6 may 2009

100 días de Obama

Los 100 primeros días de Obama/James L. Jones, asesor de Seguridad Nacional de Estados Unidos
Publicado en EL PAÍS, 04/05/09;
Hace 100 días, Estados Unidos celebró la toma de posesión de su 44º presidente. Muchas personas en todo el mundo se unieron a nosotros para celebrar un acontecimiento histórico para el pueblo estadounidense y para todos los que creen que es posible la esperanza de un futuro mejor para ellos y sus hijos.
La emoción y el optimismo que, como estadounidenses, sentimos el 20 de enero no han hecho más que crecer desde entonces, incluso ante la seria crisis económica mundial, las noticias de un virus de la gripe y los intimidatorios desafíos del siglo XXI, como el terrorismo y la proliferación nuclear, el cambio climático y la pobreza, los conflictos duraderos y las graves enfermedades.
Estos desafíos no han sido causados por un país ni pueden ser resueltos por un país. Como dijo el presidente Obama ya en su segundo día en el cargo: “Por el bien de nuestra seguridad nacional y las comunes aspiraciones de las personas de todo el mundo, ahora ha de comenzar una era de nuevo liderazgo estadounidense en el mundo”.
Durante los primeros 100 días de su gobierno, el presidente Obama ya ha demostrado al mundo cómo será el nuevo compromiso de Estados Unidos.
En primer lugar, se ha comprometido a que él y su Gobierno llevarán a cabo una política exterior que garantice la seguridad del pueblo estadounidense y de nuestros amigos y aliados.
El compromiso mundial basado en los intereses y el respeto mutuos es el punto de partida de nuestra política exterior. Y aunque habrá circunstancias en las que un planteamiento así tal vez no tenga éxito, Estados Unidos estará dispuesto primero a escuchar y hablar con potenciales adversarios para promover nuestros intereses nacionales y los de la comunidad mundial que confía en Estados Unidos para liderar en los asuntos relacionados con la seguridad.
En los casos en los que sea inevitable un uso más patente de la fuerza, ningún adversario debe hacerse ilusiones en cuanto al resultado. Por eso continuaremos haciendo que nuestras Fuerzas Armadas sean las mejores del mundo y también las más admiradas y respetadas.
Para desarrollar nuestras estrategias de compromiso, y casi inmediatamente después de tomar posesión de su cargo, el presidente nombró a algunos de los diplomáticos de más talento de Estados Unidos para servir como enviados especiales y representantes: para la Paz en Oriente Próximo, para el Suroeste de Asia, para Sudán, para Afganistán y Pakistán y para el Cambio Climático. Este hecho sólo pone de manifiesto que en el siglo XXI las estrategias regionales estarán a la vanguardia de nuestra energía y nuestra atención enasuntos referentes a la seguridad nacional e internacional. Esto representa un claro reconocimiento de que debemos abordar el mundo como es hoy y no como era en el siglo XX.
Durante los últimos tres meses, la comunidad responsable de la seguridad nacional, por incluir a nuestros diplomáticos destinados en el extranjero, se ha dedicado a una diplomacia activa y eficaz para afrontar los muchos desafíos a los que nos enfrentamos. Hasta el momento, los resultados han sido alentadores, pero queda mucho por hacer.
El presidente Obama también ha dejado claro su compromiso para proseguir con un diálogo serio y positivo con las comunidades musulmanas de todo el mundo. Ésta es la razón por la cual concedió a Al Arabiya su primera entrevista televisada como presidente. También por eso dijo al pueblo y a los líderes iraníes que busca un nuevo diálogo sobre todo el espectro de asuntos que afrontamos, y habló de nuevas asociaciones para favorecer la educación, la asistencia médica y las oportunidades en su discurso ante el Parlamento turco. Y por eso ha dejado claro que Estados Unidos no está, ni estará nunca, en guerra con el islam.
