Amado Nervo un poeta Universal/Fred Alvarez Palafox.
@fredalvarez
Un 24 de mayo de 1919, murió el poeta Amado Nervo. In Memoriam.
El despertar de una pluma:
El 27 de agosto de 1870, en la calidez de Tepic, Nayarit, nació quien más tarde se convertiría en una de las voces más queridas de nuestras letras: Juan Crisóstomo Ruiz de Nervo y Ordaz, conocido universalmente como Amado Nervo. Llegó al mundo en el seno de una familia de raíces españolas, hijo de Amado Nervo Maldonado y de doña Juana Ordaz Núñez. Fue el primogénito de una prole numerosa, un hogar que creció aún más al acoger a dos primas hermanas, formando un tejido familiar típico de aquellos tiempos, donde el bullicio y la solidaridad eran la norma.
Su sensibilidad no se forjó en el vacío; fue moldeada por las manos suaves de su madre, por las historias de su nana indígena, Juliana Topete, y por la sensibilidad aguda de un maestro de música invidente que le enseñó a escuchar el mundo de otra manera. Sus primeras lecturas fueron su ventana al infinito: desde los clásicos hasta la imaginación desbordante de Julio Verne, cuyas páginas de Viaje al centro de la Tierra o Veinte mil leguas de viaje submarino lo transportaron a mundos lejanos. Quizás fue el eco de su madre, quien también escribía, lo que despertó en el joven Amado una vocación temprana por el verso.
Sin embargo, el destino suele dar giros inesperados. En 1883, la muerte de su padre a los trece años marcó un antes y un después. Aquel niño debió crecer de golpe. Meses después, en 1884, dejó Tepic para internarse en el Colegio San Luis Gonzaga en Jacona, Michoacán. Era un recinto de élite, fundado por el sacerdote José Antonio Plancarte y Labastida, un lugar donde los sueños apuntaban hacia Roma y el sacerdocio. Allí, entre lecciones y una naciente fascinación por la astronomía, Amado comenzó a trazar el mapa de su propia identidad.
Para 1885, la familia se trasladó a Zamora, Michoacán, y poco después, Amado ingresó al seminario. Fue un periodo de búsqueda: cursó la preparatoria, se asomó a las leyes y se sumergió en la teología. No obstante, aquel joven, que bebía de todas las fuentes, se estaba convirtiendo en algo más grande: un hombre de fe universal, un espíritu libre que pronto descubriría que su vocación no era el altar, sino la palabra.
Años de idas y venidas marcaron su juventud. Hubo regresos a Tepic para trabajar y sostener a los suyos, seguidos de vueltas a Zamora para reencontrarse con los clásicos, con la gramática, el latín y la imponente prosa de Víctor Hugo en Los Miserables. Se dice que uno es, en esencia, lo que ve, lo que come, lo que escucha y lo que lee; Amado Nervo fue la suma de todas esas lecturas y esfuerzos.
A finales de la década de 1880, su camino académico comenzó a fragmentarse: el cierre de la facultad de derecho en 1890 lo obligó a refugiarse, una vez más, en sus queridos libros. En 1891, tras un último intento por retomar la teología, la vida le ofreció una señal clara. Solicitó las órdenes menores, pero le fueron denegadas. Quizás fue la fortuna disfrazada de rechazo; aquel joven bardo comprendió, finalmente, que su verdadera misión no estaba en el clero, sino en el oficio de escribir. El destino tenía otros planes para él, y la pluma estaba lista para reclamar su lugar.
El puerto de las revelaciones: Amado Nervo en Mazatlán
Hacia finales de 1892, impulsado quizás por el llamado de su sangre materna —los Ordaz—, Amado Nervo llegó al puerto de Mazatlán. Fue en este enclave sinaloense donde el joven nayarita, con la inquietud a flor de piel, encontró en el periodismo el puente hacia su verdadera vocación. Se incorporó a El Correo de la Tarde, el diario vespertino más influyente del noroeste mexicano en aquel tiempo, una tribuna desde la cual no solo publicó crónicas y cuentos, sino también los primeros destellos de lo que serían sus poemarios Perlas negras y Místicas.
