19 jul 2009

De la revolución sandinista, no queda nada

La revolución que aparece sin dejar huella
JOAQUIM IBARZ, corresponsal

La Vanguardia, 20/07/2009;
Hace treinta años, los nueve comandantes que dirigían el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) subieron a la tribuna para celebrar la derrota de la dictadura de los Somoza; disciplinadamente se colocaron en el orden histórico. Primero, Tomás Borge; luego, Víctor Tirado, Humberto Ortega, Henry Ruiz, Daniel Ortega, Bayardo Arce, Carlos Núñez, Jaime Wheelock y Luis Carrión. Ayer, en la celebración del 30 aniversario de aquella revolución sólo estuvieron presentes tres de los nueve comandantes, Bayardo Arce, Daniel Ortega y Tomás Borge, precisamente los más cuestionados por escándalos de corrupción, nepotismo y abuso de poder.
El FSLN nació en 1961 bajo inspiración de la revolución cubana, que logró tras una prolongada lucha armada movilizar a gran parte del pueblo nicaragüense para derrocar un 19 de julio de 1979 al régimen dinástico de Anastasio Somoza, que impuso por casi medio siglo una despótica dictadura militar.
Ante la intolerancia de Daniel Ortega y Tomás Borge, a los que el propio Humberto Ortega, ex ministro de Defensa, calificó de "ortodoxos, radicales y esquemáticos", el ex vicepresidente Sergio Ramírez se separó del sandinismo oficial para formar el Movimiento Renovador Sandinista, MRS, con la mayoría de cuadros de la Revolución. Desengañado, el padre Ernesto Cardenal, referente moral del FSLN, rompió con el movimiento que ilusionó a medio mundo.
De los nueve comandantes históricos, uno falleció joven, Carlos Núñez. Los de más renombre, como los hermanos Ortega, Borge, Arce, Wheelock, pronto se convirtieron en los nuevos oligarcas. Humberto Ortega es hoy un empresario próspero, que disfruta con discreción en Costa Rica de su riqueza. Tirado, Ruiz y Carrión son críticos con el sandinismo.
En 2007, Daniel Ortega volvió al poder gracias a una alianza anti natura con el ex presidente derechista Arnoldo Alemán, condenado en 2003 a 20 años de cárcel por lavado de dinero, fraude, peculado y malversación de fondos públicos.
Víctor Tirado denuncia a "La Vanguardia" que Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo han acumulado una fortuna obscena. Ortega y su esposa Rosario Murillo sustituyen de facto a la dirigencia histórica del FSLN (Ortega fue acusado de violación por Zoila América, hija de Rosario Murillo). El FSLN que dejó de ser un movimiento político formal para girar ahora alrededor de un caudillo y una familia. Según el ex comandante Tirado, "del programa del FSLN no queda nada; el programa de Daniel es el Estado botín, con nepotismo, demagogia, doble moral, amenazas, miedo. Los que se llaman sandinistas nos avergüenzan".
"En Nicaragua en vez de democracia hay una neodictadura en alianza con la derecha. El socialismo del siglo XXI que promueve Hugo Chávez, que Ortega dice seguir, es una farsa, no tiene nada que ver con la izquierda", señala Tirado.
De la revolución sandinista que cautivó al mundo no queda nada. Es una caricatura de lo que soñaban los jóvenes que combatieron a Somoza.
Sergio Ramírez señala que los ideales de la revolución desaparecieron "bajo un alud de desesperanza, frustraciones, confusión ideológica, retórica vacía, y de olvido". En su segunda visita a Nicaragua en 1996, el papa Juan Pablo II habló de la noche oscura al referirse a la época sandinista. Muchos nicaragüenses dirían ahora que el país sufre una noche más oscura. Ramírez, que fue figura destacada del FSLN, afirma que "nunca antes la riqueza ha estado peor repartida, ni han sido tantos los pobres que arañan en los basureros de Acahualinca sobrevolados por los zopilotes, o que recorren en bandadas las vecindades de los semáforos en las calles de Managua vendiendo de todo, y que cuando cae la noche regresan a las barriadas de casas improvisadas con ripios y desechos de empaque, y que se multiplican a diario".
Ramírez destaca que hoy no sobrevive la alfabetización, ni el ensueño de la educación popular que llevaría a todos los estudiantes de la escuela primaria hasta el cuarto grado. Los índices de analfabetismo han retrocedido hasta niveles de ayer, y un millón de niños, la mitad de la población de edad escolar, no tienen escuelas adonde ir. Los barrios de Managua de lejos parecen un enorme campamento de damnificados. De cerca, muestran pobreza, suciedad, marginación. Los viajeros que llegan a la capital de Nicaragua se preguntan si alguna vez hubo una revolución.

A la sombra de mi abuelo

Mi abuelo, El Dictador/JULIA LUZÁN
El País Semanal (http://www.elpais.com/) 19/07/2009;
Sanguinario, cruel. Rafael Leónidas Trujillo, contemporáneo y amigo de Franco, tiranizó a millones de personas en la República Dominicana durante más de tres décadas. Vargas Llosa lo retrató en 'La Fiesta del Chivo'. Ahora es su nieta quien descubre cómo fue en realidad aquel hombre.
Cuando veo los resultados sobre quién fue aquel político, Rafael Leónidas Trujillo, aunque reconozca que hiciste algunas cosas buenas por el país, no puedo aceptarte. Lo siento, abuelo...". Aída Trujillo (Santo Domingo, 1952), hija de Octavia Ricart,
Tantana, y Ramfis Trujillo,
nieta del hombre al que llamaban El Jefe, Chapita (por su afición a las condecoraciones) o El Chivo, uno de los dictadores más sanguinarios del siglo XX -"el que podía hacer que el agua se volviera vino y los panes se multiplicaran, si le daba en los cojones", como lo describió Mario Vargas Llosa en La Fiesta del Chivo (Alfaguara)-, el que gobernó la República Dominicana durante tres décadas, entre 1930 y 1961, ha querido dar a conocer al mundo su profundo dolor al enfrentarse a la realidad de su vida en el libro, aún inédito en España, A la sombra de mi abuelo (Norma Editorial).
Once años ha pasado la nieta de Trujillo dando forma a este relato, con el que ha logrado el Premio Nacional de Novela 2009 en la República Dominicana."Todo empezó porque quería desahogar mi tristeza, mi indignación, mi rabia. Sentía que debía descubrir quién era mi abuelo, el dictador, el torturador, no mi abuelito al que adoraba y al que sigo queriendo, aunque he sido duramente criticada por ello y por decir que él fue lo más tierno de mi infancia".
