5 may 2026

Discurso de Sheinbaum en el 164 Aniversario de la Batalla de Puebla

Mensaje de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo en el 164 Aniversario de la Batalla de Puebla

5 mayo, 2026

PRESIDENTA DE MÉXICO, CLAUDIA SHEINBAUM PARDO: Doctor Alejandro Armenta Mier, gobernador constitucional del estado de Puebla.

General Ricardo Trevilla Trejo, secretario de la Defensa Nacional.

Almirante Raymundo Pedro Morales Ángeles, secretario de Marina.

Licenciado Hugo Ortiz Aguilar, ministro presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

Senadora Laura Itzel Castillo Juárez, presidenta de la Mesa Directiva de la Cámara de Senadores.

A todas y a todos, mexicanas y mexicanos:

Nunca olvidemos que la independencia de México ha sido construida con el heroísmo de un pueblo que la ha conquistado una y otra vez.

Está escrita con dolor, sacrificio y con la voluntad inquebrantable de generaciones que se negaron a ceder su destino.

Nunca olvidemos que nuestra historia está marcada por la resistencia frente a las invasiones extranjeras y también por las traiciones internas de quienes, desde el conservadurismo, han apostado por someter al pueblo y entregar a la patria.

Antes de la gloriosa Batalla de Puebla del 5 de Mayo de 1862, que hoy conmemoramos con orgullo, México había sido puesto a prueba una y otra vez.

Nuestra joven República enfrentó constantes intentos de intervención, por parte de potencias extranjeras posteriores a la consumación de la independencia de 1821.

Por cierto, para muchos de los sesudos juristas, que hoy abundan, los argumentos para las invasiones se sostuvieron, en todos los casos, en supuestos jurídicos desde la perspectiva del invasor.

Así ocurrió en 1829, cuando, argumentando que “México seguía siendo parte de la Corona española”, el General Isidro Barradas intentó invadir nuestro país.

Apenas superada esa amenaza, fue de abril de 1838 a marzo de 1839, con motivo de unas demandas judiciales de empresarios franceses por daños a sus negocios —entre ellas, la de un repostero que exigía reparación por 60 mil pesos por consumo de pasteles—, que Francia bloqueó el pueblo de Veracruz y exigió el pago de 600 mil pesos. Sobre este supuesto que rayaba en lo absurdo, se justificó la llamada “Guerra de los Pasteles”.

Desde entonces fue evidente que no era un conflicto por deudas, era la ambición de un imperio decidido a aprovechar la fragilidad de una nación naciente.

Esa misma lógica se repitió en 1846 cuando, bajo la doctrina del Destino Manifiesto, Estados Unidos invadió México, provocando la dolorosa pérdida de más de la mitad del territorio nacional.

Recordemos también, hagamos memoria, que, en defensa de los fueros y privilegios provenientes de la Colonia, los conservadores se levantaron en armas contra la Constitución de 1857 y las Leyes de Reforma.

Del 17 de diciembre de 1857 al 11 de enero de 1861, vivimos la Guerra de Reforma.

Tras el triunfo liberal en la Guerra de Reforma, Benito Juárez asumió la Presidencia después de una elección, en 1861, en medio de una profunda crisis económica, sin recursos y con una deuda externa enorme.

Ante esta situación, tomó una decisión difícil, pero necesaria bajo su consideración: suspender temporalmente el pago de la deuda externa para proteger a la nación. Esta medida provocó la reacción de potencias extranjeras. España, Inglaterra y Francia enviaron tropas, amenazando nuevamente nuestra soberanía.

Juárez decide abolir el Decreto de no pago para proteger la soberanía. Pero, aun así, habiendo abolido ese Decreto, llegan a Veracruz embarcaciones de los tres países.

Se justificaba la invasión, de acuerdo con estas potencias: “por la deuda que México tenía con ellas”.

Juárez logra, mediante la diplomacia, evitar la invasión de España e Inglaterra. Sin embargo, Francia, impulsada por el proyecto expansionista de Napoleón III, decidió intervenir.

Por cierto, entre las reclamaciones de Francia, estaba el pago de intereses abusivos de la casa de Banco Jecker, que le había dado préstamos leoninos al bando conservador durante la Guerra de Reforma.

Así el ejército francés, considerado entonces “el más poderoso del mundo”, avanzó sobre territorio mexicano.

Frente a esa fuerza, el 5 de mayo de 1862 aquí, en Puebla, un ejército compuesto en gran medida por hombres del pueblo, entre ellos indígenas zacapoaxtlas, logró lo que parecía imposible: derrotarlo.

El General que llevó a cabo esta heroica misión fue Ignacio Zaragoza.

Zaragoza había nacido un 24 de marzo de 1829, en Bahía del Espíritu Santo, en Coahuila, cuando Texas aún formaba parte de este Estado mexicano.

Apenas unos años después, en 1836, siendo todavía un niño de 7 u 8 años, Texas se separa de México; sin embargo, Zaragoza continúa sintiéndose profundamente mexicano.

Con ese sentido de identidad, en 1853 se inscribe en la Guardia Nacional e inicia su carrera militar.

Durante la Guerra de Reforma lucha del lado liberal contra los conservadores y participa en distintas batallas; entre ellas, la de Calpulalpan, en el Estado de México, el 22 de diciembre de 1860, donde las Fuerzas Liberales triunfan y derrotan definitivamente al bando conservador.

Gracias a su trayectoria, Zaragoza llega a ser, aunque por poco tiempo, secretario de Guerra y Marina del presidente Benito Juárez.

Ante la inminente invasión francesa, Juárez lo nombra comandante del Ejército de Oriente, encargándole la defensa del país.

Las palabras de Zaragoza a su Ejército, el 4 de mayo, resuenan en este lugar histórico. Dice su escrito:

Soldados: Os habéis portado como héroes combatiendo por la Reforma; vuestros esfuerzos han sido coronados siempre del mejor éxito, y no una sino infinitas veces habéis hecho doblar la cerviz a vuestros adversarios. Loma Alta, Silao, Guadalajara, Calpulalpan, son nombres que habéis eternizado con vuestros triunfos.

Decía Zaragoza, un día antes de la Batalla de Puebla, a su ejército.

Pues, hoy —les dijo— vais a pelear por un objeto sagrado: vais a pelear por la patria. Y yo —decía Zaragoza— me prometo que en la presente jornada la conquistaréis. Será un día de gloria.

Nuestros enemigos —les dijo a ese Ejército— son los primeros soldados del mundo. Pero ustedes son los mejores hijos de México. Ellos quieren arrebatar vuestra patria.

Soldados: veo en vuestra frente la victoria y la fe.

Y dijo entonces: ¡Viva la independencia nacional! ¡Viva la patria!

Este extraordinario mexicano fallece unos meses después por enfermedad. Ya no conoció que, después del triunfo de la Batalla de Puebla, los franceses se fortalecieron.

En septiembre y octubre de 1862 desembarcaron más tropas francesas en Veracruz que —por cierto, pocos lo saben—, unidos al contingente de mexicanos monarquistas, alcanzaron en junio de 1863, la Ciudad de México.

El pueblo de México resistió una vez más, aquí, en Puebla. Fueron 62 días de sitio que González Ortega y Comonfort lograron resistir aquí, en este lugar, un año después de la derrota del ejército francés.

No hay que olvidar, mexicanas y mexicanos, que un sector de los conservadores, tradicional enemigo de todo cambio y que han existido en las sociedades de todos los tiempos, promovió la invasión francesa y aplaudió la llegada del ejército francés a la Ciudad de México.

Su objetivo era que en México se instalara una monarquía y no una república. Su argumento, desde la Independencia, fue que “el fracaso del primer imperio de Iturbide había sido porque éste último no estaba preparado, ni tenía el linaje de un verdadero príncipe”; “no había nacido para gobernar”, decían.

Por eso había que establecer una monarquía de verdad, con una auténtica persona de linaje y como aquí no existía, había que importarlo de Europa.

Nunca pensaron que Iturbide fue derrocado porque había traicionado al coronarse como emperador y por eso perdió el poder.

Es así que, los conservadores de entonces ―como decíamos―, celebraron la llegada del ejército francés a la Ciudad de México en junio de 1963.

Y ante la duda de “¿quién debía gobernar?”, buscaron a Napoleón III para solicitarle que mandara México a un verdadero príncipe.

Fue así que, en octubre de 1863, una comisión formada por un representante de la Iglesia, el sacerdote Francisco Javier Miranda; un militar, el General Adrián Woll; y un grupo de conservadores clericales, encabezados por José María Gutiérrez de Estrada, entre los cuales estaban José Manuel Hidalgo, Joaquín Velázquez de León, Ignacio Aguilar y Marocho, y tres conservadores más, fueron a buscar a Maximiliano de Habsburgo.

En el discurso de ofrecimiento, Gutiérrez de Estrada manifestó que “la Comisión hablaba en nombre del pueblo de México, que nada añoraba más ―según ellos―, el pueblo, que la paz que solo podía lograrse con el establecimiento de la monarquía”.

Es decir, estaban de acuerdo con lo que decía Napoleón III: “el imperio es la paz”.

Como todos sabemos, previo a la llegada de los franceses a la Ciudad de México, el presidente Juárez partió hacia el norte.

Juárez y los republicanos tenían fe en que tarde o temprano la resistencia nacional vencería a los soldados de Francia.

El Ejército Republicano no volvió a hacer frente al ejército invasor con combates totales, sino en forma de guerrillas.

Ante el retroceso temporal de los soldados mexicanos, los generales franceses creyeron estar cerca del dominio total del país. Sin embargo, la estrategia del Ejército Nacional, liberal republicano, apoyado por el pueblo, mantuvo en jaque a los invasores, fatigando a sus elementos en una lucha que parecía inacabable.

Son muchas las historias de aquella época de mujeres, de hombres que impedían al ejército invasor estar en paz.

Mantener al emperador Maximiliano resultó cada vez más oneroso para Napoleón III.

Es así que Juárez y los liberales mexicanos, junto con el pueblo raso, triunfan.

Juárez regresó a la capital del país.

Ese día, en un discurso histórico, el presidente Juárez le respondió al dicho de Napoleón III. Napoleón III decía: “el imperio es la paz”.

Juárez contestó con su famosa frase: “el respeto al derecho ajeno es la paz”.

Cuando hay momentos difíciles en la vida de los pueblos, siempre hay que recordar la historia y en todo momento hay que recurrir al gigante Juárez; un gigante que defendió a su pueblo, la libertad, la República y la independencia.

Pero también hay que recordar el papel de los conservadores del siglo XIX en los momentos más difíciles de la historia.

A esos que buscan la intervención extranjera en México, a los que hoy se vanaglorian y defienden la injerencia, a los que aplauden a las televisoras extranjeras cuando hablan mal de México; a ellos les decimos, con verdad y justicia: que quienes buscan el apoyo externo por no tener apoyo popular en nuestro país están destinados a la derrota.

A quienes reviven la Conquista como salvación, les decimos: están destinados a la derrota.

A quienes creen que el pueblo es tonto: están destinados a la derrota.

Quienes buscan reivindicar a Hernán Cortés y sus atrocidades: están destinados a la derrota.

A quienes odian: están destinados a la derrota moral.

A quienes piensan que la Presidenta se arrodilla: están destinados a la derrota.

ASISTENTES: ¡Presidenta! ¡Presidenta! ¡Presidenta!

CLAUDIA SHEINBAUM: Así, recordando al gran Benito Juárez, tras el triunfo de la República sobre el Segundo Imperio Mexicano, dijo: “el triunfo de la reacción es moralmente imposible”.

A nuestros vecinos, a Estados Unidos, le decimos: Recordemos el gran momento de relación entre Juárez y Lincoln. El reconocimiento de la República y el apoyo a Juárez es de las acciones más loables de nuestra histórica relación.

Pero también, a cualquier gobierno extranjero somos claros y contundentes: la historia nos dice que el pueblo de México no se equivoca cuando se trata de defender la soberanía nacional.

Las y los mexicanos aprendimos bien la lección que nos dieron los liberales, los chinacos, los juaristas, los zacapoaxtlas, que resistieron la invasión en 1862: ninguna potencia extranjera nos va a decir a los mexicanos cómo nos gobernamos.

Somos libres, como los indígenas que partieron a las montañas durante la Conquista para conservar su derecho a organizarse como ellos decidieran.

Somos un pueblo que ama su libertad, su independencia, su soberanía, y estamos dispuestos siempre a defenderla.

La libertad y la independencia son justicia y soberanía.

Mexicanas y mexicanos:

Vivimos tiempos extraordinarios.

No olvidemos nunca que el camino siempre está marcado por la honestidad, por el amor al pueblo y por el amor a la patria, a la independencia, a la libertad y a la soberanía.

Y lo digo con orgullo, nunca se nos olvida.

Tengo presente siempre los momentos difíciles de nuestra historia.

Tengo presente siempre a los grandiosos héroes y heroínas de la patria, desde los Niños Héroes hasta el gran Ignacio Zaragoza.

Y como decía Benito Juárez: “el respeto al derecho ajeno es la paz”.

Cada embate, cada herida, ha fortalecido el espíritu de este pueblo, del pueblo de México decidido a ser siempre libre.

Nada puede estar por encima de la soberanía y de los intereses del pueblo de México.

Mexicanas y mexicanos:

Recordemos siempre, como nos enseñó Vicente Guerrero, que “la patria es primero”.

¡Viva el General Ignacio Zaragoza!

ASISTENTES: ¡Viva!

CLAUDIA SHEINBAUM PARDO: ¡Viva Benito Juárez García!

ASISTENTES: ¡Viva!

CLAUDIA SHEINBAUM: ¡Viva el heroico pueblo de México!

ASISTENTES: ¡Viva!

CLAUDIA SHEINBAUM: ¡Viva la heroica Batalla de Puebla!

ASISTENTES: ¡Viva!

CLAUDIA SHEINBAUM PARDO: ¡Viva México!

ASISTENTES: ¡Viva!

 CLAUDIA SHEINBAUM PARDO: ¡Viva México!

ASISTENTES: ¡Viva!

 CLAUDIA SHEINBAUM PARDO: ¡Viva México!

ASISTENTES: ¡Viva!

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