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El rostro de Julio César/ reportaje de la Turati

lA imagen es impublicable! 
El médico forense me dijo que tenía que ser muy fuerte para lo que iba a ver. Me dijo que fue desollado vivo…. 
Revista Proceso No. 1986, 1 de noviembre de 2014.
El rostro de Julio César/MARCELA TURATI

Su cara no aparece entre las fotografías que exhiben miles de manifestantes en el mundo y que se reproducen en las redes sociales. A él ya no lo busca nadie, está muerto y enterrado. Pero también cayó en Ayotzinapa, lo arrojaron en una calle de Iguala muerto, golpeado, desollado. Para su joven viuda, Marisa Mendoza, y para su hija de dos meses, siempre será el joven idealista que murió por educarse como maestro rural. Para el resto, un cuerpo que un día puede tener el rostro de un familiar o de un amigo.
Se enteró del asesinato de su esposo, Julio César Mondragón Fontes, a través de las redes sociales: lo reconoció por su playera roja y su bufanda. Cuando acudió al Servicio Médico Forense de Chilpancingo un doctor le dijo: “Tiene que ser fuerte para lo que va a ver, a su esposo lo desollaron vivo”, y sin más se lo mostraron así, sin cara, sin ojos, el cuerpo moreteado, junto a los cadáveres de dos de sus compañeros normalistas, ellos asesinados con balas.
Estos días recibió dos cheques en su casa: uno por 5 mil, el otro por 10 mil, cortesía del gobierno del estado de Guerrero. Para Marisa Mendoza, la viuda de 24 años, ahora madre sola de una bebé de dos meses, la revictimización no ha terminado.

“Me da miedo esta situación, temo por mi seguridad. Mi hija se quedó sin padre. No quiero que se quede sin madre. Está muy chiquita. Me necesita a mí como yo a ella. Solamente quiero proteger a mi hija. No sé cómo esas personas (del gobierno) dieron con mis datos y no sé qué otra persona los tenga”, dice, y se nota asustada.
 La entrevista se realiza a oscuras, dentro de una camioneta estacionada en la plancha del Zócalo de la Ciudad de México. Del exterior se colaban los gritos de los miles de manifestantes que el pasado miércoles 22 exigían la aparición con vida de los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, desaparecidos el 26 de septiembre en la ciudad de Iguala, Guerrero. Marisa temía que la reconocieran (su foto –ella feliz con su marido y su bebé recién nacida– rola en internet) y le pidieran entrevistas.
 La joven y Guillermo Fontes, tío de su marido, decidieron hablar sobre Julio César –El Chilango, como le decían en la normal donde recién había ingresado– porque su asesinato parece arrojar una losa de silencio sobre lo que no se quiere ver, y el silencio abona a las especulaciones: ¿Por qué a él lo eligieron de entre todos los normalistas para desollarlo? ¿Quién era? ¿Qué hizo?
 La última vez que lo vieron sus compañeros fue cuando estaban rodeados por policías municipales de Iguala, quienes les disparaban.
 El tío Guillermo comenzó la entrevista diciendo que le dolió leer en una columna que le cambiaron el apellido a su sobrino, y en una nota que Julio se separó de sus compañeros la noche de la represión y corrió en sentido contrario, como si fuera un cobarde.
 “Queremos saber con qué intención le echó la culpa, por qué dijo que salió espantado cuando le dijeron que no se separe del grupo. Julio tuvo la oportunidad de escapar y no lo quiso hacer, lo dijo en una llamada de celular en donde avisó que les estaban disparando. Se le dijo: ‘Escóndete, vete de ahí’, pero él dijo que no.”
 Esa llamada fue la última comunicación con Julio. Un día después se difundió la foto del cadáver desollado no identificado, arrojado como desperdicio a una calle de la zona industrial de Iguala. Al día siguiente los normalistas lo identificaron: era El Chilango. Nadie le avisó a Marisa.
