La marcha de ayer en contra de Maru Campos…
Por Fred Alvarez Palafox
@fredalvarez
El sol de Chihuahua no solo calienta el pavimento; revuelve las entrañas de una entidad fracturada. Lo que la dirigencia nacional de Morena calificó con entusiasmo como una “insurgencia ciudadana” en defensa de la soberanía, terminó desnudando sobre el asfalto la delgada línea que separa a la indignación auténtica del añejo manual de la movilización estructurada,.
La fricción de la jornada se sintió desde temprano en el aeropuerto de la capital, donde la cúpula morenista no encontró el cobijo del aplauso norteño, sino un ruidoso muro de reclamos locales. ¿Qué pasó con el comité de recepción que suele operar en estos casos? ¿Falló la logística o, simplemente, los dejaron solos? Ahí se encendieron los focos rojos: horas antes, numerosos camiones habían sido retenidos en los accesos antes de poder llegar a la capital..
Horas más tarde, a las 16:50 horas, el contingente finalmente inició su avance desde la emblemática Glorieta a Pancho Villa.
A la cabeza del grupo, la presencia de Ariadna Montiel y Andrés Manuel López Beltrán dejó en claro que no se trataba de un mitin improvisado, sino del desembarco del aparato central en el indómito norte. Estuvieron acompañados por figuras locales como el alcalde de Juárez, Cruz Pérez Cuéllar; la senadora con licencia Andrea Chávez Treviño, y Brighite Granados de la Rosa, presidenta estatal del partido. Sin embargo, el peso del presídium no logró ocultar los vacíos en el asfalto chihuahuense: hicieron falta los gobernadores y legisladores federales. Destacaron ausencias como la de Adán Augusto López —quien prefirió ir a una fiesta de los Yunes en Veracruz a tocar la marimba— y la de Fernández Noroña, que al final se rajó. Esas y otras promesas rotas de asistencia terminaron por reducir el anunciado frente nacional a una comitiva muy específica.
La crónica humana de esta jornada se leyó en el vivo contraste de sus rostros. Por un lado, marchaba la legítima convicción de las bases bajo el rigor del clima; por el otro, se hacía evidente el cansancio de contingentes enteros, incluidos representantes de los pueblos rarámuris trasladados desde la sierra, quienes avanzaban con el paso lento propio del traslado masivo, algunos de ellos sin comprender con precisión el motivo exacto de su presencia.
Esta movilización se topó con una auténtica guerra de trincheras logísticas, donde el gobierno de María Eugenia Campos utilizó la obra pública y los bloqueos de transportistas en Delicias como barricada defensiva, mientras que Morena empleó el aparato de transporte masivo como ariete político.
Al caer la tarde frente al Palacio de Gobierno, el eco del “Fuera Maru” chocó contra la habitual danza de los números. Mientras los organizadores y la dirigencia de Morena reportaron una asistencia de 20 mil personas, las autoridades locales estimaron la participación en apenas cerca de 2 mil asistentes; ambas realidades quedaron sumamente lejos de los 200 mil manifestantes que auguraban los voceros en los días previos.
Ante el despliegue, la gobernadora Campos eludió la confrontación directa y prefirió responder desde la identidad histórica, evocando la célebre obra Crónica de un País Bárbaro de Fernando Jordán para advertir que el temple chihuahuense se define por su resistencia inquebrantable ante los problemas artificiales creados con torpeza.
Al diluirse el mitin, queda en el aire una pregunta incómoda: si la causa penal y soberana por la supuesta intromisión de agentes extranjeros en la Tarahumara tiene suficiente peso jurídico y legitimidad social, ¿por qué el partido en el poder necesita recurrir al costoso diseño de la movilización forzada para validarlo en las calles?
Chihuahua hoy nos recuerda que, cuando las maquinarias partidistas devoran las causas civiles, la autenticidad suele quedarse varada en la carretera.
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