De aquellos recuerdos en el Palacio Nacional en los años sesenta, en la bautizada por la megalomanía del dictador Ciudad Trujillo, Aída recuerda los fastos y el oropel que rodeadan a su abuelo. "Él venía de una familia muy humilde y le gustaban los uniformes y las plumas, era muy sudamericanazo".
Los Trujillo vivían en el mejor de los mundos. El apuesto Ramfis seduciendo a mujeres con su amigo el playboy Porfirio Rubirosa, mientras su esposa, Tantana, sufría en silencio. Ella y su hija Aída fueron las favoritas del general: "Mi abuelo era un ser maravilloso, tierno, bueno". Pero Ramfis decidió que Aída y su hermana María Altagracia estudiaran en un internado de Suiza. Fue allí donde aquel 30 de mayo de 1961 recibieron la noticia de la muerte del abuelo. "Yo no lo creí. Si me hubiera dicho que se había muerto en su cama, me hubiera dolido, pero lo hubiera aceptado, pero al decir que lo habían matado...".
Aída relata su historia con pasión. Su rostro muestra las cicatrices de una vida arrasada por maridos, amantes, pérdidas y desgracias. Dice que ya de niña comenzó a hacerse preguntas, "pero no quería respuestas". Su familia respondía con evasivas. En su casa jamás vio fotos de su abuelo. "Había como un rechazo. Ahora me arrepiento, pero he tirado cosas que tendrían un valor histórico. Decidí que iba a pasar del tema, corrí un tupido velo y me olvidé. Cuando mi abuelo murió, hubo saqueos de las casas de mi familia, Joaquín Balaguer [presidente de la República Dominicana] incluso derribó la de mi abuelo".
Luego llegó el exilio. "Nos fuimos todos a París, y allí estaba la que fue la segunda mujer de mi padre, Lita. Se me juntó todo: la muerte de mi abuelo, mi madre destrozada... De los seis hermanos, todos, excepto dos, nos fuimos con ella a Roma. Mi madre tenía miedo y nos inscribió en el colegio con su apellido, éramos los Ricart, un símbolo de la oposición al régimen de Trujillo. Después de una temporada en Roma nos vinimos a España. Carmen Polo y Francisco Franco eran mis padrinos, y mi padre, Ramfis, vivía ya en Madrid. Muchas veces me río cuando pienso en sus deseos de una educación europea para sus hijos y nos manda a España, a una dictadura franquista...".
En 1975, de forma fortuita, Aída se da de bruces con la verdad. "Volví de nuevo a mi país cuando murió mi abuela materna, Nieves, y me reencontré con mi niñez, con los olores, la luz". A partir de entonces viajó a menudo a Santo Domingo. Lo hacía cada vez que entraba en conflicto con su segundo marido, José Manuel Inchausti, Tinín, al que se refiere siempre como "el torero".
En una de esas escapadas, paseando por el centro de la ciudad caribeña, "algo me empujó a una librería. Compré seis u ocho libros sobre mi abuelo y me fui para el hotel Hispaniola. Me lancé, ávidamente, a hojearlos y fue un impacto terrible, muy doloroso, no puedo ni explicarlo con palabras. No me lo quería creer, pero estaba ahí. Libro que cogía, libro que ponía aún peor a mi abuelo. Lloré como una loca, me fui a la piscina y comencé a tomar copas. Tantas que el tipo del bar me dijo: 'Señorita, le voy a traer alguna picadera pa que no se me maree'. Y yo pensaba, si supieras quién soy, lo mismo no me traías nada. Tiré los libros y regresé a España".
En A la sombra de mi abuelo, Aída Trujillo fantasea con personajes como Desarraigo, Abandono, Dolor, Desesperación, Democracia, Criterio... " Son sentimientos que he volcado en el libro como si fueran personas. Criterio entró en mi vida aquella noche, en 1975, en que descubrí quién fue realmente mi abuelo". Los asesinatos de Galíndez, del piloto Murphy, de las hermanas Mirabal, ningún crimen o tortura de Trujillo se escamotea en el relato y en la memoria de la nieta. Son cosas que no han gustado a su familia . "Soy la oveja negra. Algunos lo admiten porque lo vieron. Con mi madre (murió hace 16 años) hubiera discutido; ella me decía: 'Es tu abuelo, tú no tienes derecho'..., y yo replicaba que era un asesino, un tal, un cual, y se enfadaba mucho conmigo. Aunque paradójicamente fue quien me narró muchas de las cosas que yo recojo en mi libro".
Escribir el libro ha sido su mejor terapia. "Al principio me costó mucho. Lloraba, apartaba el ordenador como si fuera un enemigo. El recuerdo de mi abuelo era como un cuchillo que me clavaban en el corazón. En el libro soy implacable. Todavía hoy, cuando hay gente que me viene a hablar bien de mi abuelo, yo les discuto. No se pueden justificar los crímenes, las torturas de esa era".
Aída ha conocido a algún superviviente de las víctimas de Trujillo. Ha hablado con un sobrino de las Mirabal. "Yo siento, de rebote, una cierta culpabilidad con respecto a esas personas que me han dado una lección increíble porque son muy tolerantes y han sabido separarme a mí de mi abuelo".
La sangre gaditana que le legó su abuela Nieves corre por las venas de Aída. Aprendió a bailar flamenco y, ya separada del torero, debutó en 1982 en uno de los tablaos más populares de Madrid, Los Canasteros. "Esa época fue fundamental para plantarle cara a mi vida. Empecé a contactar con gente de izquierdas y aunque escuchaba cosas que me dolían, yo quería saber más. Algunos, al oír mi nombre, se quedaban pasmados. Conocí a Gerardo Iglesias, el que fue secretario del PCE, en 1987, y surgió el romance. Fue muy comprensivo conmigo".
-¿Qué sintió cuándo se publicó La Fiesta del Chivo, un libro que habla con crudeza de su abuelo?
-Vargas Llosa es un gran escritor y La Fiesta del Chivo es una gran novela, pero, a mi modo de ver, demasiado basada en la sexualidad y con mucho morbo con el caso de los ajusticiadores de mi abuelo [los héroes del 30 de mayo], los que pusieron fin a su vida. Dos de ellos vivieron, a los otros se los cargó mi padre, algo que a mí me parece horrible, pero fue lo que le dio a él por hacer. Un 30 de mayo del año 2000, -ya había salido el libro de Vargas Llosa- le digo a mi hijo pequeño: 'Hoy es el día en que mataron a tu bisabuelo', y él me preguntó quiénes fueron; le dije que eso no importa, que él también mató a muchas personas, y me contestó: 'Entonces es normal que lo mataran. Era un dictador'. En ningún momento digo en A la sombra de mi abuelo que las personas que pusieron fin a su vida fueran unos asesinos. Quienes critican que me hayan dado un premio por escribir sobre Trujillo han cogido el libro por donde les ha dado la gana. Nunca hablo de ellos como asesinos, afirmo que si todo un pueblo les llama ajusticiadores, pues así serán.
