10 oct 2006

Hacia la tolerancia

¿Víctima o culpable?/Pascal Boniface, director del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas de París.
Traducción: José María Puig de la Bellacasa

Tomado de LA VANGUARDIA, 08/10/2006
Cuando apenas remite la turbación suscitada por las consideraciones del Papa Benedicto XVI sobre el islam, he aquí que estalla con fuerza en Francia otra polémica. Un profesor de filosofía, Robert Redecker, ha sido amenazado de muerte por un artículo de opinión publicado en Le Figaro.
De manera inmediata, se ha reavivado el debate sobre la libertad o no de criticar el islam y van a buen paso tanto los comentarios sobre el oscurantismo de esta religión como sobre los peligros que puede representar para las libertades públicas e incluso para los principios básicos de la República Francesa… En este sentido, los autores de las amenazas - necios criminales- han rendido un flaco servicio a quienes consideran que el islam no tiene sitio en Francia y, en realidad, han perjudicado la causa de los musulmanes a la que pretender servir.

Nadie debe ser amenazado por sus opiniones. Volvemos, en este punto, al principio de Voltaire : “No estoy de acuerdo con vos pero daría mi vida para que tengáis el derecho de expresaros”. En consecuencia, debemos ser solidarios de Robert Redecker en calidad de persona amenazada por sus escritos. Ahora bien, llegados a este punto esta solidaridad queda en suspenso. No puede convertirse en solidaridad con las opiniones de este autor, singularmente escandaloso en sus manifestaciones. Cuando escribe que “Jesús es maestro de amor, Mahoma es maestro de odio”, que “Occidente comprende la apertura a los otros mientras que el islam tiene la apertura de espíritu y los valores democráticos por signos de decadencia”, cuando añade que “odio y violencia asoman en el libro en el que se educa todo musulmán, el Corán”, de hecho va mucho más allá de la crítica de las religiones o de la blasfemia tolerada en Francia. Se traslada al ámbito del puro y simple racismo. Se convierte en un consciente propagador del choque de civilizaciones. Robert Redecker es favorable al choque de civilizaciones. Quienes le han amenazado también lo son. Sus ideas son nauseabundas, pero debe combatírselas en su propio ámbito mostrando - cosa sencilla y factible- que si alguien parece verse animado por el odio, ese alguien es él. Tratándose de un filósofo y profesor cuya labor no se halla exenta de cierta responsabilidad sobre la formación de la juventud francesa, no parece tomarse la molestia de llevar a cabo una reflexión más honda y se entrega a mezcolanzas indignas de un espíritu cultivado. Sus opiniones podrían haber tenido implicaciones jurídicas dado que contradice claramente las leyes francesas sobre la prohibición de propagar el odio racial. Sin embargo, todo concurre a un debate trampa…Las amenazas han convertido a Robert Redecker de culpable en víctima. Ahora ya nadie habla del carácter racista de sus manifestaciones sino de las amenazas que ha sufrido. Ocurre, sin embargo, que ambas son censurables. Las injurias racistas no exoneran las amenazas proferidas, pero estas últimas no deben justificar en modo alguno las opiniones racistas. Poco importa que todas las autoridades musulmanas hayan condenado tales amenazas, producto al fin y al cabo de un puñado de individuos, medios de comunicación y políticos amigos del lío y la confusión. Al cabo resalta inequívocamente la explotación malintencionada de la cuestión que por otra parte permite - una vez más- estigmatizar no a determinados musulmanes que han patinado, sino a todos los musulmanes en bloque.
Como observa otro profesor de filosofía, Pierre Tevanian, en el sitio de internet oumma. com, si Robert Redecker hubiera expresado sobre los judíos las opiniones que ha mantenido sobre los musulmanes, habría sido inmediatamente apartado de la enseñanza. El único modo de escapar del círculo vicioso de este debate trampa consiste en aplicar las mismas reglas en todas las circunstancias.

La primera de ellas es la solemne reafirmación de la prohibición de toda violencia y amenaza de violencia. No tienen sitio en una sociedad democrática moderna. Quienes se libran a ella deben ser sancionados.

La segunda regla estriba en el ilustrativo carácter de los acontecimientos sobre la degradación del clima intelectual en Francia: en efecto, cada vez se hace más difícil abordar el conflicto de Oriente Medio, de las relaciones entre el mundo occidental y el mundo musulmán ¡sin ser tachado de antisemita o de islamófobo! No obstante, es fácil distinguir entre la crítica legítima de un Gobierno o de tal o cual personalidad de una determinada comunidad en tanto que muestra y signo de la crítica política y el debate ideológico, y por otra parte el juicio sin matices de una comunidad considerada en su globalidad en tanto que muestra y signo de simple y puro racismo.
La tercera regla es, una de dos, que o bien se admite el derecho de decir cualquier cosa - incluidas las injurias raciales en nombre de la libertad, por considerar que todo exceso y exageración carecen de importancia- o bien se opina que dado que el aire está tan enrarecido y puede cortarse con un cuchillo - se trata de una atmósfera verdaderamente explosiva- es menester aplicar ciertas limitaciones a la libertad de expresión.

De cualquier modo, lo que no cabe hacer es suscribir la primera tesis en ciertos casos y la segunda en otros. Es menester mantener una línea de conducta constante.
¿Religiones y culturas a la greña?: un paso más allá/José Ignacio Calleja, profesor de moral social cristiana
Tomado de EL CORREO DIGITAL, 08/10/2006
Resuena por doquier la pregunta del título al fondo de la polémica sobre las palabras del Papa en Rastibona (Alemania), el pasado 12 de septiembre, en la parte del discurso donde parecía acusar a Mahoma y al islamismo de haber legitimado la violencia proselitista en la forma de ‘guerra santa’.
Está claro que en el discurso del Papa su intención y tesis explícitas eran que la fe como propuesta sólo puede y debe apelar a la libertad y a la razón de las personas. La cita histórica, sin embargo, con la que adornaba este lugar común al cristianismo de hoy fue desafortunada, según lo han visto casi todos.
Bien distinto es si el islamismo en general, o interpretaciones del mismo, postulan todavía la legitimación de la ‘guerra santa’ o si, por el contrario, son versiones falsas en boca y mano de fanáticos que todos conocemos. Entiendo que no es al Papa a quien corresponde deslindar esta tesis, sino más bien advertir de ello como tentación inaceptable para todos. De hecho, su discurso, fuera de la cita de la discordia, era impecable en cuanto a cómo la violencia es contraria a Dios y al ser humano, y a cómo la conversión siempre es fruto de la libertad personal y la razón. Si acaso, alguien podría echar de menos, yo me cuento entre ellos, un concepto más integral de razón, incluyendo en ella el testimonio de vida. Llegamos a la fe por la razón y por el testimonio de vida. Y por supuesto habría que depurar el concepto mismo de razón característico de la filosofía y teología occidentales, cayendo en cuenta de sus límites históricos y teóricos. Esto lo vio muy bien J. L. Zubizarreta en su excelente artículo del pasado 23 de septiembre, publicado en este diario bajo el título ‘Con el debido respeto’.
Un paso más allá de la reciente polémica, deberíamos decir que el cristianismo actual reconoce que todas las religiones necesitan una revisión de su pasado y su presente, intentando erradicar lo que haya en ellas de gérmenes o, en su caso, restos de fanatismo. Sólo Dios es absoluto decimos, y nada lo es en la tierra, ni siquiera la religión. Y es absoluto de un modo que no rivaliza con la valía incondicional de la persona, sino que, por el contrario, confirma su respeto y fundamenta su valor y libertad de manera incomparable.

Esta revisión de todas las religiones ha de ser hecha desde la razón y los derechos humanos de todos y, sobre todo, de los más débiles y pobres. La tolerancia religiosa y cívica tienen esa medida de su interpretación y praxis. Las diferencias culturales en modo alguno pueden significar diferencias sustantivas en cuanto a los derechos de las personas, hombres y mujeres iguales. De hacerlo, incurren en injusticia con el pretexto de la diversidad cultural. Ésta es la tolerancia en la que se sustenta el diálogo interreligioso y la deseada alianza de civilizaciones. Si alguien ha dicho que no habrá paz en el mundo sin que haya paz entre las religiones, mejor se puede decir que no habrá paz si no se pacifica el interior de cada religión y de todas juntas. Y lo mismo debe decirse de las culturas y tradiciones. ¿El modo? Una tolerancia religiosa y pública que reconoce los derechos humanos de todos como su mínimo común compartido. Ésta es la sustancia de la moral civil y la sustancia moral de las religiones civilizadas. De uno u otro modo, creo que esta tolerancia religiosa derivará hacia la aparición en todos los lugares de ’sistemas públicos laicos’. No laicistas, pero sí, laicos. No veo otra manera de preservar el pluralismo interno a cada sociedad y cultura.

Las religiones, en suma, pueden hacer una gran aportación a la paz del mundo, purificadas de todo atisbo de intolerancia. Defiendo que esto es posible frente a quienes las condenan sin remedio como causa mayor de nuestros conflictos. La comparación entre ellas no me parece demasiado adecuada, sino la firmeza de todos en esos mínimos que nos humanizan en cada cultura y pueblo, y especialmente los que humanizan la vida de los (las) más débiles. El cristianismo postvaticano, modestamente, ha aprendido que la libertad de conciencia y la práctica de la no violencia, activa, firme, realista y asociada, es el proceder más fiel a Jesús y al propósito de su liberación. Apelar a la no violencia no es el buenismo moral que termina en la indiferencia de responsabilidades religiosas y sociales ante la injusticia. El amor (la caridad) nunca dimite de la exigencia de justicia. Por el contrario, enseña que los que mantienen la verdad del pacifismo secuestrada en la injusticia, no pueden apelar a Jesús. Pero, dicho esto y primero, la libertad, la razón, la no violencia son el santo y seña del anuncio de la fe cristiana y de la práctica de todo ciudadano de bien. Podemos y debemos entendernos, aunque va a ser con dolores de parto.

