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Nueve años sin Antonio Roqueñí (1934-2006) In Memoriam

Nueve años sin Antonio Roqueñí/Fred Alvarez
Publicado en La Otra Opinión, 30 de noviembre de 2015
 “El principal mérito de Antonio Roqueñí fue su valentía para señalar los abusos no sólo de la jerarquía mexicana, sino también de la curia vaticana. Fue un verdadero ombudsman eclesiástico…”  Fred Alvarez


El abogado y sacerdote católico Antonio Roqueñí Ornelas murió hace nueve años; la mañana del miércoles 29 de noviembre de 2006, tenía 72 años. Aquella tarde recibí la noticia a través la llamada telefónica que me hizo Ricardo Alemán, un amigo que ambos teníamos en común.
-¿Estás seguro?- pregunte.
-Sí, infortunadamente -me respondió-. Lo acabo de escuchar en la radio con Joaquín (López Dóriga).
Horas después acudí al velorio en una funeraria al sur de la ciudad, había pocos familiares y amigos.  Lo vi en su catafalco, vestido de sacerdote, con alzacuello y estola, como si se preparara para un  servicio religioso. Toño casi nunca uso alzacuello, siempre andaba de “civil“.
Con la autorización de la familia, leí un texto frente al féretro. Una parte de la lectura había sido publicada por la desaparecida revista Milenio, la otra aparecía en el tercer número de la Revista Sociedad y Justicia, del Tribunal Electoral de Hidalgo. Era un texto firmado por el magistrado Raúl Arroyo, a quien conocí en los funerales. http://www.trielectoralhidalgo.org.mx/publicacionVer.php?id=147

¿Quién fue Toño Roqueñí?
 “Yo soy el padre Antonio Roqueñí Ornelas. Soy abogado y doctor en derecho civil, y abogado y doctor en derecho canónico. He sido miembro del Tribunal Eclesiástico de la Arquidiócesis de México por más de 21 años.
Fui ordenado sacerdote en 1963. Trabajé sobre todo con el cardenal y arzobispo emérito de la Ciudad de México, Ernesto Corripio Ahumada”, escribió una vez Toño en una misiva traducida al polaco en 2002 y enviada al cardenal Stanislaw Dziwisz, en ese entonces secretario particular del Papa Juan Pablo II.

En la carta, Roqueñí informaba sobre los delitos cometidos por Marcial Maciel Degollado. Pero me han dicho que ésta nunca llego a manos del que fuera en ese momento el Sumo Pontífice.

Toño fue una rara avis en la iglesia católica. Una de esas personas que no se dan fácilmente, un hombre justo. Buen abogado y mejor sacerdote, próvido con sus amigos. Agradezco haber contado con su amistad.
Tenía una voz grave y gran elocuencia al hablar. Era de aguda inteligencia y sobre todo uno de los hombres más valientes que ha dado la iglesia católica en México.
El padre Roqueñí fue crítico de los abusos de la jerarquía católica, aunque no de la Iglesia como institución, de la cual era un leal súbdito.
 “Hombre sabio y justo, humoroso y decidido, no pocas veces combatió abiertamente vicios que lastran a la Iglesia católica, de la que jamás se apartó”, comentó Miguel Ángel Granados Chapa en la columna “Plaza Pública”, del periódico Reforma.
 Antes de su muerte fue capellán en un hospital privado atendido por monjas. Además colaboraba con la Fundación y el Montepío Luz Savigñón IAP
Su relación con la prensa
En cuanto a medios de comunicación era hombre generoso para dar entrevistas. Tenía la paciencia para explicar a todos los periodistas que lo buscaban lo que él sabía sobre  la legislación, la iglesia, el derecho canónico y las trapacerías de la jerarquía católica.
Casi siempre fue discreto pues tenía un caudal de información. Otras veces fue duro, sobre todo, contra los altos jerarcas.
Criticó al cardenal Joseph Ratzinger, al cardenal  Norberto Rivera Carrera, al obispo Onésimo Cepeda Silva, a Juan Sandoval, a Berlie y a otros más, incluidos políticos corruptos.

Su gusto por la religión y la política
Toño era un hombre que desde adolescente se decía hidalguense, aunque era de Tlalpan, DF. Su gusto por la política  fue influencia de su padre, lo mismo que la religión.
Algo raro, mítico e incluso prohibido en este país y sobretodo en aquella época:
 “A mí el tema de las relaciones Iglesia-Estado siempre me ha interesado desde chamaco y en los clubes a los que fui invitado cuando se decía ‘se prohíbe hablar de religión y de política’, simple y sencillamente yo no accedía, porque eran los temas que a mí me gustaban: religión y política, y siempre he hablado de religión y de política.
Agregó: 
“Cuando estudié derecho tuve la inquietud vocacional de ser sacerdote, desde ese momento concebí que mi quehacer sería la política y la religión. ¿Cómo resolver la esquizofrenia de mi patria, en donde por un lado estaba la política y por otro lado estaba la religión? Yo nunca vi la raya divisoria, porque creo que no existe. La raya divisoria entre religión y política no existe porque el hombre, como lo dice Aristóteles, es un Zoon politikón, por naturaleza es político”, dijo Antonio en una entrevista, en abril de 1997.

