21 may. 2017

El día que nos rompieron el corazón/Javier Valdez Cárdenas

Revista Proceso # 2116, a 21 de mayo de 2017
El día que nos rompieron el corazón/Javier Valdez Cárdenas
El título del presente texto es el que Ríodoce pone a su nota principal, en la que se narran los últimos minutos de la vida de Javier Valdez Cárdenas, quien fue arteramente asesinado el lunes 15 en Culiacán, Sinaloa. Dolorosa, emotiva, esta crónica que el semanario sinaloense comparte con Proceso habla de la incredulidad, el pasmo y la desazón que invadieron a los trabajadores de ese medio independiente y crítico. Como un homenaje a su cofundador, Ríodoce decidió firmar con el nombre de su compañero los trabajos que se publican en la edición de este domingo 21.

El día que lo mataron, Javier Valdez salió de las oficinas de Ríodoce a las 11:56 horas para nunca más volver. Óscar, el administrador de la página web, recuerda la hora porque iba a recoger a su hijo a la escuela, pero justo antes de salir recibió un Whatsapp de su mujer diciéndole que no fuera, porque ella “ya lo había recogido”. Se detuvo en seco en la entrada, y fue cuando se topó con Javier, quien ya iba de salida.
“Que Dios me bendiga”, dijo Javier antes de partir. Era su acostumbrada forma de despedirse. Todavía Óscar le reviró: “Y que además te agarre confesado”. Javier sonrió levemente, abrió la puerta de salida y se marchó.