En segundo lugar, hemos dejado claro que tenemos el propósito de frenar, desarticular y derrotar a Al Qaeda. En marzo, el presidente anunció los resultados de una revisión global de la estrategia para Pakistán y Afganistán que proporcionará los recursos que necesitamos para alcanzar nuestros objetivos, al tiempo que ayudará a los pueblos afgano y paquistaní a tratar de encontrar seguridad y más oportunidades.
En Estrasburgo, en el 60º aniversario de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), el presidente recibió amplio apoyo internacional para su estrategia y un compromiso de nuestros aliados de la OTAN para crear un nuevo concepto estratégico con el fin de que la Alianza pueda llegar a ser más relevante para estar a la altura de los desafíos del siglo XXI.
Y en Bagdad, el presidente reiteró su compromiso de reducir responsablemente nuestras fuerzas para cumplir el Acuerdo sobre el Estatus de las Fuerzas negociado con el Gobierno de Irak, ayudando siempre a los iraquíes a asumir la responsabilidad de su futuro soberano.
En tercer lugar, el presidente Obama ha trabajado para concebir enfoques comunes de un amplio abanico de desafíos mundiales. En Londres ayudó a establecer un importante consenso sobre las medidas concretas para abordar la crisis económica internacional, como un nuevo marco regulador mundial, más ayuda para los países en desarrollo y un renovado compromiso con el comercio libre y justo.
En Praga lanzó una ambiciosa agenda para asegurar todo el material nuclear “sin control” en el mundo en cuatro años, invertir la corriente de la proliferación nuclear y luchar por un mundo libre de armas nucleares.
En cuanto a otros asuntos más cercanos, el presidente Obama ha reconocido nuestra parte de responsabilidad para abordar eficazmente la demanda de estupefacientes y el tráfico ilegal de armas y ha lanzado un nuevo plan para combatir la violencia relacionada con la droga a lo largo de la frontera entre Estados Unidos y México.
El presidente ha anunciado también el levantamiento de restricciones a las remesas y los viajes a Cuba por parte de los cubano-americanos y ha marcado un nuevo comienzo con nuestros vecinos de hemisferio ofreciendo cooperación en un amplio abanico de asuntos en la Cumbre de las Américas.
El presidente también ha trabajado eficazmente con organizaciones multilaterales. En las últimas semanas, Estados Unidos ha congregado a sus aliados y a la comunidad internacional en respuesta al lanzamiento de un misil por parte de Corea del Norte y está aumentando los esfuerzos internacionales para combatir la piratería frente a la costa de Somalia.
Además, Estados Unidos ha señalado su intención de liderar en otras iniciativas también importantes de gran trascendencia para nuestro planeta para promover asociaciones relacionadas con la energía limpia y el cambio climático, comenzando por la primera sesión preparatoria del Foro de Grandes Economías sobre la Energía y el Clima.
Y por último, el presidente Barack Obama ha rechazado como falsa cualquier elección entre la seguridad y los ideales de Estados Unidos. En su primer día en el cargo ordenó el cierre del Centro de Detención de la Bahía de Guantánamo en el plazo de un año, prohibió las medidas elevadas de detención y dejó claro, sin excepción ni equívoco, que Estados Unidos apoya plenamente la Convención de Ginebra y ni practica ni aprueba la tortura. En este caso también se espera que lideremos con el poder de nuestro ejemplo.
Aunque se han dicho y hecho muchas cosas en los 100 primeros días, los que tenemos el privilegio de servir a nuestro país en este periodo extraordinariamente complejo y exigente nos damos plena cuenta de que nos encontramos sólo al principio de nuestro viaje.
Creemos que estamos avanzando para estar a la altura de algunos de los grandes desafíos que afrontamos para restaurar la reputación de Estados Unidos como amigo y socio de todos los que buscan un futuro de paz, prosperidad y dignidad para sus ciudadanos.

El derecho global

Es la hora del Derecho global/Rafael Domingo, catedrático en la Universidad de Navarra y autor del libro ¿Qué es el Derecho Global?
