6 jul 2026

L a fiesta que se apagó en la cancha: entre la dignidad del césped y el surrealismo oficial..

L a fiesta que se apagó en la cancha: entre la dignidad del césped y el surrealismo oficial..

Por Fred Alvarez Palafox

El de anoche no fue un encuentro cualquiera; fue un partido soberbio, de esos que te secuestran la respiración y que, durante más de noventa minutos, conmovieron hasta las lágrimas a todo México. Los nuestros pelearon hasta el último aliento, con esa garra que asoma precisamente cuando se tiene todo en contra. Al final, firmaron un doloroso pero dignísimo 3-2 ante Inglaterra en los Octavos de Final; el duelo que bajó definitivamente el telón de la vibrante actividad mundialista en nuestro país.

El equipo de Javier "El Vasco" Aguirre lo intentó absolutamente todo, amparado en el ímpetu de jugar con un hombre más desde el minuto 54. Merecían ganar. Sin embargo, vencer a la poderosa Selección de los Tres Leones siempre fue un escenario demasiado optimista. Aunque este Mundial de 2026 nos ha regalado batacazos y sorpresas memorables, el milagro se nos escurrió entre los dedos frente a la realeza del futbol europeo.

Queda el orgullo intacto de haber competido, el eco de un Estadio Azteca que cantó hasta quedarse sin voz, y esa melancolía inevitable que llega cuando el silbatazo final impone su cruda realidad.

El Ángel y el silencio de un país

Ese abrupto contraste entre la devoción inagotable y el golpe de realidad quedó magistralmente retratado por Benito Jiménez en Reforma. Su crónica funciona como una radiografía perfecta de nuestra afición: documenta cómo el Paseo de la Reforma —por donde anduve a mediodía— transitó de un carnaval en ebullición a una marcha de resignación colectiva.

Miles desafiaron la lluvia, el cansancio y los estrictos filtros de seguridad con la fe inquebrantable de que esta generación rompería la historia. Pero con el silbatazo final, regresó el viejo fantasma del "ya merito".

Las trompetas enmudecieron, los festines preparados en los restaurantes aledaños se quedaron sobre mesas vacías, y un operativo policial que ya había sido rebasado por el ímpetu popular vio cómo el riesgo de desborde se desvanecía pacíficamente, diluido por el peso de la decepción.

Una imagen difundida por La Silla Rota resume con crudeza el sentir colectivo: un aficionado enfundado en un traje de Spider-Man descansa sobre la banqueta de Reforma, abatido y al borde del llanto. Llegó desde lejos —de Chicoloapan—, convencido de que atestiguaría el milagro. No hace falta verle el rostro para notar las lágrimas detrás de la máscara; su postura taciturna es el reflejo de un país entero. Así de hermosa e implacable es la realidad de este deporte.

Ayer, al ver las caras largas de Lunita, Ehitán y Eldrich, me tocó hacer la pausa obligada para explicarles que de esto se trata el futbol y, muchas veces, la vida misma. Se juega, se sueña, se cae y, con suerte, se aprende a perder con la frente en alto.

El permiso para perder y el negocio del balón

En Permiso para perder, Juan Villoro captura el alma de un Tri que hizo de su vulnerabilidad una trinchera. Sobre el césped sobró enjundia, pero el frío pragmatismo inglés cobró factura con dos contragolpes letales, apagando la ilusión de un país que se atrevió a soñar.

Fuera de la cancha, el texto disecciona el rostro más grotesco del Mundial: el secuestro del fervor popular por la opulencia. Fue la consagración de la "economía del acceso", un escenario donde la pasión chocó de frente contra boletos de 200 mil pesos, vuelos en helicóptero al Azteca y personas pagando fortunas por el absurdo privilegio de vender cerveza.

El silbatazo final rompió el espejismo de una tregua social que incluso llegó a pausar el crimen, devolviéndonos de golpe a la crudeza de nuestro futbol mercantilista. Sin embargo, entre el desencanto sobrevive una victoria moral innegable: un grupo humano que vació el alma en la cancha y se ganó a pulso el derecho a perder dignamente.

El ex ídolo en el asfalto

Pero el futbol no fue el único drama de la jornada. El trayecto al estadio escenificó un choque brutal: el fantasma del ex ídolo deportivo sepultado por el político repudiado. El cerco a la camioneta de Cuauhtémoc Blanco no fue un exabrupto aislado, sino el descontento popular estallando en el asfalto, validando el rechazo profundo que ya marcan las encuestas.

Los gritos de "asesino" y "narco" no son simple furia callejera; son el saldo directo del desastre institucional y los señalamientos de pactos criminales que dejó en Morelos. La impunidad, tarde o temprano, te alcanza en el tráfico.

Un gol contra el olvido: El reclamo intacto

Por cierto, el Paseo de la Reforma atestiguó la otra realidad que cruza a México. La fiesta deportiva cedió su espacio a una marcha marcada por la dignidad y la resistencia. Las madres buscadoras transformaron la principal arteria de la capital en un recordatorio ineludible: la crisis de desapariciones no se pausa ni se oculta bajo la euforia de un torneo de futbol.

Verlas en la Glorieta del Ahuehuete alzando la voz estremece. Custodiadas por un cerco de empatía ciudadana y acompañadas por personal de la CEAV, su presencia es una exigencia viva en medio del espacio público que confronta las prioridades del Estado. La exigencia es urgente y no admite titubeos: ni olvido, ni criminalización.

El surrealismo en Palacio Nacional

Y mientras la calle digería la tristeza y la crítica señalaba los excesos o las ausencias, desde el atril de Palacio Nacional se construía —con asombrosa rapidez— un nuevo triunfo moral.

¿Y qué dijo la C. Presidenta?

Para la narrativa oficial, poco importa la frialdad del marcador. Bajo la óptica presidencial, a la Selección apenas le "faltó el último gol", un simple capricho del destino dentro de lo que ya fue consagrado, por decreto mañanero, como "la mejor participación de México en la historia".

En este mundo donde las derrotas se envuelven en celofán de victoria, no hay cabida para el análisis profundo ni la autocrítica. El remate cómico de la jornada fue la promesa de una llamada telefónica a la Federación Mexicana de Futbol: ahora la visión de Estado pretende instruir a los directivos sobre cómo formar escuelas deportivas. Seguramente lo harán —ojo aquí— con la misma celeridad y eficacia con la que se resuelven los grandes pendientes de la nación..

El gato Coco

La ironía de este teatro quedó perfectamente ilustrada por el cartón de OBI en Reforma y el apunte de Sergio Sarmiento: como sabemos, horas antes del partido, el gobierno difundió un video del "gato Coco" de Palacio Nacional pronosticando el triunfo. El felino, muy presto, despreció el plato de Inglaterra y comió del plato de México. El pequeño detalle es que el plato inglés estaba vacío y el mexicano tenía alimento; o sea, hicieron trampitas.

Una metáfora impecable de nuestros tiempos: todo está servido a modo para que el relato oficial siempre gane, aunque allá afuera, en la vida real, a todos nos haya tocado bajar la cuesta porque la fiesta ya se apagó. Joan Manuel Serrat lo describe muy bien:

"Se acabó, el sol nos dice que llegó el final.

Por una noche se olvidó que cada uno es cada cual.

Vamos bajando la cuesta que arriba en mi calle

se acabó la fiesta…"

Para la historia inmediata!

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