Óscar, junto a la recepcionista, el reportero Aarón Ibarra y la contadora, miraron la figura pesada de Javier perderse tras la puerta mientras ellos continuaron bromeando con unas fotos que minutos antes se habían tomado con el sombrero de Javier.
No habían pasado cinco minutos cuando una vecina del edificio entró, desesperada, diciendo que habían balaceado a uno de los compañeros.
Óscar, Aarón, Nallely y Maricruz parecieron confundidos y por inercia se miraron unos a otros. La mujer insistió: “¡Al del carrito rojo… al señor del sombrero… lo acaban de matar allá afuera!”, gritó.
Los caminos solos
A las 12:05 Ismael Bojórquez, director de Ríodoce, manejaba de sur a norte por la calle Vicente Riva Palacio rumbo a las oficinas del periódico. Antes de cruzar la calle Epitacio Osuna miró el cuerpo de un hombre que estaba tirado en medio de la calle mientras dos curiosos observaban el cuerpo.
Confundido, Bojórquez aminoró la velocidad, hasta que a unos 20 metros antes de llegar a donde estaba el cuerpo, se detuvo a preguntar si lo habían atropellado.
“¡Lo acaban de matar!”, le espetó uno de los desconocidos.
Ismael Bojórquez, con más de 30 años en el ejercicio periodístico, manejó un poco más hacia donde yacía el cuerpo y entonces prestó atención al sombrero que la víctima aún tenía puesto. Tuvo entonces una sensación parecida a la muerte cuando, todavía sin ver el rostro del fallecido, pareció reconocer el cuerpo de Javier, con quien 14 años atrás había fundado Ríodoce.
Casi sin aliento, pero con un sentido de urgencia y temor, bajó del auto sólo para confirmar que la víctima, efectivamente, era Javier. Entonces y durante los próximos cinco minutos todo pareció desaparecer a su alrededor mientras se llenaba de incredulidad, de confusión, de agonía, mientras algo en su corazón le empezó a doler más que el mismo dolor.
Cuando Óscar, Aarón y Nallely Mejía escucharon que habían balaceado al del carro rojo, “al señor del sombrero”, todos pensaron en Javier.
A tumbos bajaron por las escaleras del edificio, y ya en la calle Teófilo Noris, casi esquina con Francisco Villa, buscaron con desesperación un indicio de la tragedia, pero nada encontraron. Por un instante la esperanza de que aquello fuera una broma los abordó, y un suave alivio de incredulidad pareció calmarlos; fue cuando la misma mujer que les diera la noticia gritó desde las escaleras algo que los estrujó en la fatalidad: “¡Es en la otra cuadra, sobre la Riva Palacio!”
Desesperados corrieron los tres una cuadra al sur. Pensando lo peor, y con el corazón a punto de vomitarlo, llegaron a Ramón F. Iturbe buscando en todas direcciones. ¿Cuántas veces habían caminado esa misma intersección en busca de un lugar donde comer, o cuando se estacionaban un poco lejos? Pero ahora llegaban a esa misma intersección convocados por la muerte, lejos de cualquier presagio que ninguno hubiera imaginado. Eso pensaba Óscar cuando un trabajador, de uno de los muchos talleres de por ahí, les señaló hacia el oriente: “¡En la otra calle…!”
Llegó primero Aarón, quien se encontró con el peor cuadro que jamás pudo imaginar: el cuerpo sin vida de Javier que yacía boca abajo sobre una alfombra de sangre y con su sombrero aún puesto.
Los pasos de Aarón se alentaron como si de pronto caminara sobre arenas movedizas. Desesperado, o tal vez amagado por la impresión de la muerte, llegó al lado del cuerpo de Javier, pidiendo a gritos que aquello fuera mentira. Confundido aún, pensando en una última esperanza, tocó con el índice la yugular de Javier buscando un vestigio de pulso. Pero era inútil: Javier ya no estaba en este mundo. Todavía insistió: “¡Javier, despierta… ¡Chingada madre, despierta!”
Al su lado, Óscar parecía congelado por la incredulidad. Hacía apenas unos minutos Javier se había despedido de todos, y en ese momento yacía sin vida en medio del pavimento de una ciudad que se derrumbaba en medio de la violencia.
Más allá de los planes
Al momento del homicidio, Andrés Villarreal, jefe de información de Ríodoce, manejaba de oriente a poniente sobre el bulevar Madero. Venía de un canal de televisión local, y según explicó ese mismo día, se dirigía a las oficinas del semanario, en la colonia Jorge Almada.
Aunque era lunes ya pensaba en la cobertura del siguiente número, y que por la tarde de ese mismo día debía atender una serie de juntas editoriales.
Al llegar a Álvaro Obregón dobló hacia el sur, y fue entonces que recibió una llamada que lo heló: “Mataron a Javier Valdez”, le dijo Aarón Ibarra a quemarropa desde el otro lado de la línea.
Andrés sintió que la piel se le erizaba. Lo unía a Javier no sólo una relación de trabajo, sino también una amistad de años y una camaradería que incluía borracheras, consejería y bromas de todo tipo.
“Lo mataron a una cuadra del periódico”, añadió Aarón, luego de que al otro lado de la línea sólo se oía silencio. Por inercia, o por falta de palabras ante la tragedia, o para maquillar la incredulidad, Andrés sólo replicó: “voy para allá”, y aceleró su auto.
Lo que no supo Andrés fue la posibilidad de que, en algún momento, se haya cruzado con los asesinos de Javier, quienes tras arrebatarle la vida tomaron su auto y enfilaron hacia el oriente de la ciudad, sobre el bulevar Leyva Solano.
En un rápido monitoreo con las autoridades se confirmó que el auto de Javier, un Toyota Corolla 2012 rojo, había sido abandonado en la banqueta de Aquiles Serdán, casi esquina con Cristóbal Colón: estaba estrellado en un poste.
Al momento que reporteros de Ríodoce llegaron al lugar, el vehículo aún estaba encendido y con la palanca de velocidades en la letra D (marcha), lo que hace suponer que los asesinos dejaron el auto varado en el poste de la luz, bajaron y se subieron a otro vehículo que evidentemente los seguía.