 “En redes sociales publicaron una foto de él como si fuera una persona no identificada. Supe que era él por su bufanda negra con zigzag crema y la playera roja. Por las marcas en la mano, de circulitos en forma de U. Así lo reconocí. Pero me repetía que no podía ser. Empecé a buscar esa ropa en la casa, todavía esperando que no fuera él, y desafortunadamente no encontré nada. Lloré bastante.”
 Por los datos que aporta el tío, Julio César era un joven de 22 años nacido en Tenancingo pero criado en Tecomatlán, Estado de México; este pueblo está ubicado a cinco kilómetros de la Escuela Normal Rural de Tenería. Había heredado los apellidos de su familia materna porque su papá no quiso registrarlo; murió sin conocerlo. Se crió con su mamá y su hermano menor en casa de la abuela materna.
 Cuando terminó la preparatoria entró a Tenería, pero lo dieron de baja. ¿Por qué? El tío explica: “Julio se deprime porque falleció mi mamá, deja de ir a la escuela, no nos enteramos y cuando nos dimos cuenta ya estaba dado de baja por faltas. No fue expulsado ni mal compañero”.
 Se inscribió posteriormente a la Benemérita Nacional de Maestros, luego al Tecnológico de Villa Guerrero a estudiar administración. “En una como en la otra fue por falta de dinero que no culmina”. Decidió mudarse al Distrito Federal, se había enamorado de una defeña. Era Marisa, el amor de su vida.
 Vocación de maestro
 Se conocieron en el 2011 en un baile en Tenería. Seis meses después se reencontraron por Facebook y comenzaron a escribirse, después a llamarse y se hicieron novios. Al año él la presentó a su familia, ella lo presentó a la suya. El 15 de octubre de 2013 comenzaron a vivir juntos.
 Él trabajaba para la empresa ­Conpryssa como elemento de seguridad en el centro comercial Santa Fe, donde cumplía turnos de 24 horas.
 “En diciembre nos enteramos de que yo estaba embarazada, ya tenía dos meses. Estábamos muy contentos porque íbamos a ser papás”. Sin terminar la frase, Marisa comienza a llorar, se traba, se balancea como si se meciera, como si así pudiera sentirse menos indefensa. Tarda un largo rato en volver al relato de la vida en pareja.
 A Julio la noticia de que sería papá le sembró como una urgencia la idea de estudiar para superarse y ser lo que siempre había querido: maestro. Por eso hizo un examen de admisión en la Normal Rural de Tiripetio, Michoacán, donde no fue admitido.
 “Desafortunadamente no quedó en Michoacán. Se puso triste, decía que las esperanzas de estudiar se le acababan, ya por edad no iba a poder entrar. Quería ser maestro. Le apasionaba estar frente a un grupo de niños, quería fomentar valores”, recuerda ella.
 Presentó el examen hasta Ayotzinapa, en Guerrero, a casi cuatro horas de su casa, en la Escuela Normal Rural donde los estudiantes no pagan hospedaje y comida por ser de familias pobres. Ahí fue admitido.
 La separación fue muy dura para la pareja. Hubo discusiones. En un intento por lograr que él se quedara, ella le dijo que se olvidara de la niña que iban a tener. Él le escribió una carta en la que le dice que lo más triste fue no tener papá, y que no quiere que su hija viva esa misma ausencia. Pero seguía decidido.
 “Le preguntábamos por qué no en la normal del estado o en Toluca, pero no, a fuerzas quería egresar de una normal rural. Como no quedó en la de Michoacán, tenía prisa porque tenía 22 años, o era en Ayotzinapa o ya no quedaba por la edad. Si cumplía más se le dificultaban las cosas porque hay un límite de edad. Yo no entendí la obsesión que tenía, una obsesión muy grande por ser maestro en una escuela normal rural para compartir sus ideas con los niños”, cuenta el tío.
 Una posible explicación que encuentra a eso que llama obsesión de su sobrino es que Julio se crió a cinco kilómetros de la Normal de Tenería, donde en la década de los ochenta hubo una lucha popular y represión; los pueblos de los alrededores quedaron marcados por la lucha y los líderes aún viven en el pueblo. “No sé si vio a los normalistas como sus ídolos o algo así, no me explico”, dice el tío, intentando darle sentido a la actitud de Julio.
 Recuerda que era muy politizado y crítico de la situación mexicana, Marisa no recuerda haberlo escuchado hablar sobre política.
 Cuando la partida de Julio a Ayotzinapa era inminente, Marisa le dijo que ella lo apoyaba en su decisión, que le echara ganas; él prometió visitarla cada vez que le permitieran salir y que cuando fuera profesionista comprarían una casa. En ese momento vivían en un cuarto rentado.
 Se vieron el 30 de julio de 2014 en el hospital donde Marisa dio a luz a una niña. Él había pedido permiso en la normal para estar presente y tuvo que regresarse al segundo día. No quería irse, no quería dejar solas a sus dos mujeres. A través de su cuenta de Facebook presumió la foto de los tres. Cada que podía se comunicaba por teléfono, decía que las extrañaba.
 A los 15 días regresó al Distrito Federal y registraron a la bebé como Melissa Sayuri. Melissa porque se parecía a Marisa, pero les parecía más bello; Sayuri fue una ocurrencia de último minuto en el Registro Civil. Sólo pudo quedarse una semana en casa.
 “Me decía que en la escuela hacían actividades, que iban a pedir dinero, el boteo, que estaban recabando fondos para la marcha del 2 de octubre, que nos íbamos a ver, que iba a venir a la casa para vernos. Pero ese día nunca llegó”. Llora Marisa de puro recordar esa ausencia.
 A mediados de septiembre Julio le pidió que ya no le escribiera mensajes de texto porque le habían robado su celular. Perdieron comunicación varios días. Un único día él le mandó un mensaje a través del teléfono que le prestaron (“me dijo que estaba bien, que no me preocupara, que me amaba, que le diera besitos a la bebé”).
 El sábado 27 de septiembre, cuando Marisa vio las noticias, llamó al número del celular de donde había enviado su último mensaje, pero nadie le respondió. Luego reconoció a su marido en la fotografía que sintetiza el horror de lo ocurrido en Iguala, la foto de la sinrazón ante la que faltan palabras. Viajó a Ayotzinapa donde los excompañeros de su marido le dieron el pésame, luego fue al Semefo de Chilpancingo.
 El médico forense me dijo que tenía que ser muy fuerte para lo que iba a ver. Me dijo que fue desollado vivo. Me pasó a donde tenían el cuerpo: había tres, dos con la cara destapada, el único tapado era Julio César. Cuando le vi los pies supe que era él. Comencé a ver unas señas que le conocía: el lunar en el brazo izquierdo, el de la parte del pecho. Cuando le vi la cara estaba totalmente destrozada. No tenía nada. Tenía golpes en el cuerpo, en el pecho, en el hombro izquierdo, en los costados, en las piernas. Estaba muy moreteado, muy golpeado.”
 En ese momento ella comenzó a reclamarle en su interior: “¿Por qué me abandonaste, si me prometiste envejecer juntos y estar con Melisa?”.
 Los familiares de Julio César recogieron el cuerpo para velarlo en el Estado de México. En ese momento sintieron por primera vez el miedo de estar en un sitio del que desconocen las reglas.
 Fue cuando defensores de derechos humanos les hicieron una advertencia: “Los van a escoltar por si intentan quitarles el cuerpo, porque esto fue una ejecución extrajudicial y tortura que está muy penado, es terrorismo y crimen de Estado y quizá (los asesinos) quieran quedarse con el cuerpo para que no haya evidencia, pero no es con ustedes, es con el cuerpo”.