Desde el 29 de noviembre de 1892 hasta el 14 de octubre de 1894, el puerto se convirtió en su hogar. Bajo los seudónimos de "Román" o "el Conde Juan", Nervo dio vida a 69 crónicas, dos gacetillas y 13 cuentos en su columna "Lunes de Mazatlán". Fue un periodo de aprendizaje frenético, donde el joven bardo, con la ironía propia de quien empieza a dominar su oficio, se burlaba de sus propios excesos estilísticos: “¡Cuánto adjetivo! ¿Eh? No obstante no me culpéis a mí. Es la última moda literaria”, escribía, evidenciando esa búsqueda constante que lo definiría.
Como bien señala el investigador Josué David Piña Valenzuela, en los textos de aquella época ya se perfilaba la admiración profunda de Nervo por los precursores del modernismo. Manuel Gutiérrez Nájera y, de manera especial, Rubén Darío, fueron sus grandes faros. En un artículo titulado “Words, Words, Words”, Nervo le dedicó al poeta nicaragüense palabras de un éxtasis casi devocional:
“Oh, amigo Rubén Darío, tú que así nos pintas el ocaso que sangra al atardecer, como el mar que se cobija en manto gris; tú que sorprendes a los gnomos en sus grutas encantadas y enumeras los zafiros y los topacios, las esmeraldas y las amatistas que guardan esos avaros pigmeos.”
Aunque por entonces ambos maestros de la palabra aún no se conocían personalmente —un encuentro que el destino postergaría para años futuros—, la influencia ya era innegable.
De su vida personal en Mazatlán, el registro histórico es más silencioso. Es fácil imaginarlo caminando por el malecón, cautivado por la belleza de las mujeres sinaloenses, pero los archivos no nos han dejado más que la sombra de posibles romances y suspiros. Lo que sí es certero es que, al partir de Mazatlán en octubre de 1894, el joven que dejó el puerto ya no era el mismo que había llegado: el bardo había nacido, y el modernismo tenía ya una voz propia en el Pacífico.
El milagro del Rayo Verde en el Pacífico
Pero si algo marcó el espíritu de Amado Nervo durante su estancia en Mazatlán, fue aquel instante en que la realidad y la literatura se fundieron en un solo fulgor. Ocurrió frente a la inmensidad del Pacífico, en una playa mazatleca, cuando una tarde de julio de 1892, Amado y su hermano, Luis Enrique, fueron testigos de un prodigio: el rayo verde.
Para Nervo, aquel no era un simple fenómeno óptico, sino un presagio que la naturaleza le regalaba. Se trata de un destello breve —apenas un segundo o dos— que ocurre al ponerse el sol o al asomar la luna, cuando el horizonte parece sangrar un tono esmeralda imposible de capturar. Aquel verde, como bien describió Julio Verne en su novela homónima de 1882, es un color que ningún artista podría jamás obtener en su paleta; un matiz que no pertenece ni a la vegetación ni al mar, sino que parece escapado del Paraíso mismo: el verdadero color de la Esperanza.
El poeta dejó constancia de este encuentro en sus Apuntes para un libro que no escribiré nunca, evocando la magia de aquel atardecer sinaloense:
"Yo he visto el rayo verde que trae ventura. Lo vimos en una playa mazatleca mi hermano y yo, una tarde de julio..."
Fue un momento de gracia. Verlo junto a su hermano Luis Enrique, frente a un horizonte que se desvanecía en tonos grisáceos y dorados, debió ser para el joven Amado una confirmación de que la vida, más allá de la gramática y el derecho, estaba llena de misterios esperando ser narrados. Aquel instante de luz, fugaz pero eterno, quedó grabado en su memoria como un talismán de fortuna, un destello que acompañaría su pluma durante el resto de sus días.
Rumbo a la capital: El vuelo de un bardo universal
En julio de 1894, Amado Nervo dejó el Pacífico y puso rumbo a la Ciudad de México., ya no volvería jamás. Aquel fue el inicio de un ascenso meteórico. En la gran capital, el joven nayarita no solo encontró una ciudad que le abría los brazos, sino también un círculo de intelectuales que pronto lo llamarían par: Manuel Gutiérrez Nájera, Luis G. Urbina, Justo Sierra y el propio Rubén Darío, quien empezaría a tejer con él una complicidad eterna.
Nervo se hizo omnipresente en la prensa. Desde El Universal hasta El Nacional y El Mundo, sus letras —a veces bajo el seudónimo de "Román" o escondido tras la columna "Fuegos Fatuos"— comenzaron a definir el pulso de la época. Pero la verdadera consagración llegaría con la pluma: El bachiller (1895) y los poemarios Perlas negras y Místicas (1898) lo elevaron al panteón de los consagrados. Poco después, junto a Jesús Valenzuela, tomaría las riendas de la legendaria Revista Moderna, el corazón palpitante del modernismo mexicano.
