Extremismos que socavan la estabilidad/Angelo Panebianco
El Mundo, 4 julio 2026 -
En sus estudios sobre la democracia, el politólogo Giovanni Sartori ha demostrado que la competencia política, en democracia, puede adoptar dos modalidades diferentes. En el primer caso, la competencia es, como la define Sartori, «centrípeta», es decir, las distintas fuerzas políticas, independientemente de su ubicación, se esfuerzan por converger hacia el centro, por conquistar al electorado de centro. Un espíritu de moderación, de escasa conflictividad ideológica (salvo por la presencia de alguna franja extremista irrelevante), impregna la democracia y garantiza su estabilidad. En el segundo caso, la competencia es, por el contrario, «centrífuga»: sectores importantes del electorado huyen del centro, los extremistas de derecha e izquierda ven cómo aumenta su apoyo, y el enfrentamiento ideológico es encarnizado. Si no existen otras condiciones que anulen sus efectos (como, por ejemplo, un contexto internacional estable), la competencia centrífuga, en casos extremos, puede conducir al colapso de la democracia.
En las principales democracias europeas actuales, las fuerzas centrífugas son muy fuertes. Lo son en Gran Bretaña y en Alemania, países en los que la competencia centrífuga es una novedad. Al igual que en Francia, donde las fuerzas centrífugas nunca han sido tan poderosas desde el nacimiento (en 1958) de la Quinta República. Es cierto, para nosotros, los italianos, no es ninguna novedad: la competencia centrífuga (el encendido enfrentamiento ideológico) ha acompañado la historia de la democracia italiana, salvo en breves etapas, desde 1948 hasta hoy. Pero las condiciones internacionales, la sólida red de protección que representa la alianza occidental, nos han salvado, hasta la fecha, siempre.
¿Cómo es posible que, al mismo tiempo, todas las principales democracias europeas se vean asaltadas por extremismos que amenazan su estabilidad? Las causas son muchas. Una de ellas tiene que ver con el impacto de los fenómenos migratorios.
Otra, quizás la más relevante, hay que buscarla en las relaciones entre Estados Unidos y Europa. Estados Unidos está contribuyendo a la desestabilización de las democracias europeas de dos maneras: una directa y otra indirecta (y la segunda es la más importante). La forma directa tiene que ver con el hecho de que, si un extremista ocupa la Casa Blanca, su impacto en Europa es inmediato y devastador. Las agresiones verbales de Trump contra Meloni —las últimas de una larga serie de insultos a antiguos aliados—, fruto de la voluntad explícita del presidente estadounidense de desgastar los antiguos lazos euroatlánticos, son solo la gota que colma el vaso: desde el momento en que se instaló en la Casa Blanca, Trump no ha perdido ocasión de avivar el fuego, de fomentar un extremismo europeo que él no ha creado, pero que incentiva con el fin de desestabilizar las democracias europeas.
Sin embargo, lo que más cuenta no es Trump ni lo que él quiera o no quiera. Lo que más cuenta es lo que hay detrás del trumpismo. Es el declive relativo del poder estadounidense -un fenómeno que va más allá de Trump- lo que desgasta las relaciones euroatlánticas y, en consecuencia, desestabiliza las democracias europeas. Es importante tenerlo presente porque, incluso después de Trump, las relaciones euroatlánticas, aunque quizá sin las tensiones visibles de hoy, difícilmente volverán a ser las de antaño. La alianza no desaparecerá —o al menos eso se espera: es necesaria tanto para los europeos como para los estadounidenses—, pero difícilmente volverá a ser en el futuro el cálido manto que protegió a Europa hasta hace poco.
La estabilidad de las democracias europeas ha dependido, desde el final de la Segunda Guerra Mundial en adelante, de la solidez de las relaciones euroatlánticas. ¿Cómo devolver la estabilidad a nuestras democracias en las nuevas circunstancias? Hay que tener en cuenta que el debilitamiento del liderazgo estadounidense ha abierto la puerta a las incursiones de otras potencias en Europa.
Los rusos se esfuerzan mucho por avivar, en los países europeos, extremismos que, en su mayoría, son prorrusos y que actúan para empujar a Europa a los brazos de la Federación Rusa. Tampoco hay que perder de vista ciertas triangulaciones: por ejemplo, a los rusos les interesa que aumente la hostilidad europea hacia Israel. Aparte de Estados Unidos, Israel es el único país capaz de proporcionar a los europeos valiosos sistemas de armamento, útiles para la defensa. Algo que, obviamente, no les hace ninguna gracia a los rusos.
MÁS ALLÁ DE LA RETÓRICA EUROPEÍSTA
No se puede ocultar el hecho de que, por muy mal que estén las demás democracias europeas, Italia está aún peor. En Italia, las presiones extremistas se combinan con un sistema de gobierno inadecuado, en el que la capacidad de gobernar (es decir, la capacidad de afrontar los retos a medida que surgen) se ve muy mermada debido a la fuerza de innumerables poderes de veto. Tal y como ha documentado Peppino Calderisi en un magnífico libro (Storia di una riforma mai nata), el hecho de que, desde la Comisión Bozzi de los años 80 en adelante, hayan fracasado todos los intentos de convertir a la democracia italiana en una democracia gobernante, nos deja indefensos, sin un escudo adecuado, ante las nuevas y muy peligrosas condiciones internacionales.
Más allá de la retórica europeísta (a menudo vacía, previsible y, en ocasiones, incluso molesta), la razón por la que nos conviene apostar por Europa, por la integración europea, es sencilla: la estabilidad de las democracias requiere su integración en un marco internacional estable. Si ya no es Estados Unidos quien lo proporciona, la única alternativa disponible, o potencialmente disponible, es Europa. Se trata de evitar que el gato se muerda la cola, es decir, que las fuerzas centrífugas que actúan en nuestras democracias acaben siendo tan fuertes que anulen los esfuerzos a favor de la integración europea. No hay otra balsa salvavidas.
Angelo Panebianco es profesor titular de Ciencias Políticas en la Universidad de Bolonia, donde imparte clases de Geopolítica y Relaciones Internacionale.
El artículo fue publicado originalmente en Corriere della Sera
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