Publicado en EL MUNDO, 04/05/09;
La profunda crisis económica mundial en que nos hallamos inmersos, la necesidad de implantar una justicia global que ponga fin a las grandes lacras de la sociedad humana, el rampante déficit democrático de las principales instituciones internacionales, la crisis de la ley como principal fuente del Derecho y la falta de previsión ante un horizonte político sumamente complejo, revelan el imperativo de un Derecho nuevo, distinto, que ordene la humanidad de acuerdo a las exigencias globales.
Este Derecho global constituye, por sí solo, un auténtico ordenamiento jurídico y no se agota en un puñado de principios morales que pretenden guiar la conducta de los pueblos. Es, por supuesto, un ordenamiento sui generis, complementario de los existentes, abierto, fundado en la persona, con una norma de reconocimiento competencial basada en un principio multisecularmente democrático, liberal: lo que afecta a todos, debe ser aprobado por todos, y no sólo por un grupo de países poderosos o una gran potencia que logra intimidar a las demás merced a su capacidad nuclear.
Si el Derecho de gentes sirvió a los intereses hegemónicos de la vieja Roma, y el Derecho internacional a los de una Europa estatalizada, soberanista y fragmentada, el Derecho global ha de contribuir al bien común de la humanidad y muy particularmente al desarrollo de la paz en el mundo. La coexistencia pacífica entre el Derecho internacional y el Derecho global es necesaria.El reto consiste en transformar paulatinamente el Derecho internacional en un ordenamiento jurídico global, de acuerdo con los principios informadores de este ius novum, sin apelar a demagogias rupturistas.
El gran riesgo que corre en nuestros días el Derecho global es el de su americanización, es decir, la posibilidad, cierta, de que éste se convierta en una mera versión norteamericana del ius publicum europaeum. Globalizar el Derecho no es americanizarlo.Sin embargo, podría llegar a serlo. La Presidencia de Obama puede facilitar su expansión efectiva. En efecto, de la misma manera que el ius gentium fue un Derecho de los romanos, y el Derecho internacional un Derecho europeo, el Derecho global podría erigirse en un Derecho de los americanos.
A partir del 11-S quedó en evidencia la inseguridad en la que vive el mundo en pleno siglo XXI. Ante la gravedad de esta situación, Estados Unidos no está dispuesto a hacer concesiones de soberanía a una comunidad internacional poco eficiente, en la que cada Estado, pese a tener un voto en la Asamblea General de la ONU, está sometido al albur del Consejo de Seguridad. No, Estados Unidos ni quiere, ni puede jugar la carta internacional como si de ello no emanase ninguna amenaza para su posición hegemónica.
En su libro Law Without Nations?, Jeremy A. Rabkin, explica con mucha claridad los argumentos norteamericanos. La seguridad de los Estados Unidos está en peligro y son ellos los que han de defenderse apelando a su soberanía e independencia.
Para Rabkin, las concesiones competenciales a instituciones globales que mengüen la soberanía norteamericana serían dañinas para la democracia. Así, la solución que muchos líderes estadounidenses aplican es el unilateralismo, basado en la inmensa capacidad militar del gigante del Norte. Nada más contrario al Derecho global que un unilateralismo fundado en el poder, como nada más contrario a la democracia que la partitocracia. Ambas ocasionan el empobrecimiento político y, a la larga, la miseria social.
Con o sin Estados Unidos, el Derecho global ha de seguir la senda de la justicia. Si EE UU se une a la iniciativa del Derecho global -parece que Obama lo hará- el riesgo de americanización de este Derecho será mayor que si no lo hace. Pero si no se vincula, el desarrollo del Derecho global será mucho más lento de lo que sería de la mano del coloso americano. Así lo contemplamos, por ejemplo, con la Corte Penal Internacional o el protocolo de Kioto.
