30 may 2026

El derecho a no perder/Ana Laura Magaloni Kerpel

El derecho a no perder/Ana Laura Magaloni Kerpel 

REFORMA, 30 mayo 2026;

La democracia electoral no consiste sólo en organizar y celebrar elecciones. Más bien, consiste en algo mucho más exigente: que quien detenta el poder esté dispuesto a dejarlo si pierde en las urnas. Esa es la verdadera prueba democrática. Todo lo demás -campañas, debates, propaganda, encuestas- es accesorio frente a esa regla elemental.

Quien detenta el poder siempre compite electoralmente con ventaja, pues controla el aparato del Estado: tiene capacidad de inteligencia, recursos, presencia territorial, fuerza pública, poder de presión y de influencia. Nunca hay una cancha perfectamente pareja, ni en las democracias más consolidadas. Lo que sí existe es algo más modesto pero decisivo: que a pesar de esa desigualdad inevitable, el partido en el poder que pierde se va. Por eso las reglas electorales son sagradas. No regulan solamente la competencia política. Regulan también y sobre todo el mecanismo civilizatorio mediante el cual una sociedad decide periódicamente quién manda sin recurrir a la fuerza.

La iniciativa de Monreal para anular elecciones por "intervención o injerencia extranjera" merece una reflexión profunda. Todo país tiene derecho a proteger su soberanía. Más aún un país como México, cuya relación con Estados Unidos ha estado marcada por intervenciones, presiones y asimetrías históricas. El riesgo que representa Donald Trump es real: un líder impulsivo y nacionalista que ha convertido a México en pieza funcional de su narrativa política. Es perfectamente imaginable un escenario en que Washington adopte decisiones con impacto directo sobre el clima electoral mexicano: una incursión militar unilateral contra grupos criminales, una escalada arancelaria, la filtración de información sensible, más acusaciones penales contra figuras políticas. Todo eso podría alterar la percepción e inclusive las preferencias electorales de la ciudadanía. Pero anular una elección por lo que haga Trump es darnos un balazo en el pie.

Las elecciones nunca ocurren en condiciones asépticas. Hoy, las elecciones suceden en contextos de polarización social, desinformación digital, erosión de la confianza en las instituciones, fragmentación de los sistemas de partidos y un profundo reacomodo del orden internacional. Es muy importante aprender a generar las condiciones electorales que permitan que la sociedad procese políticamente esos acontecimientos, internos y externos, a través del voto. Es cierto, México enfrenta una relación crecientemente frágil y conflictiva con Estados Unidos. Pero también es cierto que parte de nuestra vulnerabilidad no proviene de Washington, sino de nuestras propias fracturas internas. La crisis de seguridad, la debilidad territorial del Estado, los nexos entre la clase política y el crimen organizado son responsabilidad nuestra. Morena teme con razón al intervencionismo estadounidense, pero también teme al impacto electoral que esas debilidades podrían tener en una elección. Es imposible separar una cosa de la otra.

El jueves, la Cámara de Diputados aprobó la reforma que propuso Monreal al artículo 41 de la Constitución para adicionar una cuarta causal de nulidad de una elección: la intervención extranjera. Ayer la aprobó también el Senado y al menos 17 legislaturas locales, con lo que la adición al artículo 41 quedará escrita en nuestra Constitución. Sin embargo, la ley secundaria que presentó Monreal, la cual regulaba de forma extraordinariamente genérica esa causal de nulidad, no se podrá aprobar en este periodo de sesiones. Sin ley secundaria, la nueva causal de nulidad no debería ser utilizada en la elección del 2027. Sin embargo, el TEPJF hace tiempo dejó de ser un árbitro técnico e independiente como para garantizar que ello sea así.

Lo que me parece muy importante es no dejar de ver que, cuando quien detenta el poder modifica y flexibiliza las reglas bajo las cuales aceptaría su derrota en las urnas, está alterando el núcleo duro del pacto democrático: el voto, y sólo el voto, decide quién gobierna. Cuando esa regla se debilita, la democracia electoral pierde y todos nosotros también perdemos.

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