5 jul 2026

Cuba: morir en la arena/Leonardo Padura


Cuba: morir en la arena/Leonardo Padura

A través de la memoria personal y el análisis histórico, Leonardo Padura expone este domingo en El País la profunda y trágica ironía de la evolución política y económica de Cuba. El autor retrata cómo el Estado pasó de confiscar pequeños negocios de barrio en 1968 en nombre de la pureza socialista, a instaurar en 2026 un capitalismo descarnado y de grandes proporciones, impulsado por el colapso sistémico del país y traicionando los sacrificios de toda una generación.

Padura ilustra el inicio del control estatal absoluto con la anécdota de "La Quincalla de Fina". Al expropiar incluso los oficios y comercios más diminutos para erradicar la "explotación capitalista", el gobierno inauguró una era de escasez donde adquirir un simple lápiz se volvió una odisea.

 Durante las crisis posteriores, el gobierno permitió el trabajo por cuenta propia y pequeños negocios (como paladares de 12 sillas), pero siempre bajo un clima de sospecha, asfixia regulatoria y el miedo patológico del Estado a que los ciudadanos acumularan riqueza.

: En la actualidad, Cuba sufre una crisis sistémica marcada por apagones, escasez alimentaria y médica, y una desesperanza crónica. Esto ha provocado una brecha de desigualdad enorme y un éxodo masivo equivalente al 15% de la población en solo cinco años.

 Acorralado por la crisis interna y la presión externa, el mismo gobierno que años atrás encarcelaba ciudadanos por comercio clandestino de supervivencia (como le ocurrió al padre de Padura), hoy abre las puertas a grandes fábricas, bancos y acumulación de capital.

Se está instaurando una economía de mercado donde rige el "sálvese quien pueda". El Estado se desentiende de las necesidades sociales básicas, pero mantiene intacto su monopolio sobre el poder político ("jugar con la cadena sin tocar al mono").

El significado de "Morir en la arena" En el cierre, Padura explica el título de su novela como una metáfora del doloroso desencanto cubano. Modificando el refrán "tanto nadar para morir en la orilla", señala que a su generación se le exigieron innumerables renuncias para alcanzar un futuro utópico. Al final, quedaron sepultados en la arena histórica, observando cómo oportunistas y élites cercanas al poder se preparan para enriquecerse con el nuevo modelo económico.

#

Cuba: morir en la arena/Leonardo Padura (La Habana, 1955) es uno de los escritores y periodistas más lúcidos e indispensables de la literatura latinoamericana contemporánea. Es un hombre de letras que, combinando el rigor del investigador con una profunda sensibilidad humanista, ha logrado retratar el alma, las cicatrices y las contradicciones de la sociedad cubana y de la política del siglo XX.

El País, 05 JUL 2026 

Fue en el año al parecer remoto de 1968, una mañana en que me dirigía a la escuela secundaria de mi barrio habanero donde cursaba mis estudios cuando tuve una muy impactante revelación de qué cosa podía ser un proceso revolucionario radical. Camino del centro escolar pasé por la que todos conocíamos como La Quincalla de Fina, donde solíamos encontrar, a precios muy razonables, algunos de los útiles que necesitábamos. Ese día yo pretendía comprar un lápiz y, para mi frustración, vi que el pequeño mostrador, colocado en el vano de una ventana, permanecía cerrado a una hora en la cual solía estar abierto. Muy cerca vi entonces al viejo Serafín, el esposo de la señora Fina, y le pregunté por qué no estaba abierta la quincalla y me respondió que el negocio no funcionaría más hasta que el gobierno lo decidiera: como parte de una Ofensiva Revolucionaria la diminuta tienda había sido intervenida y, de manos de Serafín y Fina, pasaba a ser propiedad del pueblo, aunque en realidad lo era del Estado… Y, como comprobaríamos muy pronto, sería propiedad de nadie pues la quincalla nunca volvió a existir y, por lo tanto, dejó de vender los lápices (incluso los cotizados bicolores), las gomas de borrar y las libretas que por años allí habíamos adquirido.

La quincalla de Fina, como todos los pequeños negocios todavía sobrevivientes de las revolucionarias intervenciones de las propiedades y actividades productivas y comerciales privadas (proceso iniciado en el mismo año de 1959 con las grandes nacionalizaciones) había sido considerado por la política económica y social del país una forma de explotación capitalista, un rezago del pasado inadmisible en un Estado de sistema socialista que apuntaba al futuro mejor de la nación, incluso de la humanidad. Aunque entonces yo no tenía capacidad para preguntarme a quiénes explotaban Serafín y Fina, ni por qué el limpiabotas insignia del barrio, el Negro Caridad, desde ese momento debía ejercer su oficio como empleado del Estado (con horario laboral y asignación de betún, tinta, cepillos y quizás hasta los trapos que utilizaba para abrillantar los zapatos), constaté desde muy pronto que ahora sería más difícil, y en ocasiones imposible, comprar un lápiz, tomarme un granizado o lustrarme los zapatos, entre otras muchas posibilidades menguadas, deterioradas o simplemente desparecidas.