El viaje a París y el encuentro con Darío
En abril de 1900, el destino lo llevó a París como corresponsal de El Imparcial para cubrir la Exposición Universal. Fue allí donde, al fin, se produjo el encuentro que marcaría su vida: conoció a Rubén Darío, enviado entonces por el diario La Nación de Buenos Aires. Entre ambos nació una amistad entrañable, al grado de compartir durante casi un año una casa en el número 29 del Faubourg, en el corazón de Montmartre.
Aquel refugio parisino fue testigo de una convivencia irrepetible. Como ha señalado Carmen Boullosa, en ese hogar Darío compartía su vida con Francisca Sánchez —la joven española hija del guarda jurado de la Casa de Campo, a quien el poeta conoció paseando por los jardines reales junto a Valle-Inclán—. Francisca, que llegó a aquel círculo siendo analfabeta, fue instruida en las letras por el propio Darío, Amado Nervo y Manuel Machado. Boullosa evoca aquellos días con justicia: «Los días de Rubén Darío y Nervo juntos en París deben haber sido de antología; Darío y Francisca tenían el amor nuevecito, y la amistad entre los dos poetas era deliciosa».
No obstante, la estancia no estuvo exenta de sombras. En agosto, Rafael Reyes Spíndola, propietario de El Imparcial, decidió despedirlo por considerar una falta de lealtad que enviara colaboraciones a la Revista Moderna y a un periódico de Guadalajara. Pese a las penurias económicas que siguieron a este despido, su disciplina se mantuvo inquebrantable: en medio de la precariedad, escribió su poema extenso La hermana Agua, concluyó su primera antología personal, Poemas, y gestionó la traducción de El bachiller, que vería la luz en 1901 bajo el título de Origène.
Durante esos dos años en Francia, su red de relaciones fue un catálogo de la vanguardia: compartió con Catulle Mendès, el poeta griego Jean Moréas, el argentino Leopoldo Lugones —cercano a Darío— y, probablemente, con el irlandés Oscar Wilde, quien fallecería en noviembre de aquel mismo año.
La cercanía con el nicaragüense, sin embargo, trascendió la geografía y el tiempo. Fue una hermandad tan profunda que, cuando Darío entró en agonía aquel 5 de febrero de 1916, sus manos sostenían un Cristo que le había obsequiado su amigo mexicano.
Su paso por el Servicio Exterior
El 2 de septiembre de 1905, emprendió una nueva etapa al asumir como segundo secretario de la Legación de México en Madrid y Lisboa. Fue en aquel Madrid vibrante donde trabó una estrecha amistad con Mariano Miguel de Val, director de la revista Ateneo. Aquel encuentro no solo marcó un vínculo personal, sino que abrió de par en par las puertas de la vida pública española: comenzó a escribir con regularidad para esa y otras publicaciones, tendiendo puentes literarios entre España e Hispanoamérica.
Durante trece años, la capital española se convirtió en su hogar intelectual. Mientras se relacionaba con artistas, escritores y los pensadores más lúcidos de la época, su pluma no descansó: de su esfuerzo constante nacieron poemarios, novelas cortas y ensayos que consolidaron su voz. Paralelamente, ejercía como un activo promotor cultural, enviando sus crónicas a México y Sudamérica mientras facilitaba, con la misma convicción, que las letras mexicanas cruzaran el Atlántico y los autores peninsulares encontraran un eco necesario en nuestra tierra.
Su labor fue reconocida el 22 de enero de 1909, cuando la Secretaría de Relaciones Exteriores le otorgó el ascenso a primer secretario de la Legación.
Sin embargo, para comprender la magnitud de su compromiso, es preciso mirar un poco atrás. A principios de 1902, en un regreso breve pero decisivo al país, había compartido con Jesús E. Valenzuela la dirección y propiedad de la Revista Moderna de México (1903-1911) y retomado sus colaboraciones en los influyentes diarios de Reyes Spíndola. Fue esa vocación, tejida entre la diplomacia y el oficio editorial, la que le permitió mantener, aun a la distancia, una conexión indisoluble con el pulso intelectual de la nación.