Dolida por quienes han hecho imposible ir a Santo Domingo a recoger su premio y agradecida a los escritores y a los que eligieron su libro como el mejor, asegura que lo hará en breve. "De este año no pasa", afirma tozuda.

Normandía

Un día de sangre y fuego/ANTONY BEEVOR
Pblicado en El País Semanal, 19/07/2009;
Madrugada del 6 de junio de 1944. El día D. Arranca la batalla de Normandía. Un enfrentamiento mucho más brutal de lo que pensamos. El autor de obras como ‘Stalingrado’ o ‘Berlín. La caída’ adelanta en este texto exclusivo para ‘El País Semanal’ las tesis de su nuevo libro, donde elabora una revisión histórica de la II Guerra Mundial 65 años después de aquella fecha.
Con un tono de mordaz ironía, en 1944 los propagandistas soviéticos declararon que los británicos y los americanos sólo se enfrentaban en Normandía con las heces de la Wehrmacht. “Sabemos perfectamente dónde se encuentran ahora los alemanes jóvenes y fuertes”, escribía Ilya Ehremburg en Pravda. “Les hemos encontrado un hueco en la tierra, en la arena, en el barro”.
Pero afirmar que los aliados occidentales combatían sólo contra unos soldados de segunda era simplemente una falacia. A finales de junio, el II Ejército británico tuvo ante sí la mayor concentración de divisiones acorazadas de las SS desde que se produjera la violenta ofensiva alemana contra el Ejército Rojo en el saliente de Kursk, en Rusia, el verano anterior. Al contrario de la opinión generalizada, los combates en Normandía fueron mucho más sangrientos que los del frente oriental.
A comienzos de junio de 1944 la guerra estaba llegando a su punto más álgido. Los soldados alemanes se habían brutalizado a raíz de la ferocidad de los combates en Rusia, donde el Ejército Rojo preparaba en secreto su operación de aislamiento y acoso contra el Grupo de Ejército Centro de los alemanes.
Algunas de las divisiones de la Waffen-SS con las que los aliados tuvieron que enfrentarse en Normandía eran las más fanáticas y disciplinadas del ejército alemán; soldados adoctrinados por la propaganda hitleriana que buscaban venganza por los “aterradores bombardeos” de las ciudades de su país.
Los aliados, por su parte, habían puesto en marcha la operación anfibia más ambiciosa de la historia, con más de cinco mil barcos. Y aunque la preparación de la fase correspondiente a la travesía del Canal de la Operación Overlord se llevó a cabo meticulosamente, tal vez fuera inevitable que el segundo paso no estuviera tan perfectamente calculado.
Con la férrea voluntad de evitar importantes pérdidas tras tantos años en guerra, los aliados decidieron bombardear ciudades y pueblos de Normandía situados en las intersecciones de las principales carreteras con el fin de que los escombros impidieran el paso por sus calles a las divisiones alemanas, dificultando así cualquier contraofensiva contra sus cabezas de playa. La capital de la región, Caen, a poco más de 15 kilómetros de la costa, fue incluida en la lista de objetivos.
El continuo bombardeo de Caen a lo largo de dos días fue un error garrafal de trágicas consecuencias. Dio al traste con el plan de Montgomery de conquistar la ciudad antes de transcurridas las primeras 24 horas de la campaña, pues las ruinas en que quedó convertida dieron al enemigo un espacio ideal para resistir e impidieron que los aliados pudieran penetrar expeditamente en la ciudad.
Además, apenas quedaban tropas alemanas en Caen, pues habían sido trasladadas en su mayoría al norte. En cambio, se produjeron más de dos mil bajas entre la población de la ciudad. De hecho, el día D murieron tantos civiles franceses como soldados aliados. La terrible suerte que corrió Caen fue simplemente un episodio más de una campaña de increíble brutalidad en Normandía en la que los aliados sufrieron los peores combates de lo que ya era una larguísima guerra, y respondieron al salvajismo de los alemanes con igual ferocidad.
Durante las primeras horas del 6 de junio, dos divisiones de paracaidistas americanos saltaron al escenario de la batalla dispuestos a matar “teutones”. Algunos habían comprado cuchillos de monte en Londres, y varios de ellos se habían equipado de navajas. Habían aprendido a matar a un hombre sin hacer ruido alguno, seccionando la yugular y la caja laríngea del individuo en cuestión.
Antes de partir, todos habían escuchado los enardecedores discursos de sus comandantes. “Se percibía en el ambiente una curiosa sensación; el entusiasmo y los nervios por la batalla”, señalaría un paracaidista. Tras una breve arenga para levantar la pasión marcial de sus hombres, el comandante en jefe de su regimiento de pronto se agachó y se sacó de la bota un gran cuchillo, blandiéndolo sobre su cabeza. “Antes de ver el amanecer de un nuevo día”, dijo alzando la voz, “quiero clavar este cuchillo en el corazón del nazi más mezquino, sucio y asqueroso de toda Europa”. Se oyó un clamoroso grito de entusiasmo, y los hombres levantaron sus cuchillos en respuesta.
Los lanzamientos llevados a cabo durante las primeras horas del 6 de junio fueron caóticos. Los soldados cuyos paracaídas quedaron atrapados entre las ramas de los árboles se convirtieron en fáciles objetivos. Varios de ellos murieron de un disparo mientras intentaban en vano deshacerse del arnés. Entre los supervivientes corrieron historias atroces en las que se contaba que los soldados alemanes habían acabado con sus pobres compañeros a golpe de bayoneta o con el fuego de los lanzallamas mientras aquellos pobres hombres seguían colgados de los árboles.
Con los nervios todavía a flor de piel después del salto, a los paracaidistas estadounidenses les hervía la sangre. Un soldado de la 82ª no pudo olvidar las órdenes recibidas: “Dirigíos a la zona de lanzamientos a toda prisa. No hagáis prisioneros, porque os obligarán a aminorar la marcha”. Un soldado alemán, justificando la aniquilación de un pelotón americano que cayó junto a la compañía de artillería pesada de su batallón, diría más tarde: “No caían del cielo para darnos caramelos, sabe. Venían a matarnos, a combatir”. Los soldados alemanes habían sido adoctrinados por sus superiores acerca de los “delincuentes” reclutados por las fuerzas aerotransportadas norteamericanas, y su miedo se transformó en violencia.