Unos veinticinco años después, en ese mismo país socialista, con los mismos dirigentes al mando y en pleno apogeo de una crisis en la que faltó todo (y todo fue todo), se permitió la apertura, muy controlada, por supuesto, de pequeños negocios privados. Cafeterías, diminutos restaurantes (solo podía tener dispuestas 12 sillas y ocupar una habitación de una vivienda particular) y otras pocas actividades de producción y servicio. Cargados de condiciones y siempre sospechosos algunos sobrevivieron tenazmente, aceptados si acaso como un mal necesario, como lo fue desde entonces la legalización de la tenencia de divisas extranjeras, hasta poco antes perseguida y hasta penada con años de cárcel.

En los más recientes veinticinco años, con la permanencia de una crisis que se ha revelado sistémica, el proceso de reapertura de las actividades comerciales y económicas cubanas ha sido un proceso turbulento, marcado por los controles, la desconfianza oficial y, sobre todo, perseguido por el que ha sido el mayor temor del gobierno: la posibilidad de que algunos acumulen dinero. Porque, sin que se haya dicho, esa siempre ha sido la razón política que ha gravitado sobre esa sociedad. Pues bien se sabe que el dinero puede cambiar las políticas.

En este mismo plazo reciente y aun con tan pequeñas reformas, en la isla socialista del Caribe ha ocurrido un fenómeno importante: el compacto tejido social creado allá por 1968 se ha comenzado a dilatar aunque en dos direcciones opuestas: mientras en algunos sectores de la sociedad se ven destellos de riqueza, en otros, los mayoritarios, se ha producido un galopante empobrecimiento que, a la altura de 2026, ha llevado a esa gran masa humana a existir en francos niveles de supervivencia. Prolongados cortes de electricidad, dificultades para comprar los alimentos (ya ni hablar de cómo conservarlos o incluso procesarlos), falta de medicamentos y, sobre todo, una patente pérdida de esperanzas han aflorado y se han enquistado en la vida de millones de ciudadanos. Como alternativa más recurrida para escapar de ese foso ha estado la emigración que, en cinco años, acumula cifras cercanas a los dos millones de personas, algo así como el 15% de la población efectiva del país. Y estamos contando los que han podido irse, no a los que quisieran largarse y no han contado con los recursos necesarios para hacerlo.

Y ahora resulta que en ese mismo país, con el mismo sistema y casi con las mismas personas al frente se anuncia un nutrido paquete de medidas que, han dicho, resultaban necesarias para solucionar los problemas socio-económicos del país. Desde ahora, también han dicho, cualquiera puede abrir no ya una quincalla mucho mayor que la de Fina —eso era posible desde hace un tiempo—, sino incluso una fábrica capitalista con muchos obreros y, claro, con plusvalía, incluso fundar un banco —y debería ser también con mucho dinero. Y podrán hacerlo todos, aun gentes como Fina, Serafín y el Negro Caridad si estuvieran vivos y tuvieran con qué. También hubiera podido hacerlo mi difunto padre, condenado en 1985 a seis meses de cárcel acusado de tráfico de divisas por haber comprado tinte de pelo para la peluquería —por supuesto que clandestina— que en el patio de mi casa llevaba mi madre.

Ha hecho falta que la sociedad cubana descienda a la más tenebrosa crisis general para que se considere que lo inaceptable, lo punible, lo condenable es hoy conveniente, apropiado, justo. Ha sido necesaria una política de máxima presión proyectada desde Washington, con amenazas incluidas de acciones militares, para que se revierta el férreo sistema económico del país y se establezca una economía de mercado y una sociedad de sálvese quien pueda con un Estado que, mientras se desentiende de responsabilidades incluso básicas de la población, por supuesto que sí pretende conservar la más importante y eficiente de sus industrias, la del control. Porque, incluso ahora, en Cuba ya se podrá jugar con cada uno de los eslabones de la cadena pero (como advierte la sabiduría popular) sin tocar al mono.

Muchas son las preguntas y casi siempre alarmantes las respuestas que engendra el nuevo contexto económico cubano. Y algunas van desde quiénes confiarán en un gobierno que alimentó la desconfianza para llegar ahora a invertir sus dineros en Cuba. Y, otra, convergente, sería saber quiénes desde las estructuras del poder estarán mejor posicionados para una previsible piñata inversionista. Evidentemente la lista de interrogantes puede ser interminable.

N.B. Mi más reciente novela publicada se titula Morir en la arena. En el título juego con el significado del refrán que reza: “Tanto nadar para morir en la orilla”. Hice el cambio de sitio y de palabras, porque pertenezco a una generación a la que se le pidió mil renuncias y sacrificios para llegar y avanzar por la orilla, por la arena. Encaminados hacia el más luminoso futuro. En ese proceso, en realidad, muchos han sido los que han quedado sepultados en las tembladeras de una arena histórica voraz, mientras los sobrevivientes, entre tinieblas actuales, si acaso podrán aspirar a que alguien venido de nadie sabe dónde los ilumine un poco, mientras ese alguien (que hasta hablará de libertad y democracia) engordará sus bolsillos con negocios mucho más suculentos que una quincalla o una peluquería clandestina de barrio.


No hay comentarios.:

La balanza de la democracia: El riesgo de censura en la lucha contra la violencia de género

 La balanza de la democracia: El riesgo de censura en la lucha contra la violencia de género Por Fred Alvarez Palafox... En Chiapas, el deba...