 Su vida
Mi amigo fue hijo del abogado Antonio Roqueñí López y de doña María Ornelas Miranda. Fue el mayor de sus hermanos y tuvo una familia numerosa.
Los primeros años de su vida vivió en el DF, pero desde muy chico se fue a vivir a Pachuca, Hidalgo, pues su padre fue funcionario en la administración del gobernador Javier Rojo Gómez. Allá asistió a la Escuela Americana.
Años después, la familia Roqueñí regresó a la Ciudad de México y quien en el futuro sería abogado fue inscrito como alumno en el Instituto Patria, con los jesuitas.
Más tarde su padre regresó a Pachuca Hidalgo, esta vez para colaborar en el gobierno de Vicente Aguirre Castillo, gobernador del estado de 1945 a 1951; para entonces Antonio era ya un joven quinceañero.
En ese tiempo fue estudiante en el Instituto Científico y Literario, hoy la flamante Universidad Autónoma del estado de Hidalgo, donde obtuvo el grado de bachiller.
 Me dicen sus viejos amigos -Luis Himelfard- que Toño era amiguero, y un líder entre su grupo. Además era bueno para los “trancazos“.  Cuentan que una vez puso parejo a Augusto Ponce Coronado, quien años después sería Oficial Mayor de Gobernación.
En 1954, a la edad de 20 años dejó el Instituto Científico y se entró a estudiar derecho en la UNAM. Formó parte de la generación fundadora de la recién inaugurada Ciudad Universitaria.
Ahí se hizo amigos de muchas personas que después llegarían a ocupar altos cargos en la política y en el Poder Judicial. Entre sus amigos entrañables se encuentran: el actual senador Manuel Bartlett Díaz, el ministro Mariano Azuela Guitrón, Alejandro Sobarzo Loaiza –recientemente difunto- y Miguel Estrada Sámano, entre muchos otros.
En la década de los cincuenta, Toño se vinculó con el Opus Dei como miembro numerario, aun estudiaba en la UNAM; de ahí quizá su destino sacerdotal, pues la vocación sacerdotal le nació en el Instituto Patria, con los jesuitas. De hecho el hubiera querido ser jesuita.
Al terminar sus estudios universitarios partió a Roma, donde obtuvo un doctorado en derecho canónico en la Universidad Pontificia de Santo Tomas. Después, en 1964, obtuvo el doctorado en derecho por la Universidad de Navarra.
Toño abandonó el Opus Dei años después y se convirtió en sacerdote diocesano, aunque mucho respeto por Escrivá, a quién conoció y trato muchas veces.
Cuando regresó a México fue enviado a Monterrey, Nuevo León donde estuvo un tiempo.
Posteriormente Ernesto Corripio Ahumada (1919-2008), quien fuera presidente de la CEM ,lo invitó a colaborar con él.
Corripio no sólo presidía la CEM, también era arzobispo primado de México, por lo que nombró  a Antonio responsable de las relaciones con el gobierno.
Lo anterior le facilitó participar en organizaciones como Grupo San Ángel, del que fue fundador, era el único sacerdote en ese grupo.
Más de una vez lo acompañé a comer y charlar con políticos hidalguenses, entre ellos con Humberto Lugo Gil.
  • Su paso como Párroco fue muy rápido

Antonio fue párroco del rumbo de la Merced, donde hizo varias cosas, además de amigos, entre ellos el delegado de la delegación Venustiano Carranza, Jesús Martínez Álvarez, y de Jesús Salazar Toledano.
Otra de sus habilidades era la cuestión jurídica y por eso fue invitado a ser miembro del Tribunal Eclesiástico Interdiocesano de México, de 1978 a 1997, donde al poco tiempo y casi por 20 años fue su presidente.
También fue nombrado apoderado legal de la Arquidiócesis Primada de México y de varias congregaciones femeninas, a las que no les cobraba nada.
  • Toño amigo de Prigione
Para preparar la primera visita del Papa Juan Pablo II, la Santa Sede envió el 9 de febrero de 1978 como delegado apostólico a México a Girolamo Prigione Pozzi, con quien Roqueñí hizo amistad.
Once meses después, el 26 de enero de 1979, Juan Pablo II llegó a México.
Con la llegada de Carlos Salinas de Gortari al poder se pudieron formalizar las relaciones del Estado con las Iglesias .
En 1991, un año después de la segunda visita papal, se sentaron las bases para una reforma constitucional en materia religiosa. A Roqueñí le tocó jugar un papel clave, ya que fue nombrado representante del Arzobispado Primado en las mesas de discusión.
En ese tiempo la relación estrecha e institucional con su amigo italiano, Girolamo Prigione, se resquebrajó debido a que el representante papal quería controlar la Conferencia del Episcopado y el cardenal Ernesto Corripio se opuso.
 Nosotros fuimos amigos hasta que él decidió tacharme de su lista, justamente en el momento de los registros.
 “Es decir, mi relación con Prigione fue muy estrecha precisamente porque se acostumbra en México que los obispos tengan una gran relación con el representante del Papa, y como el cardenal Corripio no empataba con Prigione, prefería arreglar los asuntos con un enviado, que en muchos de casos era yo”, me confesó alguna vez.

