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El rei blanc de György Dragomán

El rei blanc. György Dragomán. Traducción de Dora Bacuz. Barcelona. La Magrana, 2010. 256 páginas. 19 euros.
Ajedrez a vida o muerte
El escritor rumano de origen húngaro György Dragomán retrata una sociedad corrompida y deshumanizada por décadas de dictadura con una singular poética de la rudeza
CECILIA DREYMÜLLER
Babelia, 13/03/2010;
Yata tiene once años cuando unos hombres en gabardina se llevan a su padre científico en una furgoneta. De esto hace ya meses, y en el colegio los chicos le dicen que nunca más lo volverá a ver porque está en el Canal del Danubio. El nombre de la obra faraónica nunca terminada de Ceausescu es sinónimo de terror en la Rumania de los años ochenta -donde se ubica esta turbadora, contundente novela- pues se asocia al trabajo forzado y la muerte segura. Yata se niega a creer a sus compañeros, pero desde que desapareció su padre la vida se ha convertido en un infierno para él y su madre. "La zorra judía", según su abuelo -el "camarada secretario de partido"-, tiene la culpa de la desgracia familiar, pues sigue empeñada en ignorar "qué buen país" les ha tocado vivir.
Este país, que en El rey blanco ni se nombra ni se define, y que, sin embargo, se concretiza de forma escalofriante a través de la nada inocente mirada del protagonista juvenil, es un país en el que los niños tienen tanto miedo de la escuela que prefieren saltar a una zanja de cuatro metros y romperse el tobillo antes de volver a clase. Es un país donde cualquier adulto les puede arrear un bofetón que los hace rodar por el suelo y donde el director del colegio amenaza con arrancarles la piel a tiras si en las celebraciones del 1 de mayo no estén todos cantando.
La infancia de Yata, este chico educado y espabilado que intenta desesperadamente suplir al hombre de la casa, es una continua lucha de supervivencia, en el sentido literal de la palabra. Y no sólo cuando durante los juegos, en el campo detrás del bloque de pisos, de repente se blanden cuchillos y vuelan bolsas de plástico con ladrillos dentro; en el mundo de los adultos tampoco rige ninguna ley, ni hay piedad: el entrenador de fútbol emplea una máquina con balón giratorio capaz de reventar la cabeza a los chicos; los envía al césped a parar balones cuando éste está contaminado de radioactividad (estamos en 1986 y las nubes traen de Chernóbil una carga mortal). Y, sin embargo, entrenan duro porque saben que si no ganan el partido, "Don Gica nos haría pedazos los tobillos con la barra de hierro".
No podía ser más oportuna la publicación en España de El rey blanco de György Dragomán -novela elogiadísima por la crítica internacional y traducida a diez idiomas- ya que coincide con el 20º aniversario de la caída del "conducator". Una caída que, significativamente, apenas se ha celebrado en Rumania, como se ha silenciado todo los relacionado con el paso del régimen comunista a la democracia, pues simplemente se repartieron el poder los antiguos compañeros de partido de Ceausescu. Hechos políticos no se tocan en la novela de Dragomán. Igual que la narrativa de Herta Müller, este inquietante libro compuesto de 18 relatos apunta hacia el efecto del terror cotidiano sobre el alma humana, y acomete el retrato de una sociedad corrompida y deshumanizada por décadas de régimen dictatorial.
Dragomán, criado, igual que Müller, en Rumania dentro de una represaliada minoría étnica, se sirve de medios narrativos más rotundos que la premio Nobel. Su hacha kafkiana para abrir el mar de hielo dentro de nosotros es ese argumento salvaje que arranca al lector desde la primera página de su acolchada realidad y lo planta en el reino del trastorno. La cantidad de escenas brutales y momentos de vileza y traición acumulados en la primera mitad de El rey blanco resulta casi insoportable. Pero Dragomán ha preparado concienzudamente su estrategia narrativa. Y en la segunda mitad se abre una trampilla en el controlado realismo descriptivo de su novela que conduce al campo abierto de la ficción, donde también se le ha reservado un apartado a la belleza y la imaginación: fantástica la escena de la visita a la casa-museo del embajador, donde Yata se enfrenta a una partida de ajedrez con un aterrador robot, mientras intentan violar a su madre. El niño no gana a la máquina, como su madre no vence al sistema, pero le roba el rey blanco, y los dos salen, maltrechos pero vivos, de la prueba. O la terrorífica batalla del campo de trigo, uno de los relatos más dramáticos, donde el autor despliega una espléndida fuerza épica.
