un abrazo con el gran cariño invariable de
Manuel.

La empatía

Distancia o implicación emocional?
FERRÁN RAMON-CORTÉS
Publicado en El País Semanal, 18/07/2010;
Cuando nos cuentan un problema, a menudo nos debatimos entre mantenernos a cierta distancia o implicarnos emocionalmente. Lo apropiado es el término medio: la empatía.
Hace unos años, mi padre tuvo una grave enfermedad de corazón. La operación fue bien, pero una complicación pulmonar lo mantuvo durante más de un mes sedado en la UCI debatiéndose entre la vida y la muerte. Durante aquel largo mes, fuimos a visitarlo y a recibir el parte médico a diario.
Acudíamos al hospital con el corazón encogido y nos desesperábamos ante la frialdad del médico que, con explicaciones llenas de tecnicismos unas veces, o con la ausencia total de explicaciones otras, no nos daba ningún mensaje que nos reconfortara.
Lo comenté con una amiga que trabaja en un gran hospital, y me dio una explicación que tenía todo el sentido. “Se trata de una UCI posquirúrgica”, me dijo. “La mitad de los pacientes fallecen. Imagínate si los médicos se implicaran emocionalmente en cada caso. No podrían hacer su trabajo…”.
Tenía razón y lo acepté. Pero reconozco que aquella explicación no me solucionó nada. Yo seguía sintiéndome fatal ante la aséptica comunicación de un médico al que sabía un excelente profesional, pero muy lejano de nosotros.
Compartía a menudo mi desesperación con mis amigos, hasta que uno de ellos me dio la clave: “Es cierto que el médico no se puede implicar”, me confirmó. “Pero entre la implicación emocional y la distancia hay un camino intermedio: la empatía. Consiste en que él capte tu angustia y sea capaz de comunicarte que la percibe sin hacerla suya”.
“¿Cómo?”, pregunté. “Modulando su comunicación acorde con tu angustia”.
No tuve nunca el valor de pedírselo al médico. La suerte es que el cirujano jefe, al que podíamos ver semanalmente, sí lo entendía así, y sí se comunicó con nosotros haciéndose eco de nuestra angustia.
Cuando nos cuentan un problema, especialmente si lo hace un familiar o alguien muy cercano, es habitual que nos impliquemos emocionalmente. De hecho es lo que muchas veces se espera de nosotros. Sin embargo, implicarse emocionalmente en los conflictos de los demás no es bueno. En primer lugar, porque nos contagiamos de su estado de ánimo, con lo que, presos de las emociones, dejamos de ver objetivamente las cosas y perdemos la capacidad de ayudarles. Y en segundo lugar, porque si lo hacemos por sistema, acabaremos sufriendo un desgaste emocional que tendrá sus consecuencias en nuestra salud y en nuestro ánimo.
La implicación emocional en los problemas de los demás no es una buena manera de ayudarles. Sin embargo, mantener la distancia tampoco es la solución. Distanciarse de un conflicto que nos cuenta alguien nos convierte en personas frías, desinteresadas por los demás. Aunque sin duda es una actitud que nos protege emocionalmente, no ayuda en absoluto en la relación personal.
Hay una tercera vía: la empatía. Es una respuesta que conecta emocionalmente con el otro, sin que haya por nuestra parte un desgaste emocional, y sin que altere nuestra percepción o peligre nuestra objetividad.
Captar no es sentir
“La empatía representa la habilidad sensitiva de una persona para ver el mundo a través de la perspectiva del otro” (Sebastià Serrano)
Muchas veces he visto definida la empatía como “la capacidad de sentir lo que el otro siente”. Esta no es ciertamente la empatía que buscamos cuando nos enfrentamos a los problemas de los demás, porque el contagio del sentimiento –un hecho científicamente demostrado y que ocurre espontáneamente si no ponemos ciertas barreras– nos incapacitará para la ayuda. Sugiero una definición alternativa, que consiste en considerar la empatía como la capacidad de captar lo que el otro siente, y añado una coletilla fundamental: y de comunicarle que lo capto. Esta es la forma que tenemos de no resultar fríos y asépticos, y sin embargo no cargar con el peso emocional de los problemas ajenos.