El secreto de Montmartre: La Amada Inmóvil
"Todo amor nuevo que aparece / nos ilumina la existencia, / nos la perfuma y enflorece…"
La historia de amor que marcaría para siempre la obra y el espíritu de Amado Nervo comenzó con la fuerza de un rayo, una noche del 31 de agosto de 1901, en el Barrio Latino de París. Allí conoció a Ana Cecilia Luisa Dailliez Larguillier, una mujer que, a sus ojos, poseía toda la luz del mundo. Fue un amor a primera vista que desafió todas las convenciones: ella era una mujer sencilla, madre soltera de una niña pequeña, y él, un poeta que comenzaba a fraguar su leyenda.
Lo que siguió fue un secreto compartido durante once años. Nervo, quizás preso de las presiones sociales de su época o de sus propias contradicciones, mantuvo a Ana en la sombra. Apenas unos pocos, como su entrañable amigo Rubén Darío, conocieron la verdad. Nervo vivió una doble vida: la del hombre público que, para proteger su intimidad, llegó a dejar correr rumores sobre su propia sexualidad, y la del hombre que al cruzar el umbral de su casa, encontraba en Ana su verdadero refugio. "No teníamos derecho de amarnos a la luz del día… aparentemente yo vivía solo", confesaría más tarde, marcado por el peso de aquel amor de clóset.
El 7 de enero de 1912, la tragedia golpeó la puerta. Tras una larga y desgarradora agonía por fiebre tifoidea, Ana Cecilia murió en los brazos del poeta. El dolor fue tan inmenso que Nervo, sumido en un invierno del alma, le escribió a su amigo Darío con la desesperación de quien se siente náufrago:
"Mi querido Rubén: Me ha pasado lo más espantoso que podía pasarme en la vida... He agotado el sufrimiento humano, y en vano pido consuelo a mis ideas espiritualistas que sólo me sirven de estorbo…"
Fue precisamente durante las noches de vela, mientras acompañaba los restos de su amada, cuando comenzó a dar forma a La Amada Inmóvil. Esta obra, rescatada y compilada años después gracias a la devoción de Alfonso Reyes —a quien le debemos la preservación del legado del poeta—, es un viaje que oscila entre el desconsuelo absoluto y la esperanza mística. Es el testimonio de un hombre que, al perder a su compañera, buscó en el mensaje de Cristo y en la poesía una forma de mantenerla viva en la eternidad.
El poemario es, en esencia, un suspiro de diez años de felicidad escondida. En sus versos, Nervo intenta capturar la esencia de aquella mujer que, con su ingenio francés y su gracia, le había dado sentido a su existencia:
"Todo en ella encantaba, todo en ella atraía: / su mirada, su gesto, su sonrisa, su andar… / El ingenio de Francia de su boca fluía. / Era llena de gracia, como el Avemaría; / ¡quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!"
Al cerrar el libro, en febrero de 1912, Nervo dejó una petición que todavía resuena como una oración: "Gracias, idolatrada mía, del fondo de mis entrañas, por los diez años de amor que me diste. ¡Que Dios te bendiga! Y tú, lector, si has llegado hasta estas líneas, ruega por Ana Cecilia Luisa Dailliez". Así, lo que comenzó como un amor secreto en París se transformó, a través del dolor y la pluma, en un monumento eterno a la memoria y a la esperanza.
La dignidad del poeta: Entre la orfandad y el honor
Tras la partida de Ana, la vida de Nervo no solo se tiñó de duelo, sino también de una nueva y profunda responsabilidad: Anita, la hija de su amada. Cumpliendo la promesa hecha en el lecho de muerte, Amado luchó por la patria potestad de la pequeña y logró que las autoridades francesas le concedieran la tutoría. A partir de entonces, su existencia giró en torno a aquel vínculo sagrado que le devolvió, en medio de la desolación, una razón para caminar.
Sin embargo, el destino tenía más pruebas guardadas. En 1914, los vientos de la Revolución Mexicana alcanzaron el servicio exterior: el gobierno constitucionalista de Venustiano Carranza lo cesó de su cargo diplomático, dejándolo prácticamente en la calle. Un episodio narrado por Margarita Elisa Dailliez —quien conversó sobre esto con María Elena de Anda el 19 de julio de 1964 en Tacubaya— nos permite asomarnos a la estatura moral del poeta en esos días de penuria.