Un mundo irritable/Daniel Innerarity, profesor de Filosofía en la Universidad de Zaragoza
Tomado de EL PAÍS, 06/10/2006.
Contra lo que suele decirse, no ofende ni quien quiere ni quien puede, sino el que se topa con alguien que puede y quiere ser ofendido. Las razones de la ofensa son tan evidentes para unos como inescrutables para otros. Ésta es una de las causas de que sea tan complicada la convivencia entre las personas y entre eso que llaman civilizaciones. La percepción de las cosas se ha convertido en algo tan decisivo que da igual si el asunto carece de importancia, si se trata de un chiste, una cita o una ficción. Uno puede controlar sus actos y decisiones, al menos en parte, pero nuestro poder sobre el significado de las palabras es mucho más escaso. Cualquiera tiene la experiencia de que lo dicho se nos escapa continuamente y, como decía Sartre, los otros nos roban las palabras en la misma boca. Es tan fácil ofender que no tenemos más remedio que aprender a vivir en el malentendido.

Las relaciones personales nos han enseñado que los sentimientos son una materia especialmente inflamable, pero ahora estamos comprobándolo en la instantaneidad de una dimensión global. Lo sucedido con las viñetas danesas, el discurso del Papa en Ratisbona o la suspensión de la ópera de Mozart en Berlín confiere a la supuesta ofensa un alcance inusitado en el espacio emocional. Hace tiempo que los conflictos sociales han adoptado un carácter sentimental. Desde los niveles más domésticos hasta la escena internacional, ha tenido lugar una creciente psicologización de los conflictos, a los que ya no podemos gestionar como si fueran los tradicionales conflictos de clase y redistribución, o las guerras clásicas, con frentes y disputas por un territorio. La irrupción de las cuestiones de identidad (sexual, religiosa, étnica, cultural…) ha trastocado el esquema según el cual la afectividad pertenecía únicamente a la esfera privada mientras que lo público era la sede en la que podíamos entendernos, aunque fuera a duras penas. Ahora parece que los sentimientos ofendidos se constituyen como un juez inapelable. Los seres humanos se atrincheran en la única posición que consideran propia: sus sentimientos ante las cosas. Pero entonces, discutir cualquier posición (como hizo Benedicto XVI) o tematizarla en una ficción (en un chiste o en una representación teatral) es automáticamente un insulto; cada argumento se convierte en ad hóminem.
Nuestro mundo está compuesto por grupos que se comportan como concesionarios de autoestima: a los ya conocidos de sexo, género, raza o profesión, parece que ha de añadirse ahora el de civilización. La susceptibilidad constituye el principio identificador: los nuestros son aquellos que se agrupan en torno a la misma ofensa y a los que se mantiene unidos en virtud de una común irritación. Dime qué te molesta y te diré quién eres.
Puede ser que el viejo combate por la redistribución esté siendo sustituido, al menos parcialmente, por un conflicto más bien psicológico en torno al honor y la ofensa. El gran combate que estamos librando -en el interior de nuestras sociedades y a escala mundial- es una lucha por el reconocimiento. El mundo se ha virtualizado y han adquirido en él una relevancia central disposiciones que tienen que ver más con el sentido que con magnitudes objetivas: el miedo, las expectativas, la confianza. Por eso el combate se libra en el plano de las representaciones y los símbolos. Se equivoca quien crea que el llamado terrorismo internacional va de otra cosa, que tiene que ver con el poder o el territorio y no con el resentimiento o el odio del humillado (y empiezo a creer que buena parte de la war on terror ya sólo sirve también para calmar un desequilibrio emocional… estropeando de paso todo lo demás). Cuando el espacio deslimitado se unifica hasta el punto de que todo se convierte en zona de frontera, por utilizar la fórmula de Bauman, entonces el mundo entero se convierte en zona irritable. Se ha globalizado el poder, el dinero, la comunicación y el medio ambiente, sí, pero también el agravio: cualquiera puede ofender y ser ofendido, también el desprecio se ha deslocalizado y la verdadera Bolsa es la que cotiza la estima y el reconocimiento.

Como todo lo humano, también esta situación es ambivalente. Al introducir la cuestión de la identidad se amplía el catálogo de los derechos, se atiende a las víctimas, podemos profundizar en el pluralismo y acreditar el respeto que nos debemos, se avanza en la igualdad. Pero también se desatan la histeria y el victimismo. Si el criterio fuera cómo se siente uno, todo se reduciría a un sentimiento subjetivo desde el que no cabe desarrollar ninguna gramática de los bienes comunes. En cualquier caso no nos va a quedar más remedio que aprender a vivir en esta confusión de los significados y gestionar los nuevos conflictos con mayor cuidado y diplomacia, atendiendo más a su dimensión psicológica que a las variables que podríamos llamar objetivas. Y habrá que combatir las causas de las que se nutren, con razón o sin ella, esos sentimientos. Hay mucha discriminación, desigualdad y hegemonía en nuestro mundo como para pensar que todo se debe a un exceso de susceptibilidad.
Propongo un instrumento que podría funcionar en el improbable caso de que elaboráramos algo así como un ranking de las culturas y las civilizaciones. La madurez de una sociedad se mide al comprobar que hay cosas que no coinciden: que son diferentes las esferas que regulan lo obligatorio, lo permitido, lo correcto, lo tolerado, lo admirado, lo soportado. Los fundamentalistas y los fanáticos suelen pensar que todo esto ha de ser equivalente. Somos humanos cuando estimamos tanto el valor de la libertad que estamos dispuesto a pagarlo con el precio de tener que convivir con la irreverencia y lo hortera. No es necesario que nos hagan gracias los chistes, que nos entusiasme una ocurrencia teológica o aplaudamos a rabiar ante la escena de unas cabezas decapitadas. Podemos haber descubierto que el mal gusto o las opiniones peregrinas hacen muy difícil la convivencia, pero que su prohibición la hace radicalmente imposible.

El feminismo en el Islam

Libertad, igualdad, razón/Rosa María Rodríguez Magda, filósofa y escritora; autora de El placer del simulacro, Transmodernidad y La España convertida al islam

Tomado de El PAÍS, 08/10/2006
El feminismo es la lucha por la libertad, la igualdad y la emancipación. La democracia también. Las beneficiarias de los logros del feminismo no son sólo las mujeres, sino la sociedad en su conjunto. Pues no hay verdadera libertad, igualdad, emancipación y democracia cuando persiste la discriminación en función del sexo, cuando las mujeres no son dueñas de su vida, de su cuerpo, de su sexualidad, y se encuentran sometidas a la autoridad del varón, ni hay verdadera dignidad para éste cuando se le adjudica socialmente un estereotipo dominador.
Deberemos concluir que la crítica de todo ello obedece a valores universales e innegociables y en modo alguno a un imperialismo cultural de Occidente. El relativismo que equipara todas las culturas se convierte en coartada para frenar la denuncia de la injusticia o la desigualdad.
Por desgracia, hoy día existen muchos países donde se dan esas condiciones infamantes para las mujeres; también Occidente necesita una continua revisión al respecto, pero quisiera ocuparme aquí de la discriminación específica ligada a las comunidades musulmanas, dado que en ellas predomina una especial dimensión política y religiosa.
¿Qué relación tiene el sojuzgamiento de las mujeres con el islam como fenómeno social y religioso? Diversas son las respuestas: a) el sometimiento de las mujeres en países islámicos es algo cultural e histórico, no necesariamente ligado al islam; b) la discriminación de la mujer es algo ligado al islam cultural y político pero no religioso; c) tiene un fundamento religioso y se deduce del Corán, y d) es una mala lectura del Corán, pues éste es liberador para las mujeres.
Todo ello adquiere además especial relevancia cuando, fruto de la presencia de la inmigración musulmana, el asunto afecta a las propias sociedades occidentales.
Parece que, independientemente de cuál de estas opciones se considere cierta, sobre la crítica legítima del feminismo frente al sometimiento de las mujeres en el marco islámico empieza a planear una acusación: la de islamofobia. Pero fobia es odio irracional, y el feminismo lo que reclama es precisamente el ejercicio de la razón, y su necesaria aplicación ética. Callar frente a la injusticia no es respeto, es cobardía.
Ante la necesaria denuncia de lo evidente, existe una corriente de “feminismo islámico”, que aceptando a o b, negaría c, apostando por d. El feminismo islámico marca sus distancias tanto frente a la ortodoxia islamista cuanto al que denominan feminismo occidental, liberal, colonialista o laico, se articula “dentro de un paradigma islámico” y “deriva su comprensión y mandato del Corán”. No se trataría únicamente de despojar a éste de sus lecturas patriarcales, sino de mostrarlo como la genuina y diferente forma de entender la igualdad entre los géneros y la dignidad de las mujeres; por ello, se dice, es necesario “recuperar el mensaje igualitario” del Corán. La cuestión de fondo estriba en qué estamos entendiendo por igualdad, si entendemos igualdad ante Allâh, pero se mantiene la “complementariedad” de los sexos, la diferente función en el seno de la familia, la poligamia, el matrimonio temporal, el derecho de tutela del hombre sobre la mujer, el carácter obligatorio o deseable del velo y la discriminación en materia de herencia…, todo ello prescrito por el Corán. Entonces utilizamos la noción de igualdad de manera equívoca, pues lo que estamos realmente afirmando es la diferencia, por más que apostemos por un mayor protagonismo de las mujeres, que a la postre quedan encuadradas, limitadas o supuestamente dignificadas en su diferencia.

