Atrapados entre el miedo excluyente de la extrema derecha y la culpa paralizante de la izquierda radical, el 'Sueño Americano' parecía agotado. Sin embargo, el filósofo Slavoj Žižek destaca cómo el alcalde neoyorquino, Zohran Mamdani, ha logrado rescatarlo. Alejado de las guerras ideológicas, Mamdani atiende los problemas cotidianos y reescribe el patriotismo: la verdadera grandeza del país no está en el poder, sino en los inmigrantes y la clase trabajadora. Son ellos quienes, con su esfuerzo diario, demuestran que el futuro de una nación nunca está escrito en piedra.
El sueño americano de Mamdani/ Slavoj Žižek, Professor of Philosophy at the European Graduate School, is the author, most recently, of Christian Atheism: How to Be a Real Materialist (Bloomsbury Academic, 2024), and a co-chair of the Europa Power Initiative.
Traducción: Esteban Flamini.
El relato se desintegró tras 2001, y fuimos entrando en la era del pragmatismo brutal. La única narrativa coherente la ofrecía el nacionalismo racista en sus variantes trumpista y europea: el Occidente cristiano desarrollado es una excepción histórica, una civilización rica y amante de la libertad cuya supervivencia está bajo la amenaza constante de inmigrantes, «marxistas culturales», activistas LGBT+ y europeos vergonzosos de serlo.
Por supuesto, la narrativa «woke» que los nacionalistas rechazan es incluso más restrictiva que el relato de aquellos. Se centra en un único enemigo racista y sexista, y no hace ningún intento de movilizar a la mayoría, ya que su preocupación es elevar a ciertos grupos (por ejemplo las personas trans) a la condición ejemplar del oprimido. Como la mayoría de la gente no es trans, lo único que le ofrece esta narrativa es culpa, en vez de una visión positiva con un atractivo amplio.
Pero el ascenso de los «socialistas democráticos» estadounidenses trajo consigo algo nuevo. En un discurso por el 250.º aniversario de la Declaración de Independencia, uno de los principales exponentes del movimiento, el alcalde de Nueva York Zohran Mamdani, ofreció un relato muy diferente respecto de lo que es y lo que puede ser Estados Unidos. Mamdani no ganó las elecciones promoviendo el purismo «woke» académico, sino centrándose en problemas locales y en los desfavorecidos, con propuestas como guarderías y transporte público gratuitos, control de los alquileres y servicios sanitarios accesibles. Y en su discurso del 4 de julio tradujo esa política en visión global:
«Nos dicen que Estados Unidos es excepcional porque somos más ricos, fuertes y poderosos que el resto … La verdad, amigos, es que Estados Unidos es excepcional porque aquí nada está fijado para siempre. Aunque la frontera esté cerrada, aunque hayamos pisado la Luna, la tarea de hacer realidad los valores consagrados en la Declaración de Independencia perdura … y nos pertenece a todos. También pertenece a los estadounidenses más recientes, estas personas que hoy me acompañan y que obtuvieron la naturalización hace poco. Hace casi un decenio, yo también sentí lo mismo que ustedes: la alegría de ya no ser sólo un neoyorquino sino también estadounidense. Cada uno de ustedes tiene un poder especial: el poder de determinar lo que significa Estados Unidos».
La visión de Mamdani es, por supuesto, ideológica. Presenta una imagen simplificada, no la verdad sin adornos. Pero lo más importante es que hace un cuestionamiento frontal del relato populista; sirven de prueba los ataques histéricos que recibe de la derecha. Fue evidente que en el discurso que también pronunció el 4 de julio, el presidente Donald Trump pensaba en el alcalde de Nueva York cuando haciendo una ensalada histórica afirmó: «El comunismo es una amenaza mortal para la libertad estadounidense. Es la mayor amenaza contra nuestro país, más que la Primera Guerra Mundial, la Segunda Guerra Mundial, Pearl Harbor o incluso el 11‑S».
Pero hay un hecho igual de notable: Mamdani también recibe críticas de algunos izquierdistas radicales. En respuesta a sus elogios a la Declaración de Independencia y a la Constitución de los Estados Unidos, la revista Jacobin publicó un comentario que tituló con un llamado a «quemar otra vez la Constitución». Porque como explicaba el subtítulo: «La Constitución no detuvo a Trump; hizo posible su reinado».
Estos argumentos tienen algo de verdad. Como muestran los Federalist Papers, la mayor preocupación de los padres fundadores fue limitar la influencia popular. Por eso la Constitución creó el Colegio Electoral y otros impedimentos institucionales a las mayorías políticas.
Los padres fundadores de los Estados Unidos eran la élite oligárquica de aquel tiempo. George Washington era uno de los hombres más ricos de las colonias. En las primeras elecciones tras la fundación sólo votó una pequeña fracción de los ciudadanos. La Constitución (un documento decididamente blanco, anglosajón y protestante) protegía la esclavitud. Durante mucho tiempo los estadounidenses de procedencia irlandesa tuvieron vedado ocupar puestos sensibles en la administración pública.
Pero para cierta clase de izquierdistas, hasta la Escuela de Fráncfort fue una conspiración reaccionaria. El relato de derecha populista dominante culpa por la ideología «woke» a Antonio Gramsci y sobre todo a Herbert Marcuse y Theodor Adorno. Sin embargo, algunas figuras de izquierda, por ejemplo el filósofo Gabriel Rockhill de la Universidad de Villanova, acusan al marxismo cultural occidental de ser un movimiento anticomunista con respaldo de la CIA, pensado para desacreditar el «socialismo realmente existente». En ambos casos, conviene prestar atención a la observación de Jean‑Paul Sartre respecto de que cuando un texto (sea la Constitución de los Estados Unidos o El hombre unidimensional) recibe ataques de los dos lados, es probable que esté bien encaminado.
En este contexto, el discurso de Mamdani fue un ejemplo perfecto de ideología en el buen sentido. Desarmó la visión derechista que presenta a Estados Unidos como un bastión de élite amenazado por elementos foráneos y lo presentó en cambio como un lugar lo bastante fuerte como para aceptar y dar una oportunidad a los pobres, explotados y oprimidos del mundo. Para Mamdani, la fuente del excepcionalismo estadounidense está en aquello que los populistas de derecha perciben como una amenaza contra la identidad estadounidense: la apertura a lo foráneo. Estados Unidos es un país rico y un símbolo de esperanza porque dio una oportunidad de prosperar a sucesivas generaciones de inmigrantes.
Pero por supuesto, algunos izquierdistas dicen que ese sueño es mentira, que la opresión de las clases bajas, de las minorías raciales y de los recién llegados nunca cesa. Pero lanzar esa acusación es como disparar munición de salva: su único efecto es alentar una forma de autocrítica que no lleva a ninguna parte. Tal vez la visión de Mamdani no refleje la verdad completa y sin adornos, pero es más auténtica que la alternativa trumpista, y tiene potencial para movilizar a millones de personas (como ya ocurrió desde su victoria electoral).
He aquí la genialidad de Mamdani. Convirtió a los recién llegados pobres y cansados en los únicos agentes auténticos del sueño americano. Los populistas trumpistas son provincianos primitivos que se dejan esclavizar alegremente por las megacorporaciones. Hoy el núcleo emancipador del sueño americano lo encarnan los socialistas democráticos. Son ellos los verdaderos patriotas estadounidenses.
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