Sin embargo, la llave del Derecho global está no sólo en las manos de Estados Unidos, sino también en las de Naciones Unidas. Esta organización mundial, habiendo conseguido grandes éxitos internacionales, no ha logrado cumplir su objetivo principal de mantenimiento de la paz en el mundo. La Guerra Fría y los sucesivos conflictos bélicos se lo han impedido. Pero así como el Derecho global puede desarrollarse sin el apoyo de los Estados Unidos, es condicio sine que non el respaldo de Naciones Unidas. Y este respaldo, fundamental, consiste en una «novación extintiva», por emplear una expresión del Derecho privado.
La ONU ha de transformarse en una nueva institución y no sólo reformarse. Tiene que cambiar sus vestidos, como lo ha hecho Europa, para erigirse en la gran institución coordinadora del Derecho global. Para ello sugiero un nuevo nombre, Humanidad Unida, que refleja cierta continuidad con el rótulo anterior, sustituyendo a su vez el término Nación por el de Humanidad.
En efecto, el Derecho internacional ha sido un Derecho de Estados y naciones, el Derecho global, en cambio, es un Derecho de la humanidad. No se unen las naciones, no se adhieren los gobiernos: nos unimos todos y cada uno de los habitantes de la Tierra. He aquí la gran novedad. Por eso, el Derecho global tiene más de Derecho común que de Derecho de gentes.
La formación de Estados Unidos y el proceso de construcción de la Unión Europea aportan ideas centrales para el desarrollo del Derecho global. Menos, en cambio, la Revolución Francesa, en tanto revolución nacional. La gran contribución americana es la recuperación del concepto de Pueblo (demos, populus), traído a colación en nuestros días por el filósofo americano John Rawls, en su libro The Law of Peoples (1999). La humanidad se compone de personas organizadas en familias y éstas en comunidades, unidas a su vez en pueblos, mas no propiamente en Estados. Los estados constituyen una forma de organizar la sociedad en la Edad Moderna, que hoy ha quedado ampliamente superada, debido a la crisis de los principios que lo informan, particularmente los de soberanía y territorialidad.
James Wilson, Abraham Lincoln y Joseph Story consideraron que el pueblo americano era ya una nación antes de que se constituyeran los Estados, esto es, que el pueblo existía antes que el Estado: «The Union is older than any of the States; and in fact created them as States». Por ello, la Constitución americana lo único que hizo fue unir de forma más perfecta algo que ya existía anteriormente: un pueblo.
Pienso que ésta es la manera de tratar la soberanía en nuestros días: reconvertirla de nuevo en majestad, recuperando así la idea de pueblo. La Humanidad puede ser llamada Pueblo, un pueblo de pueblos, pero no ser erigida en un Superestado, como si de una nación se tratase. Y como la Humanidad es anterior a los estados, el Derecho de la Humanidad, en tanto comunidad universal, debe prevalecer frente al Derecho de los Estados. De la Unión Europea, el Derecho global aprende que, en poco tiempo, se puede hacer mucho, cuando hay voluntad de unión y deseos de reparación y perdón.
El Derecho global es el gran reto jurídico del siglo XXI. Ante un orbe cercado por los nacionalismos anacrónicos, el terrorismo demencial, las amenazas a Occidente y los progresismos de raíz totalitaria, la ciencia jurídica no puede permanecer impávida. El Derecho Global exige el esfuerzo de todos y la renuncia a una serie de privilegios que los pueblos y naciones que habitan el orbe han ido adquiriendo con el paso del tiempo.
Hay que respetar el statu quo, pero sin deificarlo como algo inamovible. La globalización es un proceso que ha de realizarse, por desgracia, con o sin Derecho. Es imparable. Y no tiene
retorno.Es deber de los hombres del Derecho ordenarlo conforme a los criterios de justicia. A nosotros, a los juristas del siglo XXI, nos corresponde colocar los cimientos de esta nueva construcción que es el Derecho global: el auténtico Derecho común de la humanidad.