La cuestión no es si resulta posible una lectura feminista del Corán que propicie la emancipación de la mujer musulmana. Ello sería deseable en el mismo sentido en que se realizó una hermenéutica feminista de la Biblia -libro bastante patriarcal, por cierto-, abriendo caminos de protagonismo para la mujer desde el cristianismo. El problema comienza cuando no intentamos demostrar que el islam es emancipador para la mujer (en el sentido general del término, esto es: igualdad entre los sexos y ante la ley, derecho al propio cuerpo, ausencia de cualquier discriminación en función del sexo…), sino que derivamos del Corán una “forma diferente de dignidad para la mujer”, que denominamos emancipación o feminismo aunque no cumple los requisitos igualitarios de éstos, y entonces acusamos al feminismo que pretende cumplirlos de occidental y etnocéntrico.

Cuando las mujeres se convierten en símbolos de identidad, nacional, cultural o religiosa, subsumen en esta identidad simbólica su rango individual. Así, el rechazo a toda injerencia foránea se hace a costa de su emancipación como individuos, la lucha poscolonial se superpone a la feminista.
El debate del feminismo en los países islámicos es una cuestión que incumbe primordialmente a dichos países, desde el punto de vista occidental sólo cabe congratularse con el avance de un feminismo islámico que promueva la liberación de la mujer en el marco de su cultura y religión, abriendo la puerta a una nueva hermenéutica del Corán alejada de literalismos y de posturas patriarcales, estén éstas asentadas en él o en tradiciones culturales. Pero lo que en dichos países debería tener un carácter social y público no puede trasladarse sin más a los países occidentales, cuyo marco cultural, religioso y político es bien distinto. Lo que allí puede entenderse como progresista desde presupuestos religiosos o ancestrales limitativos, no lo es en absoluto en países occidentales, pues aquí representaría un retroceso al volver a discutir y problematizar logros consolidados.

Quede claro que en modo alguno estoy suponiendo un modelo occidental perfecto y sin fisuras. Pero debemos consensuar qué significamos por libertad, igualdad, etcétera, sin pretender que dichos conceptos sean producciones manchadas de occidentalismo, otorgando así coartada a fundamentalismos retrógrados. El feminismo no está aquejado de islamofobia, sino del esfuerzo compartido por la igualdad, la razón y la libertad, y en ellos legitima su crítica.
Sexismo neocolonial/Ángeles Ramírez, profesora de Antropología de la Universidad Autónoma de Madrid
Tomado de EL PAÍS, 08/10/2006
La islamofobia se instala entre nosotros. Su negación es una legitimación de su continuidad, y ello hace que no dispongamos de las herramientas para erradicarla.
Recientemente organicé con mis estudiantes de la Universidad una visita al Centro Islámico de Madrid. La excursión tenía como fin conocer el lugar y asistir a una conferencia-coloquio sobre el Islam, que imparte el personal gratuitamente. En el debate, algunas estudiantes bien informadas comenzaron a preguntar a nuestro anfitrión sobre las mujeres y el Islam. El coloquio subió de tono y el conferenciante se encontró agresivamente acorralado por el público. El responsable nunca podía terminar su discurso por la presión de parte del público. Al salir, reñí a las estudiantes, porque me parecía que el tono no había sido adecuado. Mis alumnas, ofendidas, decían que él estaba a la defensiva, y me di cuenta de que les resultaba prácticamente imposible imaginar que la situación se había creado desde las dos partes. Son “ellos” siempre los que están a la defensiva, como si eso fuera un sentimiento unilateral. Pero ¿de qué se tienen que defender?

De nosotros. De la islamofobia. Pero nuestro anfitrión no se defendía de la islamofobia de los discursos de algunos académicos o políticos, o de la que tiene su correlato en la violencia. Se defendía de la islamofobia naturalizada o “latente”, según terminología de algunos autores franceses. Ésta, cercana al orientalismo de Said, no consiste sólo en colección de estereotipos. Es un modo de conocer esa realidad, y una estructura de conocimientos tan firmemente instalada que no admite alternativas, considerando, además, que los mecanismos de control sobre lo que se dice son muy sofisticados e infinitas sus formas de legitimación.
La idiosincrasia de la islamofobia en España tiene su base en la morofobia, y se encuadra en el odio al moro. Ésta, para el historiador Eloy Martín, se hace patente desde nuestro descubrimiento colonial de Marruecos, a últimos del XIX y primeros del XX, pero sobre todo, durante el Protectorado español en Marruecos (1912-1956) hasta la independencia del Sáhara. Marruecos se orientalizó, y la imagen negativa del marroquí, del moro, apuntalada por las relaciones coloniales, se extendió al conjunto de la población arabo-musulmana. Las características que históricamente se achacaban al marroquí eran la pereza, crueldad, lascivia, deslealtad, fanatismo, etcétera, y para el caso de las mujeres, básicamente la ignorancia y la sumisión, porque estos estereotipos estaban generizados. Y estas imágenes se refuerzan con la inmigración.

Y ahora la morofobia-islamofobia va adoptando diferentes formas, pero tiene una fundamental en España: la que se articula a partir de la construcción que se hace de las mujeres y de las chicas arabo-musulmanas. Y sucede que las niñas con pañuelo en los colegios son asociadas, por parte de algunos responsables, a la autoexclusión, al fracaso escolar y acusadas de ¡proselitismo! para conseguir que más niñas lleven pañuelo. O que algunas personas de la comunidad universitaria muestren y demuestren descontento ante estudiantes de licenciatura y de doctorado con velo. En este sentido, los discursos supuestamente progresistas, como buena parte del feminista, no escapan de estos argumentos, sino que le dan mayor legitimidad. Las feministas, sobre todo las de cierta edad, instigadoras de la institucionalización del feminismo en España, no quieren ni oír hablar de la cuestión del velo, y niegan cualquier interpretación que no ponga el énfasis en la presión familiar a la hora de llevarlo. Para ellas, el velo es una forma de subordinación clara, que ignora los valores igualitarios y que excluye a las mujeres. Los que ponen en duda esta afirmación son tildados peyorativamente como relativistas culturales. Involución es la palabra que se maneja para reflejar los cambios que ha habido en los últimos años en la condición de las mujeres, uno de los cuales sería el velo. Es cierto que los derechos de las mujeres en los países arabo-musulmanes se han recortado, y que a la dominación tradicional se ha unido la de un Estado que, para legitimarse, usa el Islam en contra de las mujeres. Pero bueno sería considerar, por ejemplo, que muchas mujeres arabo-musulmanas eligen llevar el velo como forma de militancia, o para optimizar los escasos recursos que poseen y así poder optar a cierto prestigio, o a un mejor matrimonio, o como medio de movilidad social, o porque creen en Dios. Todo esto parece ser irrelevante para una parte importante del feminismo. Así, paradójicamente, el feminismo, que nace como una ideología de liberación para la mitad de los oprimidos de la Tierra, puede transformarse y servir a los intereses de la islamofobia.

De este modo, la islamofobia en España tiene su mejor baza en un sexismo imperialista, en lo que antes se llamó feminismo colonial, y ahora feminismo burgués. Se ubica en la época colonial, siglo XIX y primeros del XX, cuando se usaba la condición de las mujeres para primitivizar, en este caso, a los árabes, y para confirmar la idea de base: que las mujeres son sumisas y débiles, y los hombres, autoritarios y agresivos. Nuestra islamofobia, entonces, se sustenta en buena parte sobre la situación de las mujeres de “los otros”. La islamofobia, además, argumentada y justificada a partir de una crítica a la situación de las mujeres musulmanas, sobre todo las del pañuelo, que parece que necesitan ser salvadas. Por las otras mujeres, por nosotras, por supuesto. Y por eso, nuestras estudiantes, a quienes les pesaba como un fardo el pañuelo con el que nos tuvimos que cubrir la cabeza en la mezquita del Centro Islámico, discutían con el responsable. Habían decidido unilateralmente, sin consultarlas, salvar a las otras mujeres de la carga de llevarlo. A las mujeres de los otros.