La disputa por el registro número Uno
El alejamiento de Roqueñí con el enviado papal comenzó con la disputa por el registro Uno, pero en el fondo era otra cosa. Toño quería quitar al italiano del control de la Iglesia católica.
Además, la Arquidiócesis Primada de México había sida la primera en cumplir los requisitos legales y solicitar el registro correspondiente en Gobernación.
De hecho ese asunto generó un conflicto interno que obligó a todos los obispos de la CEM a que se adhirieran a la solicitud del Nuncio.
Pero el cardenal Corripio y sobretodo Roqueñí no cedían y se mantuvieron en esa posición al grado de que se retrasó el registro de varias Iglesias. Hasta que intervino Roma, concretamente el Cardenal Ángelo Sodano, quien entonces aspiraba al papado.
Semanas después, el 25 de noviembre de 1993, Ernesto Corripio Ahumada envió una misiva a Fernando Gutiérrez Barrios, entonces secretario de Gobernación. En ésta se leía:
”Señor secretario de Gobernación. Por medio de estas letras deseo manifestar mi adhesión a la solicitud presentada por el Sr. Arzobispo Jerónimo Prigione, nuncio Apostólico en México, por indicaciones de la Santa Sede, el 25 de noviembre del presente año.”

En esa carta era claro que Prigione quería tener el registro número Uno y que de ahí se derivaran todas las diócesis, prelaturas y congregaciones masculinas y femeninas.
Por su parte Roqueñí tuvo razón a considerar que el registro Uno otorgado a la Nunciatura no tienen por qué ser.
  • La llegada del nuncio Justo Mullor y el conflicto con Maciel
En abril de 1997, Justo Mullor fue nombrado nuncio en lugar de Prigione. Y como era de esperarse Toño dejó el cargo en el Tribunal Eclesiástico.
Mullor era conocido de Roqueñí por sus años de estudiante en Roma, incluso fue éste su maestro.
Sin embargo, se generó un conflicto en la nunciatura: gente de Puebla realizó un plantón cuando todavía Mullor no presentaba cartas credenciales, por lo que Roqueñí intervino con inteligencia y pudo ayudar a destrabarlo.
  • El caso de Marcial Maciel Degollado
Cuando Toño fue juez eclesiástico atendió los reclamos de las víctimas del fundador y director de los Legionarios de Cristo.
No fue fácil entrarle al tema y Roqueñí sabía del poder del michoacano en los círculos papales y en la jerarquía católica, sobretodo en Roma, pero tomó una decisión y decidió jugársela.
Por esos días me pidió que nos viéramos, quería charlar conmigo de algo importante, y de inmediato nos vimos en el lugar acostumbrado en La Bodega de La Condesa; cenamos, él encendió un cigarrillo y dándole una fumada me platicó -como si fuera secreto de confesión- el asunto de Los Legionarios de Cristo.
Yo sabía del tema. Lo había leído en los medios, sobretodo internacionales.,
Me platico de las víctimas, y de su visita a Roma donde iría a litigar el caso. (el litigio lal final o llevó Martha Wegan, y él fue sólo asesor).
La charla fue larga. Además me pidió que fuera discreto, que por favor no se lo contará a nadie. Asi lo hice.
Yo sabía de sus contactos en la Santa Sede. De hecho Toño conocía al cardenal Ratzinger quien años después se convertiría en papa. Lo había visto años atrás para el caso de Samuel Ruiz García y probablemente hayan coincido en mayo de 1996 cuando el poderoso cardenal estuvo de visita en la Ciudad de México.