Para desarrollar esta empatía son fundamentales dos cosas: en primer lugar, ser capaces de captar el estado emocional de los otros. Lo lograremos escuchando lo que nos dicen, pero sobre todo prestando atención a cómo nos lo cuentan. Para captar los sentimientos, el tono de la voz y las expresiones en lenguaje no verbal (la mirada, los gestos, la posición del cuerpo…) son más importantes que todo lo que la persona a la que escuchamos nos pueda decir. Debemos escuchar con los ojos.
Y en segundo lugar, hemos de ser capaces de comunicar al otro que captamos su sentimiento. Será la forma en que notará nuestra proximidad y se sentirá comprendido. Será también la forma en que saldremos de la frialdad que podría suponer no implicarnos en su problema.
Separando el pensar y el sentir. Tenemos muchas formas de hacerlo, algunas más explícitas que otras, pero lo fundamental será el modo en que interactuemos. La mejor forma de demostrarle que captamos su estado emocional será comunicarnos con él utilizando las palabras, el tono y los gestos adecuados a la situación que nos esté describiendo y a las emociones que esté sintiendo.
La empatía es enemiga de los juicios. No se basa en la razón, sino en la emoción. La vía de la empatía no contempla jamás la crítica, y precisa de la completa aceptación del otro en el momento psicológico en que se encuentre, sin prejuicio alguno, y dejando de lado nuestra opinión.
Hay quien construye verdaderas tesis escuchando a los demás. Quien busca constantemente las contradicciones y disfruta “pillando en falso” al otro. Y quien aprovecha la ocasión para aleccionar a los demás haciendo gala de principios éticos y comportamientos ejemplares. Todo ello está muy lejos de la escucha empática.
A través de la empatía no emitimos ninguna opinión. Nos limitamos a expresar al otro que captamos su sentimiento en toda su intensidad.
Cazadores al acecho. Hay gente que va por la vida con un gran gancho, mirando cómo engancharnos a la mínima. Quieren que nos impliquemos en sus problemas, en sus emociones, quieren que sintamos lo que sienten, que lo vivamos con ellos. Que les demos la razón y la aprobación de sus conductas. Si caemos en ello, estaremos siempre enganchados. Acudirán a nosotros sin tregua, generándose relaciones de dependencia. Seremos víctimas de una relación tóxica, que a nosotros nos resultará agotadora y a los demás los perpetuará en su falta de crecimiento.
Si les queremos ayudar de verdad, debemos abstenernos de caer en sus garras. Debemos evitar la implicación emocional y guardarnos muy mucho de darles sistemáticamente la razón. Lo que más les ayudará –aunque ellos busquen desesperadamente nuestra implicación– es que estemos emocionalmente a su lado, escuchándolos y comprendiéndolos, pero sin manifestar nuestra opinión.
Cuando nosotros necesitamos ayuda. Muchas veces seremos nosotros los que buscaremos a alguien a quien contar nuestros problemas. Cuando lo hagamos, no busquemos a quien resuelva o a quien sufra con nosotros el conflicto. Busquemos a quien nos pueda hacer de espejo, reflejándonos fielmente lo que sentimos. Quien nos deje expresarnos sin restricciones, ayudándonos así a que encontremos nosotros mismos las soluciones. Si no, los conflictos no nos ayudarán a crecer.
Habilidades para practicar la empatía
1. Escuchar. Lo que nos dicen y, sobre todo, lo que no nos dicen. Escuchar con los ojos.
2. Aceptar al otro. Sin juicios ni críticas.
3. Concretar. Preguntar por ejemplos concretos. No caer en generalidades.
4. Confrontar. Desenmascarar incongruencias. Facilitar la autocomprensión del otro.
5. Mantener la proximidad. Tener consciencia del momento presente. Captar las señales no verbales.
Libros que dan pistas
– ‘La elegancia del erizo’, de Muriel Barbery. Seix Barral, 2008.
– ‘Martes con mi viejo profesor’, de Mitch Albom. Maeva, 2000.
– ‘El dios de las pequeñas cosas’, de Arundhati Roy. Anagrama, 1998.
– ‘El señor Ibrahim y las flores del Corán’, de Eric-Emmanuel Schmitt. Obelisco, 2003.
– ‘La nieta del señor Linh’, de Philippe Claudel. Salamandra, 2006.

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