9 oct 2006

Cuando occidente amaba el Islam

  • Cuando occidente amaba el Islam/Tahar Ben Jelloum, escritor, premio Goncourt 1987.
Publicado en LA VANGUARDIA (www.lavanguardia.es), 04/10/2006);
En el curso de un año se han multiplicado las tensiones entre Occidente y el mundo musulmán: caricaturas de Mahoma, discurso del Papa Benedicto XVI, anulación de la obra de Voltaire sobre Mahoma y desprogramación por parte de la Deutsche Oper de Berlín de la ópera de Mozart Idomeneo,amenazas de muerte en Francia contra un profesor de instituto por haber publicado opiniones negativas sobre el islam…
Es hora de hacer un alto en París para visitar la excepcional exposición Venecia y Oriente que se celebra en el Instituto del Mundo Árabe de esta capital hasta el 18 de febrero del 2007. Exposición excepcional tanto por los tesoros que nos muestra como por el tenue e impalpable transcurso del tiempo y la transmisión e irradiación cultural entre Oriente y Europa entre el año 828, fecha en la que dos mercaderes venecianos sustrajeron las reliquias de San Marcos en una iglesia copta de Alejandría, y el año 1797, año en que Napoleón invadió Egipto. Gracias a esta exposición nuestros ojos pueden admirar casi diez siglos de intercambios, encuentros e influencias. En esa época, el islam no estaba politizado. No servía de bandera a ninguna ideología totalitaria e intolerante.
En esa época, Venecia - la más oriental de las ciudades occidentales- fue el depósito y principal centro distribuidor de mercancías y arte procedentes del mundo islámico. Era, en efecto, una frontera líquida,puente y bisagra entre dos civilizaciones. Las religiones generaban arte, no conflictos. Constituían factores de espiritualidad y de comprensión del mundo. Contemplar en nuestros días estos cuadros, estos tapices, estos objetos y enseres, estos instrumentos de música, estos manuscritos produce un cierto vértigo porque resulta inevitable preguntar: ¿cómo ha podido perder el mundo musulmán este resplandor, esta constelación de fulgores? ¿Cómo es posible que haya devenido hoy presa de fanáticos, minoritarios es verdad, pero que aterrorizan el pensamiento libre, la duda, el diálogo? ¿Qué ha sucedido para que se hayan interrumpido estos intercambios tan ricos y fructíferos, para que esta libertad se haya ahogado en discursos de desconfianza y odio?
El primer Corán impreso se publicó en 1537 en Venecia. Por aquel entonces, Venecia poseía un espíritu pragmático: supo encontrar los medios para imponerse como principal socio comercial, político y también religioso del Próximo Oriente. Era menester alcanzar un regular equilibrio entre el comercio y ambas religiones. Sin dejar de defender la cristiandad, Venecia no subestimó ni maltrató al mundo islámico. Las magníficas obras de la citada exposición reflejan esta simbiosis entre ambos mundos: telas otomanas empleadas para confeccionar vestiduras eclesiásticas, tapices persas que pendían en los muros de las iglesias, jarrones de cristal de Siria, etcétera.
El comercio ha constituido un motor del acercamiento de ambas civilizaciones. Marco Polo había mostrado el camino. Los venecianos partían en gran número hacia Constantinopla, Damasco, Alepo, El Cairo y Alejandría.
Las cosas han cambiado en la actualidad, y los medios de transporte y comunicación han progresado hasta tal punto que ya no hay secretos entre los países y los pueblos. En aquella época, el comercio redoblado por una activa diplomacia posibilitó que el arte viajara: le cupo entonces experimentar una dinámica de intercambio y respeto. De este modo, la aparición de jarrones de vidrio esmaltado y dorado fabricado en Venecia a finales del siglo XIII se explica por el comercio del vidrio con los mamelucos. Otro tanto cabe decir del damasquinado y la cerámica veneciana del siglo XV.
En cuanto a la pintura, ocupa en esta exposición un destacado lugar. Es famoso el retrato del sultán Mehmed II, realizado en Estambul en 1479 por Gentile Bellini, pintor de este encuentro entre Oriente y Occidente, seguido por Vittorio Carpaccio y Giovanni Mansueti. Ahora hemos de limitarnos a tomar nota de que en el curso del tiempo ya no surgirían lazos tan estrechos entre estos dos destinos…
Oriente, sobre todo el Oriente árabe, el que solemos llamar Próximo o Medio Oriente, no cesa de verse prendido en innumerables redes de problemas, dificultades, crisis políticas y también culturales. Occidente se halla en otras coordenadas. Ya no posa su mirada sobre esta parte del mundo, porque sabe que ya no le aportará las maravillas que conoció en el pasado. Hoy en día, un simple discurso del Papa o un artículo donde se vierta algún punto de vista negativo sobre el islam provoca accesos de cólera inauditos, brutales. Ya no hay nada entre dos socios cuya relación atravesó siglos enteros en hermosa armonía pese a los diversos antagonismos y peripecias de la historia.
Es posible que esta exposición deje en el ánimo del visitante un poso de tristeza y, al propio tiempo, incite a la esperanza… Casi mil años de cooperación rica y positiva no desaparecen de la memoria como si de un leve recuerdo se tratara…
La exposición de Venecia constituye una magnífica lección para quienes no creen en el diálogo de civilizaciones y que sólo encuentran palabras como choque y conflicto de civilizaciones. Pero innegablemente hay un tiempo de culturas, de seres humanos. El diálogo nunca daña; sin embargo, el silencio y los rencores son los dos aliados más seguros de la ignorancia y, por tanto, de la intolerancia.

Anna Politkóskaya


Comentado en la III emisión de Imagen Informativa que conduce Jorge Fernández Menéndez

Jorge:
Este fin de semana fue asesinada a balazos Anna Politkóvskaya, el emblema más alto del periodismo ruso; El País la describe hoy como la “conciencia democrática del periodismo ruso”. Y en efecto Anna era quizás la periodista más crítica contra la política del presidente Vladímir Vladimírovich-Putin.
Y es que Politkovskaya era la única periodista que denunciaba una y otra vez los atropellos de Valdimir Putin; decía del Presidente Ruso (en su último libro, “Rusia, según Putin”) que era “puro producto de los servicios secretos, no ha conseguido superar sus orígenes y nunca ha dejado de actuar como un teniente coronel de la tristemente célebre KGB”.

La muerte de Anna Jorge era un asunto anunciado. El ejército y los servicios secretos rusos la amenazaron abiertamente de muerte en febrero de del 2001. El pecado de la reportera fue hacer su trabajo, describir la realidad; escribir fuertes muy fuertes artículos criticando la realidad chechena; por lo que a todas luces debe considerarse un asesinato político.

Su labor de denuncia fue reconocida con varios premios en Rusia (La Pluma de Oro y el Premio de la Unión de Periodistas de Rusia) y en también recibió el Pen Club International, el Premio de periodismo y Democracia de la OSCE o el premio Vázquez Montalbán de Periodismo Internacional 2004.
Anna decía que en Chechenia “una bala en la cabeza es el medio más sencillo y natural de resolver cualquier conflicto”. Y el verdugo Jorge curiosamente le disparo primero en el pecho y luego la remató apuntándole a la cabeza.
Un año después de que fue amenazada por el Ejército ruso y desterrada de Chechenia fue condecorada junto con otras tantas mujeres ven el día internacional de la Mujer por su valentía personal y su determinación moral.
En la que fue su última entrevista, el jueves 5 de octubre en Radio Svoboda, informó que iba a publicar una nueva investigación sobre las torturas en Chechenia por los militares del entorno del primer ministro prorruso Ramzan Kadyrov, condecorado por Putin y acusado por las ONG de atropellos entre sus milicias.
Las reacciones sobre su asesinato no se han hecho esperar.
Hay una indignación en la sociedad rusa como en el resto del mundo. Bueno hasta el Departamento de Estado Norteamericano se ha unido a la condena. El vocero Sean McCormack, indicó que EE UU estaba "profundamente triste por el brutal asesinato" e incluso el mismo presidente George W. Bush expresó su "consternación" al tiempo que insto “a las autoridades rusas a llevar una investigación exhaustiva y enérgica". De inmediato el mismo presidente de Rusia, Vladímir Putin, prometió a Bush que llevará a cabo una investigación a fondo del crimen.
En tanto, El bisemanario "Nóvaya Gazeta", para el que escribía la periodista, ha ofrecido 25 millones de rublos (casi un millón de dólares) de recompensa a cambio de información. Mijail Gorbachov, accionista del diario bisemanal en el que trabajaba Anna calificó su muerte de "salvaje" y de "golpe a la democracia y a la prensa independiente", según la agencia Interfax.
El presidente checheno pro ruso Alu Aljanov transmitió sus condolencias por el asesinato estimando que los culpables debían ser castigados. Subrayando que "aunque nuestra visión de los acontecimientos de Chechenia era completamente diferente (de la suya), Politkovskaya no era indiferente a la suerte del pueblo checheno".
En tanto, el Consejo de Europa y la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) destacaron la necesidad de llevar a cabo una investigación profunda dada la habitual impunidad de que gozan los asesinos de periodistas en Rusia.
La Comisión Europea se unió hoy al mensaje de condolencias "este execrable crimen debe ser plenamente investigado y sus autores deben ser llevados ante la justicia" y añadió que "la búsqueda de la verdad, el derecho de hacerlo en seguridad y con plena protección es un principio fundamental en una sociedad democrática".
Joel Simon, director del Comité de Protección de Periodistas, describió Rusia como "uno de los lugares del mundo donde se cometen más asesinatos de periodistas" y recordó la "impunidad" de dichos crímenes.

El "asesinato es un golpe en el mismo corazón del periodismo ruso. No será posible compensar su pérdida, ya que no hay nadie como Politkovskaya ni lo habrá nunca", ha lamentado Igor Yakovenko, secretario general de la Unión de Periodistas de Rusia.
Sus compañeros de redacción anunciaron este fin de semana que conducirían su propia investigación sobre la muerte, mientras señalaban acusatoriamente al entorno del primer ministro checheno, Ramzán Kadírov.
Por cierto el bisemanario para el que escribia sacó hoy un número especial dedicado a la periodista. "Mientras exista 'Nóvaya Gazetà el asesino no dormirá tranquilo", reza la portada. La primera página de la edición incluye también una nota necrológica de la periodista. El número incluye extractos de sus últimos artículos, comentarios de insignes periodistas, activistas y políticos rusos, y cartas de los lectores.
Según el Comité de Protección de Periodistas, con sede en Nueva York Politkovskaia es la periodista número 42 asesinada en Rusia desde el final del comunismo, y la la número 12 desde que Vladimir Putin llegó a la presidencia en el año 2000.
Este martes 10 de octubre será enterrada en el cementerio Troyekúrovskoye de la capital rusa. Deja huerfanos a dos hijos y sobretodo deja desamparados a miles y miles de lectores.
¡Descanse en paz Anna Politkóvskaya!

¿Quien fue Anna Politkóvskaya?