Anita, que entonces era muy pequeña, recordaba aquel momento en el despacho:
"En aquella época, debido a los disturbios del Gobierno de México, destituyeron al señor Nervo de su cargo como diplomático. [...] Me llamó a su despacho y, abriendo un estuche de cuero en el que había distintas alhajas, me preguntó: '¿Cuál de todas estas alhajas te parece la más discreta?'. 'Esta, Señorín', le dije señalando un fistol con una perla alargada en forma de pera. 'Bueno', se concretó a decir complacido: 'me la voy a poner'."
Más tarde, el poeta apareció dispuesto a salir. Sorprendida por su elegancia, la niña le preguntó a dónde iba tan guapo. "Voy a ver al Ministro, porque me han quitado el empleo", respondió. "Por eso voy bien arreglado. Ahora, que ya no tenemos nada, no quiero causar lástima… Un mexicano, y menos aún en un país extranjero, nunca debe causar lástima".
La noticia de su precariedad llegó a oídos de la intelectualidad española, que, conmovida, movilizó a las Cortes para otorgarle una pensión de 7,500 pesetas. Fue un gesto de solidaridad inmenso, pero Nervo, con una humildad inquebrantable, declinó la ayuda. En su carta de respuesta a don Luis Antón de Olmet, dejó clara su postura:
"Mi muy querido amigo: Con indefinible sorpresa, que me produce una de las emociones más hondas de mi vida, acabo de leer el nobilísimo discurso que usted [...] ha propuesto en las Cortes que se me conceda una pensión [...]. No aceptaré, empero, la ayuda a que su bella proposición se refiere; porque aun cuando mi situación pecuniaria es sobrado modesta, yo, como ‘Azorín’, soy un ‘pequeño filósofo’, y los pequeños filósofos vivimos con muy poco y hasta tenemos cierto amor a la ‘austeridad’, que es una de las grandes virtudes de la ‘raza’, y que no sienta mal, por lo demás, a un poeta místico. Pero si no acepto la ayuda material, sí, con todo el corazón, con toda el alma, acepto la ofrenda espiritual. [...] Siempre suyo, Amado Nervo." (Veáse Amado Nervo/Su vida y su obra. Lucio Mendieta y Nuñez/María Elena de Anda. Instituto de Cultura 1979, pp 54-56).
Dos años después, en 1916, el gobierno mexicano lo reinstalaría en su puesto. Pero para entonces, el mundo ya conocía la verdad sobre el hombre detrás de los versos: un poeta que podía perder su empleo, su seguridad y su hogar, pero que jamás, bajo ninguna circunstancia, se permitió perder la dignidad
El último viaje: El ocaso del bardo en Sudamérica
Para 1918, el nombre de Amado Nervo ya no era solo una firma en el papel; era un símbolo de unidad en toda Hispanoamérica. Consciente de este prestigio, el diplomático Isidro Fabela aconsejó al presidente Venustiano Carranza nombrarlo ministro plenipotenciario en Argentina, Uruguay y Paraguay. La misión era clara: tender puentes diplomáticos para lograr el reconocimiento internacional del gobierno constitucionalista.
El 6 de noviembre de 1918, el poeta emprendió su última gran travesía. Fue un camino largo y extenuante, marcado por las secuelas de la Gran Guerra: un trayecto que lo llevó en tren a Nueva York —donde sostuvo un encuentro entrañable con Carlos Pellicer—, luego por mar hasta Francia y finalmente a bordo de un vapor desde Londres. Arribó a Buenos Aires a finales de febrero de 1919 con la salud visiblemente quebrantada, un cuerpo cansado tras tantos años de entrega absoluta a la pluma y al deber diplomático.
A pesar de su fragilidad, su paso por el sur fue intenso, colmado de homenajes y una labor periodística que no conocía pausas. Pero la vida, que le había exigido tanto, tenía un límite trazado. El 24 de mayo de 1919, a los 48 años de edad, una crisis de uremia terminó con su existencia en el Parque Hotel de Montevideo.
El último amanecer del bardo: Crónica de una despedida
Aquella mañana del 24 de mayo de 1919, el Parque Hotel de Montevideo se convirtió en el escenario de un adiós inolvidable. En la penumbra de una habitación, rodeado por el silencio respetuoso de sus amigos, el bardo tepiteco Amado Nervo se desvanecía.
