16 jun 2026

Entre libros, memorias y el recuerdo de don Guillermo, "El Gordo" Ramírez

 Noche inolvidable: 

Entre libros, memorias y el recuerdo de don Guillermo, "El Gordo" Ramírez

Por Fred Alvarez Palafox..

Ayer tuve el privilegio de cruzar el umbral de la librería Rosario Castellanos del Fondo de Cultura Económica (FCE); no para buscar títulos entre sus estantes, sino para reencontrarme con la memoria. Allí, arropado por la complicidad de amigos y familia, asistí a la proyección del documental de Juan Prieto que rinde homenaje a la vida del gran economista y profesor normalista: Guillermo "El Gordo" Ramírez Hernández (1936–2023).

Más que una simple función, fue una ceremonia de afectos; una forma de celebrar, entre luces y penumbras, una existencia y un legado que han dejado una huella indeleble en quienes tuvimos la fortuna de conocerlo.

El encuentro, entrañable y necesario, nos regaló noventa minutos de vida compartida. Convocados por su esposa, Graciela, y sus hijos —Memo, Ricardo y Nashieli—, el acto se convirtió en un refugio contra el olvido, un espacio colmado de calidez donde también se honró la presencia, siempre viva, de su hija Graciela, quien partió hace apenas unos meses.

Don Guillermo no fue solo un economista de altos vuelos; fue, ante todo, un constructor de conciencias. Su labor en las aulas, como profesor y director de la Facultad de Economía de la UNAM, marcó a generaciones que hoy reconocen su magisterio. Recordarlo es repasar una vida forjada en la cultura del esfuerzo: hijo de una costurera, comenzó su camino como maestro de primaria, una vocación de servicio que nunca abandonó. Su trayectoria fue una pieza sólida y coherente: desde su participación en el movimiento magisterial de Othón Salazar hasta su paso por la administración pública —incluyendo su gestión en el FCE —, culminando con la merecida distinción de profesor emérito.

Tuve la fortuna de visitar su casa en Copilco, gracias a la amistad con Memo, y de compartir una tarde memorables en su refugio de Tlaxco, Tlaxcala. Ayer me conmovió escuchar cómo "El Gordo" construyó ese paraíso con sus propias manos para habitar los fines de semana. Allí, entre conversaciones, atesoré la oportunidad que tuve de convivir con el poeta nayarita Alí Chumacero, con quien don Guillermo cultivó una amistad entrañable.

El documental resultó un recorrido fascinante por la arquitectura de una vida. Desde sus años como alumno en la Normal de Maestros, forjando el temple entre las enseñanzas de Narciso Bassols y Jesús Silva Herzog, hasta el refinamiento de su formación en Georgetown y la American University, el camino de Ramírez Hernández fue el de una curiosidad insaciable.

Él nunca habitó dogmas ajenos, fue un hombre  de izquierda... Edificó una postura crítica que le permitió dialogar con los grandes centros de pensamiento del mundo sin desprenderse jamás del pulso de nuestra realidad mexicana. Fue precisamente esa mirada humanista la que imprimió a su gestión en el Fondo; allí, en el rigor de las prensas y la selección de cada título, entendió lo que pocos comprenden: que editar libros es, en esencia, sembrar futuro.

Escuchar los testimonios de sus compañeros de la Normal, como Andrés Ochoa y Ramón Oviedo, así como las palabras de amigos entrañables —Joel Ortega, Óscar Levin, David Ibarra, Adolfo Oribe, Arturo Bouzas y Eduardo García, entre otros—, reafirmó lo que muchos sabíamos: don Guillermo fue un hombre que vivió con la pluma en la mano y la responsabilidad social en el pensamiento. Nos dejó la certeza de que, detrás de cada indicador económico, siempre late una vida humana.

Fue un gusto saludar a Cuauhtémoc Batres, su compañero de la Normal, a Omar Garfias, al "Chicano", a Enrique Quintero, y reencontrarme con grandes amigos como Enrique González —a quien no veía hace años—, Raful y Miguel Ángel Romero.

Gracias, querido Memo, por la invitación a este abrazo colectivo.

Antes de salir, me detuve un instante en los estantes y compré la antología poética de Sabines —una verdadera ganga por doscientos pesos—. Al cruzar la puerta, la lluvia había cesado y la noche en la ciudad se sentía distinta, como si el asfalto mojado guardara todavía el eco de lo que acabábamos de vivir. Mientras pedaleaba rumbo a casa, el aire fresco acompañaba la cadencia de mis pensamientos.

Comprendí entonces que, aunque las luces de la sala se hubieran apagado, la palabra de don Guillermo seguía iluminando el camino. Como bien decía el maestro, editar es sembrar futuro; y anoche, al vernos reunidos, constatamos que su cosecha es vasta: es el árbol de su vida que sigue dando sombra a nuestras memorias, recordándonos que, mientras haya alguien que nombre a los ausentes con gratitud, la muerte es solo un punto y seguido en el libro infinito de la existencia...


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