Nació en Nueva York en 1958, en el seno de una familia de diplomáticos soviéticos en la ONU) Politkovskaya se graduó en la facultad de periodismo de la Universidad Estatal de Moscú (MGU/ y comenzó a trabajar como periodista en 1982 en el diario 'Izvestia' y desde 1999 lo hizo para el semanario Nóvaya Gazeta;.
Su labor de denuncia fue laureada con varios premios en Rusia (La Pluma de Oro y el Premio de la Unión de Periodistas de Rusia) y en Occidente, entre ellos el Pen Club International, el Premio de periodismo y Democracia de la OSCE o el premio Vázquez Montalbán de Periodismo Internacional 2004. En febrero de 2005 presentó en Madrid su libro 'La Rusia de Putin'.
Es autora de varios libros sobre la guerra en Chechenia; entre los que destacan Terror en Chechenia, La deshonra rusa y La Rusia de Putin. Pero quizá el más conmovedor sea: Una guerra sucia: una reportera rusa en Chechenia (2000). ¡Sin duda uno de los mejores libros de reportaje escritos en décadas!
Participó en la negociación con los terroristas que secuestraron el teatro Dubrovka de Moscú en el año 2002, en el que murió cerca de un centenar de personas.
¿Quién no recuerda aquél 23 de octubre del 2002 cuando un grupo de chechenos tomó como rehenes a 916 personas, en Palacio de la Cultura de Moscú?
¡La salida política entonces fue durísima!
“El mundo se estremeció. Rusia se quedó helada. El poder parecía paralizado. Y (Putin) no pudo idear nada más humano que, a primera hora de la mañana del 26 de octubre, 57 horas después del golpe, (que) envenenar con un arma química secreta a todo aquel que se encontrara en las instalaciones del teatro. (Obviamente) Todos los terroristas fueron exterminados..., (pero) junto con ellos al mismo tiempo murieron gaseados 130 rehenes.”, dice Anna Politkovskaia, del periódico Novaya Gazeta.
Escribió sobre ese tema: “el 23 de octubre del 2002…Un grupo de combatientes chechenos, acompañados por mujeres, decididos a morir pero al precio de detener la guerra, fueron a Moscú y tomaron como rehenes a 916 personas, los espectadores y actores del musical Nord-Ost, que se representaba en el Palacio de la Cultura de Moscú. El mundo se estremeció. Rusia se quedó helada. El poder parecía paralizado. Y no pudo idear nada más humano que, a primera hora de la mañana del 26 de octubre, 57 horas después del golpe, envenenar con un arma química secreta a todo aquel que se encontrara en las instalaciones del teatro. Todos los terroristas fueron exterminados, sin dejar testigos que pudieran explicar de qué manera habían llegado los asaltantes casi al mismo centro de la capital, y junto con ellos al mismo tiempo murieron gaseados 130 rehenes. ¿Le enseñó algo a la sociedad rusa esta terrible tragedia? ¿Surgieron tal vez dudas sobre si el Kremlin acertaba al aplicar en Chechenia una política de tierra quemada que en la práctica hacía inevitable el terrorismo?


Texto publicado en el número 9 de Vanguardia Dossier

Anna Politkovskaia - 05/09/2004

En Rusia hay una guerra en curso. Ya vamos por el quinto año consecutivo, por lo que en cuanto a duración ya es más importante que la Segunda Guerra Mundial, y la campaña electoral a la Duma transcurrió en general sin tocar este tema crucial: ¿por qué la guerra pese a todo no ha terminado? ¿Cómo poner fin a la guerra de Chechenia y al derramamiento de sangre de conciudadanos?

Ningún debate público, ninguna reclamación ni promesa... Silencio total, a pesar de que decenas de miles de personas –de todo tipo: militares federales, soldados de la resistencia chechena, población civil atrapada entre los dos bandos combatientes – han muerto ya; no se adivina un punto final, y cada día se suceden las muertes...

¿Por qué se ha llegado a tal extremo de monstruosidad y salvajismo? ¿Dónde ha ido la democracia, a cuyos brotes, aunque no muy numerosos, tanto nos aferramos hasta la misma llegada de Putin al poder?

Chechenia se ha convertido hoy en día en una verdadera gangrena y un callejón sin salida para los rusos, pero al mismo tiempo en un punto de referencia de la Rusia de Putin. Resulta que, en el caso de Chechenia, con ayuda de la guerra, se ha demostrado extremadamente cómodo regresar a nuestro pasado reciente, y precisamente en Chechenia el poder ha puesto a prueba todos los métodos de transformación del país en un Estado no soviético: con propiedad privada, pero con una única ideología imperante, un renacer del liderazgo unipersonal desenfrenado, un menosprecio a los derechos humanos y a la idea difundida mediante propaganda de la obligatoria subordinación de los intereses individuales a los intereses de un supuesto Estado.

¿Cómo ha surgido esto? ¿Y por qué resulta crucial en este caso precisamente la guerra de Chechenia? En nuestro país, como es de sobras conocido, gobierna Putin, presidente de Rusia según las elecciones celebradas en marzo de 2000. En vísperas de la segunda guerra de Chechenia, en 1999, Putin era en principio un coronel poco conocido que recibió el cargo de director del FSB (actual designación de la KGB), y después saltó con rapidez a las alturas y se transformó en sucesor presidencial y primer ministro, por voluntad del presidente Boris Yeltsin –aquejado en aquel entonces de permanentes problemas de salud– y de la familia (el círculo más cercano al trono del Kremlin).

Pero, a pesar del salto en su carrera, Putin era una absoluta terra incognita para Rusia, y entonces la familia de Yeltsin decidió que no había mejor camino que una guerra para darle desarrollo con rapidez al sucesor que prometía conservar los capitales familiares. Así, Putin le declaró la guerra a Chechenia, agradecido por la oportunidad de darse a conocer (en Moscú y Volgodonsk se habían producido unos atroces atentados que habían destruido varios bloques de viviendas, y las bandas de Basaiev y Jattab atacaban Daguestán).

Ejército de huérfanos
A la guerra se le otorgó el título oficial de “operación antiterrorista en el Cáucaso norte”, es decir, una lucha contra el terrorismo, mientras los chechenos, todos a una, fueron declarados desde arriba, en boca del Kremlin, una nación de bandidos y terroristas sin excepción, obligados a cargar con la responsabilidad colectiva de las acciones de unos delincuentes individuales de su país (de los que existen en cualquier pueblo). Al mismo tiempo, se prescribió que todos aquellos no chechenos que decidieran declararse contrarios a la guerra recibieran la calificación de “enemigos”, “cómplices de los chechenos” y “antipatriotas”. Se organizó un potente lavado de cerebro a la población, al que se consagró una subdivisión especial de la administración del presidente, y el lavado funcionó.

De buen principio la sociedad, llevada por la inercia de los tiempos de Yeltsin, se rebeló con timidez contra las operaciones militares a gran escala en forma de lucha contra grupos terroristas; en esencia, los contestatarios fueron soldados que no querían ir a combatir a Chechenia, sus madres y un estrecho círculo de intelectuales de la capital y San Petersburgo.

Sin embargo, las protestas se fueron apagando gradualmente. El Kremlin respondió con una típica treta al estilo de la KGB. En primer lugar, empezó a enrolar hacia Chechenia a soldados escogidos de entre antiguos internos en orfelinatos. Huérfanos: nadie iba a interceder por ellos y no tenían madres que los lloraran, que exigieran compensaciones por su fallecimiento, que gritaran, hicieran mítines y acaso se abrieran paso hasta la prensa; y en la actualidad los antiguos internos de orfanato son la categoría de soldado más extendida. En segundo lugar, empezó a emplear mercenarios en Chechenia, cada vez más. Se trata de combatientes por contrato, que guerrean por dinero, de entre las filas de todos los que se mostraron dispuestos. Y de este modo, al poco tiempo se desplazaron a Chechenia unidades militares con toda clase de gentuza criminal y seudocriminal. Militantes de agrupaciones delictivas de todo el país, a los que se les iban los dedos por disparar. Una masa de antiguos delincuentes que no había encontrado en qué emplearse después de la cárcel. Parados enfurecidos contra el mundo, de los que contamos con centenares de miles. Y, por supuesto, fascistas declarados, miembros de grupos nacionalistas rusos que sueñan con la aniquilación de todos los negros (así es como llaman en Rusia a los oriundos del Cáucaso).

Y se empezó... Las comprobaciones de pasaporte en las aldeas se convirtieron en atroces operaciones de castigo. Los cadáveres desfigurados de personas caídas en las garras de los federales pasaron a ser el pan nuestro de cada día en Chechenia. Muchos empezaron a desaparecer sin dejar rastro: los detuvieron los militares y ya nunca más se supo de estos secuestrados. Poco a poco las ejecuciones sin juicio y los raptos se convirtieron en la tarjeta de visita de la “operación antiterrorista” y de las acciones de los militares en su territorio. El terrorismo de Estado empezó no sólo a rivalizar en crueldad con el no estatal, sino a superarlo. Por Chechenia campaban escuadrones de la muerte, pequeñas unidades de limpiadores del bosque, como se hacen llamar, cuyo fin no era otro que el aniquilamiento a su propia discreción de personas sobre las que nadie tenía información probada de que combatieran en las filas de la resistencia, simpatizaran con ella o fueran extremistas religiosos. En este caso los rumores eran del todo suficientes para ejecutar la sentencia.

¿Quién ejecutaba la sentencia? Verdugos con galones de federales, mantenidos por el Estado, con su tácita bendición. Asesinaron en Chechenia –y asesinan hoy en día– y regresan a sus casas y ciudades de Rusia. Y en la actualidad ya más de un millón de combatientes que pasaron por la segunda guerra chechena viven entre nosotros, desacostumbrados a solventar los conflictos de otro modo que no sea con el puño o el kalashnikov...