Horribles historias sobre soldados alemanes mutilando a paracaidistas americanos atrapados entre las ramas de los árboles llevaron a los compañeros de éstos a tomar venganza. Un soldado de la 101ª recordaría que, tras cruzarse con los cadáveres de dos paracaidistas “con sus partes mutiladas metidas en la boca”, el capitán que iba con ellos dio la siguiente orden: “¡Que nadie se atreva a hacer ni un solo prisionero! ¡A esos bastardos se les pega un tiro!”.
Hubo casos de soldados que dispararon a hombres que habían sido hechos prisioneros por otros compañeros. Se cuenta que un sargento judío y un cabo se llevaron de un corral a dos alemanes –un oficial y un suboficial– que habían sido capturados. Los allí presentes oyeron los disparos de un arma automática, y cuando el sargento regresó “nadie dijo nada”. También se cuenta que había otro paracaidista judío al que “nadie se atrevía a confiar un prisionero y perderlo de vista”.
Según parece, algunos hombres disfrutaron con aquellas matanzas. Un paracaidista recordaba haberse cruzado al día siguiente con un miembro de su compañía y quedar atónito al comprobar que llevaba puestos unos guantes rojos en vez de los amarillos correspondientes. “Le pregunté que dónde había encontrado aquellos guantes rojos, y tras rebuscar en uno de los bolsillos de su pantalón de salto, sacó una sarta de orejas. Había estado cazando orejas toda la noche, y las había cosido a un viejo cordón de zapatos”.
Se produjeron unos pocos casos de pillaje verdaderamente brutales. El comandante del pelotón de policía militar de la 101ª Aerotransportada encontró el cadáver de un oficial alemán y observó que alguien le había cortado uno de los dedos para robar su alianza matrimonial. Un sargento del 508º Regimiento de Infantería Paracaidista quedó horrorizado cuando se enteró de que algunos hombres de su pelotón habían matado a unos alemanes y luego habían utilizado “sus cuerpos para practicar con la bayoneta”.
En algunas ocasiones se evitó la matanza de prisioneros. A eso de las dos y media de la madrugada, un grupo de paracaidistas de la 101ª, entre los que había un teniente y un capellán, se encontraban en un corral conversando con unos lugareños franceses. Quedaron todos boquiabiertos cuando, de repente, aparecieron unos doce hombres de la 82ª, conduciendo un grupo de jovencísimos ordenanzas alemanes. Los mandaron echarse al suelo. Los muchachos, aterrorizados, imploraban que no los mataran. El sargento que pretendía ejecutarlos dijo que algunos compañeros suyos que quedaron atrapados en los árboles habían sido convertidos en “candelas romanas” por un soldado alemán y su lanzallamas. El sargento quitó el seguro de su ametralladora Thompson. Desesperados, los jóvenes alemanes se agarraron a las piernas del teniente y del capellán, que junto con la familia francesa gritaban al sargento que se detuviera, que no disparara. Al final el sargento se dejó persuadir. Los muchachos alemanes fueron encerrados en el sótano de la casa. Pero el sargento no cejaría en su afán de venganza. “¡Vamos a buscar a algún alemán al que cargarnos!”, gritó a sus hombres antes de marchar de allí. Los soldados de la 101ª quedaron turbados, aturdidos por la escena que habían presenciado. “Esos tíos se habían vuelto locos”, comentaría un viejo suboficial más tarde.
La emboscada más brillante tuvo lugar no lejos del puesto de mando de la 91ª Luftlande-Division alemana cerca de Picauville. Unos hombres del 508º Regimiento de Infantería Paracaidista abrieron fuego contra el coche oficial que llevaba al comandante de la división enemiga, el teniente general Wilhelm Falley, de vuelta de un ejercicio de puesto de mando en Rennes. Falley salió despedido del vehículo malherido, y cuando intentó alcanzar a rastras su pistola, un teniente americano lo remató de un disparo.
A unos ochenta kilómetros al este, los lanzamientos de los paracaidistas de la 6ª División Aerotransportada británica fueron igualmente caóticos. Al finalizar la batalla de Normandía, sólo de un batallón seguiría desconociéndose el paradero de ciento noventa y dos hombres. Muchos cayeron en la llanura de aluvión del río Dives y murieron ahogados en el lodo. Un sargento primero alemán de la 711ª Infanterie-Division ejecutó a ocho paracaidistas británicos que habían sido capturados, tal vez obedeciendo la célebre Kommandobefehl de Hitler que exigía que se eliminara a los integrantes de cualquier comando especial capturados en incursiones de asalto.
Las tropas invasoras aliadas consiguieron establecer y asegurar sus cabezas de playa el 6 de junio, pero ni Eisenhower ni Montgomery habían imaginado que la batalla que estaba por venir iba a ser mucho más mortífera y devastadora.
En el oeste, los americanos tuvieron que combatir en tierras pantanosas y en el bocage normando de pequeños campos y grandes y espesos setos. Por otro lado, en los alrededores de Caen, los británicos y los canadienses tuvieron que atravesar enormes campos ondulados de trigo, mientras los alemanes convertían las sólidas casas de piedra y las aldeas de la zona en formidables posiciones defensivas.
El 7 de junio, el 2º Batallón de los Royal Ulster Rifles realizó una audaz carga a través de los campos de grano, en dirección a la localidad de Cambes. Tuvo que abrirse paso a brazo partido, pero un destacamento recién llegado de la 12ª División Acorazada de la SS Hitler Jugend lo obligó a replegarse. Los Ulster Rifles se vieron obligados a abandonar a sus heridos de la Compañía D en una zanja situada a las afueras del pueblo. No les cabía la menor duda de que los jóvenes soldados nazis iban a acabar luego con la vida de todos sus compañeros.