-Mañana me voy a Roma-, me dijo un día, cuando me contó sobre el caso.
-¿Y qué vas hacer?-, le pregunté.
-Voy a ver el asunto de las víctimas del padre Maciel-, respondió.
Le agradezco a Toño su confianza. Venía de una reunión con el nuncio apostólico.
Por su parte Pepe Barba, ex legionario, contó lo siguiente:
 “Nos acercamos al padre Antonio Roqueñí, una de las máximas autoridades en derecho canónico y un hombre generoso y justo que supo escuchar los reclamos de este grupo de sesentones que están tratando no tan sólo de dar un testimonio y buscar justicia para lo que les ocurrió hace tantos años, sino de evitar que tales cosas sigan ocurriendo ante la indiferencia o la complicidad de las altas jerarquías eclesiásticas. Hablamos con Roqueñí, con Don Justo Mullor y finalmente decidimos ir a Roma “.
Insisto, la charla esa noche fue larga, más de lo acostumbrado, lo recuerdo como si fuera ayer.
Toño estaba inquieto, incluso lo sentí tenso. Sabía donde se había metido y lo que ello implicaba. Era difícil su situación. Su carrera por una mitra ya no importaba, de hecho eso nunca le intereso. Una vez me comentó que ni siquiera fue a pagar los derechos a Roma por el Monseñorato que le otorgó el Cardenal Corripio.
Tenía el compromiso con esa gente y se la jugó.
Y en ese tiempo y debido a las circunstancias se vio obligado a presentar la renuncia al cargo de juez eclesiástico de la arquidiócesis de México.
Le dolió mucho esa renuncia ¿obligada?
¡Sin duda!
Y es que si algún trabajo disfrutó intensamente fue el de ser Juez eclesiástico

  • Conocí al padre Roqueñi cuando ya era una figura nacional
Para enero de 1994, el conflicto en Chiapas estaba a todo lo que daba. En ese tiempo Toño, acompañado del sacerdote Enrique González Torres SJ, fue a decirle al nuncio que sacara las manos del conflicto en Chiapas y que se fuera de México
En una entrevista, en 1997, contó los pormenores del caso:
 “Enrique González Torres y yo invitamos al nuncio a que abandonara el país. Eso fue en el 94. Estaba metido hasta las cejas en un problema donde era muy delicada su presencia, era un problema interno de la guerra y todo el asunto: ¡Señor, fuera manos de aquí!
 “Convocamos una rueda de prensa y dijimos: “vamos a hablar con Prigione”. Nadie se lo creyó. Mandamos primero a tres mensajeros, José Luis Soberanes (ex presidente de la CNDH), Miguel Olimón Nolasco y Raúl Duarte. ‘Háganos favor de decirle a Prigione lo que acabamos de acordar, digan que vamos a pedirle que saque las manos de Chiapas’.  Fueron y se lo dijeron, y cuando le pedimos una cita nos recibió.
 La conversación comenzó en tono jesuítico, con Enrique González Torres muy despacito: ‘mire hemos visto su intervención en este punto y en este otro’, señalamos. Y entonces nos regañó porque para él nosotros nos habíamos portado ma.l
 Yo dije: ‘¡No somos dos monjas que vengan aquí a pedirle el favor de que canonice a su fundadora! ¡No somos dos curas que vengan a pedirle a usted el favor de darnos una mitra episcopal, ninguno de los dos nos interesa ser obispo! ¡Venimos a decirle que usted debe irse de este país!’.
 Entonces nuestro interlocutor se aplacó. No se desencajó pero sí lo vi pequeñito en su sillón.”

Roqueñí vivía austeramente en La Casa del Sacerdote, allá por los rumbos de la colonia Santa María La Ribera; después se fue a vivir a un modesto departamento que le prestó un amigo sacerdote en la Colonia Roma.
Los últimos dos años de su vida los dedico a ser capellán, primero de un hospital, después en un asilo de ancianos, a donde se fue a vivir cuando cumplió 70 años, también dedicaba parte de su tiempo a asesorar a congregaciones religiosas y trabajó felizmente en el Montepío Luz Saviñón.
  • Su opinión sobre el papa Benedicto XVI

Y cuando nombraron Papa a Joseph Ratzinger, el otrora prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, de la que Toño era un fuerte crítico, nos dijo a Jesús Rangel y a mí en otra entrevista:
 “Me parecen superficiales las observaciones que hacen los periódicos sobre el Papa. No han visto al Ratzinger profundo ni a Benedicto XVI.
-¿Y el intransigente Ratzinger?-, le preguntamos
-¡Ratzinger ya no existe! Existe Benedicto XVI-, y agregó de inmediato- ¡Mi lealtad total a él!”
Toño estaba convencido de que Benedicto XVI haría justicia a las víctimas y que bajaría de los altares a Marcial Maciel Degollado y no se equivocó. Aunque no le toco verlo pues murió antes.
Así era Toño.
Sus restos descansan en La Villita, en Pachuca de Soto, Hidalgo.
Hoy me beberé un trago en recuerdo de mi amigo abogado y sacerdote.

Un abrazo a sus familiares y a sus amigos.

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