El día, caprichoso y gris, se negaba a mostrar su luz antes de las ocho. Nervo, sintiendo el peso de su ocaso, pidió como última voluntad que abrieran la ventana; anhelaba ver el sol por última vez. Minutos después, su corazón sufrió un síncope. Al volver en sí, el doctor Belaúnde puso en sus manos aquel crucifijo que su prima hermana le había obsequiado. Nervo lo estrechó contra su pecho y, con un hilo de voz, musitó:
—¡Señor! ¡Señor! Yo no quiero morir sin ver el sol... Gracias, gracias... Señor, ya sé que estoy muerto...
Fue entonces cuando ocurrió lo inexplicable: como si el cielo hubiera escuchado el ruego del poeta, la mañana se rasgó. El sol irrumpió por la ventana abierta, transformando la atmósfera en un diamante cristalino. Eran las nueve y media de aquel sábado. Han pasado ya 107 años desde aquel instante, pero la imagen persiste, intacta, en la memoria.
El último viaje del bardo: Crónica de una despedida continental
La partida de Amado Nervo sacudió los cimientos del continente. El pueblo uruguayo, que lo había adoptado como propio, se volcó a las calles en una manifestación de duelo sin precedentes. El gobierno le otorgó honores de jefe de Estado; su cuerpo fue velado en la Universidad de la República, bajo el abrazo compartido de las banderas de México y Uruguay. En un gesto que unió la política con la poesía, ambas Cámaras del Parlamento sesionaron en su honor, presididas por la sensibilidad del poeta César Miranda.
A las diez de la noche, el presidente de la República, Baltasar Brum, acompañado por su gabinete en pleno, montó una guardia de honor ante el féretro. Fue un momento de una dignidad sobrecogedora; miles de personas desfilaron en silencio ante el bardo, rindiéndole un tributo que parecía reservado solo para los héroes fundadores de la patria. Sus restos fueron escoltados hasta el cementerio de Montevideo en una cureña de artillería tirada por ocho caballos, un cortejo que se sentía como un poema épico hecho realidad. Allí, en la cripta de los próceres, descansaría solo unos meses, esperando el viaje definitivo de regreso a su tierra: el México que siempre habitó en su memoria.
Fue un acontecimiento sin parangón. Se dice que nunca se había visto un cortejo fúnebre tan impresionante. Durante dos meses, el cuerpo de Nervo surcó los mares a bordo del crucero Uruguay; en cada puerto, su llegada era recibida con los honores reservados a los príncipes.
El 10 de noviembre, el navío atracó en el puerto de Veracruz. Cuando la nave entró en la bahía, el estruendo de veintiún cañonazos fue respondido por el Quinto Regimiento. Más de veinte mil almas aguardaban en los malecones para ver al bardo. Tras ser velado en el Teatro Principal, el féretro fue trasladado a la estación de Buenavista, donde una multitud lo recibió entre llanto y flores. Fue una despedida colectiva, un desgarro compartido donde incluso los hombres no tuvieron reparo en mostrar su dolor.
Finalmente, el 14 de noviembre de 1919, más de 300 mil personas acompañaron sus restos hasta su morada definitiva en la Rotonda de las Personas Ilustres.
Muchos poetas le dedicaron sus versos en aquellos días, pero el epitafio más digno lo escribió él mismo: Artifex vitae, artifex sui ("El artífice de su vida es artífice de sí mismo"). Y en su despedida final, nos dejó la paz que encontró aquel último amanecer:
Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, Vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;
porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;
que si extraje la miel o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales coseché siempre rosas.
Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!
Hallé sin duda largas las noches de mis penas;
mas no me prometiste tan sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas...
Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!
PD: El adiós de Pellicer: Un presentimiento en el puente
La noticia de la partida de Amado Nervo no solo conmovió a las naciones, sino que golpeó el alma de quienes lo rodeaban. El joven poeta Carlos Pellicer, quien se encontraba en Colombia aquel mayo de 1919, dejó constancia de su duelo en una carta dirigida a su madre, fechada el 31 de mayo, apenas unos días después de la tragedia.
En sus líneas, Pellicer no solo revela la profunda huella que Nervo dejó en su vida, sino que relata un encuentro que hoy, a la distancia del tiempo, parece una premonición envuelta en el misterio:
"Mi amigo adorado, el inmenso poeta y buenísimo hombre Amado Nervo, murió hace cinco días en Montevideo, Uruguay. Su muerte me tiene sumamente abatido. Te juro que yo habría dado mi pobre existencia por retardar la de él algunos años más. Parece que ha muerto alguien de nuestra familia; así está mi corazón de tristeza. Estoy de luto y estaré un mes, cuando menos.