Más a la derecha, los canadienses también cayeron en un círculo vicioso de venganzas con la 12ª División de la SS. Los combates fueron despiadados. Uno y otro bando se acusaron de cometer crímenes de guerra. Los alemanes dijeron que los británicos eran los que habían empezado, y que ellos ejecutaron a prisioneros en represalia. La Hitler Jugend trató también de justificar sus acciones aduciendo que habían captado órdenes emitidas por los canadienses en las que se decía a sus soldados que no hicieran prisioneros si con ello se ralentizaba el avance. Es cierto que, en algunas ocasiones, los soldados británicos y canadienses, sobre todo los de los regimientos acorazados que no disponían de una infantería para conducir a los hombres capturados a la retaguardia, dispararon a los prisioneros. Pero los argumentos de los miembros de la Hitler Jugend no resultan en absoluto convincentes, especialmente si tenemos en cuenta que se dice que, durante los primeros días de la invasión, un total de 187 canadienses fueron ejecutados, en su mayoría por miembros de la 12ª División de la SS. Y los primeros asesinatos ocurrieron el 7 de junio. Una ciudadana de Caen que se había dirigido andando a Authie para comprobar si una anciana tía estaba bien, descubrió los cadáveres de “unos treinta soldados canadienses que habían sido masacrados y mutilados por los alemanes”. Los Royal Winnipeg Rifles comprobaron más tarde que las SS había ejecutado a 18 de los suyos, capturados por los alemanes e interrogados en el puesto de mando de Meyer en la abadía de Ardennes. Uno de ellos, el comandante Hodge, murió, según parece, degollado.
La Hitler Jugend probablemente fuera la división más adoctrinada de la Waffen-SS. Muchos de sus principales comandantes procedían de la 1ª División Acorazada de la SS Leibstandarte Adolf Hitler. Se habían formado en el espíritu de la Rassenkrieg, o “guerra racial”, del frente oriental. En 1939 su comandante en jefe, Kurt Meyer, había ejecutado a 50 judíos en Polonia, en las inmediaciones de la localidad de Modlin. Posteriormente, durante la invasión de la Unión Soviética, ordenó prender fuego a todo un pueblo de los alrededores de la ciudad de Kharkov. La población entera fue pasada por las armas. La propaganda nazi y los combates en el frente oriental habían brutalizado a esos hombres, cuya visión de la guerra en el oeste de Europa no sería muy distinta. El asesinato de prisioneros aliados era considerado su forma de venganza por los “terroríficos bombardeos” que sufrían las ciudades alemanas.
La disciplina de las SS era despiadada. En virtud de un decreto del Führer, los soldados de las SS podían ser acusados de alta traición si caían en manos del enemigo sin haber sufrido herida alguna. Esta idea les había sido inculcada al poco de comenzar la invasión, de modo que no es de extrañar que los británicos y los canadienses capturaran a tan pocos soldados de las SS vivos. Pero quizá la historia más horrible relacionada con la disciplina de las SS sea la de un alsaciano reclutado por la 1ª División Acorazada Leibstandarte Adolf Hitler. Un paisano suyo perteneciente a la misma compañía, que también había sido enrolado a la fuerza, no pudo soportar más la angustia del combate e intentó escapar oculto en una columna de refugiados franceses. Fue reconocido y detenido por miembros de su regimiento. El comandante en jefe de la compañía ordenó entonces a sus hombres que lo mataran a palos. Con todos los huesos hechos añicos, su cadáver fue arrojado luego a un hoyo que había abierto una bomba al estallar. El capitán señaló que aquello era de una demostración de “kameradenerziehung”, esto es, “enseñanza de la camaradería”.
El combate dentro de los claustrofóbicos límites del bocage hizo que los comandantes americanos lo compararan con una guerra en la selva. Los alemanes lo describieron como un “schmutziger buschkrieg”, una “guerra sucia entre la maleza”, aunque fue a ellos, a los defensores, a los que más benefició.
El miedo que suscitaba el combate en el bocage desencadenó un sentimiento de odio desconocido hasta entonces. “Los únicos soldados alemanes buenos son los que están muertos”, escribía un recluta americano de la 1ª División de Infantería en una carta a su familia de Minnesota. “Nunca he odiado nada ni a nadie tanto. Y ese odio no se debe a ningún discurso tempestuoso de un jefazo. Supongo que me he vuelto un poco grillado, pero ¿a quién no le ocurre lo mismo? Probablemente sea lo mejor”.
Los francotiradores alemanes se subían a los árboles y se ataban a su tronco para no caer si resultaban heridos. Normalmente, en ambos bandos se daba muerte a los francotiradores en cuanto eran capturados. A los soldados americanos se les advirtió de que permanecieran inmóviles, tumbados en el suelo, si eran alcanzados por un francotirador. Los francotiradores no solían malgastar cartuchos con un cadáver, pero si éste se movía no dudaban en disparar de nuevo. A campo abierto, otro de sus escondites favoritos eran los almiares. Sin embargo, no tardaron mucho en dejar de utilizarlos, pues los soldados americanos y británicos aprendieron a disparar balas trazadoras para prenderles fuego y luego abatir al fusilero escondido que trataba de huir.
Tanto los británicos que lucharon en el frente de Caen como los americanos pudieron comprobar que los alemanes eran verdaderos maestros en la técnica del camuflaje y el arte de la ocultación. Se enterraban literalmente como “topos bajo el suelo”, protegiéndose de las bombas de la artillería, con túneles bajo los setos. Una pequeña salida al exterior se convertía en el agujero ideal desde el que frenar el avance de un pelotón americano con los rápidos disparos de una ametralladora MG-42.
Los combates contra el Ejército Rojo habían enseñado todo tipo de tretas y triquiñuelas imaginables a los alemanes más veteranos del frente oriental. Si alguna bomba había abierto un hoyo cerca de sus posiciones, colocaban en él minas antipersona. El instinto de un atacante era saltar dentro de uno de esos agujeros para protegerse del fuego de las ametralladoras o los morteros. Cuando abandonaban una posición no sólo colocaban trampas explosivas en sus estructuras subterráneas, sino que también dejaban una caja de granadas con algunas de ellas manipuladas para reducir el tiempo de demora a cero. También eran expertos en ocultar en las cunetas minas de fragmentación, las llamadas Bouncing Betty, o minas “castradoras”, por los americanos porque al activarse se elevaban hasta la altura de la entrepierna antes de estallar.
Otra treta que utilizaban los alemanes cuando los americanos lanzaban una ofensiva por la noche consistía en disparar con una ametralladora balas trazadoras por encima de las cabezas de sus atacantes. Con ello conseguían que los soldados enemigos siguieran avanzando erguidos, para luego abrir fuego directo de verdad con las demás ametralladoras.
Las tripulaciones de los tanques británicos y americanos tuvieron que afrontar muchos peligros. Utilizado contra objetivos terrestres, el cañón antiaéreo de 88 milímetros tenía una precisión espeluznante, incluso a más de 1.500 metros de distancia. Y en el terreno boscoso del bocage, los grupos de alemanes que salían con sus bazucas al hombro a la caza de tanques se escondían a la espera de que pasaran varios carros blindados para dispararles por detrás, a su vulnerable parte posterior. Pero por grande que fuera el miedo a verse atrapado en el interior de un tanque en llamas, al final sería en la infantería donde se producirían más bajas. Sólo el 14% de los efectivos estadounidenses enviados al extranjero durante la II Guerra Mundial fueron soldados de infantería, pero el 85% de las bajas de Normandía fueron por esta arma. Al menos 30.000 soldados americanos sufrieron alguna crisis nerviosa debido a la “fatiga de combate”.
