7 jul 2026

Por supuesto que el embajador Ken Salazar mintió!

 Por supuesto que el embajador Ken Salazar mintió!

Por Fred Alvarez Palafox..

Lo hizo, sencillamente, porque esa era la instrucción diplomática para proteger la operación de su país. Pero la verdadera tragedia no es la mentira del embajador; su engaño solo funcionó porque del otro lado encontró a un Estado mexicano ciego, sordo y aferrado a un plan de vuelo vacío.

Lo que presenciamos en esos días de julio de 2024 en Palacio Nacional fue mucho más que un error estratégico; fue una radiografía implacable de uno de los episodios más surrealistas en la historia reciente de nuestra seguridad. Hicieron el ridículo, hay que decirlo con todas sus letras. Y todo por una abismal carencia de inteligencia.

Quedará para la memoria la estampa de la entonces secretaria de Seguridad, Rosa Icela Rodríguez- hoy flamante secretaria de Gobernación-, , apenas un día después de los hechos. Ahí estaba, frente al país, aferrándose al reporte migratorio de un piloto solitario en una avioneta Cessna, mientras la cruda realidad operativa dictaba que dos capos históricos ya habían cruzado la frontera. Es una imagen poderosa y desoladora: el burócrata escudándose en "el papel" mientras el mundo real le pasa por encima.

La burocracia del "ver para creer"

En las entrañas del gobierno se desató un pánico institucional con tintes de ironía. Se vivió una escena kafkiana donde el gobierno mexicano prácticamente le imploraba fotografías a la embajada de EU para poder reunir el valor de darle la noticia al presidente. Un aparato de inteligencia, diseñado para ser los ojos y oídos de un país, quedó reducido a un impotente receptor de mensajes foráneos, sudando frío a la espera de que alguien más le explicara qué ocurría en su propia casa.

El eco del pasmo gubernamental

El clímax de este absurdo llegó en la segunda mañanera del 29 de julio. La lectura minuciosa de la cronología estadounidense —las llamadas de advertencia de Guzmán López, la nula alerta previa a nuestro gobierno, el aterrizaje en Santa Teresa— fue un desfile de humillaciones. Punto por punto, quedó expuesto cómo el Estado asumió, sin remedio, un papel de espectador pasivo en su propio territorio.

Mientras la narrativa oficial intentaba desesperadamente diluir la gravedad del momento, el eco del pasmo gubernamental se hacía más fuerte. Ese es el momento exacto en que un gobierno es devorado por la sombra de sus propias omisiones.

Y aquí radica el fondo de la herida: el error fue nuestro. Es el resultado directo de la inoperancia de nuestras agencias y de esa cómoda, pero letal, costumbre de depender en todo de lo que nos dicte Washington.

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