9 ene 2026

El orden mundial hobbesiano de Trump/ Shlomo Ben Ami,

El mundo según Trump: ¿Respeto o miedo?

Lo que Shlomo Ben Ami desmenuza en su análisis para Project Syndicate es una realidad cruda: tras un año de su segundo mandato, Donald Trump ya no juega a esconderse. Su estrategia de "Estados Unidos Primero" dejó de ser aislacionista para convertirse en la actitud del dueño del vecindario. A Trump ya no le interesa ese viejo disfraz de "policía del mundo" que promueve la democracia; ahora es un negociador agresivo que solo mueve un dedo si hay un beneficio material, contante y sonante, de por medio.

Para el diplomático e historiador israelí, la señal es clara: el patio trasero vuelve a ser suyo.

Por años, Washington nos vendió la idea de que trataría a América Latina como un socio igualitario. Trump rompió ese pacto de tajo. Para él, nuestra región es su "esfera de influencia" y punto. No piensa tolerar que China siga ganando terreno; si los chinos levantan puertos en Perú o compran litio en Argentina, Trump lo siente como una invasión a su propiedad privada. Y como ya vimos, no tiene complejos en usar la fuerza para sacarlos.

Ben Ami pone el dedo en la llaga con el caso de Venezuela. Dice que a Trump no le quita el sueño liberar a los venezolanos de una dictadura. Si le importara la libertad, habría respaldado a los líderes que ganaron los votos, como María Corina Machado. Pero no fue así. Prefirió pactar con figuras que le aseguren las llaves del petróleo y los minerales. Al final, el mensaje es cínico pero directo: "No me importa quién mande, mientras el petróleo fluya para mis empresas y no para China".

Es la política del "dime qué tienes y te diré si me importas". Es casi un contrato de protección forzosa, y lo estamos viendo en todos lados:

En Ucrania: "Te doy una mano, pero me quedo con parte de tus ganancias minerales".

En Groenlandia: "Tienes las tierras raras que necesito para mis chips, así que te quiero anexar".

Es una visión donde los países pequeños dejan de ser naciones soberanas para convertirse en simples depósitos de recursos que alimentan la maquinaria estadounidense.

El problema de este juego es que es peligrosamente contagioso. Si Trump interviene en América Latina "porque es su zona", le está dando un cheque en blanco a Rusia para despedazar Ucrania o a China para tomar Taiwán bajo la misma lógica.

En resumen, dice Ben Ami estamos ante un cambio de época: pasamos de un mundo que —al menos en papel— respetaba las leyes, a uno que se mueve por el miedo y la conveniencia. Trump no busca que lo quieran, busca que nadie se atreva a decirle que no.

 El orden mundial hobbesiano de Trump/ Shlomo Ben Ami, a former Israeli foreign minister, is Vice President of the Toledo International Center for Peace and the author of Prophets without Honor: The 2000 Camp David Summit and the End of the Two-State Solution (Oxford University Press, 2022).

Project Syndicate, Viernes, 09/Ene/2026 

Transcurrido un año de su segundo mandato, Donald Trump se ha consolidado como el presidente estadounidense más revolucionario de la historia reciente. Si bien “Estados Unidos Primero” (America First) en algún momento parecía una postura aislacionista (sobre todo para la base MAGA de Trump), ahora está claro que abarca una visión hobbesiana del mundo, en la que un Estados Unidos poderoso obtiene lo que quiere de quienes considera débiles.

En el mundo que describe esta visión, es poco probable que Estados Unidos se enfrente militarmente a potencias que sean “pares”, como China, o a estados nucleares, como Rusia y Corea del Norte. Competirá con otras superpotencias por los recursos y las tecnologías avanzadas, para evitar que se vuelvan “más superpotencias” que Estados Unidos. Pero, en su mayor parte, Trump probablemente limitará su participación en sus “esferas de influencia” -siempre y cuando se mantengan al margen de lo que él considera que es de Estados Unidos.

Pero, a los ojos de Trump, no es lo que están haciendo; la presencia de China en América Latina se considera cada vez más una amenaza estratégica. Ha invertido miles de millones de dólares en Brasil, ha incorporado a Colombia a su iniciativa global “Un Cinturón, Una Ruta” y ha invertido profusamente en la producción argentina de cloruro de litio, un componente clave en la fabricación de baterías. China también ha sustituido a los exportadores estadounidenses de soja al duplicar sus compras a Brasil (hasta 50.000 millones de dólares), país al que también le compra mineral de hierro, y ha convertido el puerto de Chancay, en Perú, en el centro neurálgico de su logística física en la región. Su comercio electrónico con América Latina también se disparó en torno a un 50% en 2025, al mismo tiempo que ha vinculado la infraestructura digital a los objetivos de China en materia de soberanía de datos, control de la ciberseguridad y expansión de su capacidad de vigilancia. Por si fuera poco, China también ha ampliado significativamente su presencia militar en todo el continente mediante la venta de armas, programas de capacitación y alianzas estratégicas, en particular con Venezuela.

La opinión de que la presencia de China en América Latina es una amenaza para Estados Unidos se basa en una idea de larga data. La Doctrina Monroe de 1823 estableció efectivamente el dominio de Estados Unidos sobre el hemisferio occidental, afirmando que cualquier intervención extranjera en el continente americano se consideraría un acto hostil. Desde entonces, casi un tercio de las cerca de 400 intervenciones estadounidenses que han tenido lugar en todo el mundo se produjeron en América Latina, donde Estados Unidos ha derrocado gobiernos que consideraba desfavorables a sus intereses, a menudo utilizando tácticas que los tribunales internacionales posteriormente declararon ilegales.