Entre los soldados británicos también se dieron numerosos casos de agotamiento extremo. En el puesto de socorro avanzado del 210º Ambulatorio de Campaña se tuvo que tratar a “un grupo de muchachos aterrorizados y desorientados; estaban conmocionados por la batalla, eran presa de la ansiedad y no paraban de echar alaridos en una esquina”, escribiría un médico en su diario. “Varios soldados heridos de las SS fueron conducidos hasta allí; eran un puñado de tipos duros y sucios. Algunos habían actuado como francotiradores, encaramados a un árbol durante días. Un joven nazi tenía la mandíbula rota y estaba al borde de la muerte, pero antes de fallecer levantó la cabeza y musitó: ‘Heil Hitler!”. Después de la guerra muchos psiquiatras estadounidenses y británicos llegaron a la conclusión de que el menor número de casos de fatiga de combate que se dio entre los prisioneros alemanes sólo cabía explicarlo por la naturaleza militar de la sociedad nazi, característica que había contribuido a su mejor preparación.
Los hombres más heroicos en los campos de batalla de Normandía fueron los médicos, individuos desarmados a los que solían disparar los francotiradores, a pesar de la cruz roja que se distinguía en el brazalete que llevaban puesto. Uno de ellos escribió acerca del “rayo de esperanza” que iluminaba los ojos de los heridos cuando aparecía ante ellos. No era difícil identificar a los que estaban a las puertas de la muerte, cuyo “color gris verdoso comenzaba a extendérseles bajo los ojos y las uñas. A ésos sólo podíamos darles consuelo. Los que hacían más ruido eran los heridos leves, y les enseñábamos a que ellos mismos se vendaran”. Él atendía a los que presentaban un estado de shock o heridas graves con hemorragias. Apenas utilizó los torniquetes, “pues la mayoría de los hombres sufrían perforaciones que apenas sangraban, o amputaciones o lesiones producidas por fragmentos incandescentes de obuses o morteros que habían cauterizado la propia herida”.
Los reemplazos recién llegados eran normalmente los primeros en morir. Por otro lado, los tipos más grandes, por fuertes que fueran, eran los que tenían más posibilidades de caer en combate. “Los soldados que realmente duraban”, cuenta el médico americano, “eran por lo general delgados, de menor estatura y muy rápidos de movimiento”. Los hombres se llenaban de odio contra el enemigo, señala el doctor, cuando moría un compañero. “Y a menudo se trataba de un odio a muerte; cuando ocurría algo así, mataban a cualquier alemán que encontraran”.
Hubo grupos de trabajo encargados de trasladar los cuerpos de los fallecidos al Registro de Sepulturas. Los cadáveres solían estar rígidos e hinchados, y a veces llenos de gusanos. En algunas ocasiones se les desprendía una de las extremidades al ser levantados del suelo. El hedor era insoportable, especialmente en el depósito central. “Allí olía todavía peor, pero la mayoría de los que trabajaban en ese lugar se encontraban aparentemente bajo una influencia del alcohol tan fuerte, que parecía que no les importara”.
La batalla de Normandía fue brutal y encarnizada. A pesar de la opinión de muchos historiadores, las pérdidas sufridas por los alemanes en cada una de las distintas divisiones que participaron en los combates duplicaron la media de las sufridas en el frente oriental. Y las 225.000 bajas de los aliados no quedan muy lejos de las 240.000 de los alemanes. Además, la Wehrmacht perdió también a 200.000 hombres que fueron hechos prisioneros. La población civil francesa sufrió asimismo terribles pérdidas. Murieron unas 15.000 personas en el curso de los bombardeos preparatorios de la invasión, y otras 20.000 en la batalla de Normandía. El escepticismo de los soviéticos no habría podido estar más equivocado.
‘El día D. La batalla de Normandía’, publicado por Editorial Crítica, sale a la venta el 10 de septiembre.

Daniel Ortega, el comandante

Daniel Ortega, el comandante de las dos caras
Recorrido por Managua en el 30º aniversario del triunfo de la Revolución Sandinista
PABLO ORDAZ (ENVIADO ESPECIAL) - Managua -
El País, 19/07/2009;
Mayline Quant está sentada peligrosamente sobre un banco que alguna vez fue blanco y que tiene las cuatro patas torcidas. La historia de esta escuela estatal, elegida al azar, situada en un barrio obrero de Managua, la puede contar Mayline Quant, pero también la puede contar el banco.
Mayline Quant está sentada peligrosamente sobre un banco que alguna vez fue blanco y que tiene las cuatro patas torcidas. La historia de esta escuela estatal, elegida al azar, situada en un barrio obrero de Managua, la puede contar Mayline Quant, pero también la puede contar el banco. La escuela fue inaugurada hace 40 años por el dictador Anastasio Somoza y fue cambiando de nombre en función de los sucesivos avatares políticos, pero a ningún gobierno se le ocurrió nunca pintar las paredes ni enderezar las patas del banco. Hoy, que se cumplen 30 años del triunfo de la Revolución Sandinista, Mayline Quant -y el banco- se convierten en testigos insobornables de una realidad que se aleja cada vez más de los discursos oficiales. Sobre todo porque, dos años y medio después de que el comandante Daniel Ortega recobrase la presidencia de Nicaragua, esta escuela sigue sin tener, por ejemplo, luz eléctrica.
Mayline Quant es profesora desde hace 32 años y, desde hace diez, es también la subdirectora de la escuela pública Rigoberto López Pérez. Habla bien del comandante Ortega. Dice que, nada más llegar, lo primero que hizo fue subir el sueldo de los profesores y preocuparse por la situación de los alumnos, pero, a renglón seguido, sus palabras se van volviendo más sombrías. Habla de que los niños siguen viniendo descalzos y desnutridos, de que no hay libros, de que cada vez son más las niñas que a los 13 ó 14 años tienen que abandonar la escuela por imposición de sus padres o porque se quedan embarazadas. "Si se espera un ratito", dice la subdirectora, "podrá ver usted mismo a madres de 20 años viniendo a recoger a sus hijos de ocho. Son niños criando a otros niños. Y, claro, no saben, no pueden saber. Madres que tienen cinco hijos de cinco padres distintos. Cinco padres que se desentendieron. Y que convierten a las madres en el único sostén familiar. Y los niños, claro, se crían en la calle y frente al televisor. Esos son sus verdaderos padres, la madre calle y el padre televisor. Y no se crea que le estoy exagerando. Lo que le estoy contando no es ninguna anécdota. Quédese y véalo usted mismo".