Sobre los sucesos de Guantánamo

Sombra de banquillo/Nicolás García Rivas, catedrático de Derecho Penal, Universidad Castilla-La Mancha
Publicado en EL Correo Digital, 04/05/09;
La publicación de una serie de documentos secretos sobre las técnicas de interrogatorio a los detenidos en la ‘guerra contra el terrorismo’ ha situado a los altos dirigentes políticos de la Administración Bush en el punto de mira de los operadores jurídicos norteamericanos (incluido el fiscal general, Eric Holder), por si pudieran ser objeto de una imputación penal como responsables de las presuntas torturas infligidas a los prisioneros de Guantánamo. Ahora bien, para que prosperase dicha imputación debería demostrarse, en primer lugar, que las técnicas de interrogatorio constituyen ‘tortura’; en segundo lugar, que el presidente Bush, el vicepresidente Cheney, el secretario de Defensa Rumsfeld o la consejera presidencial Rice tuvieron pleno conocimiento de las mismas; y, en tercer lugar, que exista un procedimiento para culparles por ellas aunque obviamente no hayan practicado, ni presenciado siquiera, las técnicas de interrogatorio a los detenidos en dicha prisión.
En términos jurídicos, la Convención de Naciones Unidas de 1984 -ratificada por Estados Unidos diez años más tarde- define la tortura como «todo acto por el cual se inflijan intencionadamente a una persona dolores o sufrimientos graves, ya sean físicos o mentales, con el fin de obtener de ella o de un tercero información o una confesión, de castigarla por un acto que haya cometido, o se sospeche que ha cometido, o de intimidar o coaccionar a esa persona o a otras, o por cualquier razón basada en cualquier tipo de discriminación, cuando dichos dolores o sufrimientos sean infligidos por un funcionario público u otra persona en el ejercicio de funciones públicas, a instigación suya, o con su consentimiento o aquiescencia». Aunque las autoridades norteamericanas han sostenido siempre que el trato a los detenidos por terrorismo no incurría en esta aberrante práctica, informes neutrales de Amnistía Internacional (2004), Naciones Unidas (2006) o Cruz Roja Internacional (2007) han afirmado lo contrario. Pero ninguno de estos informes resulta tan revelador como el emitido en noviembre de 2008 por el propio Senado estadounidense (’Inquiry into the treatment of detainees in U.S. custody’), fruto del análisis exhaustivo de más de 200.000 páginas de documentos -incluidos los considerados secretos hasta esta semana-, que ofrece todo lujo de detalles sobre el modo en que se realizaban los interrogatorios a los detenidos por terrorismo.
Una mera lectura de sus 19 conclusiones revela que Rumsfeld y asesores directos de Bush (Alberto Gonzales) y de Cheney (David Addington) fueron los artífices de la elaboración de un estatus ‘paralegal’ de los detenidos, a los que no sólo se privaría de los derechos reconocidos en la Convención de Ginebra sobre prisioneros de guerra, sino que se aplicaría el manual de técnicas de interrogatorio utilizado en las academias militares para adiestrar a sus alumnos en la resistencia frente a una eventual captura por el enemigo; técnicas que incluyen el ahogo por inmersión, el sometimiento a posturas estresantes o a ruido ensordecedor durante días, la privación del sueño, la aplicación de altas o bajas temperaturas, la amenaza con graves daños al detenido o a su familia y otras vejaciones semejantes que encajan a la perfección en el concepto de tortura y cuya práctica fue ‘ordenada’ por el Gobierno norteamericano, de acuerdo con ese informe del Senado. ¿Sería posible entonces una persecución penal contra los responsables políticos de esta violación de los derechos humanos?