Cerrada a cal y canto
Sin embargo, ¿quién estaba al corriente de esto? ¿Quién lo está? Y en ese caso, ¿quién pensaba en ello? ¿Y quién piensa? Por desgracia, un número muy limitado de personas. El Kremlin cerró Chechenia sin cumplidos a los testigos innecesarios. En primer lugar, a los representantes de las organizaciones internacionales, que sólo podían trabajar allí bajo un estricto control de los militares, encontrándose sólo con quienes esos mismos militares pusieran al alcance de sus oídos. En segundo lugar, a los medios de comunicación. La administración del presidente introdujo normas de acreditación tales que los periodistas pudieran disponer exclusivamente de la información filtrada a través de los servicios de prensa militares, mientras que estaba prohibido verificarla en los pueblos y ciudades chechenos. Los periodistas no tenían derecho a abandonar las posiciones de las unidades de combate, y quien lo hiciera perdía la acreditación y se ganaba la expulsión de Chechenia: así la trampa informativa se fue cerrando poco a poco. Y poco a poco sucedió que casi nadie hizo un especial esfuerzo por salirse de esa trampa. Aquellos medios de comunicación que intentaron transmitir información independiente poco a poco fueron cerrando. Por supuesto, no como resultado directo de la presión de la administración presidencial, sino, naturalmente, bajo los pretextos más dispares, aunque hay pocos que tengan dudas sobre las auténticas raíces. El sigiloso Putin estuvo detrás de todas y cada una de las liquidaciones de los medios de comunicación que intentaron criticar la suicida política de tierra quemada en Chechenia, o lo que es lo mismo, su política particular, a lomos de la cual acababa de llegar a presidente.

Chechenia se fue convirtiendo en el instrumento con cuya ayuda Putin no sólo se hizo con el Kremlin, sino que emprendió su tentativa de estrangular la sociedad civil y la libertad de expresión. El 99 por ciento de los medios de comunicación rusos, como resultado de las manipulaciones de Putin en lo relativo a Chechenia, transmitían –y transmiten– desde la zona de “operación antiterrorista” sólo aquella información que le apetecía –y le apetece– a la Administración. Y esa información se divide en dos flujos. El primero: la heroica vida de combate de las unidades federales, las cuales, naturalmente, ejecutan las tareas que se les han encomendado de forma brillante y exclusivamente dentro de la ley; ninguna operación de castigo, sólo “comprobaciones regulares de identidad”. El segundo caudal son las crónicas sobre lo malos que son los chechenos y sobre quién debe dirigirlos.

Y nuestra población poco a poco se lo ha creído. Y así, precisamente desde Chechenia, desde la segunda guerra chechena, empezó la nueva Rusia post-Yeltsin, posdemocrática y no soviética, donde lo principal –como en los tiempos del comunismo–, no era lo que sucediera en realidad sino de qué modo lavar el cerebro a la población al respecto. En el caso de Chechenia el poder adoptó la conocida táctica soviética de la mentira total sobre lo sucedido con el fin de camuflar la verdad.

Rusia empezó a caer en una trágica inadecuación de enfoques. A veces incluso sin darse cuenta. Por el país se extendió el totalitarismo, y las masas nacionales lo saludaron y lo llamaron “advenimiento del orden”. Primero, en Chechenia; luego, en toda Rusia. La muerte de personas en la guerra empezó a percibirse como algo que se daba por sentado: víctimas justificadas del advenimiento del orden. Íbamos volando hacia el infierno...

Y allí llegamos. A finales del 2001, una chica de 18 años, cuyo hermano y marido habían desaparecido sin dejar rastro a manos de los federales, se acercó mucho al general Gadzhiev, comandante militar de la región Urus-Martan de Chechenia, al que consideraba culpable de lo sucedido a sus allegados, y el cual tenía fama de ser uno de los más crueles verdugos de Chechenia y uno de los organizadores de los escuadrones de la muerte; se acercó al máximo y saltó con él por los aires. Llevaba en el cuerpo un artefacto explosivo de fabricación casera; más tarde se aclaró que lo había ensamblado ella sola. No era una extremista religiosa. No era una fanática de la resistencia. Hubiera acabado llegando a adulta...

Era sencillamente una típica chechena en tiempos de la segunda guerra. Cuando se es persona en Chechenia, no se es persona en el sentido occidental de la palabra, sino un sujeto biológico carente de cualquier derecho y de posibilidades de ampararse en ninguna estructura de fuerza: el ministerio público, la policía y los tribunales no funcionan, y apenas exhiben una fachada de funcionamiento.

Y así, en respuesta a esto, una joven medio viuda, medio esposa de Urus-Martan, escogió tomarse la justicia por su mano como única oportunidad de vengar a sus seres queridos. Los medios de comunicación rusos trataron el homicidio del general Gadzhiev en tonos patéticos: él era un “héroe caído”, mientras que la asesina era una “perturbada” y una “enemiga”. O lo que es lo mismo, una vez más la sociedad rusa prefirió no ver la verdad que tenía ante los ojos. Putin no quiso ni oír hablar de la posibilidad de un arreglo pacífico en Chechenia y se tomó cualquier conversación al respecto como una ofensa personal. Europa –los líderes europeos, el Consejo Europeo, la OTAN, el Parlamento Europeo– después de oponerse un poco, se dejó llevar por las riendas de Putin y le vino a decir que hiciera lo que quisiese... Y una parte de los líderes –Schröder, Blair, Berlusconi– empezó a dar muestras de un gran amor por Putin. Los chechenos no entraban en las cuentas de nadie, y ellos se convencieron por completo de que sólo podían contar con ellos mismos.

Palestinización del conflicto
Así, a continuación comenzó la palestinización de la crisis chechena, enquistada hacia dentro y en profundidad. La causa principal de esa palestinización fueron los métodos adoptados hacia la población en el transcurso de la segunda guerra chechena. A lo largo de todo el año 2002 las fuerzas de la resistencia se radicalizaron a marchas forzadas, y las mujeres de Chechenia empezaron a soñar con repetir el camino de la heroína de Urus-Martan; las soluciones más drásticas empezaron a verse como heroicidades.

¿Y cómo estaba el resto de Rusia? Seguía sin saber. Para ser más exactos, prefería desconocer. Y así se hizo evidente que el culpable de la situación ya no era sólo el Kremlin, que continuaba en el Cáucaso septentrional su política de callejón sin salida para el país, sino también la sociedad, que en la práctica permitía la conducción de tal política suicida. Su silencio, el despertar de su racismo y los esfuerzos en todo punto insuficientes de intelectuales y periodistas condujeron a que la sociedad chechena, sin salida, continuara su acusada radicalización. Ese proceso se convirtió en la respuesta a los conceptos absolutamente retrógrados y retorcidos establecidos en Rusia bajo la influencia del presidente Vladimir Putin. Lo correcto entre la intelectualidad fue resignarse con la prolongación y el recrudecimiento de la guerra. En consecuencia, lo incorrecto y poco intelectual era cualquier intento de llamar a las cosas por su nombre: a los asesinatos cotidianos, asesinatos; a los secuestros, secuestros; a la descomposición del ejército y el pueblo, descomposición... Lo intelectual era callarse. Lo no intelectual, escuchar a las víctimas de la guerra...

Y el 23 de octubre del 2002, menos de un año después de la muerte del general Gadzhiev en el centro de la región de Urus-Martan, y después también de varios atentados en Chechenia, organizados al modo palestino y a los que casi nadie prestó atención, la sociedad rusa obtuvo una respuesta. Un grupo de combatientes chechenos, acompañados por mujeres, decididos a morir pero al precio de detener la guerra, fueron a Moscú y tomaron como rehenes a 916 personas, los espectadores y actores del musical Nord-Ost, que se representaba en el Palacio de la Cultura de Moscú. El mundo se estremeció. Rusia se quedó helada. El poder parecía paralizado. Y no pudo idear nada más humano que, a primera hora de la mañana del 26 de octubre, 57 horas después del golpe, envenenar con un arma química secreta a todo aquel que se encontrara en las instalaciones del teatro. Todos los terroristas fueron exterminados, sin dejar testigos que pudieran explicar de qué manera habían llegado los asaltantes casi al mismo centro de la capital, y junto con ellos al mismo tiempo murieron gaseados 130 rehenes.

¿Le enseñó algo a la sociedad rusa esta terrible tragedia? ¿Surgieron tal vez dudas sobre si el Kremlin acertaba al aplicar en Chechenia una política de tierra quemada que en la práctica hacía inevitable el terrorismo?

Tal vez surgieron, pero no por mucho tiempo. Se manifestaron y escandalizaron sólo las víctimas del Nord-Ost: las familias de los fallecidos. Con Putin el país ha empezado a recobrar los valores soviéticos. En especial los peores de ellos: la brutal idea fundamental estalinista. Recuerdo que rezaba así: no se puede hacer una tortilla sin romper los huevos. Stalin se refería con ello a las personas que debían entregar su vida en aras de un futuro radiante, tal y como él lo entendía. Es decir, caer bajo la locomotora de la historia para que los demás supuestamente vivieran mejor. Vimos realizarse de nuevo esta perniciosa y medieval idea estalinista en Chechenia. Nos enteramos de las ejecuciones sin juicio previo de todo aquel que se encontrara a mano, de la tortura y secuestro de personas. Precisamente eso se ha convertido en el símbolo de lo que se ha venido a llamar “operación antiterrorista”. Sí, respondían las autoridades, la lucha contra el terrorismo internacional se cobra víctimas, y en ocasiones mueren inocentes. Pero también eso era un pretexto, porque el Kremlin declaró sencillamente que toda aquella persona que se encontrara en el territorio de la “operación” debía cargar con la responsabilidad colectiva de la actividad criminal de unos ciudadanos en particular.