- Pero Usted decía que había mejorado...
- Claro. Cuando el dictador Somoza inauguró esta escuela sólo era para los hijos de sus oficiales. Para la élite. Ahora hay aquí 2.800 alumnos. Estos críos tienen una esperanza que antes no tenían.
La segunda parada es en la Casa Presidencial. El periodista quiere solicitar una entrevista con el comandante Daniel Ortega. Y no hay otra forma de intentar un encuentro con Ortega que acercarse a su casa, que es también su despacho, y la sede del Gobierno, y la dirección del Frente Sandinista de Liberación Nacional... Daniel Ortega se hizo con la casa, ubicada en la colonia Bolonia, poco después de llegar al poder en 1979. Se la expropió a un rico empresario nicaragüense llamado Jaime Morales Carazo. Ortega vivió como presidente desde el 79 al 90, pero tras perder las elecciones se quedó con la casa. Y aquí sigue. En una fortaleza pintada de rosa. En la garita de seguridad, el oficial de la Policía Nacional 0707 escucha con los brazos cruzados la solicitud del periodista extranjero. Los dos -policía y periodista- saben que el intento es inútil. Que Ortega no concede entrevistas y que la única forma de verle la cara es en las cada vez más raras ocasiones que acude a un acto público. Hay dos rumores que circulan con carácter de certeza por Managua desde hace tiempo. El primero es que Daniel Ortega está enfermo. El segundo -al que prácticamente todo el mundo se apunta- es que quien verdaderamente gobierna es su esposa, Rosario Murillo. El oficial 0707 sigue sin esbozar una sonrisa: "Deje aquí su solicitud y ya le llamarán".
La tercera parada es con un personaje de veras curioso. Se trata, precisamente, del legítimo dueño de esta casa, Jaime Morales Carazo. A sus 73 años, ha sido de todo. Empresario de éxito -todavía lo es-, líder de la Contra, la guerrilla nicaragüense que, financiada por Estados Unidos, luchó contra el gobierno sandinista de Daniel Ortega en la década de los 80. Morales Carazo fue también el primer jefe negociador frente al propio Ortega para alcanzar la paz. Más tarde fue diputado liberal, jefe de campaña del ex presidente Arnoldo Alemán y, hoy, vicepresidente de Nicaragua. El Caribe produce personajes imposibles de encontrar en otras latitudes. Morales Carazo es uno de ellos. Ahora, no sólo es vicepresidente del hombre contra el que luchó, sino que también acude con toda naturalidad a la casa que un día fue suya y se sienta a platicar durante horas con el comandante que se la arrebató. Morales Carazo se levanta y aprieta la mano con fuerza. Su conversación es amena, sobre todo cuando, sin tapujos, desvela la doble cara del presidente Ortega.
- En lo privado es muy diferente a cuando está frente a un micrófono. Él conoce bien sus mercados, tiene su auditorio, sabe bien a quién se dirige. En varias oportunidades, yo le dije: baje la retórica, presidente, a veces esa porfía con los gringos parece genética. Pero, de puertas para adentro, Daniel Ortega es muy diferente. Un hombre con una admirable capacidad de escuchar.
- Pero la imagen que él se esfuerza en proyectar es muy dura. La de un aliado feroz de Hugo Chávez que asusta en la región...
- Ese es el conflicto que se da entre la retórica y los hechos. Le pongo un ejemplo. Una cosa insólita es que nunca los empresarios habían tenido una mejor relación con un gobierno que con este. No existe ni la agresividad ni la hostilidad que se percibe desde afuera.
- Pero como miembro del ALBA esa hostilidad existe...
- Es que este socialismo yo no lo comprendo, manda un mensaje equívoco, cuando en la realidad la relación con los empresarios y con EE UU es muy positiva.
El periodista se va confundido del despacho del vicepresidente. El Daniel Ortega que Morales Carazo acaba de retratar, aunque desde el elogio, es un político con dos discursos. Un Daniel Ortega que empuña la vieja bandera de los sandinistas en público y que, en privado, mantiene una relación exquisita con la élite empresarial. Lo curioso es que la siguiente cita no hace más que confirmar esta teoría. La imagen que Dora María Téllez tiene de Ortega coincide en ese aspecto con el retrato realizado por Morales Carazo, y eso que una y otro están en las antípodas personales y políticas. Dora María Téllez fue la Comandante Dos. La mujer que, junto a Edén Pastora, logró tomar el Palacio Nacional de Managua el 22 de agosto de 1978. Dora María Téllez conoce bien a Daniel Ortega y a su esposa, Rosario Murillo, y tal vez por eso decidió en 1995 no seguir acompañándolos en el camino. Sentada en la cafetería del hotel Intercontinental, la Comandante Dos dice que Daniel Ortega dejó hace tiempo de ser sandinista. "Lo suyo es el orteguismo. Su proyecto es la perpetuación en el poder de la familia Ortega-Murillo. Es un proyecto de poder sin referentes ideológicos. Hay un ejemplo muy claro: cuando vio que necesitaba a la Iglesia para hacerse con el poder, eliminó el aborto terapéutico, que llevaba 100 años funcionando en Nicaragua. Su política es tan neoliberal como la de los gobiernos anteriores". Curiosamente, cuando se le pregunta por el discurso tan radical de Ortega, Téllez ofrece la misma respuesta, aunque con distintas palabras, que el vicepresidente Morales Carazo.
- Su discurso es dramático, porque hace de vocero de Chávez. Pero el suyo no es un discurso de izquierdas, sino un discurso de estridencia izquierdosa...
Morales Carazo y Dora María Téllez también coinciden -y su coincidencia tiene más interés por la distancia de sus perspectivas- en el papel de Rosario Murillo. La esposa de Ortega lo controla todo. Desde la alta política hasta los detalles más nimios. Las palabras, elogiosas, del vicepresidente Morales Carazo son: "Rosario es tan perfeccionista que hasta sufre. Se ocupa del más mínimo detalle". Las de la comandante Dora María Téllez son: "A Daniel le repugna gobernar. Porque gobernar tiene que ver con el día a día, con el detalle, con cuadrar cuentas. A él sólo le gusta el discurso y la conspiración, son sus dos únicas atribuciones. Pero, como todos los caudillos, se ha vuelto desconfiado. Sólo confía en su familia. El primer círculo de poder de los caudillos es su familia. Y luego, el partido. Y a Rosario Murillo le encanta ejercer el poder. De forma total. En el sentido político y también en los detalles. Fíjese en los carteles que hay por la ciudad llamando a la celebración del 30º aniversario de la Revolución Sandinista. La letra de molde que pone "cumpliendo" es la letra de Rosario Murillo. Hasta de eso se ocupa...".
