14 jun 2026

La voz de la bahía de Ohuira/ Fred Alvarez Palafox..…

La voz de la bahía de Ohuira; una resistencia necesaria

Por: Fred Alvarez Palafox

"No permitas que el silencio, ese abismo donde naufraga la mayoría, te arrebate el derecho al alarido, pues alzar la voz es, en esencia, un deber con la existencia. Convierte tu paso por la tierra en una obra extraordinaria; asume el protagonismo de tu propia historia, pues aunque el viento sople en contra, la poderosa obra del mundo continúa y tú tienes el derecho —y la obligación— de aportar tu estrofa. No te resignes, huye de la parálisis y honra la belleza de lo simple; no remes jamás contra tu propia naturaleza", (Parafraseo libre de un poema de Whitman).

En el corazón de la Bahía de Ohuira, el viento que sopla desde el Mar de Cortés no solo trae el olor a salitre, sino la memoria viva de generaciones. Es un murmullo antiguo, el de los abuelos Yoreme que han hecho de estas aguas su hogar, su aliento y su sustento. Hoy, el pueblo Yoreme no solo defiende un territorio delimitado en un mapa; defiende su derecho a existir frente a una lógica industrial que, con una arrogancia tecnocrática, confunde el progreso con el desplazamiento.

El reciente diálogo en Los Mochis, forzado por la firmeza de la resistencia civil, es —en apariencia— un paso necesario hacia la distensión. Palabras como “diálogo interinstitucional” y “mesas técnicas” suenan elegantes en los comunicados oficiales, casi como una partitura bien ejecutada. Sin embargo, para quienes mantienen el plantón bajo el sol implacable de Sinaloa, las promesas de inspección se sienten como una respuesta insuficiente. Y tienen razón en dudar: la burocracia suele ser lenta cuando la urgencia de la vida es inmediata. No olvidemos que han tenido que pasar meses de resistencia para que la titular de la Semarnat, Alicia Bárcena, finalmente pusiera los pies en el territorio.

La posición de la comunidad es profundamente lúcida y, me atrevo a decir, científica: no estamos ante una oposición irracional, sino ante una advertencia fundamentada. Vivir sobre el Cinturón de Fuego del Pacífico, en la fragilidad de un ecosistema que sustenta la vida marina, transforma la instalación de una planta de amoniaco en un riesgo incalculable.

La activista Susana Quinsan ha sintetizado la esencia de este movimiento con una verdad que desarma: “Nadie va a venir a salvarnos; somos nosotros, organizados y firmes, quienes protegeremos nuestro hogar”. En este conflicto, la comunidad Yoreme no solo levanta una consigna; ejerce una labor de vigilancia ambiental que las instituciones, por omisión o por complicidad, han abdicado de realizar. Se han convertido, por necesidad, en los guardianes de una legalidad que hoy, en el México profundo, parece ser más un ideal en disputa que una realidad garantizada.

Para ellos, el grito de “¡Aquí No!” no admite matices: la demanda es la clausura definitiva del complejo industrial. Su argumento trasciende lo administrativo para instalarse en el terreno de la seguridad humana. No es solo una postura política, es una advertencia geológica: la planta representa una amenaza latente que ignora la inestabilidad sísmica de esta región. Como sostienen los integrantes del movimiento, la clausura no es un acto de rebeldía, sino una obligación ineludible con nuestra historia y con la integridad de un territorio que no puede permitirse el riesgo de un desastre irreversible.

Es crítico señalar que, aunque el gobierno proclame que "ninguna autorización ambiental es un cheque en blanco", el peso de nuestra historia nacional nos dicta una lección amarga: las comunidades suelen pagar, con su salud y su paisaje, el costo más alto del desarrollo industrial diseñado desde escritorios distantes. La verdadera prueba de fuego para las autoridades actuales no será una inspección protocolaria más; será demostrar una voluntad política capaz de subordinar los intereses corporativos a la seguridad de la gente. Preguntamos con firmeza: ¿Podrá el Estado mexicano reconocer que su misión fundamental es proteger la vida, y no facilitar la inversión a cualquier precio?

Este no es solo un conflicto ambiental sobre una bahía sinaloense; es un espejo de nuestra democracia. La lucha Yoreme nos recuerda que la soberanía de un pueblo no se negocia en mesas de despacho, sino que se reconoce escuchando a quienes, durante siglos, han demostrado que el desarrollo más legítimo es aquel que permite que la tierra —y su gente— sigan floreciendo en armonía.

Hoy, mientras el plantón en Ohuira se mantiene firme —pese a las promesas de la autoridad—, la dignidad de este pueblo nos interpela a todos. Porque defender la bahía es preservar el último reducto de una forma de vida que nos recuerda, en medio del ruido industrial, que somos tierra, que somos agua y que, sin el respeto a la memoria y al otro, ningún progreso puede considerarse verdadero.

La resistencia continúa, y con ella, la esperanza de que el diálogo no sea solo una estrategia de contención, sino el inicio de una verdadera justicia territorial. Ojalá, quiera Alá.

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