El Derecho penal democrático sólo permite sancionar a un ciudadano cuando se acredita su «responsabilidad personal» en el hecho cometido, ya sea como autor o como partícipe. Sin embargo, a raíz del atroz genocidio
cometido por el régimen nazi, los penalistas han trabajado para fundamentar la imputación del delito no sólo a quien realiza directamente la conducta punible, sino a quien maneja la estructura de poder en cuyo seno se comete. Desde el juicio a Eichmann en Jerusalén (1961) -por la matanza de miles de judíos- hasta la condena a los jefes políticos de la Alemania Oriental (1994) -por los crímenes del Muro-, pasando por el ejemplar castigo a la Junta Militar Argentina (1985) -por la desaparición y asesinato de miles de personas durante la dictadura, justificadas también por el embate del terrorismo-, distintos tribunales se han enfrentado a este problema. Y todos han condenado como asesinos a quienes no habían matado directamente a nadie, creando una valiosa jurisprudencia que podría aplicarse sin duda al caso norteamericano. De acuerdo con esos precedentes, quien domina un aparato de poder, dotado de estructura jerárquica, donde las decisiones tomadas ‘arriba’ son ejecutadas desde luego por los subordinados, no es sólo instigador de los delitos cometidos por éstos, sino el auténtico ‘autor’ del hecho, porque lo domina y tiene capacidad para decidir si se comete o no. Exactamente eso es lo que ha ocurrido con las torturas infligidas a cientos de personas por miembros de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos desde 2001 en la sedicente ‘guerra contra el terror’, torturas que son patrimonio del Gobierno Bush, cuyos altos dirigentes podrían ser condenados como autores de las mismas, si nos atenemos al escalofriante informe del Senado norteamericano y a la elocuente afirmación del fiscal general, Eric Holder, quien ha declarado recientemente que «nadie está por encima de la ley» en ese país.

Gripe sin apellido

Gripe sin apellido/Kepa Aulestia
Publicado en LA VANGUARDIA, 05/05/09;
La cepa de gripe de origen porcino que mutó al parecer en México para pasar a humanos y extenderse por distintos países ha puesto a prueba el tratamiento informativo de las enfermedades contagiosas emergentes, el papel que corresponde a las autoridades sanitarias frente a ellas y la función que compete a los gobernantes. Es probable que dentro de unos días el foco de la atención mediática se haya desplazado del mencionado problema para dirigirse a cualquier otro acontecimiento noticioso. Como es probable que las enseñanzas que pudieran extraerse de tan reciente experiencia acaben siendo soslayadas para que los límites y errores evidenciados se reproduzcan ante cualquier nueva epidemia. La naturaleza y evolución siempre inciertas de una crisis sanitaria impiden establecer pautas inamovibles para su comunicación.
Pero las carencias y equivocaciones que se han podido descubrir en el caso retratan tanto a las autoridades, sanitarias o no, como a los medios en su aproximación al asunto.
La denominación de las cosas determina casi todo en la comunicación social. Los calificativos que han acompañado a esta gripe condicionan la percepción del problema por parte de la opinión pública; además, el significado de los términos de referencia varía con su uso. Semana y media después de que el mundo tuviera noticia de qué estaba ocurriendo en México, la nueva cepa de gripe se vio desposeída de las dos denominaciones con las que comenzó a ser noticia. Ya no es ni mexicana ni porcina, porque el primer apelativo estigmatizaba a todo un país que ha sufrido los efectos inmediatos de tan inquietante epidemia y el segundo perjudicaba a un sector de la ganadería, como en su día se vieron afectados el vacuno y el avícola. Ahora la gripe lleva el nombre del virus, A/ H1N1; denominación tan rigurosa desde el punto de vista científico como críptica y carente de significado de cara a su percepción ciudadana. No es este un problema menor para la comunicación en materia de salud. Porque de igual modo que la convivencia anual con la gripe obliga a ponerle algún apellido para que la sociedad adopte precauciones añadidas, la remisión a las siglas que se le adjudiquen a una determinada mutación vírica dificultaría la transmisión de la información necesaria para despertar los instintos sociales de prevención. Baste un ejemplo netamente crónico. La EPOC (enfermedad pulmonar obstructiva crónica) es la cuarta causa de mortalidad en España, provocada en la inmensa mayoría de los casos por el consumo continuado de tabaco. Pero tan enigmática denominación dificulta sobremanera la toma de conciencia sobre su existencia.