Los reporteros que escribieron esta nota realizaron una rápida inspección desde afuera del auto, constatando que la mochila donde Javier guardaba su computadora no estaba en el lugar, lo que supone que los asesinos se la llevaron.
La muerte no siempre llama
dos veces
Andrés Villarreal llegó apresurado a la escena del crimen, sólo para encontrarse con el cuerpo inerte de Javier tirado en medio del pavimento, mientras Aarón, Ismael, Óscar y Nallely miraban a su compañero desde la banqueta, como si no lo creyeran o como si compartieran una pesadilla.
“Sabemos que por nuestro trabajo la muerte nos puede tocar en cualquier momento, pero entonces sólo lo piensas, y lo que ves en ese momento es la realidad”, dijo horas más tarde Andrés durante el funeral de Javier.
Poco a poco arribaron patrullas de las policías estatal y municipal, que de inmediato aseguraron el área. Llegó también el procurador Juan José Ríos Estavillo.
Doce disparos le habían pegado a Javier para arrancarle la vida. Según un primer reporte de la Procuraduría General de Justicia del Estado se utilizaron dos armas para atacarlo, una 9 milímetros y una 38 súper, y en ese momento se hablaba de que la PGR atraería la investigación del homicidio, reporte que se confirmó horas más tarde.
A dos cuadras de ahí, las oficinas de Ríodoce habían quedado abandonadas. El periódico, y cada integrante de esta casa editorial, había recibido una fuerte estocada en el corazón: nos habían matado a uno de los nuestros.
La noticia para entonces estaba en los principales medios del mundo, y era imposible no saber del asesinato de Javier Valdez Cárdenas.
Maricruz recuerda que estaba en la sala de su casa cuando su hija, de ocho años, y a quien constantemente lleva a las oficinas de Ríodoce, miró la foto de Javier en la pantalla del televisor.
“Mira mamá, Javier está en la tele”, dice Maricruz que habría dicho su hija Monserrat.
Por más que Maricruz corrió para cambiar el canal y así ocultar la tragedia, no pudo evitar que la niña escuchara el resto de la historia. Entonces la pequeña rompió en llanto.
“¿Por qué?”, cuestionó Monserrat, y como pudo Maricruz trató de explicarle que muy posiblemente había sido por su trabajo, pues “Javier a veces escribía sobre gente mala”.
Todavía con sus ojos cubiertos de lágrimas, la niña preguntó: “Dime, mamá, que Ismael no escribe de lo mismo”.
Preguntas sin respuesta
Contrario a la rutina que Javier ejercía de una manera casi ceremonial, ese día se estableció que salió del periódico casi a las doce del día. Generalmente nunca salía a esa hora, pero ese día lo hizo.
Ninguno de sus compañeros que estaban en la oficina a esa hora pudo establecer si en ese momento recibió una llamada o mensaje telefónico.
De acuerdo con el registro de actividad en la aplicación de Whatsapp, la última vez que se conectó fue a las 11:48 horas de ese lunes, justo antes de salir del periódico.
Al salir tenía su teléfono en la bolsa de la camisa a cuadros, pero en la escena del crimen no se pudo localizar el aparato; tampoco su computadora, la cual traía consigo todo el tiempo.
“Yo no noté nada extraño. Salía más temprano, pero no me pareció que algo extraño estuviera ocurriendo”, rememora la recepcionista.
Las autoridades periciales contaron 12 casquillos en la escena del crimen. Lo cierto es que pocos escucharon los disparos. De ahí en fuera, nadie vio nada.
Javier conducía su Toyota Corolla de sur a norte sobre Riva Palacio, pero nadie ha podido precisar cómo lo detuvieron, ni si opuso resistencia al ser bajado del auto.
Aunque el robo del auto representa una línea de investigación de la fiscalía estatal, nadie se explica por qué un ladrón de autos habría interceptado uno en movimiento, para luego bajar al conductor y despojarlo del vehículo; peor aún, asestar 12 balazos sólo para despojar a una persona de su carro.
Los indicios
Por lo menos fueron dos los delincuentes que interceptaron y asesinaron a Javier Valdez Cárdenas. Según testimonios, ambos portaban capuchas y viajaban en un automóvil gris o blanco.
En las investigaciones no se ha podido establecer si hubo más personas que intervinieran en el homicidio.
Tras salir de las instalaciones de Ríodoce, Javier Valdez, a bordo de su Toyota, tomó la avenida Teófilo Noris hacia el sur y en la calle Epitacio Osuna dobló al oriente para luego seguir por Vicente Riva Palacio.
Alrededor de cinco minutos después de haber salido de la oficina, unos metros antes de llegar a la calle Ramón F. Iturbe, fue interceptado al menos por los dos sujetos encapuchados que viajaban en un vehículo compacto.
Javier detuvo la marcha de su unidad y los dos delincuentes bajaron del vehículo en el que circulaban. Le dispararon con las dos armas mencionadas. El primer balazo lo recibió en la frente. Vecinos del lugar dijeron que primero escucharon un tiro, luego dos seguidos y luego el resto.
Cuando cayó muerto a mitad de la calle, uno de los individuos subió al Toyota y se dirigió hacia el bulevar Gabriel Leyva Solano y tomó rumbo al oriente.
Las autoridades no han establecido la calle por la que llegó al Leyva Solano. Una de las posibles rutas es que tomó en sentido contrario por la Ramón F. Iturbe y la otra que siguió derecho por la calle Riva Palacio.
Los delincuentes circularon en los dos vehículos por todo el bulevar Leyva Solano hasta la esquina con la avenida Aquiles Serdán, donde doblaron hacia el sur y al pasar el cruce con el bulevar Francisco I. Madero se presume que quisieron rebasar.
El individuo que llevaba el carro de Javier se subió a la banqueta de la primaria Manuel Ávila Camacho, conocida como Escuela Tipo, y el vehículo quedó atorado entre la barda del plantel y un poste.
El sujeto tomó la mochila con la laptop y el celular de Javier y dejó abandonado el automóvil.

De acuerdo con la información proporcionada, en el cadáver de Javier se localizaron cinco ojivas. Según los peritajes, varios balazos se los dieron por la espalda.

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