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El padre de uno

Entrevista Marcos Giralt Torrente
"No creo en la literatura terapéutica"
NURIA BARRIOS
Babelia El País 15/05/2010;
En las paredes del luminoso piso madrileño de Giralt Torrente cuelgan los cuadros inmensos de su padre junto a lienzos, grabados y collages de otros artistas y un pequeño miró, que éste regaló al escritor cuando tenía tres años. "Él me regaló el cuadro y yo, un dibujo de unos bomberos apagando un fuego", cuenta Giralt con su hijo en brazos. De la misma manera le sostenía a él su padre, en 1968, en la fotografía que ilustra la portada de Tiempo de vida. Giralt Torrente, hoy, con 42 años, y su padre, en aquella imagen, se parecen como dos gotas de agua. El tiempo ha colocado, entre los brazos del escritor, un hijo que se llama como su abuelo: Juan.
PREGUNTA. Meses antes de morir, su padre le dijo: "Fíjate bien en todo, que luego podrás usarlo". ¿Estaba ya en usted la idea de este libro?
RESPUESTA. No, en absoluto. Durante los dos años que cuidé a mi padre apenas escribí, apenas leí. Aparté lo que era mi vida. Él murió en febrero de 2007 y, un año después, cuando mi cuerpo pudo despegarse del duelo, llegó la escritura para narrar la historia y me encontré inmerso en una prolongación del duelo. Había intentado retomar la novela en la que estaba trabajando cuando mi padre enfermó, pero yo ya no era el mismo. Intenté empezar algo nuevo y también fracasé. Entonces empecé a escribir sobre mi padre, y me di cuenta de que era eso lo que quería. Al acabar Tiempo de vida, sentí alivio y felicidad, pero también la conciencia de haber terminado una etapa de mi vida. Mi padre no murió para mí hasta que finalicé el libro.
P. Es la primera vez que se adentra en la no ficción y lo primero que salta a la vista es la transformación radical de su estilo.
R. Mi principal afán era que no hubiese ningún artificio literario. Mi voluntad era ser respetuoso con la verdad de mi recuerdo, incluso allí donde yo no salía muy favorecido. Así que prescindí de mi estilo, fui afinando la voz y quitando vicios de escritor hasta crear un estilo despojado, el único posible para este libro. Me he sentido como un principiante en muchas ocasiones, pero también he disfrutado de la libertad de éste. Intenté evitar, desde el principio, el sentimentalismo al narrar los acontecimientos. El reto me liberó y me incentivó: la frase corta, la atomización del pensamiento, el recurso a la enumeración, la reflexión...
P. Parte esencial de la intensa y ambivalente relación con su padre es el nacimiento de su vocación como escritor.
R. Al apellidarme Torrente, existe sobre mí el estereotipo de que mi abuelo (Gonzalo Torrente Ballester) fue determinante para convertirme en escritor. No es así: fue una figura muy cercana, pero sólo me acerqué a él, como escritor, cuando yo ya escribía. Mi vocación tiene más que ver con mi padre pintor, aunque nunca se lo dije. Mi cuarto de juegos fue su estudio. Siempre me atrajo lo visual, aunque también me gustaban las palabras, pues mi madre es una gran narradora, y durante un tiempo simultaneé las dos cosas: hacía collages y escribía. Luego me volqué en la literatura de una forma absolutamente adolescente, como un acto de rebeldía contra mi padre. Veo muchas cosas parecidas entre nosotros. Escribo de una forma muy pictórica: la forma en que crecen mis textos tiene un desarrollo más espacial que narrativo. Mi trabajo se parece al sondeo al que el pintor somete el lienzo. El arte, su arte, era el único terreno en el que no había riesgo de conflicto.
P. Una cita de Nietzsche abre el libro: "Contamos con el arte para que la verdad no nos destruya". ¿Echó de menos la ficción?
R. No. He trabajado sobre material de mi vida y no sobre material inventado, pero la forma de trabajar ha sido la misma que en mis dos novelas anteriores. Y he sufrido los mismos cambios anímicos que con ellas. Hay una relación muy profunda entre mi obra y el yo personal. Me identifico con lo que decía Matisse: "Yo no soy capaz de distinguir entre el sentimiento que tengo de la vida y la manera como lo traduzco". Tiempo de vida es un artefacto novelesco que narra de la mejor manera posible la historia que quería contar.
P.Tiempo de vida cuenta el cierre feliz de la relación con su padre, pero hasta el final cuestiona las reacciones, los gestos, los hechos al estar sometidos al plazo de la muerte. ¿Jamás se curan las heridas, las culpas pasadas?
R. Yo no creo en la literatura terapéutica. El libro no me ha hecho dejar atrás sentimientos dolorosos. Cuento mi verdad, pero abierto a buscar interpretaciones complementarias. En la vida nada tiene una sola explicación.
P. La muerte de su padre tuvo un efecto insospechado: "He perdido la rabia con la que antes escribía", dice en el libro. Usted, que se había hecho escritor de alguna manera contra él, compitiendo con él, llegó a dudar sobre su futuro.
R. Al comenzar Tiempo de vida constaté que había perdido la rabia, pero el libro mismo es la prueba de que no la necesito para escribir.

http://www.elpais.com/elpaismedia/ultimahora/media/201005/15/cultura/20100515elpepucul_3_Pes_PDF.pdf
El escritor Marcos Giralt Torrente acababa de matar a su padre en la novela Los seres felices cuando éste le llamó para contarle que estaba enfermo. El padre a quien había matado era literario, ficticio, podía tratarse del suyo o el de cualquiera. La voz del de carne y hueso paralizó al escritor y alarmó al hijo. Durante dos años, Giralt Torrente (Madrid, 1968) se volcó en intentar que sanara su padre y también la relación entre ambos, hecha de equívocos y reencuentros, de silencios y esfuerzo, de necesidad y admiración, pero asimismo de resentimiento y frustración. Un año después de la muerte de su padre, y apenas unos meses antes del nacimiento de su primer hijo, Giralt Torrente empezó a escribir Tiempo de vida, el relato fascinante y valiente de la vida con su progenitor, una historia de amor contada desde la muerte. "Una historia feliz", subraya el autor, porque permitió "cerrar el círculo de la relación tal como debería haber sido". Si en su novela anterior daba muerte a la figura paterna, en Tiempo de vida devuelve la vida al padre ya muerto. Tal es el poder alquímico de la escritura.

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