20 sept 2012

La ética de la convicción/ Fernando García de Cortázar

La ética de la convicción/ Fernando García de Cortázar, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Deusto.
ABC | 19 de septiembre de 2012
EN «La colección invisible», uno de sus relatos más conmovedores, Stefan Zweig narró una historia ejemplar, en la que la firmeza de las ilusiones hacía frente a los azares del infortunio, y la voluntad de preservar el carácter resistía el asedio de las circunstancias. Cuando Alemania sufría la devastadora hiperinflación que siguió a la Gran Guerra, un anticuario berlinés fue a visitar a un viejo cliente, convencido de que encontraría en sus manos los valiosos grabados renacentistas que había adquirido en su establecimiento durante generaciones.

El anciano había atesorado, a lo largo de años de sacrificios ingratos, gusto delicado y pasmosa sensibilidad, una vasta colección de grabados de Rembrandt, Mantegna y Durero, testigos de una vida cuyo culto a la belleza tenía todos los rasgos de la fe en la permanencia de la verdad. La visita del anticuario no podía resultar más inoportuna para sus propósitos ni más embarazosa para quienes le recibieron. Aquel personaje absorto en la custodia de una de las mejores colecciones privadas de Alemania se había quedado ciego. No obstante, insistió en mostrar su colección a su antiguo proveedor. Le enorgullecía haberla mantenido intacta, defendiéndola contra las penalidades abatidas sobre su nación y sobre su salud. Justificaban toda una vida, sólidamente alzada contra la presuntuosa determinación de la adversidad. Avergonzada, la familia informó al visitante de la venta de todas las piezas, que habían ido siendo sustituidas por farsantes copias baratas, que ante la visión cancelada del propietario pasaban por auténticas. El anticuario aceptó la complicidad del engaño y felicitó calurosamente al anciano coleccionista, que iba narrándole de memoria el valioso contenido de su colección, con una precisión milimétrica que alojaba en sus recuerdos la exactitud que sólo posee lo verdadero. En el momento de la despedida, el comerciante envidió aquella serena preservación de una belleza saqueada, cuyo refugio se hallaba ahora en el irrevocable corazón de un hombre a solas.
He evocado muchas veces la corpulencia moral de este relato, escrito cuando Zweig había perdido aquel mundo de seguridad al que se refirió en sus memorias , y cuando, con otros hombres y mujeres, defendía la dignidad del ser humano en los instantes más atroces del pasado siglo. Nunca he creído que, para Zweig, aquel coleccionista ciego fuera un ingenuo engañado por sus familiares, sino un hombre convencido de que las ideas sobre las que había formado su carácter no estaban en venta. Nada importaba que otros pudieran hacerlas palidecer en unas negociaciones de trastienda. Nada importaba que otros pudieran sustituirlas por lo que, sin ser ellas mismas, disponían de la desalmada similitud de una falsificación.
No creo que esta soberbia metáfora sobre la rectitud moral pueda traerse a humo de pajas al comentar la retirada de una dirigente política cuyo nada frecuente encaje entre el pragmatismo del servicio público y la lealtad a unos principios ha superado la condición de un rasgo de su temperamento para convertirse en una definición de su carácter. Durante todos los años en que Esperanza Aguirre ha sido presidenta de la Comunidad de Madrid he podido estar de acuerdo o en desacuerdo con sus decisiones, he podido lamentar sus palabras o alegrarme por ellas, he podido sentirme alejado de su opinión o cercano a sus argumentos. Lo que nunca he sentido es vergüenza ajena, bochorno compartido o el sabor a pérdida que nunca provoca el desacuerdo, pero que siempre contiene el desengaño. Creo que es precisamente esa relación basada en la libertad de crítica, en la consideración exenta de prejuicios, en la valoración exigente de una conducta pública, la que me permite un elogio mal provisto para las adulaciones y una reflexión poco dispuesta a la farsante complacencia de las despedidas.
Esperanza Aguirre ha molestado a la práctica totalidad de sus adversarios y a no pocos de sus compañeros por una condición de su trayectoria poco frecuente en estos tiempos. Porque hay políticos para los que su mentirosa ética de la responsabilidad les sirve de desagüe para eliminar ideas que, con el cargo a cuestas, son sólo residuos de un maquillaje electoral. Y los hay que, rencorosamente alejados de cualquier espacio de poder adquirido por el voto de los ciudadanos, pretenden aleccionar con sus ilusorias y pulcras vaguedades de salón a quienes se sienten obligados a solucionar los problemas de los españoles. Esperanza Aguirre ha disgustado a muchos porque nunca ha creído que la ética de la responsabilidad y la ética de la convicción fueran alternativas entre las que el político debe escoger. Posiblemente, porque ese instinto que ni sus más acérrimos adversarios pueden negarle, le ha hecho comprender que su conducta se sostiene, con envidiable naturalidad, sobre ambas actitudes. Sus enemigos incansables han podido ver zafiedad donde se decían las cosas por su nombre, sorprendidos en un mundo en el que las palabras buscan con desolado empeño su correspondencia con las cosas. Sus detractores permanentes han pretendido encontrar la voracidad de una intrigante sin ideología, donde sólo se hallaba la defensa de unos principios que a Esperanza Aguirre nunca le pareció ni decoroso ni oportuno rebajar a la condición de un secreto de Estado.
Por ello, cuando planteó que el liberalismo solamente podría construir una identidad presentándose como alternativa a la socialdemocracia, y nunca como avergonzada rectificación de sus excesos, encolerizó a quienes creen que un proyecto político puede sostenerse desde la falta de confianza en su legitimidad. Por ello, cuando salió al paso de la insolvente arquitectura de nuestro Estado autonómico, indicando que su ineficacia había sido probada no sólo por la crisis actual, sino por el despilfarro de treinta años de ejercicio, despertó la animadversión de quienes apacientan sus clientelas al calor del presupuesto. Por ello, cuando señaló que España tiene que recobrar el pulso de una nación soberana, la inteligencia de una emoción compartida, la adhesión a un proyecto en el que conste el compromiso común de sus ciudadanos, se ganó la irritación de quienes, viendo desde la barrera los toros de esta fiesta desnacionalizadora, han conseguido que confundamos la rutina de una administración con la inspiración política de un sentido de Estado.
En las halagadoras arenas movedizas de una despedida, sobre las que han caminado incluso sus más febriles e impotentes enemigos, siempre se tratará de presentarla como la encarnación de una dirigente de exiguo valor de cambio, en un espacio político que se vacía por los agujeros de una falta de honestidad que se toma por corrección. Chesterton dijo en su Autobiografía:«Lo que me ha molestado toda la vida de los escépticos es su extraordinaria lentitud para llegar a una conclusión». Para muchos más de los que se piensa, Esperanza Aguirre será uno de esos escasos personajes, una de esas insólitas figuras en las que la vocación de gobierno nunca ha tenido que ver con la intransigencia del incrédulo, sino con la integridad del fidedigno. Su capacidad resolutiva no es el fruto de la estética de la exhibición, sino de la ética del deber. Posee una fuerza tranquila cuyo nervio carece de arrogancia y cuya cordialidad es ajena a la ligereza. Por todas estas razones, pertenece a esa raza casi extinguida de hombres y mujeres de Estado que, como recordaba su admirado Churchill, llevaban en su conducta la prueba infalible del liderazgo, y que hoy resaltan en la insoportable levedad de nuestro paisaje político.
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