En 2013, el secretario de Estado del presidente Barack Obama, John Kerry, anunció que la “era de la Doctrina Monroe” había terminado: Estados Unidos trataría a América Latina como un socio, en lugar de como una esfera de influencia. Pero esa postura ahora se ha revertido: en su Estrategia de Seguridad Nacional (NSS) de 2025, la administración Trump se comprometió a “reafirmar y hacer cumplir” la Doctrina Monroe. El escenario para el reciente ataque de Estados Unidos a Venezuela y el arresto de su presidente, Nicolás Maduro, ya estaba dado.

Maduro era un dictador que robó las elecciones presidenciales de 2024, diezmó la economía venezolana y violó los derechos humanos de su pueblo. Pero la intervención estadounidense tuvo poco que ver con “liberar” a Venezuela de la “tiranía” de Maduro. Según esa lógica, hay muchos más dictadores a los que Estados Unidos tendría que derrocar, pero Trump está más interesado en amenazar con anexar Groenlandia.

Trump ni siquiera está particularmente interesado en un cambio de régimen en Venezuela. Dos líderes de la oposición, Edmundo González y la premio Nobel de la Paz María Corina Machado han ganado las elecciones, pero la administración Trump se ha negado a dejar que ninguno de los dos asuma el poder. Es de suponer que los considera demasiado débiles y liberales para servir como lacayos eficaces. En su lugar, la vicepresidenta de Maduro, Delcy Rodríguez -cuya amplia experiencia en doblegarse ante China y Rusia puede presumiblemente transferirse a Estados Unidos- ha asumido el cargo de presidenta interina.

Si bien la NSS no menciona a Venezuela, no deja lugar a dudas sobre las intenciones de Trump en el país. Estados Unidos, afirma, no permitirá que “competidores no hemisféricos” “posicionen fuerzas u otras capacidades amenazantes, ni que posean o controlen activos estratégicamente vitales en nuestro hemisferio”. En otras palabras, Trump quiere asegurarse que Estados Unidos, y no sus adversarios, controle los vastos recursos de Venezuela, empezando por las mayores reservas de petróleo del mundo.

Hasta ahora, China ha representado alrededor del 80% de las ventas de petróleo anuales de Venezuela. Entre los compradores del 20% restante, vendido a precios reducidos, se encuentra Cuba, que ha sido una espina clavada para Estados Unidos desde 1959. La toma de control de la industria petrolera venezolana por parte de Estados Unidos ofrece, por lo tanto, múltiples ventajas: oportunidades para las empresas petroleras estadounidenses, la privación de una fuente de energía para China y el debilitamiento de la ya maltrecha economía cubana.

Sin duda, a Trump le encantaría ser el presidente estadounidense que finalmente derroque al régimen cubano, sobre todo porque le reportaría muchos puntos políticos entre la numerosa comunidad cubana de Estados Unidos. El secretario de Estado, Marco Rubio, ha insinuado que Trump podría incluso apuntar directamente a Cuba. (El presidente de izquierda de Colombia, Gustavo Petro, también ha recibido amenazas de la administración Trump, debido a sus duras críticas a sus intervenciones en América Latina).

Más allá del petróleo, Venezuela podría poseer importantes reservas de minerales críticos, incluidos elementos de tierras raras, que son vitales para numerosas industrias de alta tecnología, como la de semiconductores. Controlar estas reservas le permitiría a Estados Unidos erosionar el dominio chino sobre las cadenas de suministro de minerales críticos.

La obsesión de Trump por apoderarse de la riqueza mineral de otros países -esencial, en su opinión, para mantener la hegemonía industrial de Estados Unidos- va mucho más allá de Venezuela. El año pasado, Estados Unidos obligó a Ucrania a firmar un acuerdo para compartir los beneficios de la futura venta de sus reservas de minerales y energía, supuestamente para reembolsar a Estados Unidos por apoyar la defensa de Ucrania. Groenlandia está en el punto de mira de Trump porque tiene las mayores reservas sin explotar de elementos de tierras raras del mundo.

Trump afirma que Estados Unidos está proyectando fuerza para que se lo “respete de nuevo”. Y muchos líderes están dispuestos a seguirle el juego, con la esperanza de sacar algún rédito. El presidente de derecha de Argentina, Javier Milei -que debe su victoria en las elecciones intermedias del año pasado a un rescate de 40.000 millones de dólares estadounidenses-, aplaudió el ataque de Estados Unidos a Venezuela, al igual que los líderes de Chile, Ecuador y Honduras. Los partidos “patriotas” de extrema derecha de Europa, que la NSS elogia, también acogieron con beneplácito la medida.

Sin embargo, a esta altura debería quedar claro que no se puede confiar en Trump. Los aliados europeos de Estados Unidos finalmente están aceptando esta realidad, en tanto enfrentan la posibilidad de tener que defender a Groenlandia de Estados Unidos. Lo mismo ocurre con Machado, que dedicó su Premio Nobel de la Paz a Trump, con la esperanza de que derrocara al régimen de Maduro y le permitiera tomar el poder, solo para luego ser marginada. El miedo, el odio y la desconfianza no equivalen al respeto.

Con la operación en Venezuela, Trump ha invitado abiertamente a China a invadir Taiwán, a la vez que justifica la invasión de Ucrania por parte de Rusia. También ha sentado las bases para más acciones militares ilegales de Estados Unidos en América Latina y otras partes. Si el mundo quiere evitar el amanecer de una nueva era hobbesiana en las relaciones internacionales, las condenas no serán suficientes. Las grandes potencias emergentes -como Alemania, India y Japón- deben trabajar juntas para afirmar y hacer cumplir las normas de conducta.


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