Sabines: el sobrino de Chofi y el poeta que tatuaba el humo
Fred Alvarez Palafox
La vida da vueltas extrañas y el destino, a veces, nos sienta frente a la gloria sin avisar. Corría la primera mitad de los años noventa y me encontré con Jaime Sabines en un escenario que hoy parece de otra época: aquel recinto legislativo improvisado en el Centro Médico, el refugio que acogió a la Cámara de Diputados tras el incendio que devoró San Lázaro en 1989.

Ahí andaba él, con su investidura de legislador, moviéndose entre leyes y pasillos con una naturalidad que desarmaba. Yo, en mi afán de aprendiz, lo buscaba para charlar. Me impresionaba su forma de fumar; lo hacía con una pausa tan solemne que parecía contener el tiempo en cada bocanada. Conversábamos sobre la coyuntura, sobre lo que yo —desde mi ingenuidad— quería entender de aquel hombre de mirada profunda.
Hoy confieso mi propia mea culpa. En aquel entonces, tonto de mí, no sabía que estaba frente al "Poeta de Tuxtla". No sospechaba que ese hombre que me hablaba de dictámenes era el mismo que había desnudado el alma de la Tía Chofi, ni que era el hijo del Mayor Sabines. Yo buscaba al político y él, generoso, me regalaba al humanista. Platicábamos de la cosa pública mientras él exhalaba el humo de quien sabe que la eternidad se nos escurre entre los dedos.
El relevo y la "utilidad" del poeta
Un día dejé de verlo. En su lugar llegó como suplente el mochitense Chon Carrillo, con quien también cultivé una buena amistad. Jaime, quizá, ya se había cansado del protocolo. Él mismo dejó escrita la crónica de su desencanto con las leyes: “Estoy metido en política otra vez. Sé que no sirvo para nada, pero me utilizan... y me exhiben”.
Sabines sabía, mejor que nadie, que su verdadera curul no estaba en el Congreso, sino en el corazón de quienes lo leen a medianoche, ahí donde la poesía es la única ley que realmente importa.
El conocimiento que viene del estómago
Escuchar a Sabines no era solo leer poesía; era asomarse a un espejo que no nos devuelve la mejor cara, sino la más verdadera. Él escribía con el estómago, despojado del barniz de la academia. Para Jaime, la poesía era una forma de conocimiento. Mientras el filósofo da rodeos, el poeta corta camino y llega directo al esqueleto de las cosas. Por eso su obra, desde Horal hasta Tarumba, no se lee con el cerebro: se digiere con el estómago.
Entendía como nadie a "Los amorosos", esos locos que juegan a tatuar el humo. Pero también bajaba el amor al nivel de la cocina; nos enseñó que se puede querer a alguien a las diez de la mañana y odiarlo irremediablemente a las dos de la tarde, con ese odio necesario que uno se guarda para sí mismo.
La muerte sin protocolo
En su manual de supervivencia, Jaime no olvidó a los invisibles. Ahí está la Tía Chofi, con su "virgen definitiva" a los setenta años, muerta sobre un catre. Sabines la humaniza con una crudeza que estremece: “Hiciste bien en morirte, tía Chofi”. Para él, morir era simplemente el descanso de no hacer nada. Mientras ella partía, él hacía el amor o iba al cine, recordándonos que el dolor y el placer respiran siempre en la misma habitación.
El testamento de la carne
Aunque se rodeó de gigantes como Rulfo, Arreola y Rosario Castellanos, su voz nunca perdió el acento de Tuxtla ni la fuerza de aquel que sabe que la luna se puede tomar a cucharadas. Sabines se marchó un 25 de marzo de 1999, pero nos dejó un testamento de cercanía en versos que queman.
Fue político y legislador, sí. Pero antes que el PRI o la Medalla Belisario Domínguez, a Sabines lo define la Luna. Esa luna que recomendaba dar como cápsula para dormir.
Hoy, a la distancia de aquel encuentro en el Centro Médico, entiendo que Sabines no estaba ahí para legislar sobre el papel, sino para observar cómo nos sigue pasando la vida a todos. Nos dejó dicho que somos brasa y ceniza, una cicatriz que ya no existe, pero que —mientras nos tengamos en las manos— la eternidad todavía puede esperar un poco.
Poesía…:
Mujer de junio:
Te desnudas igual que si estuvieras sola
y de pronto descubres que estás conmigo.
¡Cómo te quiero entonces
entre las sábanas y el frío!
(…)
“Espero curarme de ti en unos días. ..
Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte.
Es posible (...) Me receto tiempo, abstinencia, soledad….
No me des nada, amor, no me des nada:
yo te tomo en el viento,
te tomo del arroyo de la sombra,
del giro de la luz y del silencio,....…
#
No es que muera de amor, muero de ti.
Muero de ti, amor, de amor de ti,
de urgencia mía de mi piel de ti,
de mi alma, de ti y de mi boca
y del insoportable que yo soy sin ti…
#
"Te quiero porque tienes
las partes de la mujer en el lugar preciso
y estás completa.
No te falta ni un pétalo,
ni un olor, ni una sombra.
Colocada en tu alma,
dispuesta a ser rocío en la yerba del mundo,
leche de luna en las oscuras hojas…"
Soy una cicatriz que ya no existe,
un beso ya lavado por el tiempo,
un amor y otro amor que ya enterraste.
Pero estás en mis manos y me tienes
y en tus manos estoy, brasa, ceniza,
para secar tus lágrimas que lloro.
¿En qué lugar, en dónde, a qué deshoras
me dirás que te amo? Esto es urgente
porque la eternidad se nos acaba…
Recordando al sobrino de chofi…
No hay comentarios.:
Publicar un comentario