Manipulación
Ese mismo método fue adoptado en toda Rusia a resultas del atentado del Nord-Ost. “Alguien tiene que morir”, gritaban los políticos-marionetas en la televisión, y el propio Putin se manifestó en este mismo sentido. Y el mismo país a finales del año 2002 ya difería a grandes rasgos de lo que había sido antes de la llegada al poder de Putin y en cuanto a lo que pensaba la gente en vísperas de la segunda guerra chechena. El poder consumó su manipulación y la mentira total dejó de sorprender a la mayoría. La parte pensante de la sociedad se sometió y calló; desde los tiempos de la Unión Soviética a esto lo llamamos emigración interior. Y como hacía falta un poder, Putin tomó la iniciativa, o para ser más exactos, ni siquiera la tomó, sino que se limitó a hacer lo que deseaba, y a Rusia se le informó de que ahora empezaba en Chechenia “un proceso de regulación política y pacífica”. El proceso concluiría con la celebración de un referéndum para la aceptación de la nueva Constitución de Chechenia y las consiguientes elecciones a presidente de la república .

Y en la propia Chechenia nada cambió en lo sustancial. Todo siguió como antes: redadas, tropas mutiladas, secuestros, torturas...

Y a todo esto se le sumó sólo Kadirov , como un factor más de desestabilización y símbolo de muerte. Ajmat-Jadzhi Kadirov, antiguo muftí de Chechenia a la par que impenitente bandido, le había declarado la yihad a Rusia y había lanzado un llamamiento a matar cuantos más rusos mejor, pero en el año 2000 dejó a Masjadov para pasarse al bando del poder federal y juramentarse con él, lo cual le valió ser nombrado líder de la Administración temporal de la república en julio de aquel mismo año. A lo único a lo que se ha dedicado Kadirov desde entonces ha sido a tomar represalias contra sus enemigos personales. Más de una vez ha manifestado el parecer de que su ideal de política es el “año 37”. El “año 37” es el símbolo de las represiones estalinistas, cuando millones de personas desaparecieron sin dejar rastro en campos y prisiones sólo por haber sido declarados “enemigos del pueblo”.

En el periodo posterior al atentado de Moscú el Kremlin apostó precisamente por Kadirov, una persona a la que en la propia Chechenia nadie califica de otra cosa que de traidor. Precisamente para él la administración del presidente Putin redactó la llamada “nueva Constitución de la República de Chechenia”, la cual, pergeñados los artículos, hicieron pasar por un “referéndum nacional”; tuvo lugar el 23 de marzo de 2003 y fue anunciado oficialmente como “la entrada voluntaria de Chechenia en el cuerpo de la Federación de Rusia”.

Ahora Chechenia tiene dos constituciones: la de 1992 y la del 2003. Una parte de la población sigue la primera, y otra la segunda. El 5 de octubre, bajo la vigilancia de un contingente militar de 80.000 soldados, se llevó a cabo en Chechenia la “elección del primer presidente de la República de Chechenia”, como se denominó oficialmente. Como es natural, fue elegido Kadirov, ya en la primera vuelta, por una mayoría abrumadora de votos. A Kadirov se le había armado para ese momento: bajo tutela federal y con medios federales se fundó un ejército privado de aproximadamente 5.000 soldados, y en Chechenia comenzó una violenta guerra civil de chechenos contra chechenos, magistralmente enrevesada con la ayuda de las intrigas del Kremlin.

¿Y dónde están los calificados como “líderes de los terroristas chechenos”? En el mismo sitio que Bin Laden. Vivos y, por lo que parece, coleando. En consecuencia, salta a la vista que en la actualidad, la sangrienta política del Kremlin, mentirosa y perjudicial para el país, ha sido corta de miras, carente de sentido estratégico e inmediatista. Llámese política, dirigida sólo a la conservación del propio poder a toda costa, o juego mortífero de Putin, cuyo resultado ha sido embrollar la situación de forma definitiva. Y ahora Chechenia es un laberinto ensangrentado. Después del 5 de octubre, cuando se celebraron los comicios nacionales para elegir al “primer presidente” –se impone olvidar para siempre que Chechenia eligió su propio presidente como mínimo dos veces antes del 5 de octubre–, a la luz de los resultados, los jóvenes del país, sin alternativas, de nuevo parten a combatir en los grupos de la resistencia. Ahora los llaman “la quinta del 5 de octubre”, es decir, aquellos que se lanzaron al monte en señal de protesta contra unas elecciones falseadas por completo y la llegada al poder de un personaje como Kadirov, mentiroso, sanguinario y mediocre.

Millares de refugiados
He aquí lo que hemos conseguido con Putin. ¿Qué ha cambiado en el territorio abarcado por la llamada “operación antiterrorista”? Propiamente, nada. La economía está a cero. Los refugiados se cuentan por millares. La esfera social es un puro fraude, sencillamente no existe. Si alguien trabaja para hacerle más llevadera la vida a la gente son las organizaciones humanitarias internacionales, superando la oposición del poder. El FSB, por ejemplo, anunció de manera oficial a finales de 2003 que antes de Año Nuevo se efectuaría una comprobación total de las actividades de dichas organizaciones, porque el FSB sospecha de muchos representantes internacionales como posibles espías. Continúan las torturas... Todo sigue...

...Zeinap, de la aldea de Komsomol, a veces daba de comer a los combatientes. No porque los idolatrara, sino porque es lo debido en un pueblo caucásico: dar de comer a quien llama a tu puerta pidiendo pan. Al final, pagó por ello. Se la llevaron a un internado. Se trata de un lugar, ubicado en el mismo centro regional de Urus-Martan, que por un lado es efectivamente la antigua sede de un internado para chicas de la montaña y, por otro, un símbolo de terror, dolor y muerte. En el internado se encontraba la residencia del general Gadzhiev, hasta su fallecimiento. En la actualidad lo ocupa la dirección regional de Urus-Martan del FSB, una de las más feroces de Chechenia; es la base de uno de los escuadrones de la muerte que operan en el territorio de la república.

“Pasé dos días en el internado –cuenta Zeinap–. Me torturaron unos rusos. No chechenos. Pero los chechenos miraban y escuchaban. Eran hombres de Kadirov. Cuando me llevaron al internado me dijeron que era responsable del asesinato de cuatro policías en la aldea de Komsomol. Dijeron que bastaba con que señalara a cualquiera con el dedo. Al principio me torturaron con la corriente. Me pegaron la boca con cinta adhesiva. Con unos cordones, no sé, alambres, cables, me ataron por los dedos y me sostuvieron de pie. Cuando dieron la corriente, sentí como si me cortaran los dedos. Después me sentaron en un sillón y me ataron muy fuerte las manos y las piernas. Temblaba de arriba abajo de la electricidad, como si diera saltitos. Pero no podía moverme, porque estaba muy bien atada. Perdí la consciencia de tanto dolor, y me reavivaron con agua... Me golpearon con botas pesadas. En el estómago, en los riñones. No me dejaban descansar ni dormir. “Vosotros id a descansar, que nosotros le enseñaremos”, les oí decir, hablando entre ellos. Me parece que cambiaban y me atormentaban por turnos. Después me desnudaron y me violaron. Me violaron durante mucho tiempo. Con botellas. Por detrás y por delante”.

Zeinap sobrevivió. De milagro. Sólo porque en algún momento se hizo necesaria; decidieron condenarla con un juicio ejemplar, pues justamente se iniciaba una oleada de lucha contra las terroristas suicidas, y el poder tenía necesidad de demostrar un porcentaje de condenados por intentos de atentado. Después de la brutal violación, a Zeinap se la responsabilizó de tener armas en casa. Se celebró el juicio. Lo presidió el juez del tribunal municipal de Urus-Martan, Yandarov. El abogado asignado desde el FSB aconsejó reconocerlo todo, “o será peor”. Y el texto de la sentencia produce una impresión de novela fantástica de detectives, en cuanto que no guarda relación alguna en absoluto con la jurisprudencia, porque es imposible una sentencia que en general carezca de pruebas.

“Me pegaría un tiro...”
“Recibió de una mujer no identificada una maleta con manuales de transmisiones, dos videocasetes con grabaciones de reuniones de líderes de formaciones armadas ilegales y dos baterías para emisora de radio. De un miembro no identificado de una formación armada ilegal denominada Islam recibió una granada F-1, que guardaba en casa dentro de una caja de patatas... Reconoció plenamente su culpabilidad...”

Zeinap tiene 35 años. La condenaron a cuatro años. Nos conocimos por casualidad, y ahora nos reunimos y hablamos del futuro de Chechenia. Zeinap ve sólo un callejón sin salida tanto para Chechenia como para ella. “Me pegaría un tiro... Si es que en realidad tuviera un arma. Me pegaría un tiro al momento”, dice, convertida en una anciana.

La campaña caucásica de Rusia del siglo XXI, una vez más, se ha vuelto crónica y no tiene perspectivas. Ahora ni siquiera se habla de acuerdos pacíficos o de cualquier otro tipo. Todo se ha parado. Masjadov pierde a sus partidarios. Basaiev, un radical, los gana. Los jóvenes se inclinan, fundamentalmente, por Basaiev. La corrupción militar no deja oportunidades a una retirada de las tropas. Rusia se precipita hacia un abismo, cavado por Putin según su particular mentalidad corta de miras. Se avecina una agudísima crisis de civilización.

Anna Politkovskaia es comentarista de Novaia Gazeta (Moscú) y autora de Una guerra sucia y La deshonra rusa, ambos editados por RBA
Texto publicado en el número 9 de Vanguardia Dossier
isión

8 oct 2006

Los fundamentalismos

Occidente e Islam/Mário Soares, ex presidente y ex primer ministro de Portugal.