En unos pocos días el concepto mismo de epidemia se ha convertido en algo próximo a lo trivial; e incluso la pandemia se ha desprendido de las connotaciones de tragedia a gran escala que su uso comportaba hasta la fecha. La opinión publicada y la pública describen a menudo un movimiento pendular entre el tremendismo y la indiferencia. El parecer de los expertos, proclives a tratar esta como una gripe más, contrasta con el de las autoridades sanitarias, tendentes a curarse en salud con advertencias ciertamente genéricas y recomendaciones de higiene básica. Mientras, los gobernantes titubean en sus comparecencias públicas ante una amenaza que constituye tanto una oportunidad para que muestren sus dotes de estadistas como un riesgo de que los efectos de la mutación genética del virus echen a perder sus carreras políticas. Que las alertas no provoquen pánico se ha convertido también enun lugar común impreciso, cuya corrección política no alcanza a indicar a las autoridades en qué términos deberían manifestarse. Los protocolos se habrán seguido en la toma de decisiones, pero de la misma manera que en México las declaraciones más inquietantes se solapaban con otras que reducían la magnitud del problema, como si se tratase de una invitación para que el público eligiera la versión que más le conviniera del amplio abanico de consideraciones expuestas, también la opinión pública europea se ha visto sometida a una diversidad de voces que, aunque menos variada que la mexicana, evidencia las dificultades a las que los poderes públicos se enfrentan a la hora de comunicar sobre una crisis sanitaria.
Incluso se ha podido constatar que, en cada una de sus apariciones, la OMSs e ha dirigido a la opinión pública tarde para Europa y temprano para América, de manera que el efecto de sus decisiones y comunicados quedaba amortiguado por la diferencia horaria entre ambos continentes. Es posible que la gripe provocada por la cepa A/ H1N1 remita cuando menos como centro de la preocupación pública. Pero su paso ha evidenciado tantas fallas en la comunicación institucional y en el tratamiento informativo de las enfermedades que bien harían las autoridades y los medios en corregirlas para otra ocasión.

Despropósitos ante la gripe

Despropósitos ante la gripe/Editorial, El País, 6/05/2009;
El virus del proteccionismo económico siempre acecha. Y una crisis económica global es escenario propenso a su propagación: se aprovecha la circunstancia más exótica para obstaculizar importaciones. Los Gobiernos que caen en esa tentación pretenden ignorar que ésta acaba agravando la situación de partida: la disminución del comercio mundial perjudica a todos, como enseña la historia.
Pues bien, eso es lo que está sucediendo a propósito de la nueva gripe. La OMS activó una vigilancia temprana, mantiene una supervisión detallista de su evolución y ha puesto en marcha una alerta proporcionada a la escasa gravedad letal de la enfermedad, pero también a su rápida propagación y a la posibilidad de que mute hacia una variante más grave. Apenas algún exceso verbal (de "peligro para la humanidad", la calificó) acompañó esta estrategia al tiempo firme y prudente.
Las respuestas de los Gobiernos no debieran salirse de las recomendaciones de la OMS. Pero, sobre todo en países autoritarios o de democracia precaria o débil, la alerta se ha trocado en infundado alarmismo, de
corte populista.
Así, Rusia ha cerrado el paso a la carne porcina española (e incluso al pollo y la ternera norteamericana), contra la evidencia de que los casos de gripe en España no provienen del contagio directo por la ingestión de porcino, sino indirecto entre personas, todas ellas procedentes de México. Y al precipitado cierre de fronteras aéreas con ese país protagonizado por varios de sus vecinos se ha sumado la escandalosa cuarentena dictada en China a ciudadanos mexicanos sin más motivo que su nacionalidad.
Despropósitos parecidos -así como las dudas y vacilaciones del Gobierno en México, desde su recomendación de confinamiento hogareño a la precipitada aleluya por el principio del fin de la enfermedad- generan víctimas adicionales. La economía mexicana, por ejemplo.

La diplomacia vuela bajo/Enrique Krauze

La diplomacia vuela bajo/Enrique Krauze  REFORMA, 4 octubre 2026; Ante el pleno de la ONU, el presidente de los Estados Unidos lanzó a Méxic...