¿Te acuerdas, madre, que lo vimos arrodillado en la Basílica de Guadalupe el día en que me llevaste a despedirme de la Santísima Virgen? Muchas personas han venido a darme el pésame, reconociéndome como mexicano y amigo del gran poeta. Aquí, su muerte ha causado mucho dolor, pues su obra es muy amada. Estoy muy triste; ya nunca volveré a estrechar la mano de aquel artista que para mí tuvo siempre atenciones de un afecto verdadero.
En Nueva York paseé con él algunas veces. La última vez que nos vimos, al pie del puente de Brooklyn, me despedí diciéndole: 'Por la violencia de mi viaje, ¡hasta pronto, don Amado!'. Él me estrechó en un abrazo y me contestó: 'Usted y yo, hasta siempre'. Parece que presentía algo terrible... y yo, sin saberlo, no pude despedirme como debía".
PD2,- El legado impreso: La tarea de Alfonso Reyes
El mismo año en que Nervo emprendió su viaje final, el destino de su obra quedó en manos de otro gigante de nuestras letras: Alfonso Reyes. José Ruiz Castilla, editor de Biblioteca Nueva, le encargó al escritor regiomontano la monumental tarea de recopilar y editar las Obras completas de Amado Nervo. La noticia emocionó profundamente a Reyes, quien años atrás ya había dedicado al bardo un célebre ensayo titulado La serenidad de Amado Nervo, fruto de la admiración que le profesaba tras haberlo conocido personalmente.
Don Alfonso se entregó a la labor con el celo de quien rescata un tesoro. Se puso en contacto con su gran amigo, Genaro Estrada, para coordinar la búsqueda de materiales dispersos por toda América. Fue un esfuerzo de filigrana literaria que logró consolidar veintinueve tomos bajo el sello de Biblioteca Nueva, incluyendo aquel volumen emblemático dedicado a La amada inmóvil.
La tarea, sin embargo, tendría un epílogo necesario. Ya en la década de 1930, el padre Alfonso Méndez Plancarte, desde las páginas de la revista Ábside, dio continuidad a la obra de Reyes al editar un trigésimo tomo a través de Ediciones Botas, que reunió poesía y cuentos que habían permanecido inéditos. Resulta fascinante, casi un juego de espejos literarios, notar que fue precisamente Méndez Plancarte quien, años después, ejercería una influencia decisiva en la formación creativa del poeta sinaloense Alejandro Avilés. Así, la cadena de la palabra escrita se mantuvo viva, conectando la genialidad de Nervo con las nuevas generaciones de poetas mexicanos.
PD3.- La familia de Nervo/Genaro Estrada. Colección Letras mexicanas, Fondo de Cultura Económica. México, 1983
Aunque Amado Nervo es uno de los escritores más documentados de México, su historia personal aún guarda espacios para la investigación. En esta obra de 1936, Genaro Estrada aporta datos fundamentales para comprender el entorno familiar del poeta, alejándose del mito para centrarse en la realidad de los suyos.
Nervo nació en Tepic el 27 de agosto de 1870, hijo de Amado Nervo y Juana Ordaz. Provenía de familias tepiqueñas de tradición honesta y laboriosa. Cabe aclarar que, aunque el poeta aludía a una "tía canonesa" en su lírica, Estrada desmiente tal figura religiosa, señalando que se trató de una licencia literaria, aunque sí existieron parientes cercanas consagradas a la vida monástica.
La vida del poeta estuvo marcada por el luto y la dispersión desde su infancia. Estrada detalla la sucesión de sus hermanos: Francisco (primero): Fallecido a los 2 años; Francisco (segundo): Fallecido a los 17 años en Zamora; Luis: Joven retraído que vivió en Rosario, Sinaloa, y murió prematuramente en Ciudad de México a los 21 años; Rodolfo: Destacado diplomático; Ángela: madre de Luis Padilla Nervo, reconocido diplomático mexicano, y Elvira y Concepción quienes residieron en la Ciudad de México.
Por el lado paterno, Nervo fue sobrino de María Nervo, madre del reconocido pintor Roberto Montenegro. Por el lado materno (familia Ordaz), destaca el parentesco con el poeta Quirino Ordaz, figura de notable renombre regional.
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