El gobernador de Schrödinger: "Ubicable" pero invisible
Por Fred Alvarez Palafox
Empecemos con una joya de la lógica gubernamental contemporánea: "Está ubicable porque él está ubicable". Esa fue la sentencia, casi filosófica, con la que la Presidenta resolvió el misterio del paradero de Rubén Rocha Moya en la mañanera del martes 7 de julio.
Imagínese la escena: la corresponsal de La Jornada, Mireya Cuéllar, lanza la pregunta que todos murmuran en las calles y en las sobremesas de los cafés, intentando averiguar si el Estado tiene o no control sobre los movimientos del gobernador con licencia de Sinaloa. La respuesta oficial, sin embargo, nos dejó a todos en un estado de iluminación zen. No lo vigilan, nos dicen, pero saben que está en Culiacán. Está ubicable por el simple y llano hecho de que lo está. Y Mireya... bueno, Mireya decidió cambiar de tema y no reviró. Una lástima; a veces el periodismo de la primera fila prefiere el silencio a la incomodidad de la repregunta.
Pero mientras frente al atril presidencial se respira una calma franciscana, en las páginas de opinión se escribe un thriller de espionaje que ya envidiaría cualquier guionista de Netflix.
Por un lado, Raymundo Riva Palacio nos dibuja en su columnas de El Financiero, a un Rocha Moya atrincherado. Primero, refugiado en un rancho en Guamúchil, y ahora, supuestamente guardado bajo siete llaves por el mismísimo Ejército en la 9ª Zona Militar de Culiacán. ¿El motivo de tanto cuidado? Evitar a toda costa que el hombre cruce la frontera para ofrecerse como "testigo cooperante" a los estadounidenses, o peor, que alguno de sus dos "potenciales interesados" decida cobrarle facturas pendientes.
Por si le faltara acción al relato, Carlos Loret de Mola añade en El Universal, los efectos especiales: un operativo relámpago de fuerzas federales el pasado lunes para mover al morenista de su escondite, sin previo aviso, ante la sospecha de que el gobierno de Estados Unidos preparaba una extracción. "Esconderlo, pues", resume Loret, apuntando a un blindaje incondicional por parte de Palacio Nacional.
Y aquí es donde la crónica de nuestra política se vuelve verdaderamente exquisita, rozando el surrealismo. Las columnas periodísticas —esos espacios que por definición mezclan información de fuentes con análisis y opinión— rara vez provocan que la maquinaria del Estado sude frío. Pero esta vez, ¡milagro! El mismísimo Gabinete de Seguridad saltó como resorte para emitir una nota informativa desmintiendo a ambos columnistas con una prisa inusitada.
Qué cosa tan más rara. Si el hombre simplemente está en Culiacán, tranquilo, tan mágicamente "ubicable porque está ubicable", ¿qué necesidad hay de que todo el aparato de seguridad nacional salga a desgarrarse las vestiduras para desmentir un par de textos de opinión? Ya lo advierte la sabiduría popular: a explicación no pedida, acusación manifiesta.
Al final del día, el ciudadano asiste a un absurdo digno de la física cuántica. Recordemos el famoso experimento mental ideado por el físico Erwin Schrödinger (1887–1961): un gato encerrado en una caja que, hasta que no la abrimos para mirar, está teóricamente vivo y muerto al mismo tiempo. En el discurso político de estos días, el gobernador con licencia es nuestro propio gato de Schrödinger. Está escondido por el Ejército y, simultáneamente, haciendo su vida normal en Culiacán. Está "ubicable" y a la vez inalcanzable. Son dos realidades contradictorias que coexisten en el espacio público, y la única forma de saber cuál es la verdad sería "abrir la caja" —es decir, exigir total transparencia del Estado—, precisamente lo que el gobierno se niega a hacer.
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