Un paseo por Managua desvela a bote pronto dos aspectos. Uno, positivo. Y el otro, muy negativo. El primero es que, a diferencia de los países de su entorno (El Salvador, Guatemala, Honduras), Nicaragua es un país seguro. El crimen no amarga el día a día. El segundo es que las estadísticas de la CEPAL que sitúan a Nicaragua como el tercer país con más pobreza de América Latina -sólo después de Haití y de Honduras- se hace visible en los niños desnutridos, mendigando en los semáforos, colgados los más pequeños del pecho vacío de sus madres descalzas.
La última cita es ya de noche. En el gimnasio Alexis Argüello. Eliseo tiene 14 años y una madre que trabaja de sirvienta en la casa de un narcotraficante. Eliseo acaba de llegar a Managua desde Puerto Cabezas, en el noreste del país. Ha necesitado 20 horas sobre el asiento de madera de un autobús amarillo. Pero está contento. Sus entrenadores dicen que le ven maneras, que se mueve bien, que su derecha es de lujo. Descendiente de indígenas misquitos, apenas sabe español. Lo justo para dejar muy claro por qué le gusta el boxeo: "Para ganar dinero y ayudar a mi madre". O para comprarse un Mercedes, como acaba de hacer Chocolatito González, y aparcarlo en la puerta de su casa que se cae. O, simplemente, para tener esperanza. La que ni los 30 años de Revolución ni Daniel Ortega han sabido darle a Mayline Quant, sentada peligrosamente sobre un banco con las patas torcidas.

Respuesta a Godoy

Respuesta de la SEGOB: Boletín No 125-18/07/2009;
-Con referencia al desplegado publicado el 18 de junio de 2009 en diversos medios de comunicación por el Gobernador del Estado de Michoacán, Leonel Godoy Rangel, la Secretaría de Gobernación hace las siguientes precisiones.
1. El Gobierno Federal coincide con la afirmación sostenida por el Gobernador del Estado en el sentido de que la delincuencia organizada representa una amenaza para la paz y la tranquilidad de la nación, las cuales son necesarias para poder lograr desarrollo y oportunidades de trabajo, educación y salud en nuestro país.
2. Precisamente por ello, durante esta administración el Gobierno Federal ha implementado diversas acciones para combatir de manera frontal a la delincuencia organizada, golpeando sus estructuras logísticas, operativas y financieras, así como las redes de protección institucional que permitían su propagación en territorio nacional.
Los principios que caracterizan a la Estrategia Nacional de Seguridad del Gobierno Federal son la integralidad y la coordinación; los valores que la sustentan, son el sentido del deber y la responsabilidad social. Sobre éstos se fundamentan una serie de acciones de cooperación a nivel regional, nacional, e internacional.
3. En el marco de estas acciones, se han implementado operativos conjuntos en diversos puntos del país con la determinación de poner un alto al proceso degenerativo ocasionado por el crimen organizado. La presencia de fuerzas federales está orientada a reconstruir y fortalecer la autoridad del Estado en todos los niveles.
En todo momento el Gobierno Federal ha impulsado una política de cooperación solidaria y subsidiaria con todas las autoridades locales del país, sin distingo alguno de filiación partidista. Aquellas autoridades locales comprometidas con la lucha contra la delincuencia organizada, cuentan con el apoyo del Gobierno Federal.
4. Como consecuencia de la creciente violencia registrada en el Estado de Michoacán, en diciembre de 2006 se acordó con el gobierno local el inicio del Operativo Conjunto Michoacán, primero de dichos operativos a nivel nacional, e inicio de un proceso de corresponsabilidad entre autoridades federales y estatales, a fin de fortalecer la presencia de la autoridad en el Estado y minar las estructuras humanas y financieras de los grupos criminales que operan en dicha entidad. Cabe señalar que el propio Gobernador Godoy Rangel en múltiples ocasiones ha reconocido las bondades de dicho operativo.
5. Dados los recientes acontecimientos en dicha entidad, y ante la agresión perpetrada contra las fuerzas y las instalaciones federales de seguridad, el Gobierno Federal tomó la decisión de incrementar su presencia y reforzar su operación, con el fin de fortalecer a los miembros de dichas fuerzas en el marco del Operativo Conjunto. La gravedad de los hechos requería de una respuesta inmediata, frontal y decidida para proteger a los policías, soldados y marinos quienes venían siendo blanco de tales agresiones.
6. En este contexto, de ninguna forma puede aseverarse que el Gobierno Federal actúe de manera unilateral, que no busque la cooperación y la corresponsabilidad como estrategias primarias de esta lucha, cuando fundamentalmente se centra en fortalecer la presencia de las fuerzas federales, con el
fin de repeler aquellas agresiones de las que han sido sujetas. Por ello no podemos aceptar que este elemental principio de legítima defensa de los miembros de las fuerzas federales pueda agraviar de manera alguna a los michoacanos o a sus autoridades. Asimismo, tampoco aceptamos que el refuerzo de la presencia federal implique una invasión de competencias, toda vez que como lo señala el artículo 43 de nuestra Carta Magna el Estado Libre y Soberano de Michoacán es parte de la Federación.
7. El Estado Mexicano, en todos sus niveles, tiene la responsabilidad de proveer seguridad y justicia a todos los mexicanos. Con pleno respeto al Pacto Federal, el esfuerzo nacional por procurar seguridad y justicia, requiere de la confianza y cooperación de de todos los órdenes de gobierno y de todos los poderes de la Federación, requiere también del reconocimiento de la capacidad y atribuciones de cada una de las partes. La lucha por la seguridad no es una competencia por reconocimiento individual, y no debe ser entendida así; el único reconocimiento válido será la recuperación de la tranquilidad en la vida diaria.
8. Sólo la decisión impostergable e ineludible del Estado Mexicano de enfrentar a la delincuencia organizada, con toda la fuerza de la ley, abatirá la violencia generada por los grupos criminales en el estado de Michoacán y en el resto del país.
9. El Gobierno Federal reitera su compromiso de cerrar espacios a la delincuencia mediante la coordinación de los tres Poderes de la Unión y los tres órdenes de gobierno, con la finalidad de recuperar la fortaleza de nuestras instituciones.

La diplomacia vuela bajo/Enrique Krauze

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