Traducción de Carlos Gumpert

Tomado de EL PAÍS, 07/10/2006
El terrorismo global es un flagelo que está poniendo en cuestión lo que queda del orden mundial (que aún perdura) y que, debido a su carácter imprevisible, nadie puede saber cuándo, cómo ni dónde ataca. El combate contra el terrorismo es, por lo tanto, un imperativo moral y político de capital importancia, que no puede ni debe ser descuidado por los Gobiernos responsables.
Con todo, no puede ser éste un combate ciego, en el que se corra el riesgo de fustigar a poblaciones inocentes o de recurrir a la utilización de medidas de seguridad excesivas que no duden en atentar contra las garantías de los ciudadanos, los derechos humanos y el derecho internacional. Porque, en ese caso, estaremos poniendo en cuestión los valores esenciales que cimientan nuestras sociedades democráticas y les confieren credibilidad política y autoridad moral. Estaremos, sin querer, siguiendo el juego del propio terrorismo.

La lucha contra el terrorismo no puede ser concebida como una “guerra” -y mucho menos como una “guerra preventiva”- entre Occidente y el islam. Porque la simplificación de los conceptos de Occidente e islam es reductiva, peligrosa y, en última instancia, falsa, en la medida en que no toma en consideración la complejidad de los valores que representan y nos conducen a cometer groseros errores (como ya ha ocurrido) y a deslizarnos, paulatinamente, casi sin que nos percatemos, hacia una guerra de tipo religioso, que significaría un retroceso de varios siglos en la historia de la civilización. Sería lo peor que podría sucedernos.

Es posible que algunos valores del llamado Occidente no sean tan universales como juzgábamos a finales del siglo pasado, tras el colapso del universo comunista. A pesar de todo, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada por las Naciones Unidas, por unanimidad, en 1948, junto a las diversas cartas de derechos que la completaron en las décadas siguientes, sigue representando la mayor contribución jurídica y política para lo que Leopold Senghor llamaba la “civilización de lo universal”.
La complejidad del islam, su muy excepcional historia y civilización, que tantas valiosas aportaciones ha dado al propio Occidente, antes y después de ese momento de convergencia y de diálogo histórico único que supuso Al-Andalus, la variedad irreductible de sus diferentes corrientes religiosas, aconsejan no confundir el islam con el fundamentalismo global ni tampoco con los llamados países árabes moderados, que, a pesar de ser aparentemente dóciles en relación a Occidente, no pasan de feroces dictaduras o de intolerables teocracias. Por lo demás, el fundamentalismo global no es exclusivo del Islam. Con mayor o menor violencia, no podemos olvidar los fundamentalismos cristiano, judaico o hindú, sólo para citar los más conocidos.

De lo que puede concluirse que el fundamentalismo global no tiene únicamente raíces religiosas, sino también geopolíticas y sociológicas que mucho tienen que ver con el subdesarrollo, con vastas zonas de desempleo, con el hambre, con la cultura de la violencia, que todos los días se insinúa en las televisiones del mundo entero, con la criminalidad internacional organizada y con la humillación, tan ostentosa, del capitalismo financiero y especulador y de los paraísos fiscales.

Por otro lado, Occidente no es hoy un todo compacto ni, mucho menos, homogéneo. La hegemonía de los Estados Unidos -autotitulado imperio benigno- bajo la Administración Bush, se halla en plena carrera hacia un desastre político, económico y sociológico de proporciones inimaginables. La Unión Europea, incapaz de definir una estratégica autónoma en relación con los Estados Unidos, peca por omisión e incapacidad de intervención, carente de un liderazgo con autoridad moral y verdadera dimensión política. Latinoamérica -o Iberoamérica- el tercer polo occidental, está hoy, en el contexto mundial, en acelerada transformación, indecisa entre un radicalismo de raíz populista (mestizo o indígena) y un reformismo moderado de molde más o menos socialdemócrata. Ojalá sean capaces de entenderse entre sí…
Pero el mundo es mucho más vasto que Occidente y el Islam y se halla también en rápido proceso de cambio. Los llamados países emergentes -China, India, Rusia, Brasil, Suráfrica, Indonesia- están al acecho del momento exacto que les ofrezca mejores oportunidades de afirmación. Es natural.
Sólo con una reforma de las Naciones Unidas, de gran calado, que pueda apostar por una especie de alineamiento mundial, podrían encararse -con posibilidades de éxito- los grandes desafíos mundiales: la paz, la eliminación del terrorismo, la erradicación de la pobreza, las amenazas ecológicas que afectan al Planeta, el establecimiento de una reordenación mundial que suponga para los pueblos de la Tierra mayor igualdad, mayor libertad y mayor solidaridad, en el marco de un mundo más justo y humano. El resto no será más que mera retórica, destinada al olvido en el mismo instante en el que los discursos sean pronunciados.
Valores comunes en la lucha contra el terrorismo/John Reid, ministro del Interior británico
Tomado del periódico español ABC, 29/09/2006
Nencesitamos recordarnos a nosotros mismos por qué estamos inmersos en esta lucha contra el terrorismo. No es, y nunca lo ha sido, una guerra contra el islam; es una lucha contra el extremismo, el terror y la intolerancia. Luchamos contra quienes no aceptan los valores de nuestra humanidad compartida; de nuestra interpretación compartida del derecho a la vida, a la igualdad, a la justicia y a la oportunidad. Los principios de devoción a la familia y a la sociedad, a la fe y a las buenas obras no se limitan al islam; son los valores de Gran Bretaña, y los que hoy defendemos con firmeza.
De modo que, ¿cuáles son los valores por los que luchamos? Mis amigos musulmanes me dicen que del Corán podemos extraer una serie de derechos. Por lo que yo entiendo, el Corán nos garantiza, entre otras cosas, el derecho a la vida, el derecho al respeto y a la equidad, el derecho a la justicia, el derecho a la libertad, el derecho a adquirir conocimiento, el derecho a las necesidades básicas, el derecho a la intimidad.
Pero el problema es que la percepción pública de la fe islámica ha sido secuestrada con demasiada frecuencia por quienes toman esta religión pacífica y compasiva y la tuercen y distorsionan para apoyar sus fines violentos. Aclaremos una cosa: no hay democracia ni imparcialidad en los valores de los terroristas, no hay principios de igualdad, justicia u oportunidad para todos, y no hay visión de una sociedad pacífica con los no musulmanes. Bin Laden y sus seguidores representan la antítesis de lo que las personas decentes se esfuerzan por proteger: los derechos de los pobres, los derechos de las mujeres y el derecho a la justicia.

No creo que estos terroristas puedan ser musulmanes en el verdadero sentido de la palabra. Son militantes que intentan alcanzar sus objetivos por la fuerza del terror y la violencia. Envuelven su lenguaje en la retórica de las enseñanzas islámicas, pero su comportamiento contradice los mismísimos principios de la fe islámica. Creen que Occidente encarna el mal y que todos los valores modernos corrompen a los musulmanes cuando, de hecho, son ellos los perversos y crueles y los que están corrompiendo la mente de los jóvenes musulmanes. Son ellos los que intentan destruir la paz y el entendimiento entre los distintos grupos étnicos y confesiones de este mundo.
Y de eso trata la lucha contra el terrorismo. Es un conflicto de valores y no de religiones. Es un conflicto entre los valores islámicos y los valores arcaicos e intolerantes. Es una lucha contra el extremismo, la intolerancia y el terror. Y, a pesar de las afirmaciones de que su guerra es una yihad (guerra santa) contra los infieles, la mayoría de las víctimas de Al Qaida son musulmanas. Sus ataques han masacrado a musulmanes inocentes en Indonesia, Turquía, Egipto, Jordania y Argelia. Y, por supuesto, los musulmanes asesinados en Londres el año pasado.
Los terroristas están librando una guerra violenta e indiscriminada y no podemos limitarnos a esperar a que ataquen para después reaccionar. Todos debemos permanecer atentos y ayudar a evitar cualquier tragedia futura. Y por eso todos debemos mantenernos alerta y tener el valor de decir lo que pensamos.
Estos terroristas están empeñados en destruir nuestra solidaridad y en crear divisiones donde no tiene por qué haberlas. Por lo tanto, las personas decentes tienen que mostrarse igual de decididas y ser igual de listas. Tenemos que demostrarles que somos una sociedad integrada y unida. No debemos permitirles que nos dividan. Estos terroristas están dispuestos a aprovecharse de nuestros jóvenes, a privarnos de nuestros derechos y a restringir nuestras libertades. Y no se equivoquen: no tendrían clemencia. Sustituirían el derecho a la vida por el derecho a la vida sólo para su tipo de musulmanes; sustituirían el derecho a la igualdad por los derechos sólo para los hombres; sustituirían el derecho a la justicia por interpretaciones extremistas de las leyes hudud; harían retroceder el reloj de la historia, y depondrían a gobiernos legítimos y democráticos. Y no pararían de asesinar a musulmanes y no musulmanes. Desde su perspectiva no existe el acuerdo, y su mente no prevé la paz entre musulmanes y no musulmanes.
Se acabaron los días de enterrar la cabeza en la arena. Los extremistas se presentan con sus pensamientos llenos de odio, empiezan por proscribir a las mujeres e intimidar a la mayoría musulmana y luego lavan el cerebro a los jóvenes. Abusan de su versión pervertida del islam y nos convertirían a todos en víctimas.
Tenemos mucho trabajo por hacer para combatir la amenaza del terrorismo. Pero una cosa es cierta: no podemos hacerlo solos. La amenaza del terrorismo es una amenaza común para todos. Las bombas asesinas no discriminan entre viejos y jóvenes, soldados y civiles, hombres y mujeres, musulmanes, cristianos, judíos o aquéllos sin confesión religiosa. Sólo podremos plantar cara y finalmente derrotar al enemigo común que nos amenaza a todos mediante el esfuerzo de todos los que perseguimos un propósito común.

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