Y así, con un ritmo asombrosamente seguro, un estupendo sentido de humor y de la mano de una singular poética de la rudeza, la historia de Yata avanza in crescendo hacia un emocionante y grotesco final. Quien afirma que la literatura contemporánea ya no produce libros sustanciales, veraces, hermosos no conoce las literaturas de los antiguos países del Este, y, sobre todo, no ha leído a György Dragomán. -Yata tiene 11 años cuando unos hombres en gabardina se llevan a su padre en una furgoneta. De esto hace ya meses, y en el colegio los chicos le dicen que nunca más lo volverá a ver porque está en el Canal del Danubio. El nombre de la obra faraónica nunca terminada del conducator Ceausescu es sinónimo de terror en la Rumania de los años ochenta -donde se ubica esta turbadora, contundente novela- pues se asocia al trabajo forzado y la muerte segura.
No podía ser más oportuna la publicación en España de El rey blanco, de György Dragomán -novela elogiadísima por la crítica internacional y traducida a 10 idiomas-, ya que coincide con el vigésimo aniversario de la caída del dictador. Una caída que, significativamente, apenas se ha celebrado en Rumania, como se ha silenciado todo lo relacionado con el paso del régimen comunista a la democracia; simplemente los antiguos compañeros de partido de Ceausescu se repartieron el poder. Hechos políticos no se tocan en la novela de Dragomán. Igual que en la narrativa de su compatriota Herta Müller, en este inquietante libro compuesto de 18 relatos se apunta hacia el efecto destructor del terror cotidiano, y su joven autor acomete el certero retrato de una sociedad corrompida y deshumanizada por décadas de régimen dictatorial.
Yata se niega a creer a sus compañeros, pero desde que desapareció su padre la vida se ha convertido en un infierno para él y su madre. "La zorra judía", según su abuelo -el "camarada secretario de partido"-, tiene la culpa de la desgracia familiar, pues sigue empeñada en ignorar "qué buen país" les ha tocado vivir. Ese país ni se nombra ni se define en El rey blanco, y, sin embargo, a través de la nada inocente mirada del protagonista juvenil, se concretiza de forma escalofriante. Es un país en el que los niños tienen tanto miedo de la escuela que prefieren saltar a una zanja de cuatro metros y romperse el tobillo, antes de volver a clase. Es un país donde cualquier adulto les puede arrear un bofetón que los hace rodar por el suelo, y donde el director del colegio amenaza con arrancarles la piel a tiras si en las celebraciones del 1 de Mayo no están todos cantando.
La infancia de Yata, este chico educado y espabilado que intenta desesperadamente suplir al hombre de la casa, es una continua lucha de supervivencia, en el sentido literal de la palabra. Y no sólo cuando durante los juegos, en el campo detrás del bloque de pisos, de repente se blanden cuchillos y vuelan bolsas de plástico con ladrillos dentro; en el mundo de los adultos tampoco rige ninguna ley, ni hay piedad: el entrenador de fútbol emplea una máquina con balón giratorio capaz de reventarles la cabeza a los chicos; los envía a entrenar al césped cuando éste está contaminado de radioactividad: estamos en 1986 y las nubes traen de Chernóbil su carga mortal. Y, no obstante, entrenan duro porque saben que si no ganan el partido, "don Gica nos haría pedazos los tobillos con la barra de hierro".
György Dragomán, criado, igual que Herta Müller, en Rumania dentro de una represaliada minoría étnica, se sirve de medios narrativos más rotundos que la premio Nobel. Su hacha kafkiana para abrir el mar de hielo dentro de nosotros es ese argumento salvaje que arranca al lector desde la primera página de su acolchada realidad y lo planta en el reino del trastorno. La cantidad de escenas brutales y momentos de vileza y traición acumulados en la primera mitad de El rey blanco resultan casi insoportables. Pero Dragomán ha preparado concienzudamente su estrategia narrativa: en la segunda mitad del libro se abre una trampilla en el controlado realismo descriptivo de su novela que conduce al campo abierto de la ficción. Y allí también se les ha reservado un apartado a la belleza y la imaginación: fantástica la escena de la visita a la casa-museo del embajador, donde Yata se enfrenta a una partida de ajedrez con un aterrador robot, mientras intentan violar a su madre. El niño no gana a la máquina, como su madre no vence al sistema, pero le roba el rey blanco, y los dos salen, maltrechos pero vivos, de la prueba.
E igualmente inolvidable resulta la terrorífica batalla del campo de trigo, uno de los relatos más dramáticos de El rey blanco, donde Dragomán despliega una espléndida fuerza épica. Y así, con un ritmo asombrosamente seguro, un estupendo sentido de humor y de la mano de una singular poética de la rudeza, la historia de Yata avanza in crescendo hacia un emocionante y grotesco final. Quién afirma que la literatura contemporánea ya no produce libros sustanciales, veraces, hermosos, no conoce las literaturas de los antiguos países del Este, y, sobre todo, no ha leído a György Dragomán.

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