 “No debe olvidarse”
 El miedo no se les ha quitado desde entonces, se vive en Tecomatlán y en el Distrito Federal. Con cada ruido extraño los Mondragón tiemblan. Incluso la madre de Julio, quien sigue pasmada por la muerte de su hijo, advirtió a sus familiares: “No quiero un muerto más, que nadie se exponga”. No quiere que haya seguimiento.
 “Lo que queremos es que se traiga el caso al Distrito Federal, que la PGR tome cartas en el asunto porque es más seguro verlo acá que ir a Guerrero”, dice el tío.
 No había terminado el novenario cuando Marisa tuvo que buscar empleo. Ahora divide su día limpiando casas. “La bebé tiene reflujo gastroesofágico –relata–, requiere Enfamil sin lactosa. Lo poco que teníamos ahorrado ya se nos terminó. Me vi en la necesidad de buscar dos trabajos. Uno de dos a dos y otro de tres a siete, porque la señora me da permiso de entrar a las tres”.
 No se lamenta por eso, es como una terapia. “Trato de estar ocupada para no pensar en él. Incluso en el cuarto donde vivíamos está su ropa intacta, sus recuerdos, sus cosas están ahí”.
 Un día, cuando estaba en el cuarto donde vive, llegaron unas personas con un cheque por 5 mil pesos de parte del gobierno del estado de Guerrero. El pasado día 21, otro de 10 mil.
 “No se ha cambiado (el cheque), no se han tocado esos 15 mil pesos, no sé si tomarlos, a qué me comprometen; pero si creen que con 15 mil pesos van a reparar todo el daño, están muy equivocados”, dice, y se lo hizo saber a los funcionarios que le entregaron el papel.
 Lo que le preocupó es cómo consiguieron su dirección, quién más la tiene. Le han planteado mudarse pero ella no quiere:
 “En el lugar en que vivo son muchos recuerdos, siento que él está conmigo a mi lado, cuidando de Melissa. Me volteo de un lado y veo en el muro de la pared cartas que me escribía, dibujos que me hacía, nuestro último 14 de febrero que me dijo que iba a ser muy inolvidable para mí y me regaló dos ositos pegados juntos, con un osito: nuestra hija. Era detallista, cariñoso, tenía mucha ocurrencia, palabras como un poeta, escribía muy bonito.”
 Tampoco pudo mantener su privacidad, pues un desconocido “sacó” de su Facebook y del de Julio las fotografías de su vida en común e hizo un video sobre ellos. A nadie le pidió permiso.
 En su teléfono no tiene más fotos de él. Dos semanas antes, en el mercado, le robaron su celular con sus recuerdos. En casa tiene las cartas de amor que él le escribía. En una de ellas está escrito: “Cuando coincidimos, cuando nos vimos, cuando sonreímos, cuando nos conocimos, cuando hablamos, cuando nos saludamos, cuando salimos, cuando compartimos, cuando lo sentimos, cuando nos unimos, cuando te besé, cuando me besaste, cuando te amé, cuando me amaste…”.
 Muchas veces la gente decide olvidar lo que no puede asimilar, el horror de lo inexplicable; pero Marisa se rehúsa al olvido, piensa que eso no debe ocurrir, por eso se animó a dar esta entrevista.
 “Siento que es un hecho que no debe olvidarse. El estuvo ahí, vivió todo eso. Debemos de pedir justicia, reflexionar qué, si un hijo o un familiar estuviera ahí”.
 El 29 de octubre, cuando se habían cumplido 33 días del asesinato de Julio César y sus dos compañeros, y de la desaparición de 43 normalistas, Marisa acudió con los familiares y amigos de las víctimas a la reunión con Enrique Peña Nieto. Firme, le contó su sufrimiento, habló de su miedo, del desamparo de ella y su Melissa. En el salón sólo los sollozos de quienes la escuchaban interrumpían el silencio.



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