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La sociedad acobardada/

La sociedad acobardada/ Luis del Val, escritor.
 ABC, 20 de mayo de 2016.
Una de las primeras medidas que tomó Hitler al ascender al poder en 1933 fue expulsar a los miembros de la Academia de la Lengua Alemana que fueran judíos. No sólo les despojó de su condición de académicos, sino que, en su cualidad de profesores, filólogos y escritores, les prohibió la enseñanza y la publicación de sus trabajos.
Esta medida arbitraria, en un colectivo de personas nada analfabetas, al contrario, con una sólida preparación y ejercicio intelectual, no suscitó ninguna protesta del resto de los académicos, que, si acaso en su interior censuraron la injusta medida, jamás lo manifestaron de manera explícita, y no existen pruebas de que un solo académico expusiera su opinión contraria.

La degradación de una sociedad no sucede de manera repentina, sino que el envilecimiento se produce de una forma lenta, pero constante, con la aceptación de pequeñas injusticias, con el consentimiento de leves sumisiones, hasta que las vejaciones van alcanzando una cualidad mayor, y para entonces se han generalizado en la tribu tantas insólitas y extravagantes obediencias que oponerse a las nuevas humillaciones parece una rebelión estruendosa. Es más, los sometimientos son ya tan habituales que se aceptan con la misma naturalidad con que se acepta la lluvia que cae del cielo. En «Psicopatología de la vida cotidiana», del judío vienés, se atisban algunas de estas situaciones paradójicas, y en algunas charlas empleo un viejo chiste, que evidencia la naturalidad con la que se llega a admitir cualquier clase de discriminación, sin necesidad de recurrir a sectores fanáticos. Un personaje le comenta a otro un detalle que le ha llamado la atención: «¿Sabes? En el bar de la esquina no sirven cerveza ni a los negros ni a los ciclistas». Y el otro, sorprendido por lo insólito de la información, requiere más detalles: «¿Por qué no sirven cerveza a los ciclistas?».
 A mí me encanta esta sutileza irónica, que extrae algo mucho más hondo: esa aceptación de injusticias que nunca expresamos, porque son políticamente incorrectas, pero que no hemos logrado extirpar, ya que allí anidan, dispuestas a salir cuando las circunstancias no transcurren dentro de una pacífica regularidad.
 El ascenso de la extrema derecha, en Francia, no es un hecho circunscrito al país galo, sino el miedo a los migrantes, el temor a la invasión de los extranjeros, o sea, los bárbaros, lo que impele a que aflore y salga al exterior lo que la cortesía había dejado escondido. Y, como saben muy bien los sociólogos, los votantes de la extrema derecha no son todos burgueses acomodados que observan con repugnancia pasar por las calles de su pueblo o su ciudad a mujeres con la inequívoca indumentaria musulmana, sino modestos ciudadanos, proletarios sin prole, humildes trabajadores por cuenta ajena, que son vecinos y viven en los mismos barrios y en las mismas casas que los «bárbaros».
 A Adolfo Hitler no le auparon al poder los burgueses alemanes, sino los proletarios alemanes que sufrían en su vida cotidiana los resultados atroces de la I Guerra Mundial, y ansiaban un enemigo al que echarle las culpas. Muchos de los votantes de Podemos, esos indignados con miedo al futuro, acobardados ante sus perspectivas personales, podrían haber votado con el mismo entusiasmo a un partido de extrema derecha que les hubiera señalado quién era el culpable de sus desgracias, y, por tanto, les hubiera absuelto de cualquier falta.
 Ya conté en cierta ocasión cómo, de muy joven, asistí al degradante proceso de un acoso laboral, y mi pastueña reacción junto al resto de mis compañeros. Porque el miedo y la cobardía no necesitan condiciones especiales para que afloren, y, desgraciadamente, están agazapados en nuestra propia naturaleza.
 No quiero referirme al éxito del terror en el País Vasco, a aquella lección histórica en la que el asesinato de un miembro de una partida de cartas suscitaba en los otros compañeros y amigos la celebración de la misma como homenaje a la normalidad. Al fin y al cabo, estaba en juego el pellejo, y el envilecimiento tenía alguna justificación. Quiero referirme a la bajeza con la que, en bastantes ambientes catalanes, se reacciona ante los aprendices de tiranos, que se pasean por el barrio, como esos soplones de la II República, imitados y engrandecidos por los nacionales de la Guerra Civil y de los primeros años de la dictadura. Los que señalan al modesto comercio porque no rotula en catalán; los padres de escolares que se manifiestan en la puerta de la escuela, porque otro padre ha tenido el coraje y el arrojo de solicitar algo que le concede la ley: un 25% de horas lectivas en castellano. Y el director del centro, el director, un tipo que ha tenido que estudiar Pedagogía, Paidología, Filosofía y otras muchas materias que tenemos que estudiar para dedicarnos a la enseñanza, en lugar de cumplir con la ley, acojonado por los padres que gritan en la puerta de la escuela, le sugiere al valiente, con voz meliflua: «¿Por qué no cambia a la niña de colegio?». Es decir, por qué no me deja de problemas, por qué me complica la vida, por qué me pone en un aprieto cuando, a lo mejor, estos nacionalistas pueden ascenderme.
 Lo que asciende es el totalitarismo, poco a poco, pero sin pausa alguna, y eso sucede también en el seno de nuestros democráticos partidos, donde el líder impone ideas y medidas, y donde los demás, por miedo a ser excluidos, callan y otorgan, y a puro de discreción y de falta de coraje contemplan cómo el partido –que no es del líder, sino de los militantes y de quienes les votan– se deteriora hasta puntos insufribles, se degrada, porque la degradación es el efecto de la sumisión.
 Y todo esto no ocurre sólo en España, sino en toda Europa. Ningún líder se atreve a decir a sus potenciales votantes que la libertad no cae del cielo como un regalo, sin lucha, sino que es algo que hay que cuidar y vigilar cada día para que no se malogre, y que el terror hay que combatirlo allí donde se produce, y eso no se puede hacer encendiendo velas en la calle, y llorando con emocionado sentimiento. Y, sobre todo, que aceptar una sevicia y no oponerse a autoritarismos ridículos es alimentar al tirano, que cada día adquiere más altura, hasta que alcanza una medida tan desproporcionada que parece un gigante. Y no es que sea un gigante, sino que hemos aceptado ponernos de rodillas y, desde esa posición, cualquier enano, por poco cruel que sea, parece mucho más alto.
 Y es en ese momento cuando el tirano decide que los miembros de la Real Academia de la Lengua Española que sean catalanes, o vascos o castellanos, o de izquierdas o de derechas, sean expulsados por eso. Y la ridícula arbitrariedad se acata, y ninguno de los académicos que se quedan en los sillones muestra la más mínima reprobación, porque en la sociedad acobardada mostrar sentido común es algo que ya sólo está